Elecciones generales o el cuento del gallo pelón

Un fantasma recorre a la oposición venezolana: el fantasma de las elecciones generales. Incorpóreo, como los espectros, este planteamiento ha encontrado eco dentro y fuera de Venezuela, con el Secretario General de la OEA incluyéndolo entre sus demandas al régimen de Nicolás Maduro.

Desde que arrasó en las elecciones parlamentarias de 2015, la oposición, específicamente la que hace vida en la Mesa de Unidad Democrática, se ha visto errante. Prometió, el 5 de enero de 2016, salir del gobierno de Maduro en seis meses. Luego, en lugar de decidir entre un referéndum revocatorio, una enmienda o la solicitud de renuncia del presidente, apostaron por un “todo vale”. Finalmente, la alianza apostó por el revocatorio, cuyo final frustrado todos conocemos, producto de la autocratización de un régimen convencido de que se agotó su camino electoral.

Desde que la dictadura provocara el aborto del referéndum, no ha habido una postura unitaria en el seno de la oposición. A veces calle, otras veces diálogo. Voces tímidas que sugieren –pero nunca dicen– “2018”. Apostar a las regionales para socavar la estructura clientelar chavista. La desobediencia civil. Son muchas las posturas y las estrategias diversas. Algunos aventureros sueñan con una salida militar, sin asimilar que son ellos, los militares, el partido de gobierno. Luego la declaratoria de abandono del cargo, según la cual ya Maduro no es presidente, aunque seguidamente los mismos que la aprobaron reclamaran que no ofrecía la Memoria y Cuenta ante el parlamento sino ante el Tribunal cooptado. ¿Y ahora? El turno es de las elecciones generales.

Comentábamos hace par de semanas en este espacio que las elecciones son un clamor popular. “¡Elecciones ya!” es mucho más que una consigna. ¿Es viable hoy una elección general en Venezuela? ¿Qué hace pensar que en el país en el que se suspendieron dos procesos electorales previstos en la Constitución es factible llamar a una elección que no aparece por ningún lado en nuestra Carta Magna, en la que el gran perdedor –fuertes a lochas– será el partido de gobierno?

Los únicos llegaderos de las promesas vacías y de generar expectativas irrealizables son la frustración y la desesperanza. Los venezolanos, inundados no solo en la crisis sino en la incertidumbre, necesitan más que nunca de certezas. El planteamiento de ir a elecciones generales es engañoso, por decir lo menos, y puede terminar como una lápida más en el cementerio de los atajos que, comenzando por el paro petrolero y el golpe de abril, pasando por la abstención de 2005 y llegando a la renuncia, han plagado la estrategia opositora.

Es hora de hablarle con claridad al país, de ser serios. Existe una correlación entre la erosión de la confianza, credibilidad, legitimidad y convocatoria de la oposición oficial y las frustraciones que han dejado a su paso los distintos planteamientos para apurar la salida, justificada por demás, anticipada de Maduro.

Los venezolanos queremos un cambio que restituya la confianza en la democracia y nos encamine hacia el progreso, recuperando la calidad de vida e impulsando un proyecto de país que apunte al desarrollo integral de la sociedad. Ese es un asunto muy serio como para hacerlo depender de planteamientos quiméricos que, bien recibidos y mejor justificados, simplemente no tienen asidero en la realidad. Urge una propuesta responsable que marque la hoja de ruta a la salida de la crisis y al cambio político, pero también es necesario que esté anclada a la realidad y no a la ficción, que dependa de la voluntad de los venezolanos y no de la gracia del régimen. Lo contrario sería continuar un ya demasiado largo cuento del gallo pelón, del cual la gente se cansa y con lo cual comienza a voltear a otro lado, a buscar nuevos referentes y a desencantarse de lo público para refugiarse en otra ficción, la ficción del refugio privado, esa que según aquella campaña de una cadena de farmacias rezaba que “si tú estás bien, todo está bien”. Es la hora de la verdad para el liderazgo, que debe hoy decidir entre la oferta a las gradas, llamativa pero poco factible, y una que trate a los ciudadanos como adultos y los conmine a la construcción de un gran movimiento nacional por la democracia, más allá de la competencia desleal por la capitalización del descontento.


Publicado en PolítiKa UCAB el 24 de marzo de 2017.

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