La comparsa del PSUV

Escribimos estas líneas a dos días de la fecha pautada para votar una iniciativa que Nicolás Maduro ha llamado constituyente, sin serlo. Fuera de la Constitución, la camarilla conservadora del poder y los privilegios ha usurpado la soberanía popular para convocar, sin consultarle al pueblo, a lo que hoy los venezolanos vemos como una evidente estafa y un fraude. Una burla.

Por un segundo, pareció que iba a prevalecer la sensatez y que la propuesta “constituyente” sería retirada. Por un segundo y a última hora, pero ¿qué más venezolano que eso? No sucedió. No hubo negociación ni acuerdo. Menos diálogo. Aunque algunos aplaudan, es una pésima noticia para el país. Nuevamente, ha sido derrotada la política y el gran beneficiario es el régimen que, como insistimos la semana pasada, es patentemente antipolítico, dado más bien al exterminio del contrario y la aniquilación de la disidencia.

Dijimos que le han llamado constituyente, sin serlo. Y es que, a todas luces, lo que han planteado no es una Constituyente, como lo fue la de 1947, como lo fue, con todos sus bemoles, la de 1999. Esta pantomima se parece más a un “congreso de la patria”, a una instancia de ellos, con ellos y para ellos. Ellos, el grupito. Los demás, el país, no tenemos cabida. Sí, la fulana constituyente es poco más que una convención obligada del PSUV.

Personas sin ninguna entidad desfilan como candidatos. Ni ellos están claros de qué hacen allí. Para, supuestamente, modificar las bases del destino compartido de 30 millones no buscaron a los mejores, sino a lo que había, a lo que quedaba del raspadito de la olla roja… Junto a ellos, que son evidentemente el relleno, los que, por rayados, no les importa la raya. Y sobre todos ellos, los únicos que importan: el grupito que decide, conformado por los pesos pesados de siempre, los del guiso, los de las sanciones, los ligados a lo turbio, los militares manchados. Allí, entre la burla y la farsa, ellos saben el verdadero objetivo de la constituyente: eliminar los controles y sofocar a la disidencia pero, sobre todas las cosas, saben que en esta mamarrachada se juegan el control del oficialismo, el dominio del pranato.

Lo de la constituyente es una comparsa del PSUV. Militantes, empleados públicos temerosos y militares obligados por un Alto Mando en violación permanente y flagrante del artículo 328 de la Constitución están llamados a ponerle carne a lo que todo el pueblo sabe es apenas un mal teatro. Algunos votan, nadie elige nada.

No será a través del fraude constituyente que podrá una pandilla sin apoyo popular someter al Bravo Pueblo de Venezuela. Este país, el de “obligado, ni a la esquina”, el del “cuero seco”, no se resignará a vivir de rodillas. Todo lo contrario, la comparsa del PSUV agudizará el conflicto e incrementará la tensión. El domingo la siembra es de profunda ingobernabilidad.

No, no se acaba Venezuela el 30. Vendrá el 31, y luego el 1 de agosto, y de septiembre, y de octubre. Saldrá el sol cada día, y junto a él un pueblo decidido a recobrar su libertad, su dignidad y su calidad de vida. Eso viene, lo demás solo existe en las fantasías de los que pretenden, sin que nadie los quiera, dominar a la Nación.

“Ya vengo”

Luego de tres años y 107 ediciones escribiendo política de una manera distinta, hoy me despido de nuestros lectores. Nuevas oportunidades de formación profesional me mantendrán alejado de estos Editoriales. Formación para servirle a Venezuela, ¡para devolverle tanto! Es apenas un “ya vengo”. En este tiempo, PolítiKa UCAB ha logrado consolidarse como un referente del análisis político en Venezuela, continuando el camino ya andado por su fundador y primer Editor, el profesor Gustavo Moreno. Esto es obra de nuestros articulistas, de sus plumas agudas y opiniones críticas, que suman al debate que toma y ha de tomar nuestra patria, y de nuestros lectores, siempre atentos, críticos y consecuentes.

La revista queda en las mejores manos. A partir de la semana que viene, Elvia Gómez asumirá las riendas como Editora. Elvia no necesita presentación, es una cuarto bate del periodismo y sabemos que, sin duda, llevará a PK a niveles aun mayores de proyección y éxito. Le deseo a Elvia todo el éxito del mundo en esta nueva tarea.  Por mi parte, estaré estrenando una nueva columna para seguir aportando a la discusión.

