Libertad, igualdad y la promesa de la democracia

Los conceptos de democracia y libertad están tan íntimamente relacionados que, a menudo, hablar de uno implica una conversación sobre el otro. En no pocas ocasiones, las dos nociones se confunden en una. La libertad posee una valoración prácticamente universal, y casi todos los pensadores y líderes políticos han dedicado gran parte de sus obras a su análisis y promoción. Ya hemos visto, en entregas anteriores, que lo mismo sucede, como mínimo en un sentido ritualista, con la idea de democracia. A primera vista, el que existe entre democracia y libertad es un maridaje indisoluble. Sin embargo, debemos hacer par de advertencias: En primer lugar, no todo el mundo entiende lo mismo por “libertad”, como discutiremos más adelante; y, en segundo lugar, la libertad choca inevitablemente con otros valores políticos y sociales que son esenciales a la democracia. ¿Podemos hallar un punto medio, en el que pensemos la libertad y los valores con los que esta suele entrar en conflicto (llámese la igualdad y la justicia, por nombrar algunos), no solo como contradictorios, sino también como complementarios?

A primera vista, el que existe entre democracia y libertad es un maridaje indisoluble. Sin embargo, debemos hacer par de advertencias

En búsqueda de esta respuesta, debemos retrotraernos a otra pregunta: ¿Quién es el sujeto de la libertad? ¿Se trata del individuo o de un colectivo? Lo mismo sucede al intentar lograr una definición mínima sobre la libertad: ¿Tiene que ver con la ausencia de coerción de un agente externo, o es la capacidad para perseguir ciertas metas? En resumen, ¿hablamos de libertad para o de libertad de?

¿Pueden los pobres llegar a ser realmente “libres”? ¿Pueden aquellos que no han contado con las oportunidades para alcanzar su máximo potencial y capacidad de agencia sacar provecho de las libertades políticas que adornan nuestras constituciones y discursos oficiales?

La historia de la humanidad ha mostrado, una y otra vez, el repulsivo rostro de la opresión: Desde las tiranías clásicas de ayer hasta los más complejos autoritarismos híbridos de hoy, pareciera claro que la lucha por ser libres ha estado en el centro de la actividad humana por cientos de años. La discriminación, la segregación, la persecución violenta y el apartheid se han manifestado como herramientas distintas que los opresores utilizan para lograr la dominación de sociedades enteras, o de determinados grupos dentro de esas sociedades. Pero, más allá de las caras reconocibles de los opresores, el asunto de las capacidades, de la agencia si se quiere, es también de obligatoria discusión, y lleva el concepto de la libertad por otros derroteros. ¿Pueden los pobres llegar a ser realmente “libres”? ¿Pueden aquellos que no han contado con las oportunidades para alcanzar su máximo potencial y capacidad de agencia sacar provecho de las libertades políticas que adornan nuestras constituciones y discursos oficiales?

Isaiah Berlin introduce dos nociones de libertad. A la primera la llama libertad negativa. En el corazón de la idea de libertad negativa está el concepto de coerción, que implica una interferencia deliberada de otros en el ámbito personal. Se infiere que, en esta concepción, la libertad es la ausencia de coerción.  Sin embargo, una libertad ilimitada, en este sentido, nos dejaría en algo parecido al estado de naturaleza hobbesiano, en el que el caos se apoderaría de todo, imposibilitando la satisfacción de las necesidades mínimas, o las libertades de los vulnerables serían reprimidas por las de los poderosos. Aquí vislumbramos una primera respuesta a la pregunta central de estas líneas: en la idea de proteger las libertades de los débiles de las libertades de los fuertes, emerge el valor de la justicia, no solo en conflicto con la libertad, sino como complemento, al menos, a una idea de libertad más amplia e incluyente.

precisamente porque el conflicto es inherente a la vida humana, la política es la arena para la consecución simultánea de la libertad y la justicia

Si los límites superiores de la libertad han de fijarlos las leyes, de modo que protejan a los débiles de los fuertes, ¿Cuáles son los límites inferiores? De acuerdo con libertarios como Mill y Locke, debe existir un espacio mínimo de libertad personal que resulte inviolable, sin el cual cualquier tipo de búsqueda de libertad mayor es imposible. Esta idea se traduce, en la práctica, en el establecimiento de una separación clara entre las esferas pública y privada.

Hasta este punto, hemos hablado de libertad en su acepción individual. Esta noción no ha sido una constante histórica y no falta quien plantee que no es la necesidad más imperiosa para muchos. Por ejemplo, una persona en estado de pobreza extrema puede que valore más un plato de comida o una dosis de medicina que la libertad, pero al final del día su libertad no es un tipo de libertad distinta a la de una persona privilegiada, sino que una y otra son idénticas. Esto es consistente con la crítica liberal que propone una “igualdad de libertad” que lleva a la aceptación de que la libertad debe, en ocasiones, limitarse para asegurar la libertad de los demás, lo que para Berlin resulta un compromiso práctico. Sabemos de la oposición inequívoca de pensadores como Mill a esta idea, cuando advierten que una civilización no puede avanzar sin una libertad ilimitada que considera sagrada, y cuya violación redundaría en la mediocridad colectiva. Berlin, en desacuerdo, replica que cierta coerción para limitar la libertad puede prevenir males mayores, señalando que la libertad ilimitada no es incompatible con ciertos tipos de autocracia, lo cual alejaría la noción de libertad de su, aparentemente, inseparable idea de democracia.

Sobre la libertad positiva seremos más breves. Aquí, en lugar de preguntarnos cuál es el ámbito y el grado de libertad del individuo, nos preguntamos cuál, o quién, es la fuente de control que determina que alguien haga, o sea, esto en lugar de lo otro. El aspecto “positivo” de esta idea tiene que ver con el deseo de autodeterminación del individuo, y entra en conflicto directo con la noción de libertad negativa, que presentamos previamente. Para los críticos más fervientes, esta noción es, a menudo, no más que un disfraz para la tiranía.

Volvamos a un tema crucial en esta conversación, sobre si el sujeto de la libertad es el individuo o un colectivo. Cuando, desde las tarimas de los mítines, los líderes gritan que “¡Venezuela es libre!”, ¿A qué se refieren? ¿A quiénes se refieren? Cuando Martin Luther King expresaba “¡Seremos libres!”, ¿Quién es ese “seremos”? y ¿De qué manera se inscribe en el debate anterior?

Estas referencias a la libertad son, al contrario de las iniciales, esencialmente colectivas, no individuales. Cuando King expresa “nacimos libres ante Dios”, el nacimos se refiere a una colectividad: el afroamericano. Sin embargo, la libertad no está sola en su lista de demandas, ya que el pionero de los derechos civiles llama a “trabajar abiertamente por la justicia y la libertad”. Más aun, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, además de llamar a la “libertad del espíritu”, el mítico activista aspira a que las personas puedan tener “tres comidas al día para sus cuerpos, educación y cultura para sus mentes, y dignidad e igualdad”. De nuevo, valores que a menudo entran en conflicto con la libertad van de la mano con mayores libertades, en una dinámica complementaria que va al centro de nuestro punto inicial.

En su famoso discurso “Yo tengo un sueño”, King visualiza un “otoño vigorizante de libertad e igualdad”. Libertad e igualdad, no libertad o igualdad. Esto refuerza la idea de que la libertad no puede ser ilimitada o egoísta, y ve un maridaje resuelto, no un divorcio, entre los valores de libertad e igualdad, que son frecuentemente presentados como antagónicos en la literatura. Hacia el final de su discurso, insiste: “Tengo un sueño que algún día, incluso el estado de Mississippi… será transformado en un oasis de libertad y justicia”. Libertad y justicia.

Sí, la libertad entra en conflicto con otros fines sociales, como la igualdad y la justicia. No cabe duda de que la libertad ilimitada de una minoría puede perjudicar las libertades de las mayorías y convertirse en opresión. Y aunque Berlín advierte sobre la creencia en una falsa “solución final” que armonice los intereses sociales, es cuando dice que la posibilidad de conflicto nunca puede eliminarse de la vida humana que encontramos la respuesta verdadera a nuestra pregunta inicial.

En este sentido, compartimos con Berlin que el respeto por los principios de la justicia es tan básico en el hombre como su deseo de libertad, y la presencia de esa doble aspiración en, por ejemplo, las demandas colectivas de Martin Luther King, nos invita a pensar que un compromiso es posible y que la libertad, la igualdad y la justicia son compatibles al representar, todas, un bien en sí mismas.

Reflexionando sobre lo anterior, estamos convencidos de que la complementariedad entre estos valores políticos existe, y lo hace en la validez de las demandas simultaneas por mayor libertad, mayor justicia y mayor igualdad. Particularmente, esa complementariedad existe en un ámbito específico: el de la política, y en un sistema específico: el sistema democrático.

Nuestra posición es que, precisamente porque el conflicto es inherente a la vida humana, la política es la arena para la consecución simultánea de la libertad y la justicia. Es la política, particularmente la política democrática, el terreno en el que podemos luchar por una libertad incluyente que no sea el privilegio de los ricos, dejando a los pobres a “ser libres para vivir debajo de un puente”. Es enteramente posible, en este sentido, trabajar abiertamente, y al mismo tiempo, por la libertad y la justicia.

Solo en una sociedad libre pueden las personas alcanzar su potencial y aspirar a la igualdad y la justicia. Pero solamente una sociedad justa puede considerarse realmente libre. En este sentido, la dinámica de la libertad actúa como la de un círculo virtuoso, cuando se encuentra presente, y como un círculo vicioso, en su ausencia.

En su más célebre discurso, Martin Luther King hablaba de cumplir las promesas de la democracia. Esas promesas implican un compromiso irreductible con la libertad, tanto individual como colectiva. Pero la democracia es un cascarón vacío si no se esfuerza también por la igualdad y la justicia. Es por eso que podemos concluir, luego de estas consideraciones, que la libertad entra inevitablemente en conflicto con otros valores, como la justicia y la igualdad, pero que estos valores contribuyen a la promoción de otros fines preciados para la humanidad, como la justicia y la igualdad que, sin libertad, son también cascarones vacíos que dejan sociedades que no son ni justas, ni iguales, ni libres.

Referencias

Berlin, I. (1958). “Two Concepts of Liberty”. In Isaiah Berlin (1969) Four Essays on Liberty. Oxford: Oxford University Press.

King, M.L. (1986). A Testament of Hope. The Essential Writings of Martin Luther King, Jr. San Francisco: Harper San Francisco.


Publicado en Proyecto Base el 16 de abril de 2018.

Rendijas democráticas en contextos autoritarios

El autoritarismo competitivo es un concepto que responde a la emergencia de regímenes híbridos como fenómeno característico de la post Guerra Fría. Esta época de la historia, con sus muros caídos y su “final de la historia”, demostró ser más complejo que el escenario planteado inicialmente como el triunfo definitivo de la democracia liberal. En lugar de esto, presenciamos la proliferación de regímenes que, también contrario a la matriz inicial, no eran transicionales, sino que representaban formas de dominación relativamente estables. El autoritarismo competitivo puede perderse fácilmente en la baraja analítica, entre otras razones porque es fácil perderse también en el debate sobre si estos son meramente democracias imperfectas o disminuidas. El autoritarismo competitivo crea condiciones desiguales entre gobierno y oposición, en perjuicio del desempeño democrático. Existe en estos regímenes una fachada democrática, y los mecanismos e instituciones democráticos siguen siendo la principal vía para obtener y ejercer el poder, pero desde el poder se viola esta dinámica de tal manera que el régimen no logra cumplir un estándar mínimo de democracia[1].

las más insignificantes rendijas en estos espacios pueden ser utilizadas por los opositores para desafiar, debilitar y en casos incluso derrotar a gobernantes y sistemas autoritarios

Normalmente se habla de tres causas del autoritarismo competitivo: la decadencia de un régimen autoritario, el colapso de un régimen autoritario, o la decadencia de un régimen democrático. La diferencia entre este tipo de régimen y un autoritarismo cerrado, de corte clásico, está en la existencia de espacios para el ejercicio de oposición, que aquí llamamos rendijas democráticas. A través de estos espacios, de estas rendijas, los distintos sectores en oposición al régimen pueden, de manera efectiva, retar al poder de una manera que sería imposible en un autoritarismo consolidado. Los espacios principales están representados por la arena electoral, la judicial, la legislativa y los medios de comunicación. Incluso las más insignificantes rendijas en estos espacios pueden ser utilizadas por los opositores para desafiar, debilitar y en casos incluso derrotar a gobernantes y sistemas autoritarios.

Si una concepción de “rendijas democráticas” basada en instituciones tan formales, que pueden ser cooptadas finalmente por el poder autoritario, pareciera insuficiente, ¿De qué otras maneras puede la gente hacerse sentir en contextos de instituciones débiles y sistemas autoritarios? En China, un estudio muy completo[2] da cuenta de “grupos solidarios”, que ejercen un control informal sobre el gobierno. Aquí, incentivos morales y de distintos tipos son un recurso invaluable para el logro de objetivos políticos, económicos y sociales. Estos grupos parten de la idea de que cuando las fronteras de un grupo solidario se solapan con las fronteras administrativas del gobierno local, los funcionarios públicos tienen una fuerte obligación social a contribuir con el bienestar del grupo. En Rusia, donde se ha establecido una súper-presidencia con una especie de teflón que desvía las responsabilidades hacia los mandatarios locales (y que sitúa al mandatario central como el gran intercesor), surge el concepto de “monarquismo ingenuo” para designar aquellas actividades diseñadas para lograr la intervención presidencial[3]. Estas incluyen cartas, protestas e incluso renombrar puntos geográficos en honor al gobernante, pero lo clave no está en una supuesta devoción ciega, sino en el uso estratégico que este tipo de activismo puede hacer para lograr sus objetivos, independientemente de lo que los activistas y demás ciudadanos piensen realmente del liderazgo local y central. En una ocasión, activistas que intentaban impedir la deforestación de un bosque local para la construcción urbana, imprimieron y colocaron fotos de Vladimir Putin en cada uno de los árboles. Su lógica no se basaba en amor al líder, sino en una apuesta clara: los constructores -ni nadie- se atreverían a tocar a Putin. Funcionó. Ningún árbol fue cortado y los activistas tuvieron éxito en su objetivo de preservar su espacio local. Estos ejemplos de China y Rusia, recordamos, no aspiran ilustrar una dinámica democrática ideal. Lo contrario, representan rendijas para la participación popular y la resistencia ciudadana en contextos autoritarios, cada una a través de acciones estratégicas que parten de la realidad concreta de ambas sociedades.

Incluso en ese esquema ornamental, sin embargo, existen grietas para la participación popular

En los regímenes híbridos, la democracia tiene un aspecto decorativo. Incluso en ese esquema ornamental, sin embargo, existen grietas para la participación popular. No obstante, debemos hacer tres advertencias: En primer lugar, modelos como el de los grupos solidarios pueden resultar difíciles de aplicar más allá del ámbito local, en la escena nacional; segundo, los arreglos informales pueden ayudar a obtener la atención del gobierno, pero en ningún caso a la escala que traería un sistema formal de accountability; y tercero, estos sistemas informales, al aliviar las presiones sobre el Estado a corto plazo, pueden retrasar las reformas necesarias a nivel institucional, que traerían mayores beneficios tanto para los ciudadanos como para el Estado a largo plazo.

apostamos por las rendijas -institucionales e informales- que sirvan de catalizador del cambio social y muevan los cimientos del régimen en la lucha por una democracia incluyente y genuina

No podemos finalizar sin reiterar una idea central: a diferencia de los autoritarismos hegemónicos, cerrados, los autoritarismos competitivos apelan a la democracia (de manera superficial y decorativa) como forma de legitimación. Esto abre rendijas importantes para la participación y el ejercicio de oposición, no solo a través de arreglos informales como los que hemos ilustrado, sino principalmente a través de las arenas electoral, legislativa y judicial, junto a los medios de comunicación. Tener esto en cuenta es importante para analizar las maneras en las que una sociedad puede hacerle frente a un régimen autoritario de este estilo. Si entramos al terreno de las preferencias, no concebimos como “preferible” la consolidación del autoritarismo competitivo en un autoritarismo hegemónico, buscando un “todo o nada” que nos aleja aún más de la democracia, sino que apostamos por las rendijas -institucionales e informales- que sirvan de catalizador del cambio social y muevan los cimientos del régimen en la lucha por una democracia incluyente y genuina, que responda a la gente y promueva el bienestar y la igualdad en un régimen de libertades. Estos espacios deben aprovecharse en un régimen híbrido. Allí, sabemos que no hay democracia y precisamente eso nos obliga a aprovechar cualquier rendija y convertirla en una oportunidad para desafiar al poder. En un régimen autoritario hegemónico, que ofrece escasas posibilidades para la impugnación democrática y aún menos para el retorno a un sistema democrático, puede ser demasiado tarde.

[1] En una entrega anterior advertimos que no hay un único concepto de democracia. En esta idea nos referimos a un esquema que va más allá de la concepción electoral-minimalista, y que engloba el respeto a las minorías, la separación y limitación de poderes, y el estado de derecho, nociones todas propias de la democracia liberal.

[2] Ver Tsai, L. (2007). “Solidary Groups, Informal Accountability, and Local Public Goods Provision in Rural China”, American Political Science Review 101:2, 355-372.

[3] Ver Mamonova (2016). “Naïve Monarchism and Rural Resistance in Contemporary Russia”, Rural Sociology 81:3, 316-342.


Publicado en Proyecto Base el 19 de febrero de 2018.

Sobre la democracia iliberal

No hay un único concepto de “democracia”. Si bien es común su asociación con “el gobierno del pueblo”, lo que eso significa es fuente de creciente debate en el mundo de hoy. En ese sentido, la democracia liberal, una vez pensada como el destino final de las ideas y movimientos democráticos tras la caída del muro de Berlín, aparece hoy como apenas una de varias formas de organizar y administrar lo que llamamos democracia.

Otros modelos aseguran ser democracias “auténticas” o “reales”, en contraste con la propuesta clásica, liberal. Para muchas de estas concepciones alternativas, los límites que la democracia liberal coloca sobre sí misma más allá de la dinámica electoral que determina quién tiene la mayoría (separación de poderes, estado de derecho, protección de derechos básicos) constituyen en realidad obstáculos para la democracia real, una que asegura moverse de manera rápida y efectiva, sorteando trabas burocráticas y controles “innecesarios”.

Los regímenes y líderes que apoyan esta línea de pensamiento han creado términos como “democracia soberana” y “democracia participativa”, como maneras de diferenciarse claramente del modelo Occidental de democracia liberal, y también como una manera de defenderse de acusaciones que los tildan de antidemocráticos por no adherirse a este modelo.

Aquí entra la democracia iliberal, un perturbador fenómeno emergente en la comunidad internacional. A partir de la rabia como fenómeno político y de las fallas reales y percibidas de la democracia liberal, la democracia iliberal se refiere a regímenes que, electos democráticamente, ignoran rutinariamente los límites constitucionales sobre su poder y privan a sus ciudadanos de las libertades y los derechos básicos. En estos regímenes existe una mezcla de elementos democráticos con un grado sustancial de iliberalismo, que se caracteriza por el debilitamiento de las libertades individuales, la propiedad privada y la separación de poderes.

electos democráticamente, ignoran rutinariamente los límites constitucionales sobre su poder y privan a sus ciudadanos de las libertades y los derechos básicos

No todos están de acuerdo con el concepto. Quienes rechazan la democracia iliberal como una contradicción de términos prefieren llamar a este tipo de gobiernos “autoritarismos populistas” y afirman que “todas las democracias son liberales”, sintiendo desconfianza por la “democracia con adjetivos”. Sin embargo, el concepto de democracia iliberal puede ser útil en tres sentidos: En primer lugar, como una forma de legitimación; en segundo lugar, como un concepto científico social que registra una aspiración o proyecto político; y, en tercer lugar, como un compromiso normativo.

Un asunto muy importante que se desprende de lo anterior es la relación entre democracia y libertad. Mientras que la democracia está ciertamente entrelazada con otros aspectos de la vida social, como el desempeño económico, su relación con la libertad puede ser compleja y en muchos casos determina el “adjetivo” del régimen democrático. Es en este sentido que algunos autores han escrito sobre el liberalismo constitucional como salvaguarda de la democracia liberal. De acuerdo a este planteamiento, el liberalismo constitucional aspira a proteger la autonomía y dignidad del individuo de la coerción, venga de donde venga. Paradójicamente, la fuente de esa coerción puede, en ocasiones, ser la “democracia”. Esto tiene implicaciones prácticas, por ejemplo, para la política exterior. Mientras que los países Occidentales se enfocan a menudo en promover elecciones en países en proceso de democratización, algunos proponen que estos países estarían mejor estableciendo un sistema constitucional que ofrezca un sistema de controles y equilibrios que sirva como marco para el desarrollo democrático. La clave aquí está en la limitación del poder, más allá de la realización de elecciones.

Sin embargo, cualquier arreglo institucional con miras a limitar y controlar al poder no puede asumirse con una postura prêt-à-porter, como demuestran estudios cuantitativos. En su lugar, un marco que pretenda establecerse en una sociedad debe considerar el contexto político, económico y social de esa sociedad si quiere tener éxito en su tarea, y en la tarea de proveer a la democracia liberal de mayor estabilidad. Del mismo modo, más allá del desempeño económico, el tipo de régimen (presidencial o parlamentario) y el grado de centralización afectan directamente la estabilidad y la salud del sistema democrático.

