La Palma | Con los de abajo

La Palma

103 – 27 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

Con los de abajo

Quienes fundamos Soluciones para Venezuela, lo hicimos con el compromiso de luchar siempre por los de abajo. Si bien es cierto que nuestra postura ha sido de promoción del acercamiento y el entendimiento amplio entre todos los sectores, también es verdad que forma parte de nuestra postura política, ideológica, ética y dialógica nuestra preferencia en la lucha por los más vulnerables, por las trabajadoras y los trabajadores, por las campesinas y los campesinos, por las mujeres y las comunidades sexodiversas, por las oprimidas y los oprimidos de siempre, por las excluidas y los excluidos. Esta lucha es la que da sentido a nuestro activismo político, la que anima nuestro activismo de todos los días, nuestras propuestas, nuestros programas y políticas.

A diferencia de otros, este dircuso no está animado por la demagogia ni por la instrumentalización barata. Nos empeñamos en construir un movimiento profundamente popular, que no “entre” a los barrios sino que brote de ellos. En ese sentido, adelantamos un proceso de parroquialización para que en cada una de las 1.146 parroquias del país haya mujeres y hombres de Soluciones, venezolanos de carne y hueso en representación genuina de sus comunidades. Hoy, con el mismo orgullo y el mismo empeño, avanzamos en la constitución de los 14.382 Comités Locales para fortalecer los cimientos de este partido, como es nuestra prédica, de abajo hacia arriba.

Nuestra visión popular no le gusta a quienes entienden la política como un asunto de élites cerradas, en la que el pueblo estorba, “no entiende”, “no sabe de eso”; a quienes ven la participación como una pantomima o una simulación para dar un barniz a sus decisiones tomadas; tampoco a quienes hablan de “vanguardias” y demás eufemismos para, desde otra acera ideológica, justificar la misma política de rosca y cogollo. Para ello, todo eso es «paja».

Pero somos unos convencidos de que la participación popular, genuina, auténtica, es fundamental en la construcción de un partido que ofrece una alternativa popular y democrática para Venezuela.

A menos de cuatro meses para las elecciones parlamentarias, hemos inscrito ya a candidatas y candidatos del pueblo para darle voz a las comunidades en la Asamblea Nacional. En los 87 circuitos y las 24 entidades federales, así como en la lista complementaria, hemos puesto por delante el interés de los venezolanos más humildes.

Como creemos en la juventud, que ha sido un actor clave en la construcción de este movimiento, 40% de nuestros postulados son menores de 25 años. Profesionales, trabajadores, activistas de diversas procedencias. En Soluciones la juventud no es para pegar afiches y hacer el ridículo.

También, en línea con nuestra política venezolanista, hemos postulado líderes de nuestros pueblos originarios en las listas de 12 estados, mucho más allá del piso que propone la segregación de las listas indígenas. Junto a ellos van pescadores, sindicalistas del petróleo, de la construcción, del transporte. Dirigentes agrarios y campesinos, líderes de los movimientos sociales. Y como principio guía hemos reivindicado la paridad en reconocimento de las luchas por la igualdad de la mujer, que no son para Soluciones una “cuota incómoda” y que asumimos con gusto, sin el escozor de otros factores.

Sabemos que Roma no se hizo en un día y la magnitud del reto que se avecina. Pero estamos resueltos a ponerle el pecho a las dificultades de la mano de los venezolanos. Esa es una lucha que, para nosotros, siempre valdrá la pena.

Lo nuestro es la participación, no el secuestro de las élites. Vamos aliados con el pueblo. Con los de abajo.

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. La Palma es un espacio que ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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La Palma | Más vale tarde que nunca

La Palma

102 – 24 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

Más vale tarde que nunca

La frustración llevó al engaño. Y no era para menos. Hace unos años, el desespero de los venezolanos producto de un país destartalado y de una crisis sin precedentes llevó a muchísimas personas a abrazar la tesis de la abstención. Después de todo, les habían dicho que no votar bastaba, que la abstención produciría una crisis de legitimidad que terminaría con Maduro fuera de Miraflores al día siguiente de las elecciones, acorralado por la entelequia que llamaron la «comunidad internacional» y por presiones internas. Fue una estafa. Engañaron al país, le mintieron a los venezolanos.

