El 6D los venezolanos decidiremos nuestro futuro

Soluciones para Venezuela insiste en que el proceso electoral del 6 de diciembre servirá para distender el conflictivo clima del país y conseguir, con nuevas caras dentro de la Asamblea Nacional, otros cambios.

Eso es lo que asegura uno de los miembros fundadores de este movimiento, Daniel Fermín, quien en conversación durante el programa online Con La Luz, insistió en que estos comicios significarán para el país “una extraordinaria oportunidad de decidir el destino de los venezolanos”.

El sociólogo experto en asuntos políticos informó durante la conversación con Luz Mely Reyes, directora general de Efecto Cocuyo, que Soluciones ya postuló candidatos en los 87 circuitos electorales nacionales quienes, a su juicio, representarán al pueblo de la mejor forma posible.

“Frente a la polarización, que es una calle ciega al futuro de Venezuela, llamo a la democracia y a la participación para que los venezolanos seamos los protagonistas de nuestro destino”, dijo el también docente y activista.

Destrancar el juego

Reiteró que tanto él como su movimiento, que lidera el veterano político Claudio Fermín, miembro además de la Mesa de Diálogo con el chavismo, reivindican el llamado a elecciones parlamentarias, pues “la gente está cansada de que los políticos estén más preocupados por los problemas de los políticos que los problemas de la gente”.

Añadió que esta solución interna es lo más adecuado para destrancar el juego. “Lo que pase en Venezuela no lo decide ni La Habana, ni Washington, ni Moscú.  La última palabra la tienen los venezolanos y la darán ese 6 de diciembre”.

Recordó que esos comicios no son un capricho del gobierno o del Consejo Nacional Electoral. Fermín señaló que el actual Parlamento está a punto de caducar y que este año, igualmente, toca realizar ese proceso de votación.

“Se elegirá una Asamblea que se parezca más a Venezuela, rescatando la representación proporcional, que fue un logro de Soluciones en la Mesa de Diálogo”, afirmó.

“La Mesa no es un bloque político, es una instancia muy difícil en la que se ha apostado por la paz y la democracia”, añadió.

La Mesa de Diálogo y sus avances

Dijo que esas reuniones derivaron en varios acuerdos importantes, como la consecución del retorno del sistema de representación proporcional que Fermín ve como un gran avance.

Considera también que la adecuación del número de curules o escaños obedece a la correcta interpretación de la Constitución, y a algunas de las peticiones de la oposición para promover la representación proporcional, entre otros acuerdos alcanzados por consenso en la Mesa de Diálogo Nacional que se estableció a partir de 2019.

Tras explicar el método de representación proporcional, Fermín expresó que “los venezolanos estamos ya hartos de la peleadera y la insultadera. Un cambio como este hay que celebrarlo y no espantarnos. Quienes se oponen a la representación proporcional son los que ‘los que viven de la polarización política’”.

Agregó que frente a la polarización o el “esperar que pase algo”, insistirá en hacer un llamado a la democracia y a la participación, para que los venezolanos sean protagonistas del destino del país con el voto y la presión ciudadana como recursos.

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Con información de Manuel Tomillo C. en Efecto Cocuyo.

(No se puede) Hacer sociología desde la reverencia

Durante varios años, en mi estadía como profesor de la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, tuve a mi cargo la materia de Sociología I. Siempre fue la que más disfruté. Quizás porque, en las caras de los estudiantes que recién se encontraban con una manera distinta de ver el mundo y de enfrentarse a los prejuicios de su crianza, recordaba la mía propia: el sentido de descubrimiento, del velo destapado ante la complejidad de los asuntos colectivos, que inspiraron en mi primer año las clases con el profesor Mikel de Viana.

El programa era bastante básico, como suele serlo en una materia introductoria. Ambicioso, pero ortodoxo, si cabe el término, en cuanto a los contenidos y la literatura. El primer texto con el que nos enfrentábamos en la tarea de aproximarnos a la que Comte pretendió la madre de todas las ciencias era la Invitación a la Sociología de Peter L. Berger, incorrectamente traducida al español como Introducción a la Sociología debido a criterios editoriales (ciertamente, una «Introducción» pareciera vender más que una «Invitación»).

Publicado en 1963, el libro nos paseaba por capítulos como «La sociología como un pasatiempo individual» y «La sociología como una forma de conciencia». Hablaba de lo que es, y no es, un sociólogo, abordaba su metodología, introducía el concepto de tipo ideal, la concepción de sociedad y de lo social, lo que es un problema social y un problema sociológico y, sobre todo, la máxima que aún creo vigente en el abordaje de la disciplina: «las cosas no son lo que parecen».

Uno de los puntos principales, del texto y de mi enfoque, era el énfasis en lo que Berger llamó el motivo de desenmascaramiento. En otras palabras, en que no se puede hacer sociología desde la reverencia. Hoy, cuando la -siempre- complicada coyuntura nacional da lugar a la pululación de análisis y analistas en las redes sociales, portales de opinión y medios de comunicación, resulta un oportuno recordatorio, especialmente para quienes los abordan, o pretenden abordarlos, desde las ciencias sociales o en su condición de científicos sociales.

