Otra vez, la barbarie

La escena es brutal. Hombres armados y encapuchados asaltan el Palacio Federal Legislativo. Atacan con cohetones, palos, cabillas. Abren fuego, a plomo limpio. En el suelo, el diputado Armando Armas yace herido, sangra, mientras una rueda de mercenarios lo ataca sin cesar. En otro punto, el diputado Américo De Grazia cae herido, también sangra y convulsiona. No son los únicos: diputados, periodistas, trabajadores, todos víctimas de estos que, lo hemos dicho antes, no son hijos de Bolívar, sino de Monagas. Viendo los toros desde la barrera está el coronel Lugo con sus hombres de la Guardia Nacional. Su misión es defender el Palacio y la integridad física de los diputados, pero sirven otros propósitos, responden a otros intereses, a otras órdenes: abren las puertas del Parlamento a los violentos y observan, entretenidos, la arremetida contra los representantes del pueblo. Son cómplices. Camaradas.

La sede de la Asamblea Nacional es asediada por horas. Cuando finalmente logran salir quienes han asistido a la sesión por el Día de la Independencia, lo hacen bajo una lluvia de agresiones. Ya todo había sido advertido, avisado más bien. Diosdado Cabello, en su televisada oda al odio, había amenazado con estas acciones. El coronel Lugo había ya dado su infame empujón a la democracia y a las formas republicanas. Al agredir a Julio Borges dejaba claro el mensaje: aquí mandamos los militares, no hay subordinación al poder civil, aquí hacemos lo que nos da la gana. Vergonzoso. Alias “Cabeza e’ mango” se atribuye, orgulloso, el asalto al Parlamento. Está libre, por supuesto. Por menos de eso hoy hay venezolanos presos, juzgados por tribunales militares y asesinados por la dictadura.

A Mario Silva le preguntan por sus propuestas a la Constituyente y responde “meterlos presos a todos”, junto a una ráfaga de improperios que no viene al caso reproducir. Colectivos con armas largas se pasean impunemente por las ciudades, disparando a la gente. Los militares y cuerpos policiales se hincan a su paso, humillados. La orden es clara: son intocables. Jóvenes son torturados, les hacen beber gasolina hasta vomitar. Venezolanos de bien son apresados arbitrariamente. El TSJ se salta la Constitución, como de costumbre, para hacer una designación chimba de una “Vicefiscal”, también chimba. No hay República. Una mafia se apoderó del Estado para instaurar una malandrocracia y desangrar a la Nación en beneficio de intereses oscuros. Es el signo de la barbarie. Otra vez, la barbarie…

Los venezolanos leemos con mucho orgullo al Gallegos de Doña Bárbara. Sabemos lo que allí retrata, lo que quiere representar. Generaciones de venezolanos nos criamos viendo la dictadura a lo lejos, como recuerdo y testimonio de lo que, con mucho esfuerzo, sangre, exilio y lucha, superamos como Nación. Nunca pensamos que saldrían secuelas en pleno siglo XXI.

La barbarie es orgullosa. Diosdado Cabello aplaude de pie al coronel Lugo, el que dio el empujón a la democracia. El teatro, repleto de militares, sigue el ejemplo. Lo que no pueden por los votos lo hacen con las balas. Esa es la promesa de una mafia inescrupulosa y bárbara, declarada en guerra contra el bravo pueblo de Venezuela.

Frente a la barbarie, toca izar las banderas de la civilidad, del republicanismo y de la democracia. El malandraje está guapo y apoyado, pero es repudiado. Al final, no podrá la malandrocracia sostenerse por la fuerza de las capuchas y las armas. Venezuela está unida en un grito por el cambio, por la libertad y por la prosperidad.  Como ayer, se trata de una lucha de la civilización contra la barbarie. Esta vez, el reto está en lograr, sobre la barbarie, una victoria irreversible y definitiva.


Publicado en PolítiKa UCAB el 7 de julio 2017.

Foto: Shakira di Marzo

Los rostros de la esperanza

Luego de un mes de intensa movilización popular, cuyo reclamo inequívoco es el cambio de gobierno y una apertura democrática que permita mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, los venezolanos hemos recibido con indignación profunda la arremetida represiva del régimen de Nicolás Maduro. A pesar de la férrea censura, se han difundido videos, fotos y testimonios de brutales ataques militares, policiales y paramilitares a la población civil que, sin armas, protesta por un futuro mejor.

La violencia ha manchado de sangre la lucha de un pueblo y casi cuarenta familias lloran hoy a los héroes de la resistencia. Los costos de salida del poder de las cabecillas del régimen son hoy infinitos. Por esa razón lanzan a la policía, a los militares y a grupos armados a combatir a quienes tienen por única arma una pancarta y, a lo sumo, un escudo artesanal en cuyas tapas se leen mensajes por la paz y que apelan directamente a la conciencia de los soldados, a los que recuerdan que los crímenes de lesa humanidad no prescriben, que “seguir órdenes” no es una excusa aceptable en la Constitución que el presidente Maduro quiere desechar pero que sigue vigente, y en definitiva, que al final del día somos los mismos.

Hemos comentado en este espacio las ventajas de la lucha no violenta: su efectividad, sus efectos sobre la participación ciudadana, sobre la democracia resultante. Sin duda, la arremetida despiadada de la violencia no sólo busca intimidar y reprimir. También busca liquidar, exterminar al contrario. Pero, además, como también hemos advertido, la violencia busca generar respuestas violentas, que den pie a desvirtuar el reclamo popular, deslegitimar la causa democrática dentro y fuera del país, y justificar más represión.

Tientan al diablo. Hasta ahora, el grueso de la protesta se ha mantenido en los linderos de la no violencia, si bien la temperatura del conflicto ha suscitado algunas manifestaciones violentas. De resto, vemos a un pueblo buscando cómo defenderse entre bicarbonato y cartones, máscaras caseras, guantes que devuelven las bombas del odio y cascos que revelan el horror de las metras, balas y demás proyectiles que disparan con intención letal del otro lado de los escudos, ya no los caseros, sino los de verdad. Rogamos que la conciencia colectiva, profundamente cívica, resista el peine de la violencia, hija del régimen, único favorecido por el juego de fuerza, el único que puede ganar tras la erosión definitiva del apoyo popular.

Pero cuando el horror parece imponerse, cuando la arremetida parece demasiado, aparece la luz. Un destello en una valiente señora que a punta de dignidad hace retroceder un vehículo blindado; un resplandor en los estudiantes que, habiendo solo conocido a Chávez, se atreven a soñar y luchar por un país distinto, sin revanchismos, odios ni facturas. Ellos son los rostros de la esperanza, el lucero del camino.

Los ataques inclementes, las muertes sin sentido que han generado y el abuso de quienes usan las armas contra el pueblo han golpeado el alma de la Nación, pero no han quebrado la voluntad de cambio de los venezolanos que demuestran, una y otra vez, la determinación de protestar legítimamente por sus derechos. Sí, hay indignación, también frustración. Hay rabia, ira colectiva. Pero por cada paramilitar, mal llamado colectivo; por cada policía que, enlodando el nombre de la carrera policial, actúa como malandro, robando a la gente en la calle; y por cada injusticia existen estos, los rostros de la esperanza, los que nos hacen creer.

No es poca cosa, en el país de la desconfianza. Pero allí están, devolviéndonos la fe en la venezolanidad: los estudiantes, las madres, las religiosas. El grupo de primeros auxilios de la UCV, y los que han emprendido esfuerzos similares desde la UCAB y otras agrupaciones. El muchacho con su biblia. Los diputados, guerreando en primera fila. Los chamos anónimos, con su deseo irreductible de hacerse del futuro que el régimen ha negado. Ellos le dan hoy sentido a la lucha, nos recuerdan que, como país, no hemos cambiado tanto después de todo: que la solidaridad sigue siendo el faro que guía a los venezolanos, el signo de nuestra idiosincrasia. Que sí se puede, que hay talento de sobra, que hay manos para la reconstrucción en cada joven, en cada estudiante, en cada abuela y trabajador. Y eso, precisamente eso, es lo que mantiene la balanza del lado de la esperanza, y no de la entrega. Venezuela tiene con qué y tiene con quiénes: estos rostros de la esperanza, que anuncian la inminencia de un futuro prometedor para la Patria.


Publicado en Política UCAB el 5 de mayo de 2017.

Protesta, violencia y cambio político

Ha sido un mes convulsivo para los venezolanos. Desde que el cooptado Tribunal Supremo de Justicia pretendiera dar una estocada final a nuestra democracia maltrecha, consolidando en el proceso un autogolpe chavista, la fuerza de la gente se ha hecho sentir en las calles de todo el país. De manera contundente, millones de venezolanos deseosos de cambio han dado una lección de coraje cívico y, venciendo el miedo y una represión desmedida y criminal, han dejado ante el país y ante el mundo un testimonio firme e inequívoco de un pueblo resuelto a vivir en libertad.

Como siempre, la gente protesta porque se han cerrado los caminos institucionales de resolución del conflicto. Protestan los que llevan 18 años enfrentando el proyecto autoritario del chavismo, pero también los que se han desencantado en fechas más recientes. Incluso protestan quienes se consideran, aún, chavistas. A diferencia de episodios anteriores, no se trata de la mitad del país protestando contra el gobierno que representa a la otra mitad. Esta vez es, como lo llamábamos en nuestro Editorial pasado, el coro unánime del descontento enfrentado a una pequeña casta enquistada en los privilegios, el poder y lo turbio.

El éxito de la protesta ha obedecido, fundamentalmente, a tres factores: En primer lugar, a la presentación de una agenda clara. Para una oposición demasiado acostumbrada al “Maduro ¡Vete ya!”, reencarnado del “Chávez ¡Vete ya!”, las demandas por elecciones libres, reconocimiento a la Asamblea Nacional, liberación de presos políticos y apertura de canal humanitario representan un progreso importante. En segundo lugar, la participación masiva de los venezolanos ha dado a esta ola de manifestaciones una nueva fuerza. Y, en tercer lugar, el carácter decididamente no violento de la protesta ha significado un avance que ha reforzado y promovido el punto anterior. Un factor adicional está en la recuperación de lo simbólico: Venezuela está hoy conmovida e inspirada por un muchacho desnudo con una Biblia y una señora que se coloca en el camino de un vehículo militar; por unos muchachos, estudiantes de medicina, que salen a sanar las heridas del odio; por un pueblo llevado a la asquerosidad de El Guaire pero impoluto en su resolución. Ellos y muchos más son reflejo vivo de la dignidad humana.

Sin embargo, la cara grotesca de la violencia se ha asomado, promovida por el régimen. Organismos militares y policiales, junto a grupos paramilitares que actúan impunemente, se han lanzado ferozmente sobre un pueblo desarmado. El uso desproporcional de la fuerza ha dejado decenas de heridos; la represión indiscriminada ha cobrado víctimas en hospitales y escuelas; y la actuación criminal de grupos paramilitares y de la fuerza pública, violando los Derechos Humanos, ha cobrado la vida de 34 compatriotas.

La violencia, por supuesto, es promovida por el régimen para desvirtuar la protesta, para deslegitimarla a los ojos del pueblo y de la comunidad internacional, y para bajar los costos de represión, justificándola ante los efectivos policiales y militares y ante la sociedad en general. La violencia es hija del régimen y solo a éste le conviene. No pisar el peine de la violencia, a pesar de las frustraciones y la indignación, es esencial para el éxito de la movilización popular.

¿Hasta cuándo es sostenible este esquema de marchas y protestas? ¿Qué pasa con el agotamiento de la gente? ¿En qué va a parar todo esto?

La movilización que lleva ya un mes determinando la cotidianidad venezolana busca una transición a la democracia. Ha logrado articular políticamente la protesta social, de modo que la gente, lejos de contentarse con un CLAP, exige en cambio un nuevo gobierno que cambie la política económica para que no tenga que haber CLAP y la gente pueda comprar lo que quiera y cuando quiera en el abasto. La oposición ha logrado relegitimarse ante la población, colocándose en primera línea y asumiendo todos los riesgos de la persecución y la represión oficial y paramilitar. Pero existe, ciertamente, el temor de que la protesta sea insostenible en el tiempo, si bien sobrevivió el milagro de mantener políticamente activa y en la calle a la ciudadanía durante la Semana Santa.

La oposición debe aprovechar esta refrescada legitimidad para continuar dándole dirección política a la protesta. En ese sentido, debe marcar un punto claro de llegada, manejando responsablemente las expectativas de la gente y socializando el mensaje político. Un punto de particular importancia se refiere a lo electoral. La oposición debe dejar claro que votar no significa traicionar la lucha de calle, sino que votar es, precisamente, una conquista de esa lucha. También debe insistir en el hecho de que calle y voto no son mutuamente excluyentes, y que unas elecciones regionales y municipales son clave para desmontar la estructura clientelar del chavismo en las regiones y avanzar en el proyecto democratizador.

