(No se puede) Hacer sociología desde la reverencia

Durante varios años, en mi estadía como profesor de la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, tuve a mi cargo la materia de Sociología I. Siempre fue la que más disfruté. Quizás porque, en las caras de los estudiantes que recién se encontraban con una manera distinta de ver el mundo y de enfrentarse a los prejuicios de su crianza, recordaba la mía propia: el sentido de descubrimiento, del velo destapado ante la complejidad de los asuntos colectivos, que inspiraron en mi primer año las clases con el profesor Mikel de Viana.

El programa era bastante básico, como suele serlo en una materia introductoria. Ambicioso, pero ortodoxo, si cabe el término, en cuanto a los contenidos y la literatura. El primer texto con el que nos enfrentábamos en la tarea de aproximarnos a la que Comte pretendió la madre de todas las ciencias era la Invitación a la Sociología de Peter L. Berger, incorrectamente traducida al español como Introducción a la Sociología debido a criterios editoriales (ciertamente, una «Introducción» pareciera vender más que una «Invitación»).

Publicado en 1963, el libro nos paseaba por capítulos como «La sociología como un pasatiempo individual» y «La sociología como una forma de conciencia». Hablaba de lo que es, y no es, un sociólogo, abordaba su metodología, introducía el concepto de tipo ideal, la concepción de sociedad y de lo social, lo que es un problema social y un problema sociológico y, sobre todo, la máxima que aún creo vigente en el abordaje de la disciplina: «las cosas no son lo que parecen».

Uno de los puntos principales, del texto y de mi enfoque, era el énfasis en lo que Berger llamó el motivo de desenmascaramiento. En otras palabras, en que no se puede hacer sociología desde la reverencia. Hoy, cuando la -siempre- complicada coyuntura nacional da lugar a la pululación de análisis y analistas en las redes sociales, portales de opinión y medios de comunicación, resulta un oportuno recordatorio, especialmente para quienes los abordan, o pretenden abordarlos, desde las ciencias sociales o en su condición de científicos sociales.

Berger insistía en que un sociólogo, ese «curioso a pesar suyo», debe ver más allá. Más allá de las fachadas, de las puertas cerradas; más allá de los relatos oficiales. Que el sociólogo «encontrará recompensa en la compañía de sacerdotes o de prostitutas no según sus preferencias personales sino según las preguntas que se encuentre formulando en ese momento», que «conocerá la veneración, pero ésta no le impedirá que desee observar y comprender», es un planteamiento clave que se convierte en una advertencia a tener presente en todo momento.

De allí que sea difícil tragar los enfoques de quienes hacen, precisamente, sociología desde la reverencia, de quienes sucumben ante la provocación inmediata de los titulares y basan sus pareceres en puntos de partida dudosos, cuando no del todo falsos.

Al obedecer a los relatos oficiales, en lugar de cuestionarlos y de ver más allá, sus análisis derivados resultan limitados, comprometidos, al insertarse en el «framing», cuando no la ideología, de sus fuentes. Y hay que entender lo oficial no solo en el sentido que normalmente se le asigna en el haber periodístico, es decir, en lo relativo al «gobierno». También es oficial la postura institucional de la Iglesia Católica, por ejemplo, o, más cercano a nuestro punto, la narrativa impulsada por factores de poder, aunque estén en la oposición (¿o es gobierno interino?).

Partir de la ‘usurpación’, del estiramiento absurdo del Artículo 233 de la Constitución (que se desmorona, precisamente, al leer de cabo a rabo el corto Artículo) o, peor, de tomar como santa palabra las declaraciones oficiales de los voceros de la élite opositora (gobernant(e)) da lo mismo que aceptar de pies juntillas las explicaciones sobre la masacre de Guanare, sobre la violencia en Petare o sobre la naturaleza de la crisis de parte de los ministros y demás funcionarios del gobierno bolivariano.

¿Qué hay detrás de todo esto? De todo un poco: el intento por montarse sobre la ola del «mainstream», sin duda, bregando duro por el «me gusta» y el «retweet»; la palmadita de «buen trabajo» de un círculo social básicamente homogéneo al que le interesa menos develar las dinámicas sociales y más la confirmación de sus prejuicios. Al final, no solo están estos análisis montados sobre falsos supuestos, no solo son limitados en su alcance por la superficialidad que los recubre, sino que hacen un flaco favor a la sociología -y a los sociólogos- al servir de mero instrumento a los intereses de un grupo en la confirmación de sus postulados. Lo que Berger llamó el motivo de desenmascaramiento, ese que baja del pedestal a los sistemas que estudia, queda relegado por quienes se subsumen a la narrativa de uno u otro grupo.

Volvemos a Berger y reiteramos: No, no se puede hacer sociología desde la reverencia. Solo retando al poder, a los «hechos» establecidos; solo viendo más allá de las fachadas y desnudando la realidad incómoda -no sirviéndola- pueden la sociología y los sociólogos venezolanos aportar de manera crítica al análisis de lo que pasa, y no pasa, en la Venezuela de hoy. Lo demás, llámelo de otra manera, no sociología.

Del autobús del progreso a las viudas de la derecha

Durante casi quince años, la oposición hizo un esfuerzo titánico para explicar, más allá de nuestras fronteras, las singularidades del caso venezolano. No, lo de Venezuela no era un problema de derecha o izquierda. Tampoco era un tema de clases sociales, de pobres y ricos. De hecho, eso que llamaban “la oposición” era un abanico amplio que abarcaba partidos y movimientos que iban de la izquierda comunista, como Bandera Roja, a la derecha moderada, como Proyecto Venezuela. En ese cometido, se le pedía a la comunidad internacional reconocer nuestra lucha y entender mejor nuestra realidad. ¡Cómo han cambiado las cosas!