Berger insistía en que un sociólogo, ese «curioso a pesar suyo», debe ver más allá. Más allá de las fachadas, de las puertas cerradas; más allá de los relatos oficiales. Que el sociólogo «encontrará recompensa en la compañía de sacerdotes o de prostitutas no según sus preferencias personales sino según las preguntas que se encuentre formulando en ese momento», que «conocerá la veneración, pero ésta no le impedirá que desee observar y comprender», es un planteamiento clave que se convierte en una advertencia a tener presente en todo momento.

De allí que sea difícil tragar los enfoques de quienes hacen, precisamente, sociología desde la reverencia, de quienes sucumben ante la provocación inmediata de los titulares y basan sus pareceres en puntos de partida dudosos, cuando no del todo falsos.

Al obedecer a los relatos oficiales, en lugar de cuestionarlos y de ver más allá, sus análisis derivados resultan limitados, comprometidos, al insertarse en el «framing», cuando no la ideología, de sus fuentes. Y hay que entender lo oficial no solo en el sentido que normalmente se le asigna en el haber periodístico, es decir, en lo relativo al «gobierno». También es oficial la postura institucional de la Iglesia Católica, por ejemplo, o, más cercano a nuestro punto, la narrativa impulsada por factores de poder, aunque estén en la oposición (¿o es gobierno interino?).

Partir de la ‘usurpación’, del estiramiento absurdo del Artículo 233 de la Constitución (que se desmorona, precisamente, al leer de cabo a rabo el corto Artículo) o, peor, de tomar como santa palabra las declaraciones oficiales de los voceros de la élite opositora (gobernant(e)) da lo mismo que aceptar de pies juntillas las explicaciones sobre la masacre de Guanare, sobre la violencia en Petare o sobre la naturaleza de la crisis de parte de los ministros y demás funcionarios del gobierno bolivariano.

¿Qué hay detrás de todo esto? De todo un poco: el intento por montarse sobre la ola del «mainstream», sin duda, bregando duro por el «me gusta» y el «retweet»; la palmadita de «buen trabajo» de un círculo social básicamente homogéneo al que le interesa menos develar las dinámicas sociales y más la confirmación de sus prejuicios. Al final, no solo están estos análisis montados sobre falsos supuestos, no solo son limitados en su alcance por la superficialidad que los recubre, sino que hacen un flaco favor a la sociología -y a los sociólogos- al servir de mero instrumento a los intereses de un grupo en la confirmación de sus postulados. Lo que Berger llamó el motivo de desenmascaramiento, ese que baja del pedestal a los sistemas que estudia, queda relegado por quienes se subsumen a la narrativa de uno u otro grupo.

Volvemos a Berger y reiteramos: No, no se puede hacer sociología desde la reverencia. Solo retando al poder, a los «hechos» establecidos; solo viendo más allá de las fachadas y desnudando la realidad incómoda -no sirviéndola- pueden la sociología y los sociólogos venezolanos aportar de manera crítica al análisis de lo que pasa, y no pasa, en la Venezuela de hoy. Lo demás, llámelo de otra manera, no sociología.

Del autobús del progreso a las viudas de la derecha

Durante casi quince años, la oposición hizo un esfuerzo titánico para explicar, más allá de nuestras fronteras, las singularidades del caso venezolano. No, lo de Venezuela no era un problema de derecha o izquierda. Tampoco era un tema de clases sociales, de pobres y ricos. De hecho, eso que llamaban “la oposición” era un abanico amplio que abarcaba partidos y movimientos que iban de la izquierda comunista, como Bandera Roja, a la derecha moderada, como Proyecto Venezuela. En ese cometido, se le pedía a la comunidad internacional reconocer nuestra lucha y entender mejor nuestra realidad. ¡Cómo han cambiado las cosas!

El progreso fue el eje de la campaña presidencial del candidato unitario en 2012. “Móntate en el autobús del progreso” era el eslogan del día. El candidato hablaba bien de Lula y de su modelo. Eran frecuentes los llamados a la solidaridad, a la justicia social. Primero Justicia, el partido del candidato, muy a su pesar, vio un tránsito del conservadurismo cristiano, eufemísticamente llamado “centro humanismo”, al progresismo, impulsado por la candidatura de Henrique Capriles. Voluntad Popular, escisión de Primero Justicia, corrió a inscribirse en la Internacional Socialista e introdujo innovaciones importantes en la organización de la lucha por los derechos de la comunidad LGBTI, cuya cumbre fue la elección, en 2015, de la primera diputada trans de la región. Un Nuevo Tiempo, Acción Democrática, el MAS y ABP estaban todos alineados en esta postura. Montados, si se quiere, en el autobús del progreso.

Si adelantamos a 2019, el panorama es muy distinto. Los que promovieron el autobús del progreso se convirtieron en las viudas de la derecha latinoamericana. En lugar de solidarizarse con las causas justas de los pueblos, corren a denunciar la protesta social como una componenda de Maduro y el Foro de Sao Paulo, el nuevo “coco” de la región. Cuando Voluntad Popular logró un Eurodiputado, en la figura del padre de su fundador, lo hizo en las filas del conservador Partido Popular, no del que se supondría su aliado natural y compañero en la Internacional Socialista, el PSOE. La vocería opositora, que antes pregonaba el progreso, inició una cruzada esquizofrénica contra el progresismo en la región, y al Lula “visionario” cuyo modelo admiraba ahora le grita “ladrón”.

Con arrogancia suprema, e inmerecida, venezolanos en el exterior hacen de consultores de partidos y candidatos, como si conservaran la clave para detener afuera lo que no pudieron frenar adentro. Allá, hablan de pueblos brutos, que no aprenden, de gente que “quiere” vivir en la miseria.

Claro está, nada de esto es de gratis. Si bien el proceso de “derechización” de un sector de la oposición venezolana no es sino la develación de la que siempre fue su verdadera cara, también es verdad que gran parte de la responsabilidad recae en las cicatrices y frustraciones que dejó el proyecto chavista, que en nombre de la izquierda ha gobernado de manera autoritaria, con andamiaje militarista, y cuyo resultado ha sido el incremento no solo de la pobreza sino también de la desigualdad, en una Venezuela en la que la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen crece día a día. Si las generaciones anteriores equiparaban derecha a dictadura e izquierda a esperanza democrática, las actuales invierten la fórmula con base en la experiencia vivida. A eso se le suma cierto supremacismo moral de clase media conservadora, que denuncia la “ideologización” en la izquierda sin ser capaz de ver lo profundamente ideológico de posturas que considera “naturales”, “objetivas” y de “sentido común”. Entre ellos hay mucha gente incapaz de reconocer sus prejuicios y privilegios, gente que nació en tercera base y cree que bateó un triple.

Si algo ha demostrado la actual coyuntura venezolana es que el deslinde en la oposición no es solo estratégico, sino que también hay una reconfiguración programática. Los representantes del mainstream opositor, paradójicamente quienes hablaban del autobús del progreso, hoy se han asumido abiertamente conservadores. Celebran a Bolsonaro, a Trump, a Duque mientras que lamentan los reveces de la derecha regional. Llegan a decir disparates, como que Al Qaeda es chavista, o que el potencial triunfo de la centro-derecha uruguaya representa el “regreso a la democracia” en ese país. Hoy esa oposición representa un proyecto conservador de clase media que deshace varios años de acercamiento a los sectores y luchas populares y cuya mayor manifestación fue la campaña de 2012.

Hoy, la falacia de los conservadores con respecto a Latinoamérica es que hay que dejar todo como está so pena del madurismo. Argumento falaz, arrogante y que muestra un total irrespeto y desprecio por las causas justas de cada sociedad. La apuesta a una cruzada absurda y esquizofrénica contra el progresismo en la región y la mercantilización de nuestra tragedia son muestra de la irresponsabilidad demencial en la que cayó un sector de la oposición venezolana, que en nada avanza la causa de la democratización.

Latinoamérica es un hervidero de desigualdad y pobreza. Por eso un planteamiento conservador, de dejar todo como está para los pocos que están bien, no es viable ni ético. Reducir la izquierda al chavismo, como hacen quienes denuncian oscuras conspiraciones globales, nubla el análisis. La desigualdad no puede seguir siendo tabú ni monopolio de la izquierda radical. O la democracia funciona para todos o no es democracia.

Insistimos en que no podemos lanzarnos a los brazos del conservadurismo más rancio y populista por temor al madurismo. Ya las cartas están sobre la mesa, con un sector opositor abiertamente conservador, que mantiene diferencias importantes, estas sí estratégicas, con otro incluso reaccionario, pero en tal caso afines ideológicamente, y otro sector venezolanista, progresista, que en su diversidad mantiene como común denominador las luchas por las reivindicaciones populares, la solidaridad y la justicia. A este sector le toca avanzar en esa ruta, desmitificando prejuicios e impulsando un discurso centrado en la gente.

En un momento de la campaña de 2012, un venezolano valioso, comprometido, preguntó de qué se trataba eso del “autobús del progreso” y propuso llenarlo de contenido. Le contestaron que no, que era mejor dejar eso abierto a la interpretación de cada quién. Viéndolo por el retrovisor, y a la luz de la derechización de esa oposición, queda claro: solo fue un eslogan.

El paraguas de Putin y el pasticho ideológico

El paraguas

Todos lo vimos. Cantado el último gol de la Copa del Mundo en Moscú, se dio inicio a la ceremonia de premiación. Alineados para felicitar a los jugadores estaban los mandatarios de los dos países finalistas: Croacia y Francia. Junto a ellos, vistiendo corbata roja, el presidente anfitrión: Vladimir Putin.  En medio de un aguacero, el detalle: Putin, a resguardo de un gran paraguas, sostenido por un ayudante, mientras Grabar-Kitarović y Macron saludaban a los atletas, empapados por la lluvia, desprovistos de protección. Casi de inmediato, las redes sociales criollas estallaron en tuits, memes y demás expresiones, que apuntaban en la misma dirección: “¡Adivinen cuál es el socialista!”.

Miles de venezolanos se abalanzaron a compartir el mensaje. La imagen resultaba próxima: los privilegios del hombre fuerte en el poder, la hipocresía disonante entre la retórica socialista y la actuación pública. Evocaba a boliburgueses, chavistas con Hummers, élites divorciadas de la realidad, que visten de rojo y hablan en nombre de un pueblo con el que, hace rato, no tienen nada en común ya. Pero hay un detalle, nada menor, en la asociación inmediata que muchos hicieron, trasladando el gesto de Putin a la realidad nacional: Putin no es socialista.

Mas aun, Vladimir Putin no es un político de izquierda. Y no lo decimos en el sentido que muchas veces adquiere esa frase, generalmente seguida de las palabras “de verdad” o “genuino”. No nos referimos a que el presidente ruso no sea un verdadero izquierdista, o un izquierdoso de los buenos. Nos referimos al hecho objetivo, claro, de que Vladimir Putin no es, ni dice ser, un hombre de izquierda. ¿Qué es? Un nacionalista conservador, profundamente autoritario.

En la Rusia de hoy priva el autoritarismo, la corrupción, la concentración de poder, las grandes oligarquías (las de verdad, no hablamos del empresario que tiene una panadería y un taller). Hay censura y arbitrariedad. Las instituciones son débiles. A muchos venezolanos, sobre todo a los que solo han vivido los últimos 20 años, esto les sonará “de izquierda”. Veamos por qué no es tan fácil.

Derecha e izquierda

Vamos a lo básico. ¿Qué es ser de derecha y qué es ser de izquierda? No son estas líneas el espacio para remontarnos a los orígenes históricos de la distinción semántica, en tiempos de la Francia revolucionaria. Brevemente, y corriendo el riesgo de sobre simplificar, podemos contrastar algunos de los puntos principales.

La derecha coloca el acento en la libertad, en un Estado pequeño que no se meta demasiado en la vida de la gente, dejando a los particulares el manejo de la economía, bajo el mantra de una mano invisible que hace que el mercado se autorregule y sustentado en la inviolabilidad de la propiedad privada. Es conservadora, a veces reaccionaria, en temas sociales, económicos y políticos.  Defiende el statu quo y las tradiciones. Toma partido por los empresarios. En ocasiones es confesional. Su foco es el individuo.

La izquierda, por su parte, coloca el acento en la igualdad, en un Estado protagonista de la vida social, que regule una economía que tiende a ser mixta entre el sector público y el privado, en el entendido de que la mano invisible solo sirve a los intereses de una clase y que no regula nada. Es progresista, a veces revolucionaria, en temas sociales, económicos y políticos. Promueve la innovación, el cambio y la creatividad. Reivindica a la clase trabajadora. Es laicista. Su foco es la sociedad.

¿En qué se traduce esto? Veámoslo, en líneas gruesas, en algunos de los temas que han estado en boga en el siglo XXI:

Tema Derecha Izquierda
Impuestos Regresivos. Paga menos el que más tiene, en el entendido de que esto se traduce en mayor productividad y mayores ingresos, que “gotean” hacia abajo, hacia los estratos menos favorecidos. Es el caso, proporcionalmente, del IVA, y también de los grandes “bail outs” a bancos y grandes empresas e instituciones financieras. Progresivos. Paga más quien más tiene, con un foco redistributivo que pone el centro sobre las poblaciones más vulnerables. Es el caso del impuesto sobre la renta.
Matrimonio igualitario En contra, por considerar que atenta contra los valores familiares, religiosos y tradicionales. Es un argumento moral, en gran medida. A favor, sustentado en los derechos humanos, derechos civiles y separación entre Estado e Iglesia. Más allá de los temas morales, promueve la igualdad de derechos para las parejas del mismo sexo, de modo que puedan gozar de herencia, acceso a préstamos, etc., en la misma manera que una pareja heterosexual.
Aborto legal En contra, en atención a valores conservadores y religiosos. Considera que la vida humana comienza en la concepción. A favor, pues considera que las mujeres tienen derecho a decidir sobre su propio cuerpo y en atención a las desigualdades sociales y los riesgos de salud para las mujeres más pobres generados por el aborto ilegal (no porque el aborto sea ilegal significa que no sucede, sino que quienes cuentan con recursos lo realizan en clínicas privadas y quienes no deben buscar alternativas que son muchas veces peligrosas).
Salud Privada, al estilo de un negocio, su calidad deviene de la competencia. Pública y gratuita, vista como un servicio público.
Educación Mínimo involucramiento, las familias deciden cómo educar a sus hijos. Pública y gratuita, con capacidad de regular los contenidos de la educación privada. Estado rector y garante de la educación.

Son apenas cinco ejemplos, de miles, hechos a modo de generalización. Si en algún momento el lector advierte coincidencias, puntos medios, “dependes”, es buen momento para señalar lo obvio: Por supuesto, cuando hablamos de derecha e izquierda hay matices, gamas, todo un espectro. La derecha va desde su extremo fascista, autoritario, hasta las propuestas democráticas, aunque aun conservadoras, del socialcristianismo, la democracia cristiana y el centro-humanismo. En la izquierda pasa lo mismo, y va desde su extremo anarquista, pasando por el comunismo autoritario, hasta llegar a las propuestas democráticas, pero progresistas, de la socialdemocracia, el socialismo democrático, la democracia social y el socioliberalismo. Hoy por hoy, luce difícil que alguien sea una sola cosa, que siga la línea de “derecha” o de “izquierda” en absolutamente todos los temas: esto constituye una mentalidad dogmática, presente en la ultraderecha y en la ultraizquierda ortodoxas.

Muchas de las luchas de la izquierda histórica hoy están absorbidas en la casi totalidad del mundo político. El salario mínimo, la jornada laboral de ocho horas, el seguro social, la educación gratuita, el derecho a la salud, el voto para la mujer, entre muchísimos otros temas, ya no son temas “de izquierda”, sino del modelo político liberal en general. Incluso temas álgidos de la agenda progresista actual, como el matrimonio igualitario, han sido promovidos por gobiernos de derecha en la región, e ignorados por algunos que se dicen de izquierda. Del mismo modo, nociones como la propiedad privada, la economía competitiva y otros no son propuestas “de derecha”, sino que forman parte del modelo político más amplio en el que ambas se insertan.

Si nos traemos todo lo anterior a Venezuela, podemos analizar algunas de las políticas más importantes: La instrucción gratuita, pública y obligatoria es obra de Guzmán Blanco, en 1870. Un liberal, no un marxista. La nacionalización del hierro y el petróleo ocurrió a principios de la década de 1970, bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, un adeco. Una política de centroizquierda bajo un gobierno socialdemócrata. La reforma al código civil, de 1982, fue obra de un gobierno socialcristiano, pero provocó tensiones con la Iglesia Católica por sus innovaciones sobre el divorcio y otros temas. En la actualidad, un gobierno de “izquierda” mantiene ilegales el aborto, el matrimonio para personas del mismo sexo, mientras procura privilegios para las fuerzas militares, comúnmente asociadas a regímenes de derecha.

Derecha, izquierda, democracia y dictadura

Lo último sugiere que la asociación criolla de Putin y su paraguas con el socialismo no tiene que ver con los temas ni las políticas, sino con algo más, algo que sí se parece a nosotros: el autoritarismo. Quienes solo han sido socializados en el chavismo se apresuran a igualar izquierda a dictadura y derecha a democracia. No es nada raro, algo similar le pasó a quienes fueron socializados en las décadas de las férreas dictaduras militares latinoamericanas del siglo pasado: la derecha era la dictadura, la izquierda la esperanza democrática.

Nunca está de más aclarar: No es verdad que izquierda sea igual a dictadura y derecha a democracia, ni que derecha sea dictadura e izquierda democracia. Si algo nos permite ver el ejemplo de Putin, es precisamente que el autoritarismo de nuevo cuño tiene una característica transideológica, con derechas e izquierdas compartiendo un mismo guion y una misma metodología, como parte de una tecnología política iliberal.

Al húngaro Viktor Orbán lo han llamado el “Hugo Chávez de Europa Central”. No es socialista, no es militar, no es, naturalmente, bolivariano. Es un tipo de derecha iliberal, pero leer sobre Hungría desde Venezuela deja una sensación de déjà vu. Asimismo, basta revisar los aliados internacionales del régimen venezolano actual para ver que muchos no son de izquierda, sino de la derecha más extrema. ¿Por qué, entonces, resultan buenos aliados? Porque comparten lo sustantivo: un proyecto autoritario iliberal, o antiliberal.

Sí, se puede ser de derecha y ser democrático, como Piñera, como Macri. Pero también se puede ser de derecha y ser un dictador sanguinario, como Pinochet, como Pérez Jiménez. Se puede ser de izquierda y ser un dictador igualmente sanguinario, como Castro, como Stalin. Pero también se puede estar en el espectro de la izquierda y ser un demócrata a carta cabal, como Betancourt, como Felipe González o Trudeau.

El chavismo en la reconfiguración del imaginario sobre derecha e izquierda

De modo que no, ni Putin es socialista ni izquierda es igual a dictadura mientras que derecha es igual a democracia. Pero ¿por qué un “adivinen cuál es el socialista” recibe tanta atención y validación? Aquí entra el papel del chavismo en la reconfiguración del imaginario sobre derecha e izquierda en Venezuela y, en menor medida, en Latinoamérica.

Sin intención ni espacio para extendernos, podemos ubicar el origen de esto en el hecho de que el chavismo, como ideología, es un pasticho: es de izquierda, pero es militarista, una contradicción gigantesca. Es socialista, pero es cristiano, otro choque que, en teoría, parece irreconciliable. Es ecologista, pero petrolero. Contradicciones como estas sobran, pudiésemos seguir por páginas.

El chavismo rotuló como “la derecha” a todo lo que se le opone, aunque no todo lo que se le opone sea de derecha. Esto, a su vez, ha propiciado que no falte quien diga que el problema es que la oposición “también es socialista”. Del mismo modo, el chavismo se abrogó para sí el ser de izquierda, aun cuando hay hechos suficientes para ponerlo en duda.

Las consecuencias han sido reales. En el frente doméstico, las conocemos de sobra. En lo internacional, incluso socialdemócratas moderados, pro mercado, pro libertad, han perdido contiendas porque los pintaron con la misma brocha de Maduro, por el lobo feroz que representa el chavismo como advertencia en la región.

¿Y todo esto qué importa?

Que haya gente que piense que Vladimir Putin es socialista es lo de menos. El punto va a qué es lo que, del chavismo, genera repudio y rechazo. ¿Es que es de izquierda? En ese sentido, ¿es el Barrio Adentro, la Misión Robinson o la Universidad Bolivariana? (apelemos a la abstracción de estas ideas, no a su desempeño que, como sabemos, es muy deficiente) ¿O es que es autoritario, una dictadura?

Para los que escribimos y activamos desde la centroizquierda, desde el progresismo, desde la socialdemocracia, si el problema del chavismo es que es de izquierda, Venezuela está en problemas aun más serios de los que ya padecemos. Al contrario, para nosotros, el problema es justamente que, en nombre de la izquierda, el chavismo ha adelantado un proyecto de destrucción de las instituciones democráticas y ha sumido a los venezolanos en la miseria más abyecta a la vez que consolida un régimen autoritario muy parecido al de Castro, pero también al de Putin y al de Orbán, con quien, lastimosamente, dirigentes de la oposición han posado en fotos, pretendiendo denunciar la realidad venezolana con quienes dirigen su propia versión del chavismo en otras latitudes, y en nombre de otros referentes ideológicos.

Debemos tener cuidado. No podemos lanzarnos a los brazos del conservadurismo más rancio por temor al chavismo. Ojo, ser conservador, ser de derecha, no tiene nada de malo. Pero quienes trabajamos por un mundo más libre y más justo comprendemos que no podemos renunciar a los derechos, ignorar las enormes desigualdades, condenar a las grandes poblaciones vulnerables ni “dejar todo como está” frente a una realidad que nos compela a actuar, a incluir, a cambiar. No, la educación gratuita no es chavista, la salud pública tampoco. El matrimonio igualitario no es del PSUV, la legalización de la marihuana no es de las UBCh, el aborto legal no es de la Lista Tascón. No es verdad que la única alternativa a un Castro sea un Pinochet. Si algún país demostró eso después de la caída de las oprobiosas dictaduras militares de derecha, es Venezuela y el proyecto policlasista, democrático y profundamente transformador, aunque incompleto, que adelantaron nuestros gobiernos democráticos.

Que en nuestro combate al autoritarismo chavista no abandonemos nuestros principios, nuestra lucha por un mundo mejor, por una sociedad que, en libertad, consiga ser más justa, más solidaria, más inclusiva, más innovadora, más democrática.

De modo que aquellos tuits y memes de las redes habrían sido mejor redactados en términos de “¡Adivinen cuál es el autócrata!”, aunque carezca del punch para conseguir los miles de retuits, “me gusta” y compartir. El paraguas de Putin es amplio y abarca mucho, pero es el paraguas del autoritarismo, de ese que no entiende de ideologías, cuya única intención es la concentración de poder y la procura de beneficios y privilegios para una camarilla a costa del bienestar de las grandes mayorías.

Elecciones de concejales, rectificación y coherencia

En diciembre habrá elecciones para elegir a los concejales de los 335 municipios del país. Desde ya, distintos partidos y factores se debaten, nuevamente, entre participar o no. Acción Democrática, recientemente separada de la MUD, ha dicho que no participará. Gustavo Duque, alcalde de Chacao, ha declarado que sí lo hará, “para defender los espacios”. Desde la Concertación por el Cambio, y específicamente desde el movimiento Soluciones para Venezuela, hemos reafirmado que, así como participamos el 20 de mayo buscando abrir las puertas al cambio, lo haremos en diciembre para reivindicar el voto, la política, la lucha por la democracia y, particularmente en esta oportunidad, la descentralización y el liderazgo local, ese que, aunque poco mediático, representa el vínculo más inmediato con los problemas de la gente, y con las soluciones a esos problemas. Otras posturas ya se asoman por las redes: en diciembre solo debemos exigir elecciones presidenciales, en lugar de las municipales. Es la larga sombra del presidencialismo, del centralismo.

Hagamos memoria. En 2017, el grueso de la oposición representada en la MUD decidió no participar, con excepciones. Así como en las elecciones de gobernadores, en las municipales algunos partidos de la MUD reeditaron una estrategia, francamente deshonesta, de participar “sin mojarse”. Buscando el aplauso de las gradas y con su acostumbrado pavor a Twitter, lanzaron candidatos, pero advirtieron que estos estaban “autoexcluidos” de sus partidos. En las regionales, Acción Democrática ganó cuatro gobernaciones, pero, en lugar de celebrar el triunfo de sus representantes y darles el espaldarazo correspondiente, les sacaron el cuerpo. Puertas adentro, la estrategia fue “aguante, compañero”, mientras puertas afueras los sacrificaban, crucificados ante la opinión pública como chavistas, traidores, colaboracionistas, vendidos. Ya no eran adecos. Lo mismo en las municipales. AD, Primero Justicia, Voluntad Popular y otros lanzaron candidatos, pero en la misma onda de engañifa. “Autoexcluidos” estaban los alcaldes de Chacao, Baruta y El Hatillo, con el detalle de que no lo estaban. Todo fue un guiño al radicalismo y, peor, un engaño a la gente. Hoy toda Venezuela, o al menos la Venezuela empapada del tema político, sabe que los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, todos comprometidos con sus municipios, son de Primero Justicia. No se trata solo de los que ganaron. VP expulsó a Yon Goicoechea de su militancia al lanzarse a la alcaldía de El Hatillo. Perdió. Hoy está reincorporado, plenamente, a su militancia, sin explicaciones, sin más apuesta que la memoria corta de un pueblo con demasiados problemas cotidianos como para ocuparse, también, de la coherencia de los partidos. Es, apenas, un ejemplo entre tantos. También se sabe que los cuatro gobernadores “ex adecos” son en verdad adecos, como confirmó su Secretario General esta semana, explicando -o intentando explicar- que los autoexcluidos habían sido nuevamente incluidos por sus militancias en las regiones. Toda una -innecesaria, deshonesta- puesta en escena.

Volviendo a las elecciones de concejales, AD dice que no participará “por coherencia”, Duque (PJ) dice que participará “para defender espacios”. ¿Qué vendrá? ¿AD, PJ y el combo volverán a lanzar candidatos -obviamente suyos- diciendo hacia afuera que están expulsados para luego darles la bienvenida silenciosa del que nunca se fue? ¡Hasta cuándo tanto irrespeto a la inteligencia de la gente!

