El país contra el abuso

La constituyente tiene pies de barro. Pretendieron hacerla de espaldas al país y el país le dio la espalda. Todos saben de qué se trata: no es para mejorar la Constitución sino para saltarse los controles. No es para favorecer al pueblo sino para esclavizarlo. Solo un grupito, la casta que se aferra al poder y los privilegios, la enarbola. Nació muerta.

Ya hemos dicho que la constituyente no resolverá nada: no solucionará la gravísima crisis que vivimos ni es necesaria para solucionarlos. Tampoco promoverá la resolución del conflicto político, sino que lo agudizará. En todos sus cometidos confesables, la propuesta constituyente fracasó antes de nacer. En los inconfesables está el detalle.

Con la constituyente queda clara la superación de la dicotomía simplista “gobierno vs. oposición”. Que organizaciones tan disímiles como la Conferencia Episcopal y Marea Socialista, ambas, se opongan, no es producto de connivencia ni saltos de talanquera. Si coinciden la Fiscal, el Presidente de la Asamblea Nacional, factores del Polo Patriótico y hasta la Confederación Indígena Bolivariana de la Amazonía es porque el reclamo democrático se ha tornado nacional. Esto ya no es PSUV contra MUD, es Venezuela toda, el país, contra el abuso, la ineptitud y el autoritarismo. La MUD no tiene, ni ha tenido, el monopolio del descontento. Eso es natural. Hoy, los venezolanos de distintos estratos sociales, procedencias políticas y visiones ideológicas se unen en una lucha por el futuro, ese futuro que la dictadura pretende negar.

Una de las posturas que ha generado más impacto en la opinión pública y el mundo político es la de la Fiscal General de la República que, acertadamente, ha decidido retomar la senda institucional. Luisa Ortega Díaz ha denunciado con gallardía la estafa constituyente, y lo ha hecho desde un organismo clave del Estado e, igualmente importante, desde su condición de chavista, sin cambiar de alianzas ni incorporarse a la oposición.

La Fiscal presentó, ante la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, un Recurso contencioso electoral de nulidad conjuntamente con amparo cautelar y medida cautelar innominada de suspensión de efectos contra la constituyente, e invitó a todos los venezolanos a acudir al TSJ y adherirse como terceros interesados. En una comunidad política recelosa de acompañar iniciativas de otros, esta propuesta ha sido recibida con respaldo casi unánime. Partidos de la MUD y del Polo Patriótico convocan a sus militantes a acompañar la propuesta de la Fiscal. También lo hacen distintas voces de la sociedad civil organizada. De nuevo, ya no es un grupo contra otro, sino el país contra los sepultureros de la democracia.

Los esfuerzos por impedir una constituyente fraudulenta se esparcen por toda Venezuela. Además de la iniciativa de la Fiscal, factores de la MUD proponen la conformación de Comités por el Rescate de la Democracia. Otros referentes organizan un Frente de Defensa de la Constitución. Dirigentes políticos de todo signo giran el país con la intención clara de hacerle frente a la disolución de la República. Los estudiantes permanecen en las calles presionando y llevando el mensaje del cambio. Todos son necesarios.

Los próximos días serán cruciales. Los venezolanos tenemos el compromiso ineludible y la honrosa responsabilidad de defender la democracia y ponerle la mano en el pecho al autoritarismo. En ese esfuerzo debemos ir juntos, en la heterogeneidad del reclamo, a promover la Venezuela del mañana: la del encuentro y el entendimiento, la de la superación de la crisis y la promoción de la prosperidad y el progreso, la de la justicia y la libertad. La fuerza es la unión en esta lucha del país contra el abismo de la autocracia.


Publicado en PolítiKa UCAB el 10 de junio de 2017.

Impedir la constituyente

El régimen pretende imponer una constituyente “a juro”. Para ello, se sirve de la subordinación del Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, que han avalado esta iniciativa tan claramente inconstitucional que hasta los libros escolares de primaria de la Colección Bicentenario los dejan en evidencia. Dice el presidente que con la Constituyente se solucionarán los problemas del país. Miente. También dice que la Constituyente permitirá alcanzar la paz. También miente.

La Constituyente no resolverá nada. Si el régimen quisiera resolver los problemas del país tiene cómo hacerlo sin necesidad de desechar la Constitución. Hoy, no hay comida y la que hay pocos la pueden pagar, no hay insumos en los hospitales, las morgues siguen acumulando víctimas de la delincuencia y la violencia. No hace falta una constituyente para resolver esos problemas. Lo que sí hace falta es un nuevo gobierno, que dedique los recursos del país, no a la compra de armamento de guerra para emplearlo contra el pueblo ni al derroche clientelar con el que asumen cada campaña electoral, sino a atender las necesidades más urgentes de la población y a reactivar la economía que hoy es profundamente disfuncional. Lo que hay que cambiar no es la Constitución sino a un gobierno inepto.

El deber de todos los venezolanos es impedir esta constituyente fraudulenta. Lejos de traer paz, escalará el conflicto. La constituyente es gasolina para la candela. Los venezolanos, que cumplen más de sesenta días resistiendo la más terrible arremetida oficial y paramilitar, no regresarán a sus casas ante la pretensión del régimen de eternizarse en el poder, evadir el juicio popular y desarticular la República para lograr la dominación total de la sociedad.

Para impedir la constituyente, urge darle mayor conducción política al conflicto. También es fundamental condenar la violencia y evitar que desvirtúe los objetivos de la protesta y cohesione al régimen. La organización es clave en la tarea de lograr, en cada calle, en cada comunidad, la acción concertada de la inmensa mayoría de los venezolanos que defienden la democracia y la Constitución. Vecinos, partidos políticos, estudiantes, trabajadores, empresarios. En esta hora aciaga para la Patria, todos somos necesarios.

La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo. Es hora de ejercerla en defensa de los ideales más preciados de la venezolanidad.


Publicado en PolítiKa UCAB el 2 de junio de 2017.

El (auto)engaño de la Constituyente

El presidente Nicolás Maduro avanza tercamente en el diseño de lo que ha llamado Asamblea Constituyente sin serlo. Lejos de representar una oportunidad para el encuentro y para la resolución de la grave crisis política, económica y social, la “Constituyente” de Maduro promete agudizar el conflicto.

Esta “Constituyente” es la respuesta más reciente del chavismo a una realidad muy concreta: la incomodidad que le genera al régimen la Constitución Bolivariana y el Estado de Derecho. Esto no es nuevo. Ya a Hugo Chávez le había “quedado chiquita” la Carta Magna en su intento por concentrar más poder y ejercerlo de manera ilimitada. Así, propuso una serie de reformas a la “mejor constitución del mundo” en 2007 y fue derrotado por el pueblo. En 2009 pretendió eternizarse, él y solo él, en el poder, y tuvo que reformular el planteamiento ante el revuelo causado por las ansias compartidas de gobernadores, alcaldes y demás funcionarios electos del chavismo, quienes, como el comandante, también querían gobernar para siempre. Luego, Chávez simplemente desoyó la voluntad popular e impulsó, a juro, lo que los ciudadanos rechazaron con su voto en 2007.

Aunque no respeten la Constitución, aunque el ministro de la defensa firme sus misivas con un “¡Chávez Vive… la Patria Sigue! ¡Independencia y Patria Socialista!” que viola flagrantemente su artículo 328, la coyuntura le pide a la dictadura una nueva, que legitime el tránsito al comunismo y acabe con la acusación, dolorosa por cierta, de que no respetan la Ley. Todo esto va en el marco de la autocratización evidente del régimen, producto de la pérdida de competitividad.

La “Constituyente” es, por supuesto, un fraude. No solo ha sido convocada de manera ilegal, recibiendo el beneplácito de la presidenta del CNE en un acto bochornoso que deja la mancha indeleble de la vergüenza en su paso a la historia, sino que las bases comiciales que propone, además de violar la Constitución que, recordamos, sigue vigente, representan un retroceso descomunal. Al corporativizar el voto, Maduro se sirve del instrumento de viejas elites y oligarquías, y continúa su marcha galopante al siglo XIX.