El progreso fue el eje de la campaña presidencial del candidato unitario en 2012. “Móntate en el autobús del progreso” era el eslogan del día. El candidato hablaba bien de Lula y de su modelo. Eran frecuentes los llamados a la solidaridad, a la justicia social. Primero Justicia, el partido del candidato, muy a su pesar, vio un tránsito del conservadurismo cristiano, eufemísticamente llamado “centro humanismo”, al progresismo, impulsado por la candidatura de Henrique Capriles. Voluntad Popular, escisión de Primero Justicia, corrió a inscribirse en la Internacional Socialista e introdujo innovaciones importantes en la organización de la lucha por los derechos de la comunidad LGBTI, cuya cumbre fue la elección, en 2015, de la primera diputada trans de la región. Un Nuevo Tiempo, Acción Democrática, el MAS y ABP estaban todos alineados en esta postura. Montados, si se quiere, en el autobús del progreso.

Si adelantamos a 2019, el panorama es muy distinto. Los que promovieron el autobús del progreso se convirtieron en las viudas de la derecha latinoamericana. En lugar de solidarizarse con las causas justas de los pueblos, corren a denunciar la protesta social como una componenda de Maduro y el Foro de Sao Paulo, el nuevo “coco” de la región. Cuando Voluntad Popular logró un Eurodiputado, en la figura del padre de su fundador, lo hizo en las filas del conservador Partido Popular, no del que se supondría su aliado natural y compañero en la Internacional Socialista, el PSOE. La vocería opositora, que antes pregonaba el progreso, inició una cruzada esquizofrénica contra el progresismo en la región, y al Lula “visionario” cuyo modelo admiraba ahora le grita “ladrón”.

Con arrogancia suprema, e inmerecida, venezolanos en el exterior hacen de consultores de partidos y candidatos, como si conservaran la clave para detener afuera lo que no pudieron frenar adentro. Allá, hablan de pueblos brutos, que no aprenden, de gente que “quiere” vivir en la miseria.

Claro está, nada de esto es de gratis. Si bien el proceso de “derechización” de un sector de la oposición venezolana no es sino la develación de la que siempre fue su verdadera cara, también es verdad que gran parte de la responsabilidad recae en las cicatrices y frustraciones que dejó el proyecto chavista, que en nombre de la izquierda ha gobernado de manera autoritaria, con andamiaje militarista, y cuyo resultado ha sido el incremento no solo de la pobreza sino también de la desigualdad, en una Venezuela en la que la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen crece día a día. Si las generaciones anteriores equiparaban derecha a dictadura e izquierda a esperanza democrática, las actuales invierten la fórmula con base en la experiencia vivida. A eso se le suma cierto supremacismo moral de clase media conservadora, que denuncia la “ideologización” en la izquierda sin ser capaz de ver lo profundamente ideológico de posturas que considera “naturales”, “objetivas” y de “sentido común”. Entre ellos hay mucha gente incapaz de reconocer sus prejuicios y privilegios, gente que nació en tercera base y cree que bateó un triple.

Si algo ha demostrado la actual coyuntura venezolana es que el deslinde en la oposición no es solo estratégico, sino que también hay una reconfiguración programática. Los representantes del mainstream opositor, paradójicamente quienes hablaban del autobús del progreso, hoy se han asumido abiertamente conservadores. Celebran a Bolsonaro, a Trump, a Duque mientras que lamentan los reveces de la derecha regional. Llegan a decir disparates, como que Al Qaeda es chavista, o que el potencial triunfo de la centro-derecha uruguaya representa el “regreso a la democracia” en ese país. Hoy esa oposición representa un proyecto conservador de clase media que deshace varios años de acercamiento a los sectores y luchas populares y cuya mayor manifestación fue la campaña de 2012.

Hoy, la falacia de los conservadores con respecto a Latinoamérica es que hay que dejar todo como está so pena del madurismo. Argumento falaz, arrogante y que muestra un total irrespeto y desprecio por las causas justas de cada sociedad. La apuesta a una cruzada absurda y esquizofrénica contra el progresismo en la región y la mercantilización de nuestra tragedia son muestra de la irresponsabilidad demencial en la que cayó un sector de la oposición venezolana, que en nada avanza la causa de la democratización.

Latinoamérica es un hervidero de desigualdad y pobreza. Por eso un planteamiento conservador, de dejar todo como está para los pocos que están bien, no es viable ni ético. Reducir la izquierda al chavismo, como hacen quienes denuncian oscuras conspiraciones globales, nubla el análisis. La desigualdad no puede seguir siendo tabú ni monopolio de la izquierda radical. O la democracia funciona para todos o no es democracia.

Insistimos en que no podemos lanzarnos a los brazos del conservadurismo más rancio y populista por temor al madurismo. Ya las cartas están sobre la mesa, con un sector opositor abiertamente conservador, que mantiene diferencias importantes, estas sí estratégicas, con otro incluso reaccionario, pero en tal caso afines ideológicamente, y otro sector venezolanista, progresista, que en su diversidad mantiene como común denominador las luchas por las reivindicaciones populares, la solidaridad y la justicia. A este sector le toca avanzar en esa ruta, desmitificando prejuicios e impulsando un discurso centrado en la gente.

En un momento de la campaña de 2012, un venezolano valioso, comprometido, preguntó de qué se trataba eso del “autobús del progreso” y propuso llenarlo de contenido. Le contestaron que no, que era mejor dejar eso abierto a la interpretación de cada quién. Viéndolo por el retrovisor, y a la luz de la derechización de esa oposición, queda claro: solo fue un eslogan.

El paraguas de Putin y el pasticho ideológico

El paraguas

Todos lo vimos. Cantado el último gol de la Copa del Mundo en Moscú, se dio inicio a la ceremonia de premiación. Alineados para felicitar a los jugadores estaban los mandatarios de los dos países finalistas: Croacia y Francia. Junto a ellos, vistiendo corbata roja, el presidente anfitrión: Vladimir Putin.  En medio de un aguacero, el detalle: Putin, a resguardo de un gran paraguas, sostenido por un ayudante, mientras Grabar-Kitarović y Macron saludaban a los atletas, empapados por la lluvia, desprovistos de protección. Casi de inmediato, las redes sociales criollas estallaron en tuits, memes y demás expresiones, que apuntaban en la misma dirección: “¡Adivinen cuál es el socialista!”.