Sin embargo, quienes propusieron aquella engañifa permanecieron allí, con el teflón que les dio ese desespero de una sociedad harta, hambrienta de un cambio urgente. Así, llegamos a aquel 23 de enero, en el cual la lectura creativa de la Constitución -e intereses inconfesables- llevaron a la autoproclamación de un ‘presidente’ que nadie eligió y de otra calle ciega para las esperanzas de los venezolanos. Si en 2018 la propuesta abstencionista pareció haber olvidado la torta de 2005, en 2019 se demostró que no aprendieron nada del Carmonazo de 2002.

Lo advertimos desde el primer día, con los costos que asumen quienes ponen sus convicciones por encima de sus conveniencias. Fue una crucifixión. Pero seguimos, sin amilanarnos, no sólo advirtiendo la estafa, sino proponiendo un camino distinto: el entendimiento entre los venezolanos, no el exterminio del contrario; el valor del voto, no la resignación de la inacción. Seguimos, convencidos de que Venezuela no podía saltar por el barranco de la mano de una conducción errática más interesada en sus privilegios que en el bienestar de los venezolanos y la salud de nuestra democracia.

Adelantando a este mediados de 2020, las cosas han cambiado. Si bien sigue intacta la pretensión de las cabezas del ‘interinato’ de desconocer al otro, de castigar a la disidencia y de llevarnos por el camino de la nada, tímidas voces comienzan a decir «ya basta».

En concreto, empiezan a decir «ya basta» de lo que a todas luces no ha funcionado: la abstención, las sanciones contra los venezolanos, la soberbia de una dirigencia autosuficiente.

Las elecciones parlamentarias de este año, establecidas en la Constitución, han puesto sobre la mesa el debate sobre qué logró -y qué no logró- el salto al vacío de la abstención. La Conferencia Episcopal de Venezuela, pretendido mediador pero en realidad aliado del grupo que nos metió en este paquete, hizo un llamado fuerte de atención a los suyos a través de un comunicado que, por supuesto, cada quién interpretó a su medida. Y apenas ayer vimos las consecuencias: el dos veces candidato unitario de la oposición dejó de pasar agachado -su postura habitual- y dijo «no más», al menos por ahora. No deja de ser impresionante la ascendencia de la Iglesia sobre un sector conservador del país. Y digo del país, porque incluso en el chavismo hay quien le coge línea a los curas. Este país nuestro, tan liberal que se cree, tan conservador que realmente es.

Luego, ante el anuncio de más sanciones -esta vez limitando la importación del diesel que es vital para el transporte de alimentos- muchos ciudadanos comienzan a protestar lo que llevamos años protestando: que las sanciones sólo perjudican al pueblo, que es una operación de asfixia contra la gente, que no afecta a la élite gobernante ni a su contraparte en el exilio, que parte de una tesis absurda, desmentida por la realidad, según la cual agravar la crisis hará que la gente se amotine y saque a Maduro, haciéndole el trabajo a una élite incapaz de hacerlo ella misma con su liderazgo. Ahora falta convencer a los «aliados» internacionales que con sus sanciones no le hacen ningún favor a los venezolanos, sino todo lo contrario, los asfixian mientras que Maduro sigue fresquito.

A eso se le agrega la pantomima de la consulta de yo-con-yo planteada por el diputado que encabeza el ‘interinato’. Una simulación de participación, de esa en la que no creen por su soberbia autosuficiencia, les salió el tiro por la culata y les dijeron «conmigo no cuenten».

Hemos sido coherentes en nuestro reclamo desde el primer día. El tiempo nos ha dado la razón. No es un «yo te lo dije», de esos que no sirven para nada. No tenían que haber pasado dos, tres años, perdidos mientras la gente padece. Y falta. Pero, como dicen, más vale tarde que nunca.

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La Palma | Los propagandistas

La Palma

101 – 20 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

Los propagandistas

Los has leído. Seguramente los sigues en las redes sociales. Llamarlos «influencers» es como mucho, es servir a su vanidad, sobrestimando el alcance y el valor de sus opiniones. Son los propagandistas.

Están haciendo su trabajo. No el de periodistas, analistas o expertos, sino el de propagar tesis prehechas y difundir relatos, también prehechos, en alguno de estos salones con nombres místicos como «war room» o «sala situacional», en los que, tras escuchar a los «estrategas», los jefes piensan por un segundo y dictan «llámate a fulano para que tuitee esto. Pásaselo por Telegram que WhatsApp no es tan seguro». En criollo, están chambeando.

Es práctica común. Parece que fue ayer cuando los mismos jefes contrataban a profetas 2.0 y celestiales cuentas de nombres escatológicos. Artículos de opinión escritos por encargo y escandalosas «notas de prensa», «colocadas» con precisión en portales inventados -y financiados- por ellos son parte de la movida. Nada nuevo bajo el sol.

Por eso son acríticos, los propagandistas. No cuestionan las narrativas, como la del todopoderoso artículo 233 de la Constitución, con el que sustentan lo insostenible. Es obvio que no lo han leído. No está en el contrato. No retan las incongruencias. No es «mal periodismo». Ese no es su trabajo, al menos no en este «proyecto». Son propagandistas.

Su más reciente misión -y decidieron aceptarla- es la de torpedear la participación popular. Sus jefes, los de la cúpula, no creen en eso. Son ellos, dicen ellos, los que deben decidir, no una gente «ignorante» y «ciega» que «no despierta». En esa línea, esgrimen argumentos, algunos a partir de medias verdades o medias mentiras, otros tan disparatados que no cuidan ni siquiera el disimulo. Porque, por supuesto, la chamba exige discreción. Esa es la gracia. Por donde van, lo que les falta decir es que no hay que votar hasta que no devuelvan a su cargo a Tibisay Lucena, legítima y luminosa autoridad electoral.

No están cumpliendo una labor política. Lo suyo no es un tema de convicciones. Es una cuestión mercantil, transaccional. La cosa está dura y no está como para perder clientes. Están haciendo su trabajo, los propagandistas.

Están chambeando.

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La Palma |Polarización y cambios de paradigma

La Palma

100 – 18 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

Polarización y cambios de paradigma

Venezuela lleva veinte años inmersa en una polarización extrema que, aunque es política en su naturaleza, afecta todas las demás áreas de la vida social. Muy lejos están recuerdos, en realidad no tan lejanos, de cómo solía ser la vida política y social: el acuerdo tácito entre gobierno y oposición, por ejemplo, de asignar a la oposición el cargo de Contralor; o la posibilidad de disfrutar de un evento cultural, musical o deportivo sin primero revisar si el artista, el director o el atleta es de uno u otro bando político.

En veinte años, se han reforzado una serie de ideas en el imaginario colectivo y muchas de ellas las asumimos de manera inconsciente, «natural». Pero, si está claro que reconstruir una mejor democracia pasa por desmontar el andamiaje nocivo de la polarización, debemos entonces, también, impulsar cambios en los paradigmas que dominan nuestra manera encarar la realidad.

En estas breves líneas, nombraré apenas cinco de esos cambios que, como lo veo, son necesarios para «pasarnos el suiche» y superar la mentalidad polarizada que mantiene a Venezuela en un ciclo de repetición infinito.

1. Sólo hay dos bandos, o el «ellos contra nosotros» y el «buenos contra malos».

Venezuela es mucho más diversa que la división artificial que proponen las élites polarizadas. No es verdad que sólo hay dos bandos, como tampoco es verdad que un bando es el de los «buenos» y el otro es el de los «malos». La retórica polarizada, que insiste en una lucha entre el bien y el mal en la cual, por supuesto, ambos lados afirman encarnar el bien contra las pretensiones diabólicas de sus «enemigos», no tiene asidero en la realidad.

Nuestra polarización, aunque ha permeado y permea a todos los niveles, es fundamentalmente un asunto de élites. Pero el país no cabe en la estrechez de un planteamiento que sobrevive y se reproduce sólo en la medida en que plantea la ficción de una sociedad dividida en dos únicos toletes.

De modo que el cambio de paradigma, aquí, es de la visión de dos bandos enfrentados a una que pase por el reconocimiento de la diversidad y el pluralismo realmente existentes en la sociedad.

2. «La» oposición vs. las oposiciones

Es normal simplificar, bien sea en aras del reportaje periodístico o del recurso analítico. Sin embargo, cuando se habla de «la» oposición, como se ha hecho durante veinte largos años, no sólo se está simplificando sino que se está distorsionando la realidad del país.

No existe «la» oposición, como no existe tampoco «la» sociedad civil. Existen, en cambio, las oposiciones. Y es natural que ante un gobierno tan malo como el actual, sean diversos los actores que se le opongan. Hoy la mayoría de Venezuela está en oposición al gobierno, pero eso no quiere decir que conforme un grupo único ni homogéneo. El planteamiento contrario sólo sirve para «meter por el carril» a los disidentes de un grupo que pretende ejercer una hegemonía política para monopolizar el descontento. Han fracasado en los resultados, como demuestran los estudios de opinión que evidencian que el 80% de rechazo al gobierno no se ha traducido, ni de lejos, en 80% de apoyo a «la» pretendida oposición.

Los grupos políticos y sociales que hacen oposición al oficialismo (que, por cierto, tampoco es monolítico) son diversos en lo ideológico, en lo programático, en lo estratégico, por no hablar de lo demográfico, de lo socioeconómico.

No es de gratis, sino dado el empuje de sectores opositores disidentes, que ya los medios empiezan, aunque tímidamente, a hablar de la oposición oficial, o de la oposición «mainstream», para referirse a la que antes se pretendía LA oposición. Es un avance.

El cambio de paradigma aquí es pasar de la visión estrecha que sólo considera a un grupo pequeño como los dueños de «la» oposición, a una que amplíe la mirada sobre la diversidad de intereses, posturas, representaciones que existen de verdad entre las oposiciones. No se trata de un tema semántico, sino de uno que incide de manera directa en el análisis y en su validez.

3. Autoritarismo vs. democracia.

El cuento sobre Venezuela se echa muy fácil: hay un gobierno autoritario y una oposición democrática que lucha por deponerlo. Ojalá fuera así de fácil. El hecho es que ese cuento está mal echado e incompleto.

No todos quienes militan en el oficialismo profesan el autoritarismo, así como no todos en la oposición son demócratas ni tienen un proyecto democrático para Venezuela. Esto resulta evidente, tanto en las acciones de sectores que han promovido la exclusión, los golpes de estado, las invasiones armadas, como en el discurso de sectores -a veces los mismos, a veces otros- en las redes sociales que claman por una «dictadura republicana» y demás eufemismos que buscan, no el tránsito a la democracia, sino la sustitución de un modelo de dominación por otro.

De modo que, aquí, el cambio de paradigma es el de sustituir la narrativa de «autoritarismo vs. democracia» por una que considere en su justa medida la coexistencia de varios proyectos autoritarios y democráticos a ambos lados del espectro polarizado.

4. La presión institucionalizada vs. el escándalo y la implosión

No es de gratis que los venezolanos han perdido la fe en las instituciones. La erosión institucional de Venezuela ha sido patente en los últimos 25 años. Se han desdibujado las fronteras entre partido y Estado, las instituciones se han mostrado impermeables al reclamo ciudadano, y la separación de poderes, que nunca fue más que una ilusión irrealizada, hoy pende apenas de un hilo casi imperceptible.