Quiero agradecer a mis amigos y compañeros del Centro de Estudios Políticos, y particularmente a nuestro Director, Benigno Alarcón, por la confianza y la gratísima tarea que me encomendó en estos años frente a la revista. También, quiero agradecer especialmente y extender un reconocimiento público a Daniela Chacón y Carlos Chirino, quienes trabajan la magia que no se ve detrás de PolítiKa UCAB, de sus plataformas y redes. Sin ustedes, sin su trabajo, esta revista no sería lo que es. Y a todos nuestros lectores, gracias nuevamente por acompañarnos en este esfuerzo que apenas comienza…


Publicado en PolítiKa UCAB el 28 de julio de 2017.

¿Dónde está la política?

La gran conquista de la sociedad venezolana en el siglo XX fue la política. Esta hizo posible –y es siamesa de- la democracia. La política representó un avance sin igual para un país que se dedicó, durante todo el siglo XIX, a la guerra, al exterminio fratricida, a matarse entre sí.

Así, la imposición dio lugar a la negociación y al diálogo. Conversando se entendió la gente. Diversidad de actores, de intereses, de maneras de pensar se encontraron el la esfera política y, a través de la conciliación, trazaron los grandes acuerdos que permitieron dibujar, en la diversidad y la heterogeneidad, un norte compartido para Venezuela.

En la lucha de la civilización contra la barbarie, la política fue crucial. Y lo fue porque hablar de política es hablar de civismo, de resolver las diferencias de manera civilizada, sin violencia; de reconocerse y, sobre todo, de respetarse. No, no hubo un reparto de cuotas entre gente de superficialidad ideológica, que pensaba más o menos igual. Lo contrario, quienes se entendieron ayer en Venezuela representaban ideas contrarias, en algunos temas diametralmente opuestas incluso. Allí el valor de dibujar ese futuro compartido, no en la uniformidad, sino en la diversidad.

Por supuesto, la política entró en crisis: las instituciones no lograron responder al ritmo de los cambio sociales, incluso de los promovidos en positivo por ellas mismas; la corrupción; el rentismo; el papel de las elites; la crisis de representación. Esto y mucho más. Sobre sus ruinas surgieron el chavismo y el primer antichavismo antipartido, con un mensaje muy similar.

La antipolítica se instalaría en el imaginario, con consecuencias muy reales: la promoción del militarismo y la vuelta del “gendarme necesario”, el takeover de los dueños de medios de la actividad que normalmente compete a los dirigentes políticos. Hasta 2006, cuando la política fue retornando, tímidamente. No, no son antipolíticas las críticas a la política, a los políticos ni a los partidos. Sí lo son, sin embargo, los procederes intransigentes y contrarios al entendimiento, al reconocimiento del contrario, a la libertad de pensamiento, acción y asociación. Aunque lo digan los políticos, no hay política en exterminar al contrario, en volverlo polvo cósmico. Nada más lejos. Los desafíos del presente exigen una vuelta a la política, en medio de alarmantes exhibiciones de comportamientos pre y anti políticos que nos hacen preguntarnos, con preocupación, hacia dónde va esto…

El oficialismo no cree en la política. Su planteamiento participativo no es sino una pantomima tutelada y nariceada en el chantaje rentista. Hoy, cuando el modelo hace aguas y la popularidad se ha ido para no volver, es evidente: colectivos paramilitares, malandros y militares representan el sostén del régimen.

¿Y del otro lado? La existencia misma de la MUD representa un logro político. Con todas las críticas que puedan hacerse, justificadas y no tanto, poner de acuerdo a un abanico tan amplio de maneras de pensar, de partidos y hasta de egos, es una muestra política contundente. Que la MUD deba ampliarse, ir más allá de la rosquita ejecutiva y asumir una mayor conducción es cierto, pero no desmiente lo anterior.

En esta lucha de más de cien días, una lucha de resistencia, se ha agudizado el conflicto. Y justo cuando más falta hace, pareciera que el gran ausente es la política. La calle es un instrumento político, pero no puede sustituir a la política. Así, la calle genera presión, deja claro el mensaje de todo un pueblo, pero la calle no puede ser un fin en sí mismo. Tampoco la calle puede convertirse únicamente en una épica para el enfrentamiento heroico contra militares y malandros armados. La naturaleza asimétrica del conflicto lo imposibilita. La política debe recobrar fuerza para conducir esta lucha y los dirigentes deben orientar la acción colectiva planteando una agenda concreta y realizable.

El régimen ha sido inclementemente violento frente al clamor popular. Como respuesta, parte de quienes hoy protestan de diversas maneras en el país, en el desespero y la frustración, están convencidos de que la única manera de derrotarlos es en su mismo terreno. Sí, indigna y entristece la manera en la que supuestos sectores de izquierda celebran y ríen con la represión, las arremetidas paramilitares y el fetiche de la prohibidera; pero también preocupa, mucho, cómo muchos de quienes dicen luchar por la libertad pretenden imponerse a sus vecinos, a sus compañeros de lucha, con métodos que les hacen parecerse a lo que tanto dicen enfrentar. La intransigencia y la violencia no hacen sino afianzar las bases del chavismo, no importa cómo quiera llamarse quien las enarbole.

¿Dónde está la política? Quizás el título, por provocador, es muy duro. La verdad es que desde la Asamblea Nacional se han hecho intentos genuinos por encauzar políticamente el conflicto. Sobre todo la Consulta Popular del pasado 16 de julio representó un triunfo de la política. El resultado de esa jornada abrumadora plantea nuevos desafíos, incluida la negociación. Sin complejos, sin tenerle asco a la palabra. Venezuela no puede seguir siendo el país en el que gobierno y oposición no se hablan. Debe plantearse una agenda concreta, no un show, que siente las bases para resolver la crisis y superar el conflicto, dándole al pueblo la última palabra como dueño de su destino. Podrá decirse que al régimen no le interesa, y eso es verdad, y ese reto solo la política y la presión popular pueden encararlo.

Conducción, liderazgo, dirigencia. En corto, política. No serán los colectivos que amedrentan y asesinan los que llevarán al país al siglo XXI, pero tampoco los que, en barricadas, deciden que no les da la gana ni le importa la opinión del vecino porque sí, por malandraje de otro estrato o ideología.

Vamos pues, de vuelta a la política. Este país de todos tenemos que hacerlo todos. Nadie quiere una guerra, queremos paz y entendimiento. La política motorizó el más grande cambio social de la historia de Venezuela, es hora de que lo haga de nuevo.


El pueblo decide

 

Los venezolanos prefieren una solución electoral, constitucional, pacífica y democrática a la crisis y al conflicto que vivimos. Eso lo respaldan todos los estudios de manera consistente. Y es una buena noticia. Lo normal, en una democracia sana, es que esa solución electoral llegue sin sobresaltos, como parte de la natural dinámica democrática. Sin embargo, en Venezuela, desde el año pasado se cerraron las vías institucionales para la participación política de los ciudadanos.

Primero, fue la suspensión de las elecciones regionales, con el CNE otorgando una ñapa inconstitucional al período de gobernadores y diputados a los consejos legislativos. Luego, con el aborto al referéndum revocatorio presidencial, establecido en la Constitución como un derecho del pueblo, y que hubiese significado un hito importante para la superación del conflicto.

Por supuesto, las razones, en ambos casos, responden a intereses políticos. Si en 1999 la revolución encontró una institucionalidad debilitada, desde entonces la misión fue acabarla, derrumbar el aparataje estatal y confundirlo en el partidista, a la vez que se promovía un enfermizo culto a la personalidad y, de nuevo, el ensalzamiento al militarismo. La intención era clara: todo el Estado al servicio del líder… y todo el pueblo también. Así, la condición de ciudadano se transformó en la de súbdito. Así de “revolucionaria” era la cosa. En todo caso, ya para 2016 la escena de unas instituciones cooptadas por el Ejecutivo y al servicio del partido de gobierno eran parte natural del panorama político venezolano. De modo que, aunque indignó, a nadie sorprendió que el CNE eliminara las elecciones regionales y el referéndum por la sencillísima y evidente razón de que eran procesos imposibles de ganar para el PSUV y Nicolás Maduro.

Luego de un silencio ensordecedor de meses, el CNE reaparece, ambas rodillas en tierra, para validar vía express la propuesta constituyente de Maduro. Mientras el proceso de convocatoria al referéndum revocatorio estuvo lleno de obstáculos y trabas, para la constituyente madurista ni la Constitución fue impedimento. En todas las etapas del proceso hubo luz verde y paso apresurado. En todas, menos en una, el “pequeño detalle” que hace a esta constituyente nula e inconstitucional: nuevamente se le niega la voz al pueblo, al permitirle al presidente convocar directamente, usurpando la soberanía popular, a esto que a todas luces es una estafa para la concentración de poder y la evasión de los controles republicanos.

La reiterada pretensión de burlar la voluntad de los venezolanos, que pasó por el desconocimiento de la Asamblea Nacional, la oficialización de la dictadura con las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia y la reiterada negativa del partido-gobierno a medirse electoralmente llevó al pueblo a la calle, donde lleva más de 100 días. Tras el cierre de las vías institucionales, la calle sirvió de espacio para la expresión popular y la resistencia. El 16 de julio, los venezolanos han sido llamados a otra tarea: la convocatoria a una gran consulta nacional, la que debió hacer el CNE. Con el prestigio de los rectores universitarios como garantes y la mirada vigilante del mundo, el próximo domingo se le dará la voz al pueblo, para que exprese, inequívocamente, lo que quiere y lo que no quiere para el futuro de la Patria.

Estas líneas se escriben dos días antes de la consulta popular del 16 de julio. Algunos las leerán antes del evento, otros después del plebiscito. En todo caso, un gran esfuerzo organizativo y político ha empujado esta iniciativa para darle la palabra a los venezolanos, a pesar de que el régimen intentó sabotearla, encarcelando incluso a sus organizadores clave.

En este esfuerzo, la MUD ha sido vital. Pero lo fundamental ha sido la tarea de ir más allá de los linderos tradicionales de la oposición, en aras de la verdadera unión nacional. Así, centenares de dirigentes de los partidos políticos de la Unidad giran el país organizando la consulta. Y lo hacen también líderes sindicales, dirigentes nacionales no domiciliados a la MUD, e incluso el chavismo disidente.

El reto, bienvenido, es el de enviar un mensaje contundente: el de la soberanía popular, el de la democracia en acción. Y ese mensaje es inequívoco: Venezuela rechaza la constituyente madurista, quiere un cambio político y exige respeto a la Constitución.

La mesa está servida. El domingo el pueblo se dará la tarea que el CNE se negó a hacer: organizado por su cuenta, con los talentos que le sobran, el domingo el pueblo decide.

Foto: AFP PHOTO / Federico Parra

 


Otra vez, la barbarie

La escena es brutal. Hombres armados y encapuchados asaltan el Palacio Federal Legislativo. Atacan con cohetones, palos, cabillas. Abren fuego, a plomo limpio. En el suelo, el diputado Armando Armas yace herido, sangra, mientras una rueda de mercenarios lo ataca sin cesar. En otro punto, el diputado Américo De Grazia cae herido, también sangra y convulsiona. No son los únicos: diputados, periodistas, trabajadores, todos víctimas de estos que, lo hemos dicho antes, no son hijos de Bolívar, sino de Monagas. Viendo los toros desde la barrera está el coronel Lugo con sus hombres de la Guardia Nacional. Su misión es defender el Palacio y la integridad física de los diputados, pero sirven otros propósitos, responden a otros intereses, a otras órdenes: abren las puertas del Parlamento a los violentos y observan, entretenidos, la arremetida contra los representantes del pueblo. Son cómplices. Camaradas.

La sede de la Asamblea Nacional es asediada por horas. Cuando finalmente logran salir quienes han asistido a la sesión por el Día de la Independencia, lo hacen bajo una lluvia de agresiones. Ya todo había sido advertido, avisado más bien. Diosdado Cabello, en su televisada oda al odio, había amenazado con estas acciones. El coronel Lugo había ya dado su infame empujón a la democracia y a las formas republicanas. Al agredir a Julio Borges dejaba claro el mensaje: aquí mandamos los militares, no hay subordinación al poder civil, aquí hacemos lo que nos da la gana. Vergonzoso. Alias “Cabeza e’ mango” se atribuye, orgulloso, el asalto al Parlamento. Está libre, por supuesto. Por menos de eso hoy hay venezolanos presos, juzgados por tribunales militares y asesinados por la dictadura.