Aunque la democracia tiene hoy sobrados críticos, la proliferación de etiquetas como “democracia participativa”, “democracia real” o “democracia soberana” demuestra que el término democracia es aún tenido en alta estima por distintos tipos de regímenes y líderes políticos. Son pocos los países que no ofrecen al menos una simulación ritualista de elecciones y hasta los más brutales tiranos reivindican en su discurso el derecho del pueblo a gobernar, es decir, a participar de las decisiones públicas.

El iliberalismo no es una plataforma ideológica, sino una tecnología, una metodología para acceder al poder y para conservar el poder sin amarras. La naturaleza trans-ideológica del iliberalismo como proyecto autoritario se evidencia al observar cómo va unas veces de visos conservadores y otras en nombre de la izquierda. Así, la ideología se ve reducida a una especie de barniz discursivo de unos regímenes que no están motivados por lo ideológico, sino que aplican lo ideológico para justificarse en momentos concretos.

El iliberalismo no es una plataforma ideológica, sino una tecnología, una metodología para acceder al poder y para conservar el poder sin amarras

Son muchos los retos para la democracia, dada la emergencia del iliberalismo. Uno de ellos es la necesidad de encarar este fenómeno por lo que es, por lo que dice ser, y por lo que no es, entendiendo que se trata de un modelo que se dice democrático sin serlo, por el hecho de apelar a procedimientos propios de la democracia, pero que tampoco encaja en las definiciones que tradicionalmente tenemos de “dictadura”, “autoritarismo” o “totalitarismo”, a la vez que no es un simple “punto medio” entre una cosa y la otra. Analizar la democracia iliberal nos permite entender sus postulados, valores, técnicas compartidas, sus rasgos comunes, así como sus amenazas para la democracia, la libertad y la igualdad.

Del creciente desencanto con el desempeño democrático y la crisis mundial de la democracia que han permitido el ascenso de propuestas iliberales surgen también muchas preguntas ¿Se está reduciendo la democracia a la superficialidad de la mercadotecnia política? ¿Puede la democracia pluralista sobreponerse a los embotellamientos de la vetocracia y la polarización, que la hacen parecer lenta e ineficiente, afectando su valoración social y sus niveles de satisfacción entre el público? ¿Cómo pueden rescatarse la libertad y la igualdad de la pila de lo dado por sentado como valores centrales de la democracia en medio de esta creciente insatisfacción, de modo que no aparezcan como secundarios frente al desempeño económico o a la dinámica plebiscitaria? ¿Existe la necesidad de proteger a la libertad incluso de la democracia? ¿Cuáles son los límites de la soberanía, especialmente en relación a los Derechos Humanos y las libertades civiles? Y, quizás sobre todas estas cosas, ¿Cómo puede la democracia encarar la necesidad de democratizarse constantemente, especialmente en un mundo en el que muchos países luchan aún por las formas más básicas de democracia? Como hemos aprendido dolorosamente en muchos países, y como lo evidencia el desempeño de las democracias “iliberales” y de demás adjetivos, la democracia va mucho más allá de una concepción minimalistamente electoral.


Publicado en Proyecto Base, el 23 de enero de 2018.

La comparsa del PSUV

Escribimos estas líneas a dos días de la fecha pautada para votar una iniciativa que Nicolás Maduro ha llamado constituyente, sin serlo. Fuera de la Constitución, la camarilla conservadora del poder y los privilegios ha usurpado la soberanía popular para convocar, sin consultarle al pueblo, a lo que hoy los venezolanos vemos como una evidente estafa y un fraude. Una burla.

Por un segundo, pareció que iba a prevalecer la sensatez y que la propuesta “constituyente” sería retirada. Por un segundo y a última hora, pero ¿qué más venezolano que eso? No sucedió. No hubo negociación ni acuerdo. Menos diálogo. Aunque algunos aplaudan, es una pésima noticia para el país. Nuevamente, ha sido derrotada la política y el gran beneficiario es el régimen que, como insistimos la semana pasada, es patentemente antipolítico, dado más bien al exterminio del contrario y la aniquilación de la disidencia.

Dijimos que le han llamado constituyente, sin serlo. Y es que, a todas luces, lo que han planteado no es una Constituyente, como lo fue la de 1947, como lo fue, con todos sus bemoles, la de 1999. Esta pantomima se parece más a un “congreso de la patria”, a una instancia de ellos, con ellos y para ellos. Ellos, el grupito. Los demás, el país, no tenemos cabida. Sí, la fulana constituyente es poco más que una convención obligada del PSUV.

Personas sin ninguna entidad desfilan como candidatos. Ni ellos están claros de qué hacen allí. Para, supuestamente, modificar las bases del destino compartido de 30 millones no buscaron a los mejores, sino a lo que había, a lo que quedaba del raspadito de la olla roja… Junto a ellos, que son evidentemente el relleno, los que, por rayados, no les importa la raya. Y sobre todos ellos, los únicos que importan: el grupito que decide, conformado por los pesos pesados de siempre, los del guiso, los de las sanciones, los ligados a lo turbio, los militares manchados. Allí, entre la burla y la farsa, ellos saben el verdadero objetivo de la constituyente: eliminar los controles y sofocar a la disidencia pero, sobre todas las cosas, saben que en esta mamarrachada se juegan el control del oficialismo, el dominio del pranato.

Lo de la constituyente es una comparsa del PSUV. Militantes, empleados públicos temerosos y militares obligados por un Alto Mando en violación permanente y flagrante del artículo 328 de la Constitución están llamados a ponerle carne a lo que todo el pueblo sabe es apenas un mal teatro. Algunos votan, nadie elige nada.