Miles de venezolanos se abalanzaron a compartir el mensaje. La imagen resultaba próxima: los privilegios del hombre fuerte en el poder, la hipocresía disonante entre la retórica socialista y la actuación pública. Evocaba a boliburgueses, chavistas con Hummers, élites divorciadas de la realidad, que visten de rojo y hablan en nombre de un pueblo con el que, hace rato, no tienen nada en común ya. Pero hay un detalle, nada menor, en la asociación inmediata que muchos hicieron, trasladando el gesto de Putin a la realidad nacional: Putin no es socialista.

Mas aun, Vladimir Putin no es un político de izquierda. Y no lo decimos en el sentido que muchas veces adquiere esa frase, generalmente seguida de las palabras “de verdad” o “genuino”. No nos referimos a que el presidente ruso no sea un verdadero izquierdista, o un izquierdoso de los buenos. Nos referimos al hecho objetivo, claro, de que Vladimir Putin no es, ni dice ser, un hombre de izquierda. ¿Qué es? Un nacionalista conservador, profundamente autoritario.

En la Rusia de hoy priva el autoritarismo, la corrupción, la concentración de poder, las grandes oligarquías (las de verdad, no hablamos del empresario que tiene una panadería y un taller). Hay censura y arbitrariedad. Las instituciones son débiles. A muchos venezolanos, sobre todo a los que solo han vivido los últimos 20 años, esto les sonará “de izquierda”. Veamos por qué no es tan fácil.

Derecha e izquierda

Vamos a lo básico. ¿Qué es ser de derecha y qué es ser de izquierda? No son estas líneas el espacio para remontarnos a los orígenes históricos de la distinción semántica, en tiempos de la Francia revolucionaria. Brevemente, y corriendo el riesgo de sobre simplificar, podemos contrastar algunos de los puntos principales.

La derecha coloca el acento en la libertad, en un Estado pequeño que no se meta demasiado en la vida de la gente, dejando a los particulares el manejo de la economía, bajo el mantra de una mano invisible que hace que el mercado se autorregule y sustentado en la inviolabilidad de la propiedad privada. Es conservadora, a veces reaccionaria, en temas sociales, económicos y políticos.  Defiende el statu quo y las tradiciones. Toma partido por los empresarios. En ocasiones es confesional. Su foco es el individuo.

La izquierda, por su parte, coloca el acento en la igualdad, en un Estado protagonista de la vida social, que regule una economía que tiende a ser mixta entre el sector público y el privado, en el entendido de que la mano invisible solo sirve a los intereses de una clase y que no regula nada. Es progresista, a veces revolucionaria, en temas sociales, económicos y políticos. Promueve la innovación, el cambio y la creatividad. Reivindica a la clase trabajadora. Es laicista. Su foco es la sociedad.

¿En qué se traduce esto? Veámoslo, en líneas gruesas, en algunos de los temas que han estado en boga en el siglo XXI:

Tema Derecha Izquierda
Impuestos Regresivos. Paga menos el que más tiene, en el entendido de que esto se traduce en mayor productividad y mayores ingresos, que “gotean” hacia abajo, hacia los estratos menos favorecidos. Es el caso, proporcionalmente, del IVA, y también de los grandes “bail outs” a bancos y grandes empresas e instituciones financieras. Progresivos. Paga más quien más tiene, con un foco redistributivo que pone el centro sobre las poblaciones más vulnerables. Es el caso del impuesto sobre la renta.
Matrimonio igualitario En contra, por considerar que atenta contra los valores familiares, religiosos y tradicionales. Es un argumento moral, en gran medida. A favor, sustentado en los derechos humanos, derechos civiles y separación entre Estado e Iglesia. Más allá de los temas morales, promueve la igualdad de derechos para las parejas del mismo sexo, de modo que puedan gozar de herencia, acceso a préstamos, etc., en la misma manera que una pareja heterosexual.
Aborto legal En contra, en atención a valores conservadores y religiosos. Considera que la vida humana comienza en la concepción. A favor, pues considera que las mujeres tienen derecho a decidir sobre su propio cuerpo y en atención a las desigualdades sociales y los riesgos de salud para las mujeres más pobres generados por el aborto ilegal (no porque el aborto sea ilegal significa que no sucede, sino que quienes cuentan con recursos lo realizan en clínicas privadas y quienes no deben buscar alternativas que son muchas veces peligrosas).
Salud Privada, al estilo de un negocio, su calidad deviene de la competencia. Pública y gratuita, vista como un servicio público.
Educación Mínimo involucramiento, las familias deciden cómo educar a sus hijos. Pública y gratuita, con capacidad de regular los contenidos de la educación privada. Estado rector y garante de la educación.

Son apenas cinco ejemplos, de miles, hechos a modo de generalización. Si en algún momento el lector advierte coincidencias, puntos medios, “dependes”, es buen momento para señalar lo obvio: Por supuesto, cuando hablamos de derecha e izquierda hay matices, gamas, todo un espectro. La derecha va desde su extremo fascista, autoritario, hasta las propuestas democráticas, aunque aun conservadoras, del socialcristianismo, la democracia cristiana y el centro-humanismo. En la izquierda pasa lo mismo, y va desde su extremo anarquista, pasando por el comunismo autoritario, hasta llegar a las propuestas democráticas, pero progresistas, de la socialdemocracia, el socialismo democrático, la democracia social y el socioliberalismo. Hoy por hoy, luce difícil que alguien sea una sola cosa, que siga la línea de “derecha” o de “izquierda” en absolutamente todos los temas: esto constituye una mentalidad dogmática, presente en la ultraderecha y en la ultraizquierda ortodoxas.