A Mario Silva le preguntan por sus propuestas a la Constituyente y responde “meterlos presos a todos”, junto a una ráfaga de improperios que no viene al caso reproducir. Colectivos con armas largas se pasean impunemente por las ciudades, disparando a la gente. Los militares y cuerpos policiales se hincan a su paso, humillados. La orden es clara: son intocables. Jóvenes son torturados, les hacen beber gasolina hasta vomitar. Venezolanos de bien son apresados arbitrariamente. El TSJ se salta la Constitución, como de costumbre, para hacer una designación chimba de una “Vicefiscal”, también chimba. No hay República. Una mafia se apoderó del Estado para instaurar una malandrocracia y desangrar a la Nación en beneficio de intereses oscuros. Es el signo de la barbarie. Otra vez, la barbarie…

Los venezolanos leemos con mucho orgullo al Gallegos de Doña Bárbara. Sabemos lo que allí retrata, lo que quiere representar. Generaciones de venezolanos nos criamos viendo la dictadura a lo lejos, como recuerdo y testimonio de lo que, con mucho esfuerzo, sangre, exilio y lucha, superamos como Nación. Nunca pensamos que saldrían secuelas en pleno siglo XXI.

La barbarie es orgullosa. Diosdado Cabello aplaude de pie al coronel Lugo, el que dio el empujón a la democracia. El teatro, repleto de militares, sigue el ejemplo. Lo que no pueden por los votos lo hacen con las balas. Esa es la promesa de una mafia inescrupulosa y bárbara, declarada en guerra contra el bravo pueblo de Venezuela.

Frente a la barbarie, toca izar las banderas de la civilidad, del republicanismo y de la democracia. El malandraje está guapo y apoyado, pero es repudiado. Al final, no podrá la malandrocracia sostenerse por la fuerza de las capuchas y las armas. Venezuela está unida en un grito por el cambio, por la libertad y por la prosperidad.  Como ayer, se trata de una lucha de la civilización contra la barbarie. Esta vez, el reto está en lograr, sobre la barbarie, una victoria irreversible y definitiva.


Publicado en PolítiKa UCAB el 7 de julio 2017.

Democracia y protesta en números

Esta semana, desde el Centro de Estudios Políticos, presentamos los resultados de dos estudios de opinión que resultan especialmente relevantes para los tiempos que corren. El primero se trata del Barómetro de las Américas 2016-2017, realizado en alianza con la Universidad de Vanderbilt en el marco del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP), y que trata fundamentalmente sobre el estado de la democracia en el país. El segundo estudio se refiere a las Percepciones Ciudadanas de la Protesta 2017, y nos ayuda a una mejor comprensión del fenómeno de calle que ha regido la dinámica cotidiana nacional en los últimos meses.

Son muchos los hallazgos que ofrecen ambas encuestas. En estas líneas, resumiremos algunos de los puntos principales. Comenzamos por el Barómetro de las Américas. Los resultados de esta investigación apuntan a la crisis y las oportunidades de la cultura democrática en Venezuela. Lo primero que hay que destacar, en ese sentido, es cómo la situación del país influye en la satisfacción con la democracia. La economía sigue siendo el principal problema para ocho de cada diez venezolanos, seguido de la inseguridad, no porque ésta haya mejorado, todo lo contrario, sino porque la gravedad del problema económico la ha hecho palidecer en menciones.

Este estudio que, a diferencia de la encuesta sobre protestas que detallaremos más adelante, fue realizado antes de las protestas, ya mostraba que seis de cada diez venezolanos consideraba el nivel de conflicto social y político como alto o muy alto. El resto del coctel lo completa una altísima intención de emigrar, sobre todo de los más jóvenes, en los que 53% de los venezolanos entre 18 y 29 años manifiesta su intención de irse de Venezuela. El resultado se evidencia en un descenso significativo en los niveles de satisfacción con la democracia: 74% de los venezolanos dicen estar, hoy, insatisfechos con el sistema democrático en el país. Esta cifra constituye el nivel más alto de todo el decenio analizado.

Asimismo, más de la mitad de los encuestados considera que Venezuela es un país poco o nada democrático, con 23% señalando al país como nada democrático. Así, una profunda crisis ha hecho tambalear el apoyo al sistema político en Venezuela, en medio de un agudo conflicto político y con una población, especialmente la más joven, buscando alternativas en otras latitudes.