No será a través del fraude constituyente que podrá una pandilla sin apoyo popular someter al Bravo Pueblo de Venezuela. Este país, el de “obligado, ni a la esquina”, el del “cuero seco”, no se resignará a vivir de rodillas. Todo lo contrario, la comparsa del PSUV agudizará el conflicto e incrementará la tensión. El domingo la siembra es de profunda ingobernabilidad.

No, no se acaba Venezuela el 30. Vendrá el 31, y luego el 1 de agosto, y de septiembre, y de octubre. Saldrá el sol cada día, y junto a él un pueblo decidido a recobrar su libertad, su dignidad y su calidad de vida. Eso viene, lo demás solo existe en las fantasías de los que pretenden, sin que nadie los quiera, dominar a la Nación.

“Ya vengo”

Luego de tres años y 107 ediciones escribiendo política de una manera distinta, hoy me despido de nuestros lectores. Nuevas oportunidades de formación profesional me mantendrán alejado de estos Editoriales. Formación para servirle a Venezuela, ¡para devolverle tanto! Es apenas un “ya vengo”. En este tiempo, PolítiKa UCAB ha logrado consolidarse como un referente del análisis político en Venezuela, continuando el camino ya andado por su fundador y primer Editor, el profesor Gustavo Moreno. Esto es obra de nuestros articulistas, de sus plumas agudas y opiniones críticas, que suman al debate que toma y ha de tomar nuestra patria, y de nuestros lectores, siempre atentos, críticos y consecuentes.

La revista queda en las mejores manos. A partir de la semana que viene, Elvia Gómez asumirá las riendas como Editora. Elvia no necesita presentación, es una cuarto bate del periodismo y sabemos que, sin duda, llevará a PK a niveles aun mayores de proyección y éxito. Le deseo a Elvia todo el éxito del mundo en esta nueva tarea.  Por mi parte, estaré estrenando una nueva columna para seguir aportando a la discusión.

Quiero agradecer a mis amigos y compañeros del Centro de Estudios Políticos, y particularmente a nuestro Director, Benigno Alarcón, por la confianza y la gratísima tarea que me encomendó en estos años frente a la revista. También, quiero agradecer especialmente y extender un reconocimiento público a Daniela Chacón y Carlos Chirino, quienes trabajan la magia que no se ve detrás de PolítiKa UCAB, de sus plataformas y redes. Sin ustedes, sin su trabajo, esta revista no sería lo que es. Y a todos nuestros lectores, gracias nuevamente por acompañarnos en este esfuerzo que apenas comienza…


Publicado en PolítiKa UCAB el 28 de julio de 2017.

¿Dónde está la política?

La gran conquista de la sociedad venezolana en el siglo XX fue la política. Esta hizo posible –y es siamesa de- la democracia. La política representó un avance sin igual para un país que se dedicó, durante todo el siglo XIX, a la guerra, al exterminio fratricida, a matarse entre sí.

Así, la imposición dio lugar a la negociación y al diálogo. Conversando se entendió la gente. Diversidad de actores, de intereses, de maneras de pensar se encontraron el la esfera política y, a través de la conciliación, trazaron los grandes acuerdos que permitieron dibujar, en la diversidad y la heterogeneidad, un norte compartido para Venezuela.

En la lucha de la civilización contra la barbarie, la política fue crucial. Y lo fue porque hablar de política es hablar de civismo, de resolver las diferencias de manera civilizada, sin violencia; de reconocerse y, sobre todo, de respetarse. No, no hubo un reparto de cuotas entre gente de superficialidad ideológica, que pensaba más o menos igual. Lo contrario, quienes se entendieron ayer en Venezuela representaban ideas contrarias, en algunos temas diametralmente opuestas incluso. Allí el valor de dibujar ese futuro compartido, no en la uniformidad, sino en la diversidad.

Por supuesto, la política entró en crisis: las instituciones no lograron responder al ritmo de los cambio sociales, incluso de los promovidos en positivo por ellas mismas; la corrupción; el rentismo; el papel de las elites; la crisis de representación. Esto y mucho más. Sobre sus ruinas surgieron el chavismo y el primer antichavismo antipartido, con un mensaje muy similar.

La antipolítica se instalaría en el imaginario, con consecuencias muy reales: la promoción del militarismo y la vuelta del “gendarme necesario”, el takeover de los dueños de medios de la actividad que normalmente compete a los dirigentes políticos. Hasta 2006, cuando la política fue retornando, tímidamente. No, no son antipolíticas las críticas a la política, a los políticos ni a los partidos. Sí lo son, sin embargo, los procederes intransigentes y contrarios al entendimiento, al reconocimiento del contrario, a la libertad de pensamiento, acción y asociación. Aunque lo digan los políticos, no hay política en exterminar al contrario, en volverlo polvo cósmico. Nada más lejos. Los desafíos del presente exigen una vuelta a la política, en medio de alarmantes exhibiciones de comportamientos pre y anti políticos que nos hacen preguntarnos, con preocupación, hacia dónde va esto…

El oficialismo no cree en la política. Su planteamiento participativo no es sino una pantomima tutelada y nariceada en el chantaje rentista. Hoy, cuando el modelo hace aguas y la popularidad se ha ido para no volver, es evidente: colectivos paramilitares, malandros y militares representan el sostén del régimen.

¿Y del otro lado? La existencia misma de la MUD representa un logro político. Con todas las críticas que puedan hacerse, justificadas y no tanto, poner de acuerdo a un abanico tan amplio de maneras de pensar, de partidos y hasta de egos, es una muestra política contundente. Que la MUD deba ampliarse, ir más allá de la rosquita ejecutiva y asumir una mayor conducción es cierto, pero no desmiente lo anterior.