Del mismo modo, la oposición debe resistir la violencia proveniente de grupos criminales y cuerpos de seguridad del Estado. El sacrificio de 34 patriotas no debe ser en vano, y la violencia es un camino directo al fracaso de la protesta. La evidencia así lo certifica: los movimientos violentos, en promedio, tienen 150.000 miembros menos que los no violentos, ya que la violencia sube las barreras para la participación. Los movimientos no violentos fracasan en lograr un cambio de régimen 17% de las veces, frente a 61% de los movimientos violentos. Las democracias que nacen como resultado de movimientos no violentos tienden a ser más estables, duraderas y pacíficas que las que surgen de una disrupción violenta.

La protesta no violenta es efectiva, causa desafecciones y cambios de lealtades, y eso lo hemos visto durante este mes. La postura de la Fiscal General de la República y otros episodios dan muestra de fisuras en las filas del chavismo. La violencia es el pegamento que necesita el régimen para cohesionar nuevamente sus fuerzas.

¿Qué queda? Insistir. Insistir en la calle, con contundencia y en no violencia. E insistir en la resolución constitucional, pacífica y electoral del conflicto, presionando por elecciones a todo nivel y por el respeto a la separación de poderes y a la institucionalidad, alergias ambas del chavismo. Son días tremendamente difíciles para el país, en los que debe prevalecer la responsabilidad y la capacidad de conducción del liderazgo.

Queremos cerrar con un merecido reconocimiento a todos los venezolanos que hoy luchan por vivir mejor en democracia, especialmente a quienes han perdido la vida en defensa de la patria y a nuestros estudiantes, que nos llenan de orgullo y nos hacen sentir esperanzados en el futuro que hoy construyen para todos. Su dolor es nuestro dolor y sus sueños evocan el sentir de millones. Asimismo, reiteramos nuestro llamado a derrotar la violencia y a enfrentar con dignidad las pretensiones hegemónicas de quienes se creen, equivocadamente, dueños y señores de un pueblo que, como demuestra día a día, nació para ser libre.


Publicado en PolítiKa UCAB el 28 de abril de 2017.

 

Fosa común

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En un país en el que pasa de todo, todos los días, es común que se diluyan las noticias. En una semana podemos ser testigos de una devaluación voraz, de un nuevo cono monetario, de los últimos acontecimientos de la mesa de diálogo, de la agudización de la conflictividad social, de las divisiones en el seno de las coaliciones políticas. Esto, sin contar la batalla diaria contra la cotidianidad: la de la escasez, la inseguridad, el colapso del Estado. En este panorama, vamos perdiendo capacidad de asombro. Nos insensibilizamos ante el horror. El pasado 25 de noviembre, luego de denuncias por parte de familiares, se localizaron 12 cadáveres con signos de tortura en una fosa común en Barlovento.

Esta masacre fue perpetrada por la Operación de Liberación del Pueblo (OLP), política oficial de seguridad ciudadana desde 2015 y plan número de seguridad número 27 de la revolución. 18 militares están hoy tras las rejas, mientras que el gobierno intenta calificar lo sucedido como un hecho aislado. La verdad es que desde frentes distintos de la sociedad se había advertido mil y un veces sobre la OLP: se dijo que era un atropello, que configuraba una gigantesca operación de criminalización de la pobreza, que no respondía a criterios de legalidad ni debido proceso, que lesionaba los Derechos Humanos y, sí, que facilitaba procedimientos extrajudiciales, desapariciones forzadas y ejecuciones. No tenían que perder la vida, ni los doce de Barlovento ni los muchos más que han sido víctimas de esta política oficial.

Aun en el supuesto de alguna vinculación criminal, en Venezuela no hay pena de muerte. Pero de facto existe, particularmente a partir de la OLP. El régimen ha aprovechado el estigma de la pobreza y la criminalidad para soltar los demonios de lo extrajudicial, ante la mirada indiferente de mucha gente que, agobiada, siente que “por fin” y “al menos” ahora “están haciendo algo”…

Barlovento sienta un precedente espeluznante, sobre todo porque no es el primer caso y porque, incluso desde instancias oficiales, se reconoce que puede haber otros casos, con otras fosas, de otros muertos a manos de la OLP. Si bien la responsabilidad penal es personalísima, afecta a toda la cadena de mando. No pueden el presidente ni sus ministros lavarse las manos: es su política, diseñada e implementada desde arriba. No fue una desviación, la masacre es la consecuencia lógica y advertida del operativo, está en su espíritu mismo.

12 cadáveres con nombre y apellido, dos cuerpos sin reconocer y al menos cinco desaparecidos son el saldo de Barlovento, según información de la prensa. Ninguno tenía antecedentes penales, contra ninguno había orden judicial. Esto es solo Barlovento. Aterra pensar que la OLP actúa en todo el país.