Muchas de las luchas de la izquierda histórica hoy están absorbidas en la casi totalidad del mundo político. El salario mínimo, la jornada laboral de ocho horas, el seguro social, la educación gratuita, el derecho a la salud, el voto para la mujer, entre muchísimos otros temas, ya no son temas “de izquierda”, sino del modelo político liberal en general. Incluso temas álgidos de la agenda progresista actual, como el matrimonio igualitario, han sido promovidos por gobiernos de derecha en la región, e ignorados por algunos que se dicen de izquierda. Del mismo modo, nociones como la propiedad privada, la economía competitiva y otros no son propuestas “de derecha”, sino que forman parte del modelo político más amplio en el que ambas se insertan.

Si nos traemos todo lo anterior a Venezuela, podemos analizar algunas de las políticas más importantes: La instrucción gratuita, pública y obligatoria es obra de Guzmán Blanco, en 1870. Un liberal, no un marxista. La nacionalización del hierro y el petróleo ocurrió a principios de la década de 1970, bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, un adeco. Una política de centroizquierda bajo un gobierno socialdemócrata. La reforma al código civil, de 1982, fue obra de un gobierno socialcristiano, pero provocó tensiones con la Iglesia Católica por sus innovaciones sobre el divorcio y otros temas. En la actualidad, un gobierno de “izquierda” mantiene ilegales el aborto, el matrimonio para personas del mismo sexo, mientras procura privilegios para las fuerzas militares, comúnmente asociadas a regímenes de derecha.

Derecha, izquierda, democracia y dictadura

Lo último sugiere que la asociación criolla de Putin y su paraguas con el socialismo no tiene que ver con los temas ni las políticas, sino con algo más, algo que sí se parece a nosotros: el autoritarismo. Quienes solo han sido socializados en el chavismo se apresuran a igualar izquierda a dictadura y derecha a democracia. No es nada raro, algo similar le pasó a quienes fueron socializados en las décadas de las férreas dictaduras militares latinoamericanas del siglo pasado: la derecha era la dictadura, la izquierda la esperanza democrática.

Nunca está de más aclarar: No es verdad que izquierda sea igual a dictadura y derecha a democracia, ni que derecha sea dictadura e izquierda democracia. Si algo nos permite ver el ejemplo de Putin, es precisamente que el autoritarismo de nuevo cuño tiene una característica transideológica, con derechas e izquierdas compartiendo un mismo guion y una misma metodología, como parte de una tecnología política iliberal.

Al húngaro Viktor Orbán lo han llamado el “Hugo Chávez de Europa Central”. No es socialista, no es militar, no es, naturalmente, bolivariano. Es un tipo de derecha iliberal, pero leer sobre Hungría desde Venezuela deja una sensación de déjà vu. Asimismo, basta revisar los aliados internacionales del régimen venezolano actual para ver que muchos no son de izquierda, sino de la derecha más extrema. ¿Por qué, entonces, resultan buenos aliados? Porque comparten lo sustantivo: un proyecto autoritario iliberal, o antiliberal.

Sí, se puede ser de derecha y ser democrático, como Piñera, como Macri. Pero también se puede ser de derecha y ser un dictador sanguinario, como Pinochet, como Pérez Jiménez. Se puede ser de izquierda y ser un dictador igualmente sanguinario, como Castro, como Stalin. Pero también se puede estar en el espectro de la izquierda y ser un demócrata a carta cabal, como Betancourt, como Felipe González o Trudeau.

El chavismo en la reconfiguración del imaginario sobre derecha e izquierda

De modo que no, ni Putin es socialista ni izquierda es igual a dictadura mientras que derecha es igual a democracia. Pero ¿por qué un “adivinen cuál es el socialista” recibe tanta atención y validación? Aquí entra el papel del chavismo en la reconfiguración del imaginario sobre derecha e izquierda en Venezuela y, en menor medida, en Latinoamérica.

Sin intención ni espacio para extendernos, podemos ubicar el origen de esto en el hecho de que el chavismo, como ideología, es un pasticho: es de izquierda, pero es militarista, una contradicción gigantesca. Es socialista, pero es cristiano, otro choque que, en teoría, parece irreconciliable. Es ecologista, pero petrolero. Contradicciones como estas sobran, pudiésemos seguir por páginas.

El chavismo rotuló como “la derecha” a todo lo que se le opone, aunque no todo lo que se le opone sea de derecha. Esto, a su vez, ha propiciado que no falte quien diga que el problema es que la oposición “también es socialista”. Del mismo modo, el chavismo se abrogó para sí el ser de izquierda, aun cuando hay hechos suficientes para ponerlo en duda.

Las consecuencias han sido reales. En el frente doméstico, las conocemos de sobra. En lo internacional, incluso socialdemócratas moderados, pro mercado, pro libertad, han perdido contiendas porque los pintaron con la misma brocha de Maduro, por el lobo feroz que representa el chavismo como advertencia en la región.

¿Y todo esto qué importa?

Que haya gente que piense que Vladimir Putin es socialista es lo de menos. El punto va a qué es lo que, del chavismo, genera repudio y rechazo. ¿Es que es de izquierda? En ese sentido, ¿es el Barrio Adentro, la Misión Robinson o la Universidad Bolivariana? (apelemos a la abstracción de estas ideas, no a su desempeño que, como sabemos, es muy deficiente) ¿O es que es autoritario, una dictadura?