En esta lucha de más de cien días, una lucha de resistencia, se ha agudizado el conflicto. Y justo cuando más falta hace, pareciera que el gran ausente es la política. La calle es un instrumento político, pero no puede sustituir a la política. Así, la calle genera presión, deja claro el mensaje de todo un pueblo, pero la calle no puede ser un fin en sí mismo. Tampoco la calle puede convertirse únicamente en una épica para el enfrentamiento heroico contra militares y malandros armados. La naturaleza asimétrica del conflicto lo imposibilita. La política debe recobrar fuerza para conducir esta lucha y los dirigentes deben orientar la acción colectiva planteando una agenda concreta y realizable.

El régimen ha sido inclementemente violento frente al clamor popular. Como respuesta, parte de quienes hoy protestan de diversas maneras en el país, en el desespero y la frustración, están convencidos de que la única manera de derrotarlos es en su mismo terreno. Sí, indigna y entristece la manera en la que supuestos sectores de izquierda celebran y ríen con la represión, las arremetidas paramilitares y el fetiche de la prohibidera; pero también preocupa, mucho, cómo muchos de quienes dicen luchar por la libertad pretenden imponerse a sus vecinos, a sus compañeros de lucha, con métodos que les hacen parecerse a lo que tanto dicen enfrentar. La intransigencia y la violencia no hacen sino afianzar las bases del chavismo, no importa cómo quiera llamarse quien las enarbole.

¿Dónde está la política? Quizás el título, por provocador, es muy duro. La verdad es que desde la Asamblea Nacional se han hecho intentos genuinos por encauzar políticamente el conflicto. Sobre todo la Consulta Popular del pasado 16 de julio representó un triunfo de la política. El resultado de esa jornada abrumadora plantea nuevos desafíos, incluida la negociación. Sin complejos, sin tenerle asco a la palabra. Venezuela no puede seguir siendo el país en el que gobierno y oposición no se hablan. Debe plantearse una agenda concreta, no un show, que siente las bases para resolver la crisis y superar el conflicto, dándole al pueblo la última palabra como dueño de su destino. Podrá decirse que al régimen no le interesa, y eso es verdad, y ese reto solo la política y la presión popular pueden encararlo.

Conducción, liderazgo, dirigencia. En corto, política. No serán los colectivos que amedrentan y asesinan los que llevarán al país al siglo XXI, pero tampoco los que, en barricadas, deciden que no les da la gana ni le importa la opinión del vecino porque sí, por malandraje de otro estrato o ideología.

Vamos pues, de vuelta a la política. Este país de todos tenemos que hacerlo todos. Nadie quiere una guerra, queremos paz y entendimiento. La política motorizó el más grande cambio social de la historia de Venezuela, es hora de que lo haga de nuevo.


El pueblo decide

 

Los venezolanos prefieren una solución electoral, constitucional, pacífica y democrática a la crisis y al conflicto que vivimos. Eso lo respaldan todos los estudios de manera consistente. Y es una buena noticia. Lo normal, en una democracia sana, es que esa solución electoral llegue sin sobresaltos, como parte de la natural dinámica democrática. Sin embargo, en Venezuela, desde el año pasado se cerraron las vías institucionales para la participación política de los ciudadanos.

Primero, fue la suspensión de las elecciones regionales, con el CNE otorgando una ñapa inconstitucional al período de gobernadores y diputados a los consejos legislativos. Luego, con el aborto al referéndum revocatorio presidencial, establecido en la Constitución como un derecho del pueblo, y que hubiese significado un hito importante para la superación del conflicto.

Por supuesto, las razones, en ambos casos, responden a intereses políticos. Si en 1999 la revolución encontró una institucionalidad debilitada, desde entonces la misión fue acabarla, derrumbar el aparataje estatal y confundirlo en el partidista, a la vez que se promovía un enfermizo culto a la personalidad y, de nuevo, el ensalzamiento al militarismo. La intención era clara: todo el Estado al servicio del líder… y todo el pueblo también. Así, la condición de ciudadano se transformó en la de súbdito. Así de “revolucionaria” era la cosa. En todo caso, ya para 2016 la escena de unas instituciones cooptadas por el Ejecutivo y al servicio del partido de gobierno eran parte natural del panorama político venezolano. De modo que, aunque indignó, a nadie sorprendió que el CNE eliminara las elecciones regionales y el referéndum por la sencillísima y evidente razón de que eran procesos imposibles de ganar para el PSUV y Nicolás Maduro.

Luego de un silencio ensordecedor de meses, el CNE reaparece, ambas rodillas en tierra, para validar vía express la propuesta constituyente de Maduro. Mientras el proceso de convocatoria al referéndum revocatorio estuvo lleno de obstáculos y trabas, para la constituyente madurista ni la Constitución fue impedimento. En todas las etapas del proceso hubo luz verde y paso apresurado. En todas, menos en una, el “pequeño detalle” que hace a esta constituyente nula e inconstitucional: nuevamente se le niega la voz al pueblo, al permitirle al presidente convocar directamente, usurpando la soberanía popular, a esto que a todas luces es una estafa para la concentración de poder y la evasión de los controles republicanos.