La “Constituyente” no tendrá éxito. El régimen insistirá, tercamente. Se organizará la “elección” donde ya Maduro eligió. “Votarán” muy pocas personas y el CNE de la dictadura pretenderá validar todo aquello. Será en vano. La crisis se incrementará, el conflicto subirá de tono y, lejos de lograr la legitimidad ansiada, el régimen quedará más desnudo que nunca como una casta enfocada en los privilegios y rehén de la acción criminal de sus cabecillas. Actuarán a lo cubano, y el pueblo responderá a lo venezolano.

La “Constituyente” de Maduro es insostenible. Representa un gigantesco engaño y, más aun, un autoengaño evidente para quienes creen, desde el gobierno, que logrará legitimar la militarización de la sociedad, o la legalización del abuso, o el exterminio del contrario. Esta “Constituyente” es una torpeza, la más grande quizás, que acelerará lo inevitable: la salida de un régimen que se ha manchado las manos de sangre combatiendo al pueblo que juró servir.


Publicado en PolítiKa UCAB el 26 de mayo de 2017.

Represión y jiu-jitsu político

50 días de resistencia. 46 venezolanos asesinados por fuerzas militares, policiales y paramilitares. Cientos de heridos y encarcelados. La cifra aumenta todos los días, en una espiral terrible, dolorosa. La respuesta del régimen a la rebelión popular por la democracia ha sido implacable, inescrupulosa. Bajo el nombre de Plan Zamora ha desatado una arremetida criminal de asesinatos sistemáticos y persecución. Apuestan por aplastar la protesta y, en el camino, por desvirtuarla y deslegitimarla, intentando recuperar la cohesión de sus fuerzas, hoy llenas de fisuras ante las pretensiones cada vez más autoritarias del poder y el peso de la presión del pueblo en las calles.

La represión ha sido brutal. Y es que cuando un régimen, como este, depende solamente de la violencia para asegurar la obediencia y la cooperación de los ciudadanos, cualquier desafío a la autoridad va a encontrar en la represión la respuesta segura. Perdieron el favor popular, y con ella la competitividad, por lo cual se desbocaron hacia la dictadura franca. Les ha costado aliados, dentro y fuera del país. Hoy el mundo está claro, más que nunca, de lo que sucede en Venezuela. No hay lobby millonario que tape la realidad.

La represión es especialmente costosa para el régimen, dada la naturaleza no violenta del grueso de la protesta. La no violencia, como hemos expresado con anterioridad, no es una técnica para “otras realidades”, unas en las que existe un gobierno respetuoso de la vida y de los derechos. Al contrario, la no violencia es efectiva particularmente contra aquellos regímenes que, como este, están dispuestos a reprimir violentamente a la población.  En este sentido, la no violencia crea una situación de conflicto asimétrico que conduce a que la represión tome un efecto de búmeran contra los represores de un pueblo desarmado, minando sus bases de apoyo.

En muchas oportunidades, la dinámica opera como el jiu-jitsu, el arte marcial que utiliza la misma fuerza del oponente para hacerle perder el equilibrio y caer. En los movimientos de resistencia, el jiu-jitsu político actúa de modo que, en lugar de responder a la violencia de los paramilitares y los cuerpos represivos con más violencia, lo hace con desafío no violento. Esto puede llevar a un efecto rebote de la represión, que debilita el poder de los represores y fortalece el de quienes resisten. Del mismo modo, el jiu-jitsu político puede llevar a que terceras partes, no involucradas en el conflicto, tomen partido por los agredidos. Adicionalmente, esta postura lleva, a menudo, al surgimiento de oposiciones internas en las filas del régimen e, incluso, al quiebre definitivo que lleve a estas fuerzas a apoyar la causa de la resistencia.