Por su parte, el estudio sobre Percepciones Ciudadanas de la Protesta 2017 nos da luces sobre lo que ha sucedido luego de estos meses de manifestaciones intensas en todo el país. Lo primero que hay que resaltar aquí es la configuración de la autodefinición política de los ciudadanos. La palabra es fragmentación: 16% es chavista y se restea con el presidente Maduro; 13% es chavista pero está descontento con Maduro; 30% es opositor y se restea con la MUD y 11% se considera de oposición pero no se siente representado por la alianza unitaria. ¿Lo que falta? 31% que no se identifica con ninguna de las opciones anteriores. No es un “ni-ni” indolente, sino un independiente sin identificación con las partes que hoy pugnan en el conflicto polarizado.

Evidenciando el espíritu democrático construido por décadas, casi el 80% de los venezolanos quiere que los cambios políticos se den por la vía electoral, mientras que 12% prefiere acuerdos entre el gobierno y la oposición. Los fantasmas del golpe militar, la guerra y la intervención extranjera a duras penas registran y no son significativos del sentir nacional.

En cuanto a las expectativas sobre posibles soluciones, salta a la vista el muy escaso apoyo que suscita la propuesta constituyente del oficialismo. Apenas 5% de la población piensa que la Constituyente es lo mejor para el país. Si segmentamos, observamos que esto implica que apenas 13% del chavismo madurista apoya la Constituyente y piensa que traerá soluciones. Para la mayoría de los venezolanos, las soluciones a la crisis pasan por lo electoral, la protesta y el diálogo.

El empoderamiento ciudadano es otro asunto importante. Más de la mitad del país considera que la participación del pueblo puede influir en que el cambio político se dé.  En cuanto a la protesta, alrededor de 60% de los encuestados creen que las manifestaciones tienen poder, en distintos grados, para lograr un cambio de gobierno.

Las protestas generan expectativas en la gente. Para 24% esta expectativa es un cambio de gobierno, mientras para 23% es la realización de elecciones. De nuevo, la fragmentación: 23% considera que todo quedará peor luego de las protestas y 20% que todo quedará igual.

En lo que sí hay consenso es en que protestar es peligroso. Casi 94% de los entrevistados considera que protestar implica peligro, y para 75,7% implica mucho peligro. Pese a esto, 19% expresa haber participado en protestas activamente. Esto, lejos de ser una cifra marginal, es un número elevadísimo, sobre todo si se considera que, de acuerdo a la teoría, 3% de participación es clave para que la protesta conduzca a un cambio de régimen. ¿Por qué no participa el resto? La violencia ha subido las barreras a la participación y el miedo sigue presente como una nube negra en la disposición a protestar.

Lo hemos dicho: estos estudios ofrecen mucha tela qué cortar: los motivos para la protesta, sus principales motivadores, el apoyo de los convocantes. Invitamos a su lectura detenida y extendemos, también, la invitación a acompañarnos el 11 de julio a las 5 de la tarde en el teatro Trasnocho Cultural de Paseo Las Mercedes, donde realizaremos una conferencia para analizar más a fondo los resultados del Barómetro de las Américas. La entrada es libre, allá nos vemos.

 

Foto: @Ucabistas

Publicado en PolítiKa UCAB el 30 de junio de 2017.

Estado de terror

Ha muerto el Estado de Derecho en Venezuela. La norma es el atropello, el capricho del mandamás, el autoritarismo. El régimen desconoce la Constitución a más de un mes de siquiera instalar su fraudulenta constituyente. Presumen que lo que falta es un trámite, que ya la “bicha” está moribunda. Los verdugos de la Constitución son también los verdugos del pueblo venezolano: son los responsables del hambre que sufre la gente, del hampa desbordada que enluta a las familias, del colapso del país, que hace que nada sirva, que nada funcione. Y también son los verdugos en el sentido más directo: son los que halan el gatillo ante venezolanos armados solo de su irreverencia y ganas de vivir en libertad; son los que dan las órdenes, los que dicen una cosa frente a las cámaras que la realidad se encarga de desmentir, demoledoramente, en el día a día.

Les ha importado poco asesinar a decenas de venezolanos. Les tiene sin cuidado que el país entero los desprecie y se oponga a su proyecto de dominación. El régimen se ha atrincherado, con unos costos de salida elevadísimos producto de sus violaciones a los Derechos Humanos y de sus lazos con el mundo del crimen organizado internacional. Son la anti Patria, y están dispuestos a llevarse a Venezuela por delante en su empeño por aferrarse al poder y los privilegios.