La masacre de Barlovento es un aspecto, terrible, de una crisis mayor. Es una situación que ve a todo una nación sometida a las mayores penurias mientras un reducido grupo se aferra a privilegios y demás beneficios del poder. Es la escasez, el colapso de hospitales y escuelas, el desabastecimiento de medicamentos, el hambre. Es la fosa común, y el foso común. El sepulturero viene de arriba, viste el uniforme. Y aunque estén 18 detenidos, gracias al arrojo de los familiares de las víctimas, el sistema está intacto.

Barlovento nos deja consternados, profundamente preocupados como Nación. Se trata de la exploración de un terreno especialmente peligroso y macabro. Como sociedad, urge organizarnos para mantener viva la lucha por los Derechos Humanos y no permitir ni que se barran las masacres bajo la alfombra ni que lo cotidiano barra con la sensibilidad ante estos temas. Esto no parará hasta que cambie el sistema. Sabemos que la Fuerza Armada está llena de efectivos honestos y patriotas, que en el gobierno no muchos pueden estar de acuerdo con la mentalidad de escuadrón, de política de exterminio, con la que se asume la OLP. Y hacia allá es el llamado, a ejercer la presión para que se resarza a las víctimas, que haya justicia y se hagan los correctivos para que esto no vuelva a suceder.

Son 977 casos de presuntas ejecuciones extrajudiciales, según registra independientemente COFAVIC. ¡Casi mil ejecutados por una política oficial, solo de enero a julio de 2016! 81% son menores de 25 años, el futuro truncado en un crimen de lesa humanidad. La OLP fracasó y sacó lo peor de la represión militarizada. Ya basta, paren esa locura.  Justicia para las víctimas.


Publicado en PolítiKa UCAB el 9 de diciembre de 2016.

Advierten que discurso de Maduro incita a los grupos violentos

El politólogo Luis Salamanca y el sociólogo Daniel Fermín afirman que el lenguaje de gobierno es más agresivo por la pérdida de apoyo.

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El discurso del gobierno ha subido de tono en las últimas semanas para imponer su autoridad y fuerza, afirman expertos. Coinciden en que el motivo es la pérdida de apoyo popular.
El politólogo Luis Salamanca advierte que en los discursos del presidente Nicolás Maduro y de otros funcionarios han aumentado los niveles de violencia, amenazas y manipulación. «En lo que va de año, dado que el oficialismo y Maduro han perdido apoyo y sustentación popular, se han recrudecido el discurso y la acción violenta».
Fermín asegura que el gobierno «ha intensificado un verbo violento en la medida en que se ve cada vez más solo».

Salamanca explica que en los sistemas no democráticos se busca la obediencia por medio de la fuerza, el aplastamiento y la coacción. En su opinión, el gobierno emplea esa táctica heredada del presidente Hugo Chávez.

Fermín expresa que es importante saber a quiénes se dirigen los mensajes gubernamentales. «A través de los espacios y las cadenas lanzan líneas discursivas a los cuadros más comprometidos del PSUV para que las bases sepan cómo contestar y defender al gobierno», indica. Añade que el lenguaje siempre tiene consecuencias prácticas y que hay grupos que toman las palabras como una orden y la ejecutan de manera violenta.

«Los apodos y las amenazas son una forma de violencia moral sobre el adversario que sirven para degradarlo y ponerlo contra la pared. Las palabras de Maduro sirven para incentivar a ciertos grupos violentos», advierte Salamanca.

El experto agrega que no se trata exclusivamente de un discurso violento, sino que el gobierno dispone de un dispositivo violento. «El chavismo nació de la violencia, de dos golpes de Estado, y luego ha mantenido la amenaza como último recurso para defender la revolución. Ellos manejan el tema de la violencia en varios planos, el de discurso y el de grupos armados y milicias armadas, y además las usan».

Salamanca considera que lo ocurrido a El Nacional es una forma de agredir y manifestar el desprecio impuesto por Chávez contra el adversario, ya que ponen apodos, señalan y luego atacan. Puso como ejemplo lo sucedido con el diputado Julio Borges, que fue golpeado mientras protestaba en el CNE. «Es una política peligrosa, y Maduro es de esa escuela. Ahora él le agrega elementos propio, como cuando usa la palabra ‘pelucón’, que no está en el diccionario».


Publicado en El Nacional el 18 de junio de 2016.