Para los que escribimos y activamos desde la centroizquierda, desde el progresismo, desde la socialdemocracia, si el problema del chavismo es que es de izquierda, Venezuela está en problemas aun más serios de los que ya padecemos. Al contrario, para nosotros, el problema es justamente que, en nombre de la izquierda, el chavismo ha adelantado un proyecto de destrucción de las instituciones democráticas y ha sumido a los venezolanos en la miseria más abyecta a la vez que consolida un régimen autoritario muy parecido al de Castro, pero también al de Putin y al de Orbán, con quien, lastimosamente, dirigentes de la oposición han posado en fotos, pretendiendo denunciar la realidad venezolana con quienes dirigen su propia versión del chavismo en otras latitudes, y en nombre de otros referentes ideológicos.

Debemos tener cuidado. No podemos lanzarnos a los brazos del conservadurismo más rancio por temor al chavismo. Ojo, ser conservador, ser de derecha, no tiene nada de malo. Pero quienes trabajamos por un mundo más libre y más justo comprendemos que no podemos renunciar a los derechos, ignorar las enormes desigualdades, condenar a las grandes poblaciones vulnerables ni “dejar todo como está” frente a una realidad que nos compela a actuar, a incluir, a cambiar. No, la educación gratuita no es chavista, la salud pública tampoco. El matrimonio igualitario no es del PSUV, la legalización de la marihuana no es de las UBCh, el aborto legal no es de la Lista Tascón. No es verdad que la única alternativa a un Castro sea un Pinochet. Si algún país demostró eso después de la caída de las oprobiosas dictaduras militares de derecha, es Venezuela y el proyecto policlasista, democrático y profundamente transformador, aunque incompleto, que adelantaron nuestros gobiernos democráticos.

Que en nuestro combate al autoritarismo chavista no abandonemos nuestros principios, nuestra lucha por un mundo mejor, por una sociedad que, en libertad, consiga ser más justa, más solidaria, más inclusiva, más innovadora, más democrática.

De modo que aquellos tuits y memes de las redes habrían sido mejor redactados en términos de “¡Adivinen cuál es el autócrata!”, aunque carezca del punch para conseguir los miles de retuits, “me gusta” y compartir. El paraguas de Putin es amplio y abarca mucho, pero es el paraguas del autoritarismo, de ese que no entiende de ideologías, cuya única intención es la concentración de poder y la procura de beneficios y privilegios para una camarilla a costa del bienestar de las grandes mayorías.

No se trata de unos «carguitos»

2016 pasará a la historia como el año en el que se oficializó la dictadura de Nicolás Maduro. Varios hitos lo confirman: el desconocimiento de la Asamblea Nacional y, con ella, de la voluntad popular; la usurpación de funciones de un TSJ cooptado que, además, acelera un proceso, ya en marcha, de judicialización de la política; el incremento de la persecución y la represión. Pero quizás el hecho que más retrata la erosión democrática y el avance de la autocratización sea la suspensión del derecho al sufragio.

Dos hechos evidencian la supresión del voto en Venezuela: el aborto a la convocatoria de un referéndum revocatorio presidencial y, sobre todo, la suspensión de las elecciones para elegir a gobernadores de estado y diputados a las asambleas legislativas. Las “regionales”, como se les conoce, han tenido menos protagonismo que la activación del revocatorio como mecanismo de cambio del régimen, y quizás por eso, sabiéndolas desde el poder sin mayores dolientes, resulta oportuno empezar, con ellas, la cancelación definitiva del hecho electoral en el país.

Con el mismo ímpetu con el que criticamos el exacerbado presidencialismo venezolano, somos prestos a descartar la importancia de las elecciones regionales. “Hay cosas más importantes”, decimos. “No es momento para defender parcelas”. Subestimamos, así, una de las conquistas democráticas más importantes de finales del siglo XX, la elección directa de gobernadores, y abrimos camino al régimen para consolidarse aun más.

El pasado 16 de diciembre venció el período de los gobernadores de estado. Lamentablemente, la legislación venezolana otorga absoluta discrecionalidad al Consejo Nacional Electoral para convocar elecciones, no hay una fecha fija para los comicios. Así que el CNE, saltándose la Constitución para servir a los intereses de una casta que se sabe incapaz de ganar elecciones, decidió otorgar una ñapa a los gobernadores que no sabemos cuánto durará. El CNE prometió, a finales de 2016, convocar a elecciones el primer semestre de 2017, pero a esta fecha no se ha discutido cronograma alguno en el directorio del Poder Electoral.

Descartar la importancia de las regionales es castigar al pueblo que sufre el mal gobierno del PSUV. El abuso, la corrupción, la ineficiencia: ese modelo nacional se reproduce en cada estado donde gobierna la coalición oficialista. El continuismo de esa gestión lo paga, como siempre, el pueblo. Pero subestimar la importancia de las regionales es, también, no comprender la sociología política del chavismo.

El modelo oficialista está basado en el clientelismo rentista. Engordaron el tamaño del Estado, con una nómina que sobrepasa las tres millones de personas. Un número significativo de esos millones no trabaja en el gobierno, sino que cobra por el gobierno. La diferencia es significativa: es la que existe entre el funcionario de carrera y el parásito del erario. Y esta dinámica perversa, que vemos en PDVSA y en tantos organismos “nacionales”, se reproduce, aguas abajo, en las gobernaciones y alcaldías.

De modo que sacar al chavismo del poder en las gobernaciones no sólo es la oportunidad para que la buena gestión remplace a la ineficiencia, sino que es desmontar la base clientelar de apoyo del oficialismo en las regiones. Si creemos en la probidad de los candidatos alternativos, eso significará que el dinero que hoy va a pagar activistas políticos, colectivos y agitadores irá, en cambio, a escuelas, hospitales, infraestructura y programas sociales. Pero, más aun, perder las gobernaciones, y con ellas la plataforma clientelar, socava desde abajo las bases del poder chavista.