Aunque el jiu-jitsu político no ofrece garantías totales, es efectivo. Para que lo sea, sin embargo, la resistencia debe negarse de plano al uso de la violencia, ya que es en la violencia que el régimen se hace fuerte. El uso de la violencia dificulta la aparición de desafecciones internas. De modo que, aunque difícil, la persistencia no violenta es el arma más poderosa de la resistencia. Costoso, sí. Pero más costosa es la violencia…

¿Sobre qué fuerzas opera el jiu-jitsu político? Son, al menos, tres: En primer lugar, sobre la gran masa descontenta; luego, sobre quienes, tradicionalmente, han apoyado al régimen; y, tercero, sobre aquellos que se muestran neutrales o que, hasta ahora, no habían tomado partido por ninguno de los dos bloques en conflicto (uno, mayoritario, con la fuerza de la gente; el otro, cada día más solo, pero apoyado en la fuerza de las armas).

El régimen, a través de la represión, busca sacar a la gente de las calles. Ha ocurrido lo contrario. Y pese al inmenso dolor que producen las insensatas muertes de venezolanos valientes que salieron a defender la Patria, y a la rabia y frustración resultante, cada nueva manifestación suma cientos de personas que desafían al régimen y la amenaza de muerte a la que ha sometido a la población.

La resistencia es, en sí misma, un indicador de éxito de la movilización popular, una que sobrevivió no solo la represión, sino hitos de inactividad como la Semana Santa, que el régimen juró sería el fin de la manifestación del descontento. Que no quepa duda, hoy el chavismo está desmoralizado, se sabe dependiente de la represión y el control militar, y eso, lejos de brindarle seguridad, desnuda sus debilidades. Cada día se profundiza la erosión en las filas oficialistas. Son muchos quienes, a pesar de las afinidades ideológicas y la historia común, no están dispuestos a acompañar esto por el camino del exterminio fratricida.

La resistencia del pueblo venezolano ha sido admirable. Es el Bravo Pueblo, el del “cuero seco”, resuelto a ser libre y dándolo todo por la Patria. No hay espacio para la repolarización interna entre “radicales” y “moderados”. Tampoco podemos acusar de violentos a quienes devuelven una lacrimógena con un guante o se defienden con un escudo. Sin embargo, en estos momentos álgidos en los que el tufo de la guerra civil se hace sentir, urge reconducir los esfuerzos en aquellas instancias en las que la violencia ha asomado la cara. Y lo ha hecho en respuesta a la violencia promovida por el régimen. Aun así, no solo es condenable, sino que es ineficaz. Los saqueos, conatos de linchamiento y demás manifestaciones violentas le hacen un flaco servicio a la causa de la democratización. Son música para los oídos de un régimen despiadado que busca justificar, y justificarse, en la represión desmedida. Además, atentan contra la gente de trabajo, alejan la protesta del objetivo y favorecen al régimen.

La clave, entonces, está en la persistencia. No es sencillo ni es fácil de digerir. Pero frente  un régimen dispuesto a llevarnos a la guerra civil con tal de mantener el poder que solo puede conservar por la fuerza, la resistencia debe insistir en la no violencia, reconducir las energías de grupos que han sido llevados por la estrategia oficial a otro tipo de respuestas, y mantener el foco. No será fácil, pero lo contrario signaría tiempos infinitamente más difíciles para Venezuela, unos de los que, tal vez, no podría recuperarse jamás.

No podemos cerrar sin alzar la voz por la libertad de los presos políticos y el cese de la represión y el asesinato de nuestro pueblo. A los militares y funcionarios policiales: no sean cómplices de una camarilla criminal. Hay un futuro compartido de país por delante para quienes acompañen el clamor popular en el marco de la Constitución. La no cooperación no solo es una opción, sino que es un imperativo moral. Sobre los que den o sigan órdenes violatorias de los Derechos Humanos caerá el peso de la justicia.


Publicado en PolítiKa UCAB el 19 de mayo de 2017.

Resistir

Por más de cuarenta días, el pueblo venezolano ha resistido heroicamente en las calles. Es la misma protesta de siempre, y al mismo tiempo una protesta enteramente nueva. Es la de siempre porque alza la voz en defensa de la democracia, la libertad y la calidad de vida. Es nueva, porque ha cambiado la composición de la masa, que hoy se confunde en un mar heterogéneo de procedencias y reclamos y, sobre todo, porque hoy presenciamos la articulación política de la protesta social. Atrás quedaron la polarización política entre dos mitades, y las divisiones artificiales de clases sociales y puntos cardinales, asociadas a la filiación política. Es el país todo contra un pequeño grupo, tornado en casta conservadora de los privilegios y el statu quo.

No es fácil hacer el balance de la protesta, sobre todo porque casi cuarenta familias lloran hoy a las víctimas de la represión oficial y la arremetida paramilitar gobiernera. No son meros números ni estadísticas, son los nombres y apellidos de nuestros vecinos, amigos, hijos y compañeros; de los que salieron de sus casas a construir un futuro mejor y no pudieron regresar. Son hoy los mártires de la democracia del mañana. Sí, la protesta ha dejado un dolor profundo en el alma de la Nación pero, lejos de lo que podía apostar el aparato represor, el carácter decidido y no violento de la ciudadanía en las calles ha respondido a la saña criminal con más calle, más determinación y más protesta.

No han tardado en mostrarse públicamente las fisuras que la presión ha generado en el régimen. La Fiscal General de la República ha tomado una distancia considerable, retomando la senda institucional; voces del Polo Patriótico se levantan en defensa de la Constitución que el presidente pretende desechar por no servirle a su proyecto de dominación; la disidencia chavista ha protestado enérgicamente las pretensiones autoritarias del poder. Incluso efectivos policiales y militares, en el marco de la ley, alzan la voz en contra del abuso. Hoy la colectividad tiene el reto importantísimo de abrirle la puerta a la disidencia. No es el tiempo del “¡¿Ahora sí?!”, no es momento de pasar factura. Es el tiempo de la reconciliación y de la construcción de un futuro compartido.

También fuera de nuestras fronteras las grietas, producto de las desafecciones logradas por la protesta y el búmeran de la represión contra un pueblo desarmado, le ha restado aliados a un chavismo que se va quedando solo, asumiendo una posición cada vez más aislacionista y esquizofrénica en el tablero mundial.

Han sido días de avances importantes en la senda democratizadora. También días de profundo e inmenso dolor, el de la juventud truncada, el de la indignación y la rabia. Al final prevalece la luz, la que se asoma al final del camino con la promesa de un futuro mejor para todos los venezolanos.

¿Cuánto más puede durar esto? ¿Qué hay del agotamiento de las personas? No hay respuestas mágicas, pero la capacidad de resistencia de los venezolanos ha sido inspiradora para el mundo entero. Lo que sí es urgente es darle mayor conducción política a la protesta, socializar los logros, y plantear un punto de llegada, uno que incluya lo que, sea lo que sea, terminará ocurriendo: sentarse a conversar. Y en este contexto, la conversación será siempre con el otro, así el otro represente la cara más oscura del oprobio. Que se trate de una negociación con una agenda concreta y la presión de millones en las calles, y no de un show estéril es un desafío crucial para el liderazgo. Del mismo modo, es fundamental no ceder ante la violencia que, como hemos comentado, es el único terreno que favorece al régimen autoritario.

Mientras tanto, Venezuela resiste. Resiste el abuso y la represión. Resiste el atropello, la criminalización de la protesta y de la juventud, la vagabundería de funcionarios policiales y militares convertidos en viles bandidos que roban a la gente con las excusas que da la patente para reprimir. Y resiste lo que llevó a la gente a las calles en primer lugar: un país en ruinas, sin comida, a merced del hampa y con un gobierno divorciado de las necesidades de la gente, empeñado en un proyecto de control total ajeno al espíritu de la venezolanidad.

