Durante varios años, en mi estadía como profesor de la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, tuve a mi cargo la materia de Sociología I. Siempre fue la que más disfruté. Quizás porque, en las caras de los estudiantes que recién se encontraban con una manera distinta de ver el mundo y de enfrentarse a los prejuicios de su crianza, recordaba la mía propia: el sentido de descubrimiento, del velo destapado ante la complejidad de los asuntos colectivos, que inspiraron en mi primer año las clases con el profesor Mikel de Viana.

El programa era bastante básico, como suele serlo en una materia introductoria. Ambicioso, pero ortodoxo, si cabe el término, en cuanto a los contenidos y la literatura. El primer texto con el que nos enfrentábamos en la tarea de aproximarnos a la que Comte pretendió la madre de todas las ciencias era la Invitación a la Sociología de Peter L. Berger, incorrectamente traducida al español como Introducción a la Sociología debido a criterios editoriales (ciertamente, una “Introducción” pareciera vender más que una “Invitación”).

Publicado en 1963, el libro nos paseaba por capítulos como “La sociología como un pasatiempo individual” y “La sociología como una forma de conciencia”. Hablaba de lo que es, y no es, un sociólogo, abordaba su metodología, introducía el concepto de tipo ideal, la concepción de sociedad y de lo social, lo que es un problema social y un problema sociológico y, sobre todo, la máxima que aún creo vigente en el abordaje de la disciplina: “las cosas no son lo que parecen”.

Uno de los puntos principales, del texto y de mi enfoque, era el énfasis en lo que Berger llamó el motivo de desenmascaramiento. En otras palabras, en que no se puede hacer sociología desde la reverencia. Hoy, cuando la -siempre- complicada coyuntura nacional da lugar a la pululación de análisis y analistas en las redes sociales, portales de opinión y medios de comunicación, resulta un oportuno recordatorio, especialmente para quienes los abordan, o pretenden abordarlos, desde las ciencias sociales o en su condición de científicos sociales.

Berger insistía en que un sociólogo, ese “curioso a pesar suyo”, debe ver más allá. Más allá de las fachadas, de las puertas cerradas; más allá de los relatos oficiales. Que el sociólogo “encontrará recompensa en la compañía de sacerdotes o de prostitutas no según sus preferencias personales sino según las preguntas que se encuentre formulando en ese momento”, que “conocerá la veneración, pero ésta no le impedirá que desee observar y comprender”, es un planteamiento clave que se convierte en una advertencia a tener presente en todo momento.

De allí que sea difícil tragar los enfoques de quienes hacen, precisamente, sociología desde la reverencia, de quienes sucumben ante la provocación inmediata de los titulares y basan sus pareceres en puntos de partida dudosos, cuando no del todo falsos.

Al obedecer a los relatos oficiales, en lugar de cuestionarlos y de ver más allá, sus análisis derivados resultan limitados, comprometidos, al insertarse en el “framing”, cuando no la ideología, de sus fuentes. Y hay que entender lo oficial no solo en el sentido que normalmente se le asigna en el haber periodístico, es decir, en lo relativo al “gobierno”. También es oficial la postura institucional de la Iglesia Católica, por ejemplo, o, más cercano a nuestro punto, la narrativa impulsada por factores de poder, aunque estén en la oposición (¿o es gobierno interino?).

Partir de la ‘usurpación’, del estiramiento absurdo del Artículo 233 de la Constitución (que se desmorona, precisamente, al leer de cabo a rabo el corto Artículo) o, peor, de tomar como santa palabra las declaraciones oficiales de los voceros de la élite opositora (gobernant(e)) da lo mismo que aceptar de pies juntillas las explicaciones sobre la masacre de Guanare, sobre la violencia en Petare o sobre la naturaleza de la crisis de parte de los ministros y demás funcionarios del gobierno bolivariano.

¿Qué hay detrás de todo esto? De todo un poco: el intento por montarse sobre la ola del “mainstream”, sin duda, bregando duro por el “me gusta” y el “retweet”; la palmadita de “buen trabajo” de un círculo social básicamente homogéneo al que le interesa menos develar las dinámicas sociales y más la confirmación de sus prejuicios. Al final, no solo están estos análisis montados sobre falsos supuestos, no solo son limitados en su alcance por la superficialidad que los recubre, sino que hacen un flaco favor a la sociología -y a los sociólogos- al servir de mero instrumento a los intereses de un grupo en la confirmación de sus postulados. Lo que Berger llamó el motivo de desenmascaramiento, ese que baja del pedestal a los sistemas que estudia, queda relegado por quienes se subsumen a la narrativa de uno u otro grupo.

Volvemos a Berger y reiteramos: No, no se puede hacer sociología desde la reverencia. Solo retando al poder, a los “hechos” establecidos; solo viendo más allá de las fachadas y desnudando la realidad incómoda -no sirviéndola- pueden la sociología y los sociólogos venezolanos aportar de manera crítica al análisis de lo que pasa, y no pasa, en la Venezuela de hoy. Lo demás, llámelo de otra manera, no sociología.

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