Foto: Shakira di Marzo

Los rostros de la esperanza

Luego de un mes de intensa movilización popular, cuyo reclamo inequívoco es el cambio de gobierno y una apertura democrática que permita mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, los venezolanos hemos recibido con indignación profunda la arremetida represiva del régimen de Nicolás Maduro. A pesar de la férrea censura, se han difundido videos, fotos y testimonios de brutales ataques militares, policiales y paramilitares a la población civil que, sin armas, protesta por un futuro mejor.

La violencia ha manchado de sangre la lucha de un pueblo y casi cuarenta familias lloran hoy a los héroes de la resistencia. Los costos de salida del poder de las cabecillas del régimen son hoy infinitos. Por esa razón lanzan a la policía, a los militares y a grupos armados a combatir a quienes tienen por única arma una pancarta y, a lo sumo, un escudo artesanal en cuyas tapas se leen mensajes por la paz y que apelan directamente a la conciencia de los soldados, a los que recuerdan que los crímenes de lesa humanidad no prescriben, que “seguir órdenes” no es una excusa aceptable en la Constitución que el presidente Maduro quiere desechar pero que sigue vigente, y en definitiva, que al final del día somos los mismos.

Hemos comentado en este espacio las ventajas de la lucha no violenta: su efectividad, sus efectos sobre la participación ciudadana, sobre la democracia resultante. Sin duda, la arremetida despiadada de la violencia no sólo busca intimidar y reprimir. También busca liquidar, exterminar al contrario. Pero, además, como también hemos advertido, la violencia busca generar respuestas violentas, que den pie a desvirtuar el reclamo popular, deslegitimar la causa democrática dentro y fuera del país, y justificar más represión.

Tientan al diablo. Hasta ahora, el grueso de la protesta se ha mantenido en los linderos de la no violencia, si bien la temperatura del conflicto ha suscitado algunas manifestaciones violentas. De resto, vemos a un pueblo buscando cómo defenderse entre bicarbonato y cartones, máscaras caseras, guantes que devuelven las bombas del odio y cascos que revelan el horror de las metras, balas y demás proyectiles que disparan con intención letal del otro lado de los escudos, ya no los caseros, sino los de verdad. Rogamos que la conciencia colectiva, profundamente cívica, resista el peine de la violencia, hija del régimen, único favorecido por el juego de fuerza, el único que puede ganar tras la erosión definitiva del apoyo popular.

Pero cuando el horror parece imponerse, cuando la arremetida parece demasiado, aparece la luz. Un destello en una valiente señora que a punta de dignidad hace retroceder un vehículo blindado; un resplandor en los estudiantes que, habiendo solo conocido a Chávez, se atreven a soñar y luchar por un país distinto, sin revanchismos, odios ni facturas. Ellos son los rostros de la esperanza, el lucero del camino.

Los ataques inclementes, las muertes sin sentido que han generado y el abuso de quienes usan las armas contra el pueblo han golpeado el alma de la Nación, pero no han quebrado la voluntad de cambio de los venezolanos que demuestran, una y otra vez, la determinación de protestar legítimamente por sus derechos. Sí, hay indignación, también frustración. Hay rabia, ira colectiva. Pero por cada paramilitar, mal llamado colectivo; por cada policía que, enlodando el nombre de la carrera policial, actúa como malandro, robando a la gente en la calle; y por cada injusticia existen estos, los rostros de la esperanza, los que nos hacen creer.

No es poca cosa, en el país de la desconfianza. Pero allí están, devolviéndonos la fe en la venezolanidad: los estudiantes, las madres, las religiosas. El grupo de primeros auxilios de la UCV, y los que han emprendido esfuerzos similares desde la UCAB y otras agrupaciones. El muchacho con su biblia. Los diputados, guerreando en primera fila. Los chamos anónimos, con su deseo irreductible de hacerse del futuro que el régimen ha negado. Ellos le dan hoy sentido a la lucha, nos recuerdan que, como país, no hemos cambiado tanto después de todo: que la solidaridad sigue siendo el faro que guía a los venezolanos, el signo de nuestra idiosincrasia. Que sí se puede, que hay talento de sobra, que hay manos para la reconstrucción en cada joven, en cada estