El desarrollo destructivo del chavismo

Llevamos casi veinte años intentando caracterizar al chavismo. Que si es comunismo, que si se trata del viejo militarismo de siempre. Unas voces acusan populismo, mientras otras dicen que es caudillismo. Tampoco falta quienes, como resultado de una suma sencilla, concluyen que se trata de un planteamiento fascista. Todos tienen razón, al menos parcialmente. Lo cierto es que, al final del día, el modo de hacer y entender la política impulsado por Hugo Chávez ha tomado corpus propio y aunque, sin duda, toma prestado de diversos derroteros ideológicos, el chavismo es eso: el chavismo el chavismo.

De inspiración socialista y fuerte acento militarista, con barniz nacionalista y espíritu conservador, el chavismo se parece, al mismo tiempo, a ideas tan contrapuestas como el comunismo y el fascismo, y lo hace sin contradicciones, o al menos sin reparar en ellas. No es la primera vez, por supuesto, que estas propuestas tan disímiles se encuentran: lo han hecho en la historia bajo la cobija del totalitarismo. Y aunque el chavismo es chavismo, por su particular configuración, comparte con el fascismo, especialmente, un elemento de suma importancia: la presencia de un desarrollo destructivo.

El siglo XX fue testigo de la lucha entre civilización y barbarie en Venezuela. Para que naciera la democracia los venezolanos derramaron sangre luchando contra las cruentas dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Incluso en su crueldad, en su autoritarismo, en el carácter corrompido de su actuación pública, ambas experiencias dejaron huella en el país. Con Gómez presenciamos la emergencia del Estado moderno, la unificación territorial del país, la profesionalización de unas Fuerzas Armadas que, lejos del retórico rótulo de “herederos del Ejército Libertador”, habían sido hasta entonces un cúmulo de montoneras personalistas. Con Pérez Jiménez hubo crecimiento económico y consolidación de la infraestructura pública. No es verdad el mito según el cual todo se hizo en ese entonces, y es verdad que el desarrollo más espectacular de la historia venezolana se dio en democracia, como evidencian todos los indicadores, pero es innegable que estos regímenes, corruptos y sanguinarios, a pesar de los terribles costos, dejaron algo.

No es el caso del chavismo. “Acabaron con el país” es la manera en la que los ciudadanos, en la calle, suelen expresar uno de los rasgos fundamentales del régimen chavista: su fuerza destructiva. El chavismo destruyó las instituciones y generó un liderazgo demagógico. En esto, pese las influencias doctrinarias, no hay filosofía, no hay teoría, sino un mosaico de prejuicios que, lejos de apelar a propósitos comunes, apela al miedo, resentimiento y odios comunes. Como el fascismo y el nacionalsocialismo, el chavismo es un lamentable ejemplo de histeria en tiempos de desmoralización. Su discurso bélico es coherente con una política permanente enmarcada en el conflicto y la preparación para la guerra, en este caso la guerra fratricida.

La situación crítica de la Nación es el resultado único, predecible y lógico del desarrollo destructivo del chavismo. En su proceso de autocratización, la próxima parada pasa por un evidente coqueteo con el totalitarismo. La intención totalizante es patente: un gobierno que aspira controlar todos los aspectos de la vida social, de la acción individual, en pro de “la causa”, en este caso la revolución. Un gobierno absoluto en su ejercicio e ilimitado en su aplicación. Nada está fuera de su jurisdicción. Sin permiso del gobierno no puede hacerse nada. Así, al individuo no le queda ningún espacio privado ajeno al control político. Ese es el anhelo oficial.

La mesa está servida, para eso trituraron las instituciones democráticas y se regresó al más feroz centralismo en el gobierno. Todo opera bajo esta lógica: la economía, las relaciones laborales, la cultura, la salud. Por eso estamos así.

El tránsito al totalitarismo ha encontrado un importante obstáculo, sin embargo: la fuerza de la gente. La resistencia ciudadana, organizada, no violenta y decidida, le ha hecho frente a las pretensiones de la dictadura. El coro unánime del descontento le pone la mano en el pecho al autoritarismo, reclamando el deseo ciudadano de vivir en democracia y en libertad. Y contra eso, el gobierno no tiene más respuesta que insistir en la represión, a través de unos represores que también le reprueban, que padecen las mismas penurias producto de la misma destrucción promovida desde las alturas del poder. Así, también la represión tiene patas cortas.

La salvación de Venezuela está en los venezolanos, que en la acción colectiva y valiente han dicho “no más” a un proyecto que ha dejado a su paso solo ruina, dolor y miseria. Esa será también la fuerza para la reconstrucción, la energía detrás del impulso de una nueva era de luz para la patria.


Publicado en PolítiKa UCAB el 7 de abril de 2017.

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2 comentarios sobre “El desarrollo destructivo del chavismo

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