De modo que no, no se trata de unos “carguitos” que la oposición busca negociar a cambio de la estabilidad del régimen. No opera una lógica del “o”, sino que se impone la lógica del “y”. El planteamiento regionales “o” salida del gobierno nacional es engañoso, y es utilizado astutamente por el poder para dividir las aspiraciones ciudadanas. Todo lo contrario, la lucha por las gobernaciones está en el marco de recuperación de las instituciones democráticas y de una manera distinta y mejor de hacer política y gestión. Lejos de ser incompatibles, regionales y salida del gobierno, las regionales representan una oportunidad más, un paso más, para el desalojo del chavismo del poder que hoy tiene secuestrado en función del control y los privilegios.

Asumamos, pues, la senda por las regionales como una reivindicación de la democracia, de la descentralización y del cambio. Eso sí, exijamos también democracia a los que se dicen demócratas, y pongamos la decisión en manos del pueblo: primarias para una unidad fuerte, legítima; gobernadores democráticos como punta de lanza del gran proyecto democratizador.


Publicado en RunRunes el 24 de enero de 2017.

El silencio de los inocentes

“¿Quién confía en el presidente Maduro? ¿Quién se siente identificado con el PSUV?” La pregunta es provocadora, sirve para abrir el tema de crisis de representación en una mirada sociológica al Estado, la política y las instituciones. La reciben entre risas. Nunca fue el oficialismo fuerte en las universidades. Si hay alguno, se guarda el secreto. No hablo de política en clases, respeto demasiado el salón y a los estudiantes como para ser de esos, a pesar de que siempre está a flor de piel, de que la materia se presta y siempre alguno intenta llevar la discusión por esos predios. Esta es la única oportunidad, abriendo este tema, en el que, para ilustrar el punto teórico, cedo y los complazco. Seguidamente, otra pregunta: “¿Quién confía en la oposición? ¿Quién se siente representado por la MUD, por sus diputados y dirigentes?”. Nadie levanta la mano. Esta vez no hay risas, sino silencio absoluto. No es el silencio de la indiferencia, sino el de la insatisfacción.

Es un salón de 70 personas, en una universidad de Caracas. “El futuro del país”, dice el cliché. Nada estadísticamente representativo, pero sí un buen grupo para ilustrar el espíritu de una preocupación. Hurgando, encontramos algunas pistas: no se preocupan por la gente sino por sus propios problemas, son ingenuos, no hablan claro, prometen y no cumplen, no saben enfrentar a la dictadura, no los conozco, no nos hablan de nuestros temas. Es una larga letanía, he desatado un demonio. La crítica crece, se retroalimenta. Cabezas asienten, onomatopéyicos “ajá” concuerdan en cada crítica. Nadie hace la salvedad, ninguno dice “pero no la tienen fácil…”.

La Mesa de la Unidad está en problemas si la gente común y corriente la siente ajena. Más si se trata de los estudiantes, siempre atentos, más que otros sectores, a la suerte del país. Sería fácil encontrar la explicación en la juventud de los estudiantes, en su supuesta indiferencia y apatía. “No les importa nada”. Así, la solución pasaría por dejar de escuchar reggaetón y dedicarse, en su lugar, a leer más la prensa. Dejar tanta holgazanería y comenzar a activar. Pero sería equivocado. Arrogante y equivocado. La juventud, principal víctima de la tragedia revolucionaria, se siente frustrada, cuando no engañada. No se siente interpretada por las élites políticas. Se siente abandonada a su suerte, y muchos esperan un golpe de gracia, algún hecho de fortuna que les permita fotografiarse los zapatos en el Cruz Diez de Maiquetía y buscar futuro en otras latitudes.

No tienen la culpa. Solo conocen esto: Chávez, Maduro, “la oposición” como categoría de identidad política. La peleadera, el deterioro de las condiciones de vida año tras año. Las promesas del inmediatismo y el desengaño que deja la resaca de las propuestas irresponsables del liderazgo. Son los hijos de la revolución, aun cuando jamás la hayan apoyado. Ellos, sí, los hijos de Chávez, y no creen en nadie.

Son los políticos los que deben ir al encuentro de la gente. Se han ensimismado y solo encuentran audiencia entre ellos: políticos hablándole a políticos. La gente desde la barrera, viendo el espectáculo mientras se las arregla para sobrevivir. Los peligros son evidentes: el germen antipolítico, la desvinculación con lo nacional, el engaño del claustro individualista como tabla de salvación, el engorde de la diáspora.

En el país donde hay crisis de todo, también existe una evidente crisis de representación. El liderazgo debe abocarse a la discusión abierta y transparente con la gente para construir, desde abajo, soluciones a los principales problemas del país. ¿Quién le habla a los jóvenes de cómo superar el sitio del hampa, de qué propuestas existen con respecto a una política habitacional que haga fácil acceder a un alquiler o a un crédito para una vivienda que les permita crecer e independizarse? Más allá del diagnóstico, ¿Dónde están las soluciones? Y así, con todos los sectores.

Los partidos no se fortalecerán cuando pase la “ola” del antipartidismo, lo harán cuando recuperen su condición de luchadores por el bienestar social y las reivindicaciones, cuando salgan al encuentro del venezolano de a pie, no con promesas vacías ni con planteamientos inalcanzables en los cuales ni ellos mismos creen, no para vender su marca y posicionarse como franquicias electorales, sino con el compromiso de organizar el reclamo ciudadano y cristalizarlo en un cambio, no de caras ni colores, sino que permita a la gente vivir mejor. Solo entonces se apropiarán los venezolanos de sus partidos y de sus políticos y los sentirán suyos. Solo entonces podrá romperse el ensordecedor silencio de los inocentes.


Publicado en RunRunes el 19 de enero de 2017.

Censura, autocensura y vergüenza

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La censura no tiene lugar en democracia.  Es un acto aborrecible, denigrante, que sale de las entrañas de la prepotencia del poder.  También de sus temores, el temor a la verdad, a la diversidad, el temor a quedar en evidencia.  La censura busca aplastar, negar los hechos y, más allá, la mera duda sobre los hechos.  De los censurados busca el desánimo, la derrota, el sentimiento de insignificancia.