Pero ha sido la polarización política la que ha potenciado los efectos negativos de esta desinstitucionalización. Retroalimentada por las consideraciones anteriores, ha llevado a la desconexión entre el reclamo, la denuncia y los canales institucionales. También al abandono de la política reivindicativa, que ha sido sustituida por el grito y el escándalo.

La mentalidad del «todo o nada», inherente a la polarización, priva la implosión sobre la presión.

El cambio de paradigma, en este punto, está en dar asidero institucional al reclamo, a privilegiar la presión sobre la implosión y la política sobre el show. El abandono de los canales institucionales, aun en contextos autoritarios, o, precisamente, más aun en contextos autoritarios, es contraproducente. Más se avanza canalizando la presión en las instituciones, por maltrechas que estén, que a través de la política del grito en el desierto, que es buena para las gradas pero poco efectiva para traducir el reclamo en cambios genuinos.

5. Los profetas de la desesperanza vs. el discurso de alternativa y esperanza.

En ningún lado los políticos pueden ser profetas de la desesperanza, ni ante las más abyectas injusticias. Un líder no puede ser abanderado del discurso de rendición, de capitulación. Pero eso es precisamente lo que ha logrado la polarización política. De manera insólita, en el campo político venezolano se oyen voces que se regodean pintando a Venezuela como el peor país del mundo, como la peor desgracia de la humanidad; que dicen que no hay nada que hacer, que «solos no podemos».

El cambio de paradigma, en este último punto, es transitar de esa visión estrecha y contraproducente a una que llame a la esperanza, que se crezca ante las injusticias para dibujar el futuro posible y que se constituya como alternativa. Sólo así podremos romper el ciclo perverso de la polarización para avanzar en una visión de país que tenga por ejes la inclusión, la solidaridad y la posibilidad de lograr un cambio para bien, que no se limite a otros colores ni a otros rostros, sino que promueva una realidad distinta para millones de venezolanos que hoy padecen bajo la ignominia de la pobreza, de la desigualdad, del autoritarismo y, sí, de una polarización que no le ha traido nada bueno a Venezuela.

100

Este es el número 100 de La Palma. Concebí este espacio en marzo de este año como un aporte ante la estrechez analítica y la cooptación mediática promovidas por la polarización. Ha ido cambiando en forma y estilo, y seguramente seguirá haciéndolo de cara a las próximas 100 entregas, conservando lo improtante: una visión crítica detrás de los principales temas de interés colectivo.

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La Palma |El refrito

La Palma

099 – 14 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

El refrito

Aquí vamos de nuevo… Dos símiles ilustran la política venezolana de los últimos veinte años: la película El Día de la Marmota, en la que Bill Murray interpreta a un personaje condenado a revivir, una y otra vez, el mismo día; y el de una caminadora, esa máquina de ejercicio sobre la cual se corre de manera estática, sin avanzar un centímetro.

Una vez ratificada su apuesta por la nada, los sectores abstencionistas del G4 y sus aliados anunciaron que anunciarán (otra vez) un «gran pacto unitario». Es el refrito del Frente Amplio, que no fue tal, pero también de sus ancestros: la MUD y la Coordinadora Democrática. ¿Qué nombre le pondrán?

Nada nuevo bajo el sol. El mismo yo-con-yo y el mismo refrito. Creen que el asunto es de “branding” y están convencidos, en su soberbia, de que su única falla ha sido “comunicacional”. La “sociedad civil” (que, como “la” oposición, es más diversa de lo que el artículo determinado sugiere), protestó que el “gran pacto unitario” parte con una pata coja: los convocaron para informarles, no para consultarles, menos para construir con ellos la propuesta. Genio y figura. La razón es sencilla: una élite soberbia que no cree en aliados sino en subalternos, que no ve las alianzas desde las relaciones horizontales entre movimientos y sectores, sino desde la imposición y para la sumisión.

Han extraviado el perol. Hace mucho tiempo. Y en lugar de emprender su búsqueda, se adentran más en el monte porque, por supuesto, primero muertos que bañados en la sangre de admitir que están equivocados, que acusar el error. Por eso insisten, no sólo en el refrito, sino en sus ejes principales: la exclusión, la soberbia y la fantasía.