¿Y qué queda? Resistir, e insistir en las convicciones, en la tarea de construir un país distinto, sin odios, lleno de oportunidades para todos, abierto a la reconciliación. No queremos más muertes, no queremos más violencia. No queremos un gobierno enemigo de su pueblo. Lo que queremos todos los venezolanos es un país donde podamos vivir la vida que tenemos razones para valorar, en paz y en libertad. Que el esfuerzo y los sacrificios se cristalicen en una Venezuela libre y próspera es algo que la Patria sabrá recompensar a sus hijos, a los que luchan hoy y a los que la disfrutarán mañana.


Publicado en PolítiKa UCAB el 12 de mayo de 2017.

Foto: Shakira di Marzo

Los rostros de la esperanza

Luego de un mes de intensa movilización popular, cuyo reclamo inequívoco es el cambio de gobierno y una apertura democrática que permita mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, los venezolanos hemos recibido con indignación profunda la arremetida represiva del régimen de Nicolás Maduro. A pesar de la férrea censura, se han difundido videos, fotos y testimonios de brutales ataques militares, policiales y paramilitares a la población civil que, sin armas, protesta por un futuro mejor.

La violencia ha manchado de sangre la lucha de un pueblo y casi cuarenta familias lloran hoy a los héroes de la resistencia. Los costos de salida del poder de las cabecillas del régimen son hoy infinitos. Por esa razón lanzan a la policía, a los militares y a grupos armados a combatir a quienes tienen por única arma una pancarta y, a lo sumo, un escudo artesanal en cuyas tapas se leen mensajes por la paz y que apelan directamente a la conciencia de los soldados, a los que recuerdan que los crímenes de lesa humanidad no prescriben, que “seguir órdenes” no es una excusa aceptable en la Constitución que el presidente Maduro quiere desechar pero que sigue vigente, y en definitiva, que al final del día somos los mismos.

Hemos comentado en este espacio las ventajas de la lucha no violenta: su efectividad, sus efectos sobre la participación ciudadana, sobre la democracia resultante. Sin duda, la arremetida despiadada de la violencia no sólo busca intimidar y reprimir. También busca liquidar, exterminar al contrario. Pero, además, como también hemos advertido, la violencia busca generar respuestas violentas, que den pie a desvirtuar el reclamo popular, deslegitimar la causa democrática dentro y fuera del país, y justificar más represión.

Tientan al diablo. Hasta ahora, el grueso de la protesta se ha mantenido en los linderos de la no violencia, si bien la temperatura del conflicto ha suscitado algunas manifestaciones violentas. De resto, vemos a un pueblo buscando cómo defenderse entre bicarbonato y cartones, máscaras caseras, guantes que devuelven las bombas del odio y cascos que revelan el horror de las metras, balas y demás proyectiles que disparan con intención letal del otro lado de los escudos, ya no los caseros, sino los de verdad. Rogamos que la conciencia colectiva, profundamente cívica, resista el peine de la violencia, hija del régimen, único favorecido por el juego de fuerza, el único que puede ganar tras la erosión definitiva del apoyo popular.

Pero cuando el horror parece imponerse, cuando la arremetida parece demasiado, aparece la luz. Un destello en una valiente señora que a punta de dignidad hace retroceder un vehículo blindado; un resplandor en los estudiantes que, habiendo solo conocido a Chávez, se atreven a soñar y luchar por un país distinto, sin revanchismos, odios ni facturas. Ellos son los rostros de la esperanza, el lucero del camino.

Los ataques inclementes, las muertes sin sentido que han generado y el abuso de quienes usan las armas contra el pueblo han golpeado el alma de la Nación, pero no han quebrado la voluntad de cambio de los venezolanos que demuestran, una y otra vez, la determinación de protestar legítimamente por sus derechos. Sí, hay indignación, también frustración. Hay rabia, ira colectiva. Pero por cada paramilitar, mal llamado colectivo; por cada policía que, enlodando el nombre de la carrera policial, actúa como malandro, robando a la gente en la calle; y por cada injusticia existen estos, los rostros de la esperanza, los que nos hacen creer.

No es poca cosa, en el país de la desconfianza. Pero allí están, devolviéndonos la fe en la venezolanidad: los estudiantes, las madres, las religiosas. El grupo de primeros auxilios de la UCV, y los que han emprendido esfuerzos similares desde la UCAB y otras agrupaciones. El muchacho con su biblia. Los diputados, guerreando en primera fila. Los chamos anónimos, con su deseo irreductible de hacerse del futuro que el régimen ha negado. Ellos le dan hoy sentido a la lucha, nos recuerdan que, como país, no hemos cambiado tanto después de todo: que la solidaridad sigue siendo el faro que guía a los venezolanos, el signo de nuestra idiosincrasia. Que sí se puede, que hay talento de sobra, que hay manos para la reconstrucción en cada joven, en cada estudiante, en cada abuela y trabajador. Y eso, precisamente eso, es lo que mantiene la balanza del lado de la esperanza, y no de la entrega. Venezuela tiene con qué y tiene con quiénes: estos rostros de la esperanza, que anuncian la inminencia de un futuro prometedor para la Patria.


Publicado en Política UCAB el 5 de mayo de 2017.

Protesta, violencia y cambio político

Ha sido un mes convulsivo para los venezolanos. Desde que el cooptado Tribunal Supremo de Justicia pretendiera dar una estocada final a nuestra democracia maltrecha, consolidando en el proceso un autogolpe chavista, la fuerza de la gente se ha hecho sentir en las calles de todo el país. De manera contundente, millones de venezolanos deseosos de cambio han dado una lección de coraje cívico y, venciendo el miedo y una represión desmedida y criminal, han dejado ante el país y ante el mundo un testimonio firme e inequívoco de un pueblo resuelto a vivir en libertad.

Como siempre, la gente protesta porque se han cerrado los caminos institucionales de resolución del conflicto. Protestan los que llevan 18 años enfrentando el proyecto autoritario del chavismo, pero también los que se han desencantado en fechas más recientes. Incluso protestan quienes se consideran, aún, chavistas. A diferencia de episodios anteriores, no se trata de la mitad del país protestando contra el gobierno que representa a la otra mitad. Esta vez es, como lo llamábamos en nuestro Editorial pasado, el coro unánime del descontento enfrentado a una pequeña casta enquistada en los privilegios, el poder y lo turbio.

El éxito de la protesta ha obedecido, fundamentalmente, a tres factores: En primer lugar, a la presentación de una agenda clara. Para una oposición demasiado acostumbrada al “Maduro ¡Vete ya!”, reencarnado del “Chávez ¡Vete ya!”, las demandas por elecciones libres, reconocimiento a la Asamblea Nacional, liberación de presos políticos y apertura de canal humanitario representan un progreso importante. En segundo lugar, la participación masiva de los venezolanos ha dado a esta ola de manifestaciones una nueva fuerza. Y, en tercer lugar, el carácter decididamente no violento de la protesta ha significado un avance que ha reforzado y promovido el punto anterior. Un factor adicional está en la recuperación de lo simbólico: Venezuela está hoy conmovida e inspirada por un muchacho desnudo con una Biblia y una señora que se coloca en el camino de un vehículo militar; por unos muchachos, estudiantes de medicina, que salen a sanar las heridas del odio; por un pueblo llevado a la asquerosidad de El Guaire pero impoluto en su resolución. Ellos y muchos más son reflejo vivo de la dignidad humana.

Sin embargo, la cara grotesca de la violencia se ha asomado, promovida por el régimen. Organismos militares y policiales, junto a grupos paramilitares que actúan impunemente, se han lanzado ferozmente sobre un pueblo desarmado. El uso desproporcional de la fuerza ha dejado decenas de heridos; la represión indiscriminada ha cobrado víctimas en hospitales y escuelas; y la actuación criminal de grupos paramilitares y de la fuerza pública, violando los Derechos Humanos, ha cobrado la vida de 34 compatriotas.

