¿Quién recoge la injuria?

Por Daniel Fermín

Desde el primer día, nos opusimos al engaño. Advertimos, a los cuatro vientos, que era una mentira. Lo hicimos desde el convencimiento democrático, el mismo que nos llevó a oponernos a la abstención que le regaló 6 años más a Maduro.

Quienes hoy parten por la puerta de atrás, pero buchones, a bolsillos llenos, jugaron con la esperanza de los venezolanos. ¡Cuánta manipulación! ¡Cuánto engaño! El chantaje y la extorsión, su divisa, incompatible, desde luego, con cualquier pretensión de erigirse como fuerza de ‘cambio’.

Nos dijeron de todo. Chavistas, colaboracionistas, vendidos, alacranes. Dividieron familias. Nos amenazaron de muerte, con cárcel, con venganza. Todo esto, quienes hasta ayer marcharon con nosotros, protestaron con nosotros, supuestamente contra el autoritarismo, contra el pensamiento único. Siempre y cuando no fuese el de ellos. “El que no brinque es chavista”, y un gentío brincó. Bajo el mismo chantaje brincaron por el paro, por Arias Cárdenas, por la abstención. Disparate tras disparate, “no vayan a decir que soy chavista”. Demasiado elemental para quienes se creen la crema y nata, los inteligentes, del país.

Tres años después, quienes financiaron con dineros públicos millonarias campañas de guerra sucia contra la disidencia, hoy arremeten entre sí. Ahora es entre ellos: “chavista”, “ladrón”. Ahora verán, de repente, si es que el plátano verde mancha.

¿Y la esperanza? Frustrada, una vez más por un combo de lambucios incapaces de decir una, unita sola, verdad.

¿Y la injuria? Resulta que fueron sus amigos, los ‘decentes’, quienes se robaron hasta los bombillos, no nosotros. Fueron ellos, otrora personajes ‘respetables’ y ‘niños bien’, los que engañaron y se burlaron de millones. Ellos, también, quienes le abrieron de par en par las puertas al continuismo chavista. Pero, al final, es como dice el vallenato: “lo que pasa es que la tiene un ratero honrado, lo que ocurre es que un honrado se la robó”.

Porque, por todo lo que uno dice y reclama de los políticos, también hay mucho qué decir sobre quienes siguieron a pies juntillas todo esto, sobre la gente que puso el cerebro y los escrúpulos en remojo mientras seguía ciegamente al flautista de turno. Por lo pronto, la reflexión más inmediata es también la más difícil de tragar: no hay democracia ni proyecto democrático sin demócratas.

La pregunta que encabeza estas líneas es, por supuesto, retórica. Nadie recoge la injuria, los insultos, los odios. Nadie dirá “me equivoqué”, nadie pedirá perdón por tanto daño ni dará el primer paso para reparar relaciones deshechas. Nadie fue.

El saldo de esta locura, la que tratamos de advertir y por la cual nos llovió el odio y la mentira, ya lo sabemos. Años perdidos, gobierno consolidado, millones burlados, tragedia tras tragedia. Pero en medio del chiquero que dejaron en su trienio de rapiña, y cuando recién asoman la cabeza los oportunistas de siempre diciendo a destiempo, con la marea baja, lo que había que decir el día uno, queda también sentado en las páginas de la historia el testimonio de una postura firme, venezolanista, que defendimos con dignidad, contra viento y marea y con la verdad por delante. Al país le quedó claro que no somos lo mismo, que no somos los mismos. Pensaron que eso era hacernos un daño, siempre supimos que era un honor.

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