¿Cuándo empezó este ciclo sin fin? Quizás un día como hoy, hace 16 años, aquel 14 de agosto, cuando los mismos que están ahí, con las mismas caras, anunciaron un «fraude» que no fue tal, dando inicio a la política del avestruz, enterrando la cabeza en la tierra y privilegiando el aplauso de las gradas sobre hacer frente y encarar la realidad.

¿Hasta cuándo lo mismo? ¿Y hasta cuándo el chantaje emocional y la exigencia a cerrar filas en una solidaridad automática ajena a toda rendición de cuentas? «Al menos se está haciendo algo» no es argumento frente a la magnitud del fracaso, y menos cuando ese «algo» en lugar de acercarnos al cambio dinamita toda posibilidad de alcanzarlo, haciéndonos volver, una y otra vez, al primer paso, como el despertador de Bill Murray en aquella película, que todos los días a las 6 de la mañana sonaba, con la misma canción en la misma estación de radio, advirtiendo que se venía, también, la repetición de la misma jornada, con los mismos resultados.

Por ahí no es.

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La Palma |»Si no gano, no juego», o hacer análisis como niño cobardón

La Palma

098 – 12 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

«Si no gano, no juego», o hacer análisis como niño cobardón

En todas partes, los analistas políticos suelen ser personas con experiencia en el tema. Eso incluye ex funcionarios públicos, dirigentes en la reserva, académicos y periodistas especializados en el área. En Venezuela, la cosa es más diversa. Por “analistas” hemos tenido directores de teatro, libretistas de telenovelas, y advenidizos de todo tipo.

El mundo político venezolano puede ser hermético. Sumado a un país en el que cada quien tiene su agenda y sus compromisos, eso lleva al desconocimiento de la política real por parte de esta fauna de analistas. Van por un lado, con un libro por ahí, otro a medio leer por allá, en una prédica casada con sus lealtades pero divorciada de la realidad, que va por otro.

Entre las cosas que se leen de estos analistas, es que no tiene sentido participar en una elección si no se tiene garantizado, de antemano, ganar. Y, por supuesto, los políticos dirán siempre que participan para ganar, decir lo contrario es un sinsentido. Pero la realidad es más compleja. Si el requisito para participar en una elección fuese tener el triunfo asegurado, sólo habría un candidato por circuito, de la misma manera que sólo jugaría un equipo en la liga de béisbol o de fútbol. No es «si no gano, no juego», sino «si no juego, no gano» lo que en realidad aplica.

Pero, más allá del divorcio de la realidad de algunos analistas, de sus compromisos con donantes, agendas políticas y personales, decir que no se participa a menos que no haya garantía clara de ganar de antemano, a meses de una elección, es una postura cobarde. Muy cobarde. Los imagino de niños, malcriados por supuesto, llevándose el balón ante el primer gol o el primer taponazo. Así lo ven.

Es un absurdo. Que lo digan los diputados de la MUD electos en 2015, que ganaron en lugares como Catia y el 23 de Enero, donde nadie daba nada por ellos. O que lo digan los concejales del PSUV en Baruta, que hoy legislan en el municipio ante la improbable victoria producto del llamado a la abstención de los partidos que apoyaban, o debían apoyar, al alcalde. En política no hay nada escrito en piedra, y si fungen de analistas nuestros actores de televisión e investigadores que no investigan, creo que tiene crédito como analista Yogui Berra, aquella leyenda de la pelota que afirmaba que la cosa “no se acaba hasta que se acaba”. O, para decirlo en criollo: la pelota es redonda y viene en caja cuadrada.