Ni la coherencia ni la defensa de espacios les importó el 20 de mayo, cuando le regalaron seis años a Maduro y su gobierno de hambre y ruina, lo cual asoma, lamentablemente, que en la decisión de no participar reinó la mezquindad, el interés personal, el “como no soy yo/no es el mío, que no sea nadie”, y no las razones que esgrimieron en público. Aclaremos: lo correcto es participar en diciembre, pero no es correcto el engaño continuado a los venezolanos. Lo correcto es hablar claro, decirle a la gente “hay que participar y vamos a participar en defensa del municipio, de la descentralización, del voto”. Pero están entrampados por la incoherencia, el radicalismo y la calle ciega de la inacción.

Han pasado casi dos meses desde las elecciones presidenciales. Son miles los venezolanos que no votaron, creyendo en promesas y fantasías que no se realizaron: era la comunidad internacional, que desconocería al gobierno y rompería relaciones inmediatamente con él. No pasó. Era la -indigna- intervención militar extranjera, y nanai. Era un “noriegazo”, y ahí está Maduro, de presidente, gobernando tranquilito mientras el país se cae a pedazos y los promotores de la estafa abstencionista miran al otro lado a la vez que sellan el pasaporte en sus “giras” internacionales. Nadie, de esa rosca, ha sido capaz de rectificar, de decir “esta boca es mía”. Y hoy, con las mismas condiciones, el mismo CNE, con un gobierno fortalecido por la suicida entrega de la abstención, hablan de participar “para no abandonar espacios”, o de “no participar”, dejándonos con la duda de si participarán autoexcluyendo a los que luego incluirán sin el más mínimo escrúpulo, tomando por tontos a los venezolanos.

¿Por qué votar en Chacao pero no en San Carlos? ¿Por qué en El Hatillo pero no en Atures? ¿Por qué los cuatro gobernadores y el puñado de alcaldes de la MUD, que gallardamente defendieron a sus regiones y municipios en 2017, no llamaron a votar en las presidenciales? Si advertimos que la abstención era un grave error entonces, hoy nos toca advertir otra tragedia: el establecimiento de “guetos” opositores. No importa que las condiciones sean idénticas a las de Guasdualito y Mamera, en Chacao, Baruta y El Hatillo se participa, para cuidar la intimidad de una parte de la oposición de clase media, y el resto del país que vea qué hace, ahí no podemos ir a votar, en nombre de la “dignidad”. ¡Tanto que costó comprender que Venezuela no era el Este de Caracas, para que terminen reduciendo a la oposición entre la quebrada Chacaíto y la principal de Sebucán!

En diciembre hay que participar, como había que participar en mayo, pero hay que participar con todo: rescatando el valor del voto, derrotando al abstencionismo que se traduce en inacción, desesperanza y antipolítica, planteando soluciones a los problemas de los venezolanos, en lugar de conformarnos con ser los reyes del diagnóstico. Valoro que el alcalde de Chacao, amigo, quiera defender a su municipio y promover un Concejo Municipal con el que pueda trabajar para lograr la mejor gestión posible, si bien fue decepcionante la manera como él, y sus colegas del Área Metropolitana, pasaron agachados en las presidenciales. Pero no debe condenarse al resto del país, al que se parece menos al San Ignacio y más (cuando tiene suerte) a Fe y Alegría, a la mala administración, por el empeño en el error y la incapacidad de rectificación, por no reconocer en público lo que hace tiempo reconocen en privado (ya en las presidenciales, ¡cuántos dirigentes de partidos abstencionistas no comentaban, en privado, “había que participar”, pero en público repetían el corito del engaño!).

Basta de jugar con la frustración de la gente, basta de temerle a la intolerancia de los radicales y a los valientes de las redes sociales. ¡Hay que dar la cara por los venezolanos! Y para hacerlo hay que hablarle claro a la gente, ser transparentes. No más engaños. El 9 de diciembre nos tocará elegir a nuestros representantes, a los que controlarán al Ejecutivo municipal en 335 localidades, en el nivel más próximo, más directo de gestión, el que más nos afecta, el que más nos toca. Vamos a presentar a los mejores, a apoyarlos, a interpelarlos una vez electos. Pero exijamos también a los que nos trajeron por el despeñadero de la abstención que no engañen más a la gente, que no insulten más la inteligencia de los venezolanos. Y nosotros, reflexionemos, porque tampoco podemos continuar dejando que nos la insulten en la cara.

Es la hora de la rectificación. El liderazgo político tiene una gran responsabilidad. En la MUD eligieron, mediante la abstención, a Maduro presidente porque les gustaba más que Falcón. La abstención, justificada en mil razones, no funcionó. No insistamos en el error. Rectifiquemos, vamos al reencuentro de la gente y elijamos Concejos Municipales que legislen y controlen los asuntos que afectarán nuestra calidad de vida desde el momento en que abrimos la puerta de nuestras casas.  Esta elección es importante, no caigamos en el simplismo del «todo o nada» ni en la trampa centralista. Vamos a votar, a defender el voto y al municipio como espacio de resistencia democrática. Lo demás, quedó demostrado, es un engaño.