La reiterada pretensión de burlar la voluntad de los venezolanos, que pasó por el desconocimiento de la Asamblea Nacional, la oficialización de la dictadura con las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia y la reiterada negativa del partido-gobierno a medirse electoralmente llevó al pueblo a la calle, donde lleva más de 100 días. Tras el cierre de las vías institucionales, la calle sirvió de espacio para la expresión popular y la resistencia. El 16 de julio, los venezolanos han sido llamados a otra tarea: la convocatoria a una gran consulta nacional, la que debió hacer el CNE. Con el prestigio de los rectores universitarios como garantes y la mirada vigilante del mundo, el próximo domingo se le dará la voz al pueblo, para que exprese, inequívocamente, lo que quiere y lo que no quiere para el futuro de la Patria.

Estas líneas se escriben dos días antes de la consulta popular del 16 de julio. Algunos las leerán antes del evento, otros después del plebiscito. En todo caso, un gran esfuerzo organizativo y político ha empujado esta iniciativa para darle la palabra a los venezolanos, a pesar de que el régimen intentó sabotearla, encarcelando incluso a sus organizadores clave.

En este esfuerzo, la MUD ha sido vital. Pero lo fundamental ha sido la tarea de ir más allá de los linderos tradicionales de la oposición, en aras de la verdadera unión nacional. Así, centenares de dirigentes de los partidos políticos de la Unidad giran el país organizando la consulta. Y lo hacen también líderes sindicales, dirigentes nacionales no domiciliados a la MUD, e incluso el chavismo disidente.

El reto, bienvenido, es el de enviar un mensaje contundente: el de la soberanía popular, el de la democracia en acción. Y ese mensaje es inequívoco: Venezuela rechaza la constituyente madurista, quiere un cambio político y exige respeto a la Constitución.

La mesa está servida. El domingo el pueblo se dará la tarea que el CNE se negó a hacer: organizado por su cuenta, con los talentos que le sobran, el domingo el pueblo decide.

Foto: AFP PHOTO / Federico Parra

 


Otra vez, la barbarie

La escena es brutal. Hombres armados y encapuchados asaltan el Palacio Federal Legislativo. Atacan con cohetones, palos, cabillas. Abren fuego, a plomo limpio. En el suelo, el diputado Armando Armas yace herido, sangra, mientras una rueda de mercenarios lo ataca sin cesar. En otro punto, el diputado Américo De Grazia cae herido, también sangra y convulsiona. No son los únicos: diputados, periodistas, trabajadores, todos víctimas de estos que, lo hemos dicho antes, no son hijos de Bolívar, sino de Monagas. Viendo los toros desde la barrera está el coronel Lugo con sus hombres de la Guardia Nacional. Su misión es defender el Palacio y la integridad física de los diputados, pero sirven otros propósitos, responden a otros intereses, a otras órdenes: abren las puertas del Parlamento a los violentos y observan, entretenidos, la arremetida contra los representantes del pueblo. Son cómplices. Camaradas.

La sede de la Asamblea Nacional es asediada por horas. Cuando finalmente logran salir quienes han asistido a la sesión por el Día de la Independencia, lo hacen bajo una lluvia de agresiones. Ya todo había sido advertido, avisado más bien. Diosdado Cabello, en su televisada oda al odio, había amenazado con estas acciones. El coronel Lugo había ya dado su infame empujón a la democracia y a las formas republicanas. Al agredir a Julio Borges dejaba claro el mensaje: aquí mandamos los militares, no hay subordinación al poder civil, aquí hacemos lo que nos da la gana. Vergonzoso. Alias “Cabeza e’ mango” se atribuye, orgulloso, el asalto al Parlamento. Está libre, por supuesto. Por menos de eso hoy hay venezolanos presos, juzgados por tribunales militares y asesinados por la dictadura.

A Mario Silva le preguntan por sus propuestas a la Constituyente y responde “meterlos presos a todos”, junto a una ráfaga de improperios que no viene al caso reproducir. Colectivos con armas largas se pasean impunemente por las ciudades, disparando a la gente. Los militares y cuerpos policiales se hincan a su paso, humillados. La orden es clara: son intocables. Jóvenes son torturados, les hacen beber gasolina hasta vomitar. Venezolanos de bien son apresados arbitrariamente. El TSJ se salta la Constitución, como de costumbre, para hacer una designación chimba de una “Vicefiscal”, también chimba. No hay República. Una mafia se apoderó del Estado para instaurar una malandrocracia y desangrar a la Nación en beneficio de intereses oscuros. Es el signo de la barbarie. Otra vez, la barbarie…

Los venezolanos leemos con mucho orgullo al Gallegos de Doña Bárbara. Sabemos lo que allí retrata, lo que quiere representar. Generaciones de venezolanos nos criamos viendo la dictadura a lo lejos, como recuerdo y testimonio de lo que, con mucho esfuerzo, sangre, exilio y lucha, superamos como Nación. Nunca pensamos que saldrían secuelas en pleno siglo XXI.

La barbarie es orgullosa. Diosdado Cabello aplaude de pie al coronel Lugo, el que dio el empujón a la democracia. El teatro, repleto de militares, sigue el ejemplo. Lo que no pueden por los votos lo hacen con las balas. Esa es la promesa de una mafia inescrupulosa y bárbara, declarada en guerra contra el bravo pueblo de Venezuela.

Frente a la barbarie, toca izar las banderas de la civilidad, del republicanismo y de la democracia. El malandraje está guapo y apoyado, pero es repudiado. Al final, no podrá la malandrocracia sostenerse por la fuerza de las capuchas y las armas. Venezuela está unida en un grito por el cambio, por la libertad y por la prosperidad.  Como ayer, se trata de una lucha de la civilización contra la barbarie. Esta vez, el reto está en lograr, sobre la barbarie, una victoria irreversible y definitiva.


Publicado en PolítiKa UCAB el 7 de julio 2017.