Los rostros de la esperanza

Luego de un mes de intensa movilización popular, cuyo reclamo inequívoco es el cambio de gobierno y una apertura democrática que permita mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, los venezolanos hemos recibido con indignación profunda la arremetida represiva del régimen de Nicolás Maduro. A pesar de la férrea censura, se han difundido videos, fotos y testimonios de brutales ataques militares, policiales y paramilitares a la población civil que, sin armas, protesta por un futuro mejor.

La violencia ha manchado de sangre la lucha de un pueblo y casi cuarenta familias lloran hoy a los héroes de la resistencia. Los costos de salida del poder de las cabecillas del régimen son hoy infinitos. Por esa razón lanzan a la policía, a los militares y a grupos armados a combatir a quienes tienen por única arma una pancarta y, a lo sumo, un escudo artesanal en cuyas tapas se leen mensajes por la paz y que apelan directamente a la conciencia de los soldados, a los que recuerdan que los crímenes de lesa humanidad no prescriben, que “seguir órdenes” no es una excusa aceptable en la Constitución que el presidente Maduro quiere desechar pero que sigue vigente, y en definitiva, que al final del día somos los mismos.

Hemos comentado en este espacio las ventajas de la lucha no violenta: su efectividad, sus efectos sobre la participación ciudadana, sobre la democracia resultante. Sin duda, la arremetida despiadada de la violencia no sólo busca intimidar y reprimir. También busca liquidar, exterminar al contrario. Pero, además, como también hemos advertido, la violencia busca generar respuestas violentas, que den pie a desvirtuar el reclamo popular, deslegitimar la causa democrática dentro y fuera del país, y justificar más represión.

Tientan al diablo. Hasta ahora, el grueso de la protesta se ha mantenido en los linderos de la no violencia, si bien la temperatura del conflicto ha suscitado algunas manifestaciones violentas. De resto, vemos a un pueblo buscando cómo defenderse entre bicarbonato y cartones, máscaras caseras, guantes que devuelven las bombas del odio y cascos que revelan el horror de las metras, balas y demás proyectiles que disparan con intención letal del otro lado de los escudos, ya no los caseros, sino los de verdad. Rogamos que la conciencia colectiva, profundamente cívica, resista el peine de la violencia, hija del régimen, único favorecido por el juego de fuerza, el único que puede ganar tras la erosión definitiva del apoyo popular.

Pero cuando el horror parece imponerse, cuando la arremetida parece demasiado, aparece la luz. Un destello en una valiente señora que a punta de dignidad hace retroceder un vehículo blindado; un resplandor en los estudiantes que, habiendo solo conocido a Chávez, se atreven a soñar y luchar por un país distinto, sin revanchismos, odios ni facturas. Ellos son los rostros de la esperanza, el lucero del camino.

Los ataques inclementes, las muertes sin sentido que han generado y el abuso de quienes usan las armas contra el pueblo han golpeado el alma de la Nación, pero no han quebrado la voluntad de cambio de los venezolanos que demuestran, una y otra vez, la determinación de protestar legítimamente por sus derechos. Sí, hay indignación, también frustración. Hay rabia, ira colectiva. Pero por cada paramilitar, mal llamado colectivo; por cada policía que, enlodando el nombre de la carrera policial, actúa como malandro, robando a la gente en la calle; y por cada injusticia existen estos, los rostros de la esperanza, los que nos hacen creer.

No es poca cosa, en el país de la desconfianza. Pero allí están, devolviéndonos la fe en la venezolanidad: los estudiantes, las madres, las religiosas. El grupo de primeros auxilios de la UCV, y los que han emprendido esfuerzos similares desde la UCAB y otras agrupaciones. El muchacho con su biblia. Los diputados, guerreando en primera fila. Los chamos anónimos, con su deseo irreductible de hacerse del futuro que el régimen ha negado. Ellos le dan hoy sentido a la lucha, nos recuerdan que, como país, no hemos cambiado tanto después de todo: que la solidaridad sigue siendo el faro que guía a los venezolanos, el signo de nuestra idiosincrasia. Que sí se puede, que hay talento de sobra, que hay manos para la reconstrucción en cada joven, en cada estudiante, en cada abuela y trabajador. Y eso, precisamente eso, es lo que mantiene la balanza del lado de la esperanza, y no de la entrega. Venezuela tiene con qué y tiene con quiénes: estos rostros de la esperanza, que anuncian la inminencia de un futuro prometedor para la Patria.


Publicado en Política UCAB el 5 de mayo de 2017.

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