Peor que la censura es la autocensura.  Por temor al censor, al poderoso, se agacha la cabeza, en un acto que es a la vez indignante y profundamente vergonzoso.  Cree el que se autocensura estar a salvo, cuando en realidad sienta el peor de los precedentes, uno que otorga al censor todo el poder para manipular a su voluntad a su víctima, a la que sabe ahora dominada y vencida.

En Venezuela hemos conocido de sobra ambos fenómenos.  Hoy los medios no existen.  No en su condición natural.  Si hay un temblor, no lo reportan hasta que el gobierno no lo haga, no vaya a ser que los multen.  Se acabó la cobertura en vivo, de lo que sea.  Los casos más sonados ruedan ampliamente por la mensajería celular, días antes de que algún medio se atreva a reportar una noticia ya vieja, que no es novedad para nadie, en su versión más diluida.

Así, la sombra ominosa del silencio lo cubre todo. Hablar con cuidado, escribir con cautela.  No te metas en eso, deja eso así.  El abuso hace de las suyas, arremete ante la estrategia de la pasividad, ante la contradicción fulminante según la cual lo que hay que hacer es no hacer nada.  Pasar agachado es la máxima para medios, empresas, universidades y particulares que se suman a la lista de víctimas del insaciable censor.

Pero el silencio no logra nada, sólo alimenta el gran tumor del miedo y la metástasis del atropello.  Y, así, lo contagia todo… En esto no hay honor ni prudencia.  Sólo miedo.  Lo que ignora la víctima, o se hace el que lo ignora, es que su postura acomodaticia nada logra.  Todo lo contrario, su silencio lo hunde más en el abismo, su inacción es un profundo golpe contra la esperanza.

Nuestro pueblo indómito, el del cuero seco, el parejero, el del derecho a pataleo, hoy ve cómo sus referentes éticos y morales abordan resignados el tren hacia el silencio, con la vana esperanza de que en el trayecto pare por gracia o cambio del conductor.  Nada lograrán, sino perpetuar la afonía por atrofia, matar la pluma por la artritis al principio impuesta y luego autoimpuesta.

El silencio nunca servirá para nada.  Ante la censura, como acto injusto e impúdico, alzar la voz.  Ante la autocensura, vergonzosa e indignante ¡alzar la voz! Alzar la voz por la dignidad, por lo bueno y justo.  Alzar la voz por Venezuela.  Basta de silencio.


Publicado en RunRunes el 25 de noviembre de 2015.

Donde no llega el Estado

Semana Santa nos agarró en el llano guariqueño.  Caminos de tierra cruzan la inmensidad de una tierra hermosa, aunque castigada por los estragos del intenso verano.  Mayores son, sin embargo, los estragos de otro orden, los que provienen del colapso y el abandono de las instituciones públicas.  Los servicios públicos no existen en la ruralidad venezolana y, más allá del hechizo que evocan las aguas del morichal y la luz omnipresente de la luna llena en unas noches que nunca son del todo oscuras, se manifiestan las deficiencias del día a día, la necesidad que pasa la gente. 

Por cuadras llaneras se ven personas sentadas sobre sus bombonas en la vía principal, esperando a ver si pasa el camión.  El resto cocina a leña.  Luz eléctrica, ni hablar.  El llano se mueve a punta de plantas que funcionan con gasolina.  Un desperfecto en alguna y sucede lo que encontramos en Parmana: no hay repuestos, por lo tanto no hay luz, por lo tanto no hay, para decir lo menos, hielo ni nada que requiera de refrigeración desde hace tres meses.  Los Mercales, cerrados.  El patrullaje, prácticamente inexistente.  Que el mundo rural posea riquezas propias, infinitamente distintas a las de nuestro caos urbano, no justifica el abandono.  Por allá no llega el Estado.

Días antes nos encontrábamos en otros caminos, también de tierra, que mostraban otros rostros de hastío sobre otras bombonas, esperando a otros camiones que tampoco llegaban.  Casas de bahareque nos transportaban a siglos pasados y sólo el zumbido de las motos nos recordaban que no estábamos en alguna sabana lejana sino en los linderos del Área Metropolitana de Caracas.  Hablamos de la Zona Rural de El Hatillo.

Más de 400 kilómetros separan las dos localidades.  No obstante, muchos de los problemas son los mismos. ¿Por qué? La ruralidad tiene su dinámica, sus maneras, lo hemos dicho.  No se trata de eso, hay algo más allá: la ausencia del Estado.

En la Fila de Turgua conversamos con Gustavo Cisneros.  Comparte nombre y apellido con uno de los magnates más reconocidos del país y del mundo, aunque su realidad dista mucho de la de su tocayo de La Colina.  Gustavo es docente y promotor comunitario, recorre todos los caseríos de la Fila pendiente de la cisterna que surte agua a las casas que dependen de ella ante la ausencia del servicio directo.  En tiempos pasados, con el esfuerzo de una Cooperativa, consiguió y manejó una ambulancia en El Calvario, el barrio popular ubicado en la zona urbana, frente al pueblo de El Hatillo, hasta que se metieron el Estado y la prudencia de las leyes, y dejó de manejarla…  Y dejó de haber ambulancia en El Calvario.  En tiempos remotos fue concejal, aunque su tono y carácter es la de un hombre que es político en su preocupación y vocación por lo público, pero que se ha cansado ya del carnaval partidista y electoral.  Es, ante todo, un hombre sencillo, cordial, servicial, tímido ante la cámara.  Conoce a todo el mundo, a los papás de todo el mundo, y las historias de todo el mundo.  Critica donde hay que criticar, reconoce donde hay que reconocer.  Con él recorremos las realidades de la ruralidad hatillana, a escasos kilómetros de La Lagunita, su despampanante vecina, con la que comparte, si acaso, una jurisdicción político territorial.