Todo fue una estafa. Toda la cantaleta socialista, democrática y participativa terminó en la instauración de un Estado policial, uno que resulta ser malandro y policía a la vez, en el país donde las fuerzas del orden se han llenado de hampones mientras los funcionarios honestos se ven humillados, a sus órdenes.

Está claro que solo quieren más control, más poder. Nada en beneficio del pueblo, ni un plan para la ciudad, para los poblados. No hay gerencia pública, no se piensa en gestión. Solo se reparten cargos con nombres rimbombantes que terminan siendo poco más que cajas chicas, chapas y premios a la incondicionalidad y a la complicidad.

Muerto el Estado de Derecho, instauran el Estado de Terror. Persecución, allanamientos, muerte. Detenciones arbitrarias. Todos somos sospechosos, nuestro delito es militar en la democracia, en la Constitución y en la venezolanidad. El chavismo ha sido un proyecto antipolítico desde su génesis: lo suyo es la aniquilación del contrario, el exterminio del otro, no el reconocimiento, mucho menos la conciliación ni la resolución de las diferencias por medios civilizados.

Ninguno de nosotros fue socializado para la dictadura, y el relato heroico de la conquista de la democracia, pensábamos, formaba parte de nuestro acervo histórico, familiar, uno que nos llenó siempre de profundo orgullo, pero jamás pensamos que nos tocaría, en pleno siglo XXI, enfrentar de nuevo a las tinieblas, a las botas, a la barbarie. El Estado de terror vislumbra días oscuros para Venezuela. Necesario es, entonces, ser la luz, cada quien desde su espacio. Ser la luz para impedir que la tiniebla se imponga y nos apague los sueños definitivamente.

 

Son momentos de terror. También de incertidumbre. Una cuenta regresiva terrible se cierne sobre los venezolanos. Un día menos para la estafa constituyente. ¿Qué va a pasar aquí? Quien afirme tener la respuesta única y definitiva miente o es brujo. De lo que sí tenemos certeza es de algunas verdades incontrovertibles: Que el pueblo venezolano es fuerte y bravo, que no se doblega, que asume las luchas con valentía y arrojo; que los venezolanos nos oponemos al proyecto autoritario, pirata, malandro y criminal del régimen que representa el statu quo; que no podrá jamás una ínfima minoría, un grupito celoso de los privilegios, arrodillar a este, el país del cuero seco; que en la diversidad, los venezolanos nos miramos a los ojos y superamos cualquier diferencia para enfrentar las pretensiones de quienes se juran amos y ven al pueblo como siervos; y que pretender imponer, con una constituyente, la dominación de un pueblo como el nuestro es irreal e insostenible. Estas y otras son verdades evidentes.

No sabemos qué va a pasar, lo que sabemos es que vienen días en los que los venezolanos enfrentaremos y tendremos que superar las más duras pruebas ante una casta inescrupulosa, que le importa nada llevar esto a la guerra civil con tal de conservar sus parcelas. En estos momentos, toca crecernos como Nación, toca organizarnos barrio a barrio, calle a calle, en defensa de los valores más preciados de la venezolanidad y unidos en ese grito eterno por la libertad, la justicia y la paz que jamás podrán acallar las bayonetas y las botas.

 

Foto: Miguel Gutiérrez / EFE

Publicado en PolítiKa UCAB el 23 de junio de 2017.

La Fiscal y las instituciones

Mucho se ha debatido, durante muchísimo tiempo, sobre la naturaleza del “problema venezolano”. Una de las perspectivas que más fuerza cobra en ese ejercicio es la cultural. De acuerdo a esta, los venezolanos tenemos unas “taras” culturales que truncan nuestro camino al desarrollo. De aquí se desprenden muchos argumentos: Que si aquí llegaron unos españoles vagabundos que solo buscaban hacer riquezas; que si los indios eran flojos; que si nuestro mestizaje en realidad trabajó en nuestra contra; incluso, que el clima, la geografía y la ausencia de estaciones nos han hecho un pueblo “flojo”; que tenemos (o más bien “tienen”, siempre el otro) “un rancho en la cabeza”. Es un enfoque equivocado. El resultado único de la perspectiva culturalista y sus derivados geográficos y climatológicos es el fatalismo: si es así, no hay nada que hacer.