No soy de quienes promueve una peleíta boba y estéril entre académicos y políticos por ver quién tiene la autoridad final, en la que unos dicen que los otros no tienen experiencia ni calle, y estos les responden que ellos no se han leído a X o Z. Eso no es más que un torneo de egos frágiles. Pero sí es patente la desconexión y lo sufre el análisis, que termina planteando absurdos como que no se puede participar a menos que esté garantizado el triunfo. En verdad, detrás del planteamiento se esconde el deseo de salvar cara y tapar con un dedo la imposibilidad de replicar los resultados de 2015 ante un liderazgo que ha perdido apoyo popular. Es el niño cobardón y malcriado que se lleva la pelota ante el primer tapón. Al final, se va él, pero quedan en la cancha los que juegan, aunque el niño crea, desubicado, que el suyo es el único balón que existe, o que sin él ya el juego no cuenta.

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La Palma | 10 cosas que debemos dejar atrás con la polarización

La Palma

097 – 11 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

10 cosas que debemos dejar atrás con la polarización

La polarización ha definido la política venezolana de los últimos 20 años. Con su promoción de identidades negativas, del no reconocimiento del otro, y de una lucha existencial irreconciliable, ejerce una fuerza centrífuga que ha triturado cualquier intento de resistencia, alineando todos los aspectos de la vida política y social alrededor del clivaje chavismo-anti chavismo. En el proceso, la polarización ha contribuido a la erosión de la democracia, sirviendo a las élites en conflicto para la exclusión, la cooptación y la supresión del disenso. Queda claro que recuperar la democracia pasa por superar la polarización.

Hoy, cuando estamos en una posición única para asumir el reto, nos atrevemos a plantear diez cosas que debemos dejar atrás con la polarización, no como ejercicio de imaginación fantasiosa, sino en el entendido de que derrumbar los muros de la polarización no es un evento único ni espontáneo, sino un proceso de todos los días, producto de las luchas y las posturas firmes de muchos sectores de la sociedad. Estas diez cosas no son «para después», para cuando superemos, algún día, la polarización, sino para irlas asumiendo, precisamente, en la lucha por sacudir los cimientos de una dinámica que le ha hecho tanto daño a Venezuela.

Seguro hay más, pero estas diez, sin orden específico, representan un buen punto de partida:

1. «Chavista» como insulto (y la insultadera en general)

«Chavista» no es un insulto, sino una identidad política, que sin embargo algunos sectores opositores suelen utilizar para proferirle, como insulto, a sus adversarios internos y «rayarlos» ante la opinión pública cuando osan disentir.

Si algo reflejan estudios de opinión de todo tipo a lo largo de estos largos años es que la gente está harta de la peleadera, de la insultadera, de que los políticos se enfoquen más en los problemas entre los políticos que en los problemas de la gente. Cuando le dicen «chavista» a un opositor disidente no lo están insultando a él o a ella, sino a miles de simpatizantes del proyecto oficial, que observan cómo su identidad se usa en términos despectivos para denigrar del otro, reforzando las trincheras de esa identidad y dificultando cualquier acercamiento, diálogo productivo. Es prepotente y discriminatorio.

¿Lo mismo con «escuálido»? No tanto. No porque el chavismo, a quienes muchos tienen por autor intelectual y material de la polarización a través de las prácticas discursivas de su fundador, no discrimine, sino porque suele hacerlo a través de otros términos: «los traidores», «los judas», «la derecha endógena» (fíjese que los dos primeros aplican a ambos «bandos»). Ya está bueno de la insultadera en el discurso político. No es un simple saludo a la civilidad, sino una advertencia ante una práctica que profundiza las divisiones y refuerza la polarización.

2. La unidad como fetiche y chantaje

La unidad fue una estrategia necesaria ante el dominio electoral de Hugo Chávez que rápidamente se convirtió en un mecanismo de exclusión de una élite para reforzar los dedazos de un cogollo que decidía quién era opositor y quién no. Venezuela ha cambiado mucho y el dominio garantizado del partido oficial en el terreno electoral es cosa del pasado. Si bien las alianzas son buenas para la democracia, también es verdad que no se puede unir lo que es diametralmente opuesto, sea en términos programáticos, ideológicos o de posturas. Superar la polarización pasa por valorar el pluralismo sobre la cartelización de los partidos. A cuatro meses de las elecciones parlamentarias, los partidos que apuestan a la participación harían bien en valorar el pluralismo en lugar de convertirse en una parodia de las prácticas excluyentes de estos 20 años en nombre de la «unidad», según las cuales el que no se alinee es, ver el punto anterior, «chavista».