La comparación la hacemos muy adrede.  Es parte del drama de esta zona remota, rural, que forma parte de un municipio tenido por muchos, erróneamente, como rico.  También es un municipio de recursos muy escasos, por los cuales se pelean los ciudadanos de las zonas más densas.  Hay, en El Hatillo, al menos cuatro realidades: la de una clase media que reclama la atención de las instancias del gobierno, específicamente de la Alcaldía; una pequeña zona popular que tiene menos gente pero más necesidades; una robusta zona de mansiones con ciudadanos que, también en su derecho, reclaman servicios, ornato, seguridad, atención del gobierno; y nuestra zona, la que recorremos con Gustavo: rural, empobrecida, marginal en el sentido más estricto de la palabra. 

En un punto de la Fila de Turgua se cruzan tres municipios de Miranda: El Hatillo, Baruta y un Paz Castillo que ya nos suena lejano a los caraqueños.  Más allá de lo trivial, esto viene a constituir un drama adicional, el de esas tierras de nadie, fronterizas, que nadie suelta pero que tampoco nadie quiere.  Allí hay habitantes, más que ciudadanos.

Cuatro niveles de gobierno tienen competencia sobre la Zona Rural de El Hatillo: el gobierno nacional, la Gobernación de Miranda, la Alcaldía del Área Metropolitana de Caracas y la Alcaldía de El Hatillo.  A esa lista debemos sumarle la Corporación de Desarrollo de la Cuenca del Río Tuy “Francisco de Miranda”, mejor conocida como CorpoMiranda, a cuya cabeza se encuentra el ministro Elías Jaua, bautizado desde el alto gobierno como el “Protector” del Estado.  De modo que con cuatro instancias electas y una paralela que supera en presupuesto a varias de las anteriores, cabría suponer algún tipo de presencia y, con suerte, algún esfuerzo mancomunado en la zona.  No es el caso.

No hay coordinación alguna, nos dice Gustavo.  Las instituciones no se ponen de acuerdo ni se organizan en beneficio de la comunidad.  Hay demasiada separación y anda cada quien por su lado, insiste.  Compiten, no en gestión, sino en poder: “los que tienen más poder se lo quitan a los que deberían tener, que tampoco hacen”.  Para muestra, el ambulatorio, envuelto en una confusión administrativa entre la alcaldía y el ministerio, o la seguridad: por ser Zona Protectora, le corresponde a la Guardia Nacional Bolivariana asumir labores de patrullaje, pero no las hace.  Tampoco la Policía de Miranda ni la Policía de El Hatillo tienen mayor presencia, mientras la droga le gana el juego a la juventud en una zona donde no existen mayores oportunidades de formación, empleo, esparcimiento o buen uso del tiempo libre.

Gustavo alude al tema de la partidización como algo que “perjudica mucho” a la comunidad.  No el hecho de que existan partidos, sino la dinámica que surge cuando los dirigentes ponen el querer figurar, o “protagonizar”, como él mismo lo define, por encima de las soluciones y las propuestas concretas.  No hay, a escasos kilómetros de la Capital, los servicios más básicos, y la partidización, o más específicamente los conflictos que surgen a partir de la partidización, se han constituido en un obstáculo para que lleguen esos servicios.

Creemos justo reconocer, en medio de este estado de abandono en el que viven los ciudadanos de las zonas rurales, la presencia de mujeres y hombres que trabajan en lo público y desde lo público.  Sorprende que en algunas zonas de Turgua pasa el aseo urbano, prestado por la alcaldía, que también proporciona la cisterna.  El ambulatorio cuenta con un médico cubano.  Cuando decimos que no llega el Estado no queremos despachar ni minimizar estos esfuerzos, sino señalar su insuficiencia.

¿Qué hace falta para cambiar esto? Es una pregunta que le hacemos directamente a Gustavo.  Responde completando el diagnóstico: “Somos la otra cara de Venezuela.  La gente que necesita, la gente que no tiene, la gente que pasa trabajo”.  Continúa relatando las carencias: de transporte público, seguridad, escuelas mal dotadas, ausencia de comedores, Mercales que no abren, hogares de cuidado diario que hacen falta, y concluye que se debe “a la misma parte política”, con lo que quiere referirse a la conflictividad.  Aterriza en los retos, en lo que hace falta para cambiar y se centra en la unión entre los vecinos y en la imperiosa necesidad de consolidar una mayor organización.  Están las leyes que promueven la participación, los consejos comunales, “pero no se lleva a cabo”.  Las soluciones a los problemas de su comunidad siempre han venido desde la misma comunidad, por eso su foco está allí, en fortalecer el músculo comunitario, el vínculo social primario, directo.  Quizás es tanto el abandono que ya siente al Estado lejos, al gobierno en otro plan que no es el de brindar servicios.  O tal vez la experiencia le ha enseñado que la democracia se consolida desde abajo y las reivindicaciones se logran con espíritu gregario y reclamo colectivo.

Al drama de un Estado ausente, de una conflictividad política que obstaculiza la gestiones de gobierno, de una ruralidad sin mayores dolientes en las instancias de poder y de una población que está al margen de todo lo hemos llamado Parmana, Turgua, Zona Rural.  Pero podríamos llamarlo de mil maneras, a partir de mil realidades análogas a lo largo y ancho del país.  Comunidades que carecen de lo más básico en pleno siglo XXI, ante un gobierno cuyas prioridades están en otro lado.  Coincidimos con Gustavo en que el progreso está en la fuerza de la gente, en su capacidad de organizarse y reclamar lo que le corresponde, en la verdadera democratización de lo público y en una transformación que permita redirigir el esfuerzo estatal hacia la solución mancomunada de los problemas.  Urge recuperar lo público para la gente, democratizarlo, modernizarlo, despojarlo de sus lógicas perversas, porque aún hay personas que viven como hace dos siglos allá, donde no llega el Estado.


Publicado en PolítiKa UCAB el 9 de abril de 2016.