Una perspectiva menos escandalosa pero más acertada se enfoca, no en lo cultural, sino en lo institucional. Así, el “problema venezolano” parte y se debe, en gran medida, a la ausencia de instituciones efectivas. El resultado: no hay reglas claras. La consecuencia: la anomia. “La ley respetando” solo se encuentra en el himno, y el déficit institucional ha determinado que en Venezuela, lejos de regirnos por el Imperio de la Ley, nos enfrentemos al Imperio del Capricho, como lo llamó el historiador Ramón J. Velásquez. Son pocas las instituciones con longevidad en Venezuela, sean públicas o privadas. Nuestro constante “borrón y cuenta nueva” es causa y consecuencia de esto.

La lucha que por más de 70 días adelanta el pueblo venezolano en defensa de la libertad, la democracia y el bienestar ha puesto de manifiesto la importancia de la esfera institucional. Ante la amenaza concreta de una “constituyente” fraudulenta que busca atropellar a la mayoría del país en un intento por lograr la hegemonía de un pequeño grupo, son diversas las posturas que, desde las instituciones, se han fijado para enfrentarla. Así, hemos visto a sindicatos, asociaciones profesionales, gremios, cámaras empresariales, el movimiento estudiantil, la Conferencia Episcopal, partidos políticos, asociaciones civiles, asociaciones de rectores universitarios, las universidades mismas y un sinfín de organizaciones pronunciarse y organizarse en rechazo de la constituyente y en defensa de la Constitución y la democracia.

Quizás la más relevante postura institucional es la que proviene de la Fiscalía General de la República. Desde el seno del chavismo, la Fiscal General ha retomado la senda institucional y, de manera valiente, ha alzado la voz contra lo que a todas luces se muestra como la horca de la democracia. Más allá de realizar pronunciamientos públicos, la Fiscal ha introducido recursos varios ante un Tribunal Supremo de Justicia que sabe cooptado por el Ejecutivo. No se trata de una postura ingenua, sino de una cementada sobre la necesidad de promover, fortalecer y hacer valer la institucionalidad republicana y democrática.

Si algo ha de garantizar la consolidación de la democracia una vez que el pueblo venezolano logre reconquistarla, es precisamente el fortalecimiento de las instituciones. Que lejos de mandar un hombre, manden las leyes. Que el poder, limitado, resida en los cargos y no en las personas. Que las reglas claras se impongan al atropello y el “a mí me da la gana” de los autócratas. Instituciones responsivas, que rindan cuentas y atiendan los reclamos de un pueblo que encuentra en las calles y la protesta los únicos medios para hacerse sentir, justamente ante la falta de respuesta de las instituciones del Estado. He allí un enorme reto para el futuro, que está siendo abonado por la lucha que, desde diversas instituciones, se hace hoy en defensa de la democracia.

Las instituciones son clave para el desarrollo y el entendimiento nacional. Son un muro de contención contra el autoritarismo, el abuso de poder, la impunidad y la corrupción. Con el fortalecimiento de las instituciones ganamos todos, hoy y mañana.

Luego de 15 años de una revolución signada por la dominación carismática, profundamente personalista, ajena a los controles y decididamente contraria a la separación de poderes, el chavismo enfrentó la crisis de sucesión típica de este tipo de regímenes. El carisma no es transferible, como bien dijo Weber y entendió el presidente Maduro, por lo cual los últimos cuatro años de la revolución han dado un acelerón a los rasgos autoritarios que ya se encontraban en la génesis de un proyecto anclado en las tanquetas y los fusiles. A casi 20 años de todo esto, quizás ahora sí veamos, los venezolanos, la importancia de las instituciones, de cuidarlas, fortalecerlas y reclamarles cuando se salen del camino. Son las instituciones nuestra mayor garantía contra el abuso, de la preservación de los derechos y las libertades, de la justicia, la paz y la estabilidad. No, no es “el rancho en la cabeza”, son las instituciones “ranchúas”. Hoy saludamos el renacer de la valoración social de la institucionalidad y hacemos votos por que en el futuro una Venezuela de instituciones sólidas se traduzca en un país de derechos y oportunidades para todos por igual.

Foto: AVN


Publicado en PolítiKa UCAB el 16 de junio de 2017.