3. El no reconocimiento y la lucha existencial

Gente que dice que nunca ha visto un chavista en su vida, o que la oposición no existe, que fulano es ilegítimo y que a los otros hay que barrerlos del mapa. Fundamental en la lucha contra la polarización es acabar con la política de no reconocimiento y la lucha existencial entre «ellos» y «nosotros» y, en su lugar, promover el entendimiento y una lucha política que, sin dejar de ser combativa, como lo es por naturaleza, parta del reconocimiento del contrario y no de las ansias por excluirlo o exterminarlo.

4. El autoritarismo

Es de sobra sabido que la polarización erosiona la democracia y genera mayor tolerancia a posturas autoritarias en ambos «bandos», en nombre de la lucha existencial contra el «otro». Aquí le sobran a ambas partes las excusas, las promesas de que es sólo «mientras tanto», mientras se aplasta al «otro». Sólo acabando con la polarización es posible transitar caminos más democráticos y minar las bases del germen autoritario que hoy está enraizado en la política venezolana.

5. La postura acrítica

El disenso está entre las primeras víctimas de la polarización. Reforzada por la idea de la «unidad» como chantaje y la lucha existencial, y potenciada por los medios cooptados por la polarización, los ciudadanos reciben la información con una advertencia clara: digan amén, o sométanse al punto 1 de este escrito. Ser más críticos ante los políticos, los partidos, los medios y la autoridad es un paso necesario para desmantelar el andamiaje de la polarización.

6. Las solidaridades automáticas

En línea con lo anterior, la concepción de «ellos» contra «nosotros» lleva inexorablemente a las solidaridades automáticas. Si queremos una mejor democracia, urge sustituir las solidaridades automáticas por la rendición de cuentas, desde una postura crítica.

7. La política de la rosca y el cogollo

Si sólo hay dos bandos, la jefatura de esos bandos, sea una persona o un grupete, tienen garantizado el control de todo. Sólo ellos, en pequeños cónclaves, deciden la política, las candidaturas, las estrategias. El pueblo queda de espectador, a lo sumo de actor de reparto. No hay democracia que aguante este esquema, que debemos sustituir por uno de participación amplia desde las bases y los sectores sociales.

8. La ficción entre buenos y malos

Por supuesto que en la lucha existencial de «ellos» contra «nosotros», «ellos» son los malos y «nosotros» somos los buenos. Los dos bandos piensan así y de allí no sale nada bueno. En Venezuela hay gente buena en todas partes y en todos los partidos. Superar esta ficción es fundamental para dejar de poner a los venezolanos de segundos frente a los «opositores» y los «chavistas». Venezuela es más grande que las divisiones artificiales que promueven las élites, según las cuales el otro «no cuenta» porque no es de su bando. En democracia cuentan todos los venezolanos.

9. La abstención

La abstención ha sido una política atroz y parte del no reconocimiento del contrario y de la creencia de que sólo una parte cuenta, y que sin la participación de esa parte el país debe pararse o no existe. Es la política del avestruz, con la cabeza enterrada. Promover la voz de los venezolanos, no secuestrarla en nombre de la polarización, es lo que nos llevará a reconstruir una mejor democracia.

10. La «otra» polarización

Ricos y pobres, negros y blancos, este y oeste, Caracas y el interior. Superar la polarización política es una extraordinaria oportunidad para meterle el pecho a superar, también, las otras polarizaciones que hacen mella en la integración social y que sostienen un sistema de discriminación y desconocimiento del otro. En la promoción de la diversidad y el pluralismo político, estamos empujando también el reconocimiento y la promoción de la diversidad y la justicia social.

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