Resistir

Por más de cuarenta días, el pueblo venezolano ha resistido heroicamente en las calles. Es la misma protesta de siempre, y al mismo tiempo una protesta enteramente nueva. Es la de siempre porque alza la voz en defensa de la democracia, la libertad y la calidad de vida. Es nueva, porque ha cambiado la composición de la masa, que hoy se confunde en un mar heterogéneo de procedencias y reclamos y, sobre todo, porque hoy presenciamos la articulación política de la protesta social. Atrás quedaron la polarización política entre dos mitades, y las divisiones artificiales de clases sociales y puntos cardinales, asociadas a la filiación política. Es el país todo contra un pequeño grupo, tornado en casta conservadora de los privilegios y el statu quo.

No es fácil hacer el balance de la protesta, sobre todo porque casi cuarenta familias lloran hoy a las víctimas de la represión oficial y la arremetida paramilitar gobiernera. No son meros números ni estadísticas, son los nombres y apellidos de nuestros vecinos, amigos, hijos y compañeros; de los que salieron de sus casas a construir un futuro mejor y no pudieron regresar. Son hoy los mártires de la democracia del mañana. Sí, la protesta ha dejado un dolor profundo en el alma de la Nación pero, lejos de lo que podía apostar el aparato represor, el carácter decidido y no violento de la ciudadanía en las calles ha respondido a la saña criminal con más calle, más determinación y más protesta.

No han tardado en mostrarse públicamente las fisuras que la presión ha generado en el régimen. La Fiscal General de la República ha tomado una distancia considerable, retomando la senda institucional; voces del Polo Patriótico se levantan en defensa de la Constitución que el presidente pretende desechar por no servirle a su proyecto de dominación; la disidencia chavista ha protestado enérgicamente las pretensiones autoritarias del poder. Incluso efectivos policiales y militares, en el marco de la ley, alzan la voz en contra del abuso. Hoy la colectividad tiene el reto importantísimo de abrirle la puerta a la disidencia. No es el tiempo del “¡¿Ahora sí?!”, no es momento de pasar factura. Es el tiempo de la reconciliación y de la construcción de un futuro compartido.

También fuera de nuestras fronteras las grietas, producto de las desafecciones logradas por la protesta y el búmeran de la represión contra un pueblo desarmado, le ha restado aliados a un chavismo que se va quedando solo, asumiendo una posición cada vez más aislacionista y esquizofrénica en el tablero mundial.

Han sido días de avances importantes en la senda democratizadora. También días de profundo e inmenso dolor, el de la juventud truncada, el de la indignación y la rabia. Al final prevalece la luz, la que se asoma al final del camino con la promesa de un futuro mejor para todos los venezolanos.

¿Cuánto más puede durar esto? ¿Qué hay del agotamiento de las personas? No hay respuestas mágicas, pero la capacidad de resistencia de los venezolanos ha sido inspiradora para el mundo entero. Lo que sí es urgente es darle mayor conducción política a la protesta, socializar los logros, y plantear un punto de llegada, uno que incluya lo que, sea lo que sea, terminará ocurriendo: sentarse a conversar. Y en este contexto, la conversación será siempre con el otro, así el otro represente la cara más oscura del oprobio. Que se trate de una negociación con una agenda concreta y la presión de millones en las calles, y no de un show estéril es un desafío crucial para el liderazgo. Del mismo modo, es fundamental no ceder ante la violencia que, como hemos comentado, es el único terreno que favorece al régimen autoritario.

Mientras tanto, Venezuela resiste. Resiste el abuso y la represión. Resiste el atropello, la criminalización de la protesta y de la juventud, la vagabundería de funcionarios policiales y militares convertidos en viles bandidos que roban a la gente con las excusas que da la patente para reprimir. Y resiste lo que llevó a la gente a las calles en primer lugar: un país en ruinas, sin comida, a merced del hampa y con un gobierno divorciado de las necesidades de la gente, empeñado en un proyecto de control total ajeno al espíritu de la venezolanidad.

¿Y qué queda? Resistir, e insistir en las convicciones, en la tarea de construir un país distinto, sin odios, lleno de oportunidades para todos, abierto a la reconciliación. No queremos más muertes, no queremos más violencia. No queremos un gobierno enemigo de su pueblo. Lo que queremos todos los venezolanos es un país donde podamos vivir la vida que tenemos razones para valorar, en paz y en libertad. Que el esfuerzo y los sacrificios se cristalicen en una Venezuela libre y próspera es algo que la Patria sabrá recompensar a sus hijos, a los que luchan hoy y a los que la disfrutarán mañana.


Publicado en PolítiKa UCAB el 12 de mayo de 2017.

 

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