La violencia, por supuesto, es promovida por el régimen para desvirtuar la protesta, para deslegitimarla a los ojos del pueblo y de la comunidad internacional, y para bajar los costos de represión, justificándola ante los efectivos policiales y militares y ante la sociedad en general. La violencia es hija del régimen y solo a éste le conviene. No pisar el peine de la violencia, a pesar de las frustraciones y la indignación, es esencial para el éxito de la movilización popular.

¿Hasta cuándo es sostenible este esquema de marchas y protestas? ¿Qué pasa con el agotamiento de la gente? ¿En qué va a parar todo esto?

La movilización que lleva ya un mes determinando la cotidianidad venezolana busca una transición a la democracia. Ha logrado articular políticamente la protesta social, de modo que la gente, lejos de contentarse con un CLAP, exige en cambio un nuevo gobierno que cambie la política económica para que no tenga que haber CLAP y la gente pueda comprar lo que quiera y cuando quiera en el abasto. La oposición ha logrado relegitimarse ante la población, colocándose en primera línea y asumiendo todos los riesgos de la persecución y la represión oficial y paramilitar. Pero existe, ciertamente, el temor de que la protesta sea insostenible en el tiempo, si bien sobrevivió el milagro de mantener políticamente activa y en la calle a la ciudadanía durante la Semana Santa.

La oposición debe aprovechar esta refrescada legitimidad para continuar dándole dirección política a la protesta. En ese sentido, debe marcar un punto claro de llegada, manejando responsablemente las expectativas de la gente y socializando el mensaje político. Un punto de particular importancia se refiere a lo electoral. La oposición debe dejar claro que votar no significa traicionar la lucha de calle, sino que votar es, precisamente, una conquista de esa lucha. También debe insistir en el hecho de que calle y voto no son mutuamente excluyentes, y que unas elecciones regionales y municipales son clave para desmontar la estructura clientelar del chavismo en las regiones y avanzar en el proyecto democratizador.

Del mismo modo, la oposición debe resistir la violencia proveniente de grupos criminales y cuerpos de seguridad del Estado. El sacrificio de 34 patriotas no debe ser en vano, y la violencia es un camino directo al fracaso de la protesta. La evidencia así lo certifica: los movimientos violentos, en promedio, tienen 150.000 miembros menos que los no violentos, ya que la violencia sube las barreras para la participación. Los movimientos no violentos fracasan en lograr un cambio de régimen 17% de las veces, frente a 61% de los movimientos violentos. Las democracias que nacen como resultado de movimientos no violentos tienden a ser más estables, duraderas y pacíficas que las que surgen de una disrupción violenta.

La protesta no violenta es efectiva, causa desafecciones y cambios de lealtades, y eso lo hemos visto durante este mes. La postura de la Fiscal General de la República y otros episodios dan muestra de fisuras en las filas del chavismo. La violencia es el pegamento que necesita el régimen para cohesionar nuevamente sus fuerzas.

¿Qué queda? Insistir. Insistir en la calle, con contundencia y en no violencia. E insistir en la resolución constitucional, pacífica y electoral del conflicto, presionando por elecciones a todo nivel y por el respeto a la separación de poderes y a la institucionalidad, alergias ambas del chavismo. Son días tremendamente difíciles para el país, en los que debe prevalecer la responsabilidad y la capacidad de conducción del liderazgo.

Queremos cerrar con un merecido reconocimiento a todos los venezolanos que hoy luchan por vivir mejor en democracia, especialmente a quienes han perdido la vida en defensa de la patria y a nuestros estudiantes, que nos llenan de orgullo y nos hacen sentir esperanzados en el futuro que hoy construyen para todos. Su dolor es nuestro dolor y sus sueños evocan el sentir de millones. Asimismo, reiteramos nuestro llamado a derrotar la violencia y a enfrentar con dignidad las pretensiones hegemónicas de quienes se creen, equivocadamente, dueños y señores de un pueblo que, como demuestra día a día, nació para ser libre.


Publicado en PolítiKa UCAB el 28 de abril de 2017.