Reflexiones iniciales tras el 20M

Pueden hacerse muchas lecturas del día de ayer, y hay para todos los gustos: desde las dudas y temores sobre lo que viene, pasando por los “yo te lo dije” de quienes hoy celebran (¿?) el continuismo de Maduro, hasta las reflexiones que buscan volver a acercar a quienes tuvimos posturas diferentes en estas escasas semanas de campaña electoral. Aquí van mis dos centavos:

Hoy estoy convencido de que hicimos lo correcto al llamar a votar

Como saben, promoví y defendí el voto como herramienta ciudadana por excelencia para lograr los cambios que requiere Venezuela. Llevo en el ADN el testimonio de la lucha histórica por el voto, sé cuánta sangre, cuánta lucha costó. Y vi en el voto la manera de sacar a Venezuela adelante el 20M, para cambiar el destino de nuestro país sin descender a los infiernos de la guerra fratricida ni a la estampida. Otros, algunos de buena fe, otros por cálculos menos santos, promovieron la abstención como legítima protesta ante un CNE parcializado, cooptado por el partido de gobierno, y unas condiciones desventajosas, como lo han sido a lo largo de estas últimas dos décadas. Se diluyó el valor del voto y ayer muchos venezolanos decidieron quedarse en sus casas: algunos en firme protesta, otros simplemente desesperanzados. Hoy estoy convencido de que hicimos lo correcto al llamar a votar. Sin que se trate de “echarle la culpa” a los abstencionistas, los resultados muestran la erosión del apoyo popular a la opción del gobierno. Se perdió una gran oportunidad para encausar el descontento popular hacia un cambio cierto. Otro gallo cantaría si nos hubiésemos unido en torno a la participación.  ¿Y por qué no en torno a la abstención? La soledad de los centros de votación solo aumentó la eficacia de la trampa. Las razones que nos llevaron a promover el voto siguen vigentes: hoy, más que nunca, debemos dar la cara por los venezolanos que más padecen, no podemos entregarnos a la inacción, a no hacer nada, o a la fantasía, grotesca por demás, de una intervención militar extranjera a la que algunos aspiran sin detenerse en la gravedad de lo que eso significa, ni podemos entregarnos a la violencia. Estoy convencido, además, de que la salida a nuestra tragedia debe tener por protagonistas activos a los venezolanos, para lograr un cambio en paz que logre restablecer la democracia y la calidad de vida para todos.

Henri Falcón, de manera responsable y coherente ante el país, anunció el desconocimiento del proceso y llamó a realizar nuevas elecciones con condiciones

Fue una jornada marcada por la trampa, el ventajismo, el vulgar chantaje y compra de votos y el grosero uso de los recursos públicos por parte del partido de gobierno. Henri Falcón, de manera responsable y coherente ante el país, anunció el desconocimiento del proceso y llamó a realizar nuevas elecciones con condiciones. Confieso que yo, que nunca había tenido afinidad ni mayores coincidencias con Falcón, tengo por él un renovado y profundo respeto como luchador democrático.

La construcción de grandes coaliciones para defender la democracia se hace siempre, si ha de ser exitosa, entre los diferentes, no entre los iguales

Presencié de primera mano los esfuerzos que ayer se hicieron para tender puentes entre quienes participamos y la MUD-Frente Amplio, a pesar de la cizaña de unos pocos reaccionarios que, interesados más en saciar su desprecio por los que piensan distinto que en la suerte de Venezuela, preferían y prefieren construir muros y divisiones entre los venezolanos. Tuve la honrosa responsabilidad de formar parte de esa iniciativa, que fue un preludio de lo que debe venir: la recomposición de la unidad de todos los que adversamos a este régimen de hambre y miseria que ha hundido a Venezuela. Y esa tarea de recomposición de la unidad debe estar basada en el reconocimiento de la diversidad que existe, y que no puede dejar de existir cuando un grupo tan numeroso de venezolanos se opone a un pequeño grupo en el poder. Unidad en la diversidad. Sí, tenemos diferencias. Se ha venido redibujando el mapa político venezolano, y en la amplísima oposición es vital buscar coincidencias y un clima de respeto entre los sectores más conservadores y quienes tenemos una visión progresista y popular de la política, de la economía y de la sociedad. La construcción de grandes coaliciones para defender la democracia se hace siempre, si ha de ser exitosa, entre los diferentes, no entre los iguales.

Nadie se va a guardar en sus casas, nadie se va a rendir ni a “desaparecer” del escenario político, ni los unos ni los otros. La construcción de una verdadera unidad popular, de abajo hacia arriba, que incorpore la diversidad sin sectarismos ni mezquindades, sin pretender subordinar a los que piensen distinto, que sea genuinamente amplia, ese es, hoy, un gran reto.

Nuestro compromiso sigue intacto y es uno: luchar por una sociedad más justa y democrática, por los de abajo

Hoy comienza un nuevo capítulo en la historia de Venezuela. Nuestro compromiso sigue intacto y es uno: luchar por una sociedad más justa y democrática, por los de abajo, por la construcción de un referente popular, progresista; por el obrero, el estudiante, el joven que no se quiere ir y los que se fueron y sueñan con volver; por los maestros, los transportistas, médicos y enfermeras. Por y con la gente de trabajo. Es inaceptable, como está Venezuela, cualquier propuesta que parta de dejar todo como está o, peor, de agravar la situación de quienes más padecen.

Vienen horas intensas para Venezuela. Es imperativo que las encaremos de frente, dando siempre la cara. De modo que seguimos, no podemos rendirnos ni ofrecer desesperanza. Vamos a la organización, a la acción, a la demanda popular. Esta lucha bien vale la pena.

Por Venezuela,

Daniel Fermín