Durante casi quince años, la oposición hizo un esfuerzo titánico para explicar, más allá de nuestras fronteras, las singularidades del caso venezolano. No, lo de Venezuela no era un problema de derecha o izquierda. Tampoco era un tema de clases sociales, de pobres y ricos. De hecho, eso que llamaban “la oposición” era un abanico amplio que abarcaba partidos y movimientos que iban de la izquierda comunista, como Bandera Roja, a la derecha moderada, como Proyecto Venezuela. En ese cometido, se le pedía a la comunidad internacional reconocer nuestra lucha y entender mejor nuestra realidad. ¡Cómo han cambiado las cosas!

El progreso fue el eje de la campaña presidencial del candidato unitario en 2012. “Móntate en el autobús del progreso” era el eslogan del día. El candidato hablaba bien de Lula y de su modelo. Eran frecuentes los llamados a la solidaridad, a la justicia social. Primero Justicia, el partido del candidato, muy a su pesar, vio un tránsito del conservadurismo cristiano, eufemísticamente llamado “centro humanismo”, al progresismo, impulsado por la candidatura de Henrique Capriles. Voluntad Popular, escisión de Primero Justicia, corrió a inscribirse en la Internacional Socialista e introdujo innovaciones importantes en la organización de la lucha por los derechos de la comunidad LGBTI, cuya cumbre fue la elección, en 2015, de la primera diputada trans de la región. Un Nuevo Tiempo, Acción Democrática, el MAS y ABP estaban todos alineados en esta postura. Montados, si se quiere, en el autobús del progreso.

Si adelantamos a 2019, el panorama es muy distinto. Los que promovieron el autobús del progreso se convirtieron en las viudas de la derecha latinoamericana. En lugar de solidarizarse con las causas justas de los pueblos, corren a denunciar la protesta social como una componenda de Maduro y el Foro de Sao Paulo, el nuevo “coco” de la región. Cuando Voluntad Popular logró un Eurodiputado, en la figura del padre de su fundador, lo hizo en las filas del conservador Partido Popular, no del que se supondría su aliado natural y compañero en la Internacional Socialista, el PSOE. La vocería opositora, que antes pregonaba el progreso, inició una cruzada esquizofrénica contra el progresismo en la región, y al Lula “visionario” cuyo modelo admiraba ahora le grita “ladrón”.

Con arrogancia suprema, e inmerecida, venezolanos en el exterior hacen de consultores de partidos y candidatos, como si conservaran la clave para detener afuera lo que no pudieron frenar adentro. Allá, hablan de pueblos brutos, que no aprenden, de gente que “quiere” vivir en la miseria.

Claro está, nada de esto es de gratis. Si bien el proceso de “derechización” de un sector de la oposición venezolana no es sino la develación de la que siempre fue su verdadera cara, también es verdad que gran parte de la responsabilidad recae en las cicatrices y frustraciones que dejó el proyecto chavista, que en nombre de la izquierda ha gobernado de manera autoritaria, con andamiaje militarista, y cuyo resultado ha sido el incremento no solo de la pobreza sino también de la desigualdad, en una Venezuela en la que la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen crece día a día. Si las generaciones anteriores equiparaban derecha a dictadura e izquierda a esperanza democrática, las actuales invierten la fórmula con base en la experiencia vivida. A eso se le suma cierto supremacismo moral de clase media conservadora, que denuncia la “ideologización” en la izquierda sin ser capaz de ver lo profundamente ideológico de posturas que considera “naturales”, “objetivas” y de “sentido común”. Entre ellos hay mucha gente incapaz de reconocer sus prejuicios y privilegios, gente que nació en tercera base y cree que bateó un triple.

Si algo ha demostrado la actual coyuntura venezolana es que el deslinde en la oposición no es solo estratégico, sino que también hay una reconfiguración programática. Los representantes del mainstream opositor, paradójicamente quienes hablaban del autobús del progreso, hoy se han asumido abiertamente conservadores. Celebran a Bolsonaro, a Trump, a Duque mientras que lamentan los reveces de la derecha regional. Llegan a decir disparates, como que Al Qaeda es chavista, o que el potencial triunfo de la centro-derecha uruguaya representa el “regreso a la democracia” en ese país. Hoy esa oposición representa un proyecto conservador de clase media que deshace varios años de acercamiento a los sectores y luchas populares y cuya mayor manifestación fue la campaña de 2012.

Hoy, la falacia de los conservadores con respecto a Latinoamérica es que hay que dejar todo como está so pena del madurismo. Argumento falaz, arrogante y que muestra un total irrespeto y desprecio por las causas justas de cada sociedad. La apuesta a una cruzada absurda y esquizofrénica contra el progresismo en la región y la mercantilización de nuestra tragedia son muestra de la irresponsabilidad demencial en la que cayó un sector de la oposición venezolana, que en nada avanza la causa de la democratización.

Latinoamérica es un hervidero de desigualdad y pobreza. Por eso un planteamiento conservador, de dejar todo como está para los pocos que están bien, no es viable ni ético. Reducir la izquierda al chavismo, como hacen quienes denuncian oscuras conspiraciones globales, nubla el análisis. La desigualdad no puede seguir siendo tabú ni monopolio de la izquierda radical. O la democracia funciona para todos o no es democracia.

Insistimos en que no podemos lanzarnos a los brazos del conservadurismo más rancio y populista por temor al madurismo. Ya las cartas están sobre la mesa, con un sector opositor abiertamente conservador, que mantiene diferencias importantes, estas sí estratégicas, con otro incluso reaccionario, pero en tal caso afines ideológicamente, y otro sector venezolanista, progresista, que en su diversidad mantiene como común denominador las luchas por las reivindicaciones populares, la solidaridad y la justicia. A este sector le toca avanzar en esa ruta, desmitificando prejuicios e impulsando un discurso centrado en la gente.

En un momento de la campaña de 2012, un venezolano valioso, comprometido, preguntó de qué se trataba eso del “autobús del progreso” y propuso llenarlo de contenido. Le contestaron que no, que era mejor dejar eso abierto a la interpretación de cada quién. Viéndolo por el retrovisor, y a la luz de la derechización de esa oposición, queda claro: solo fue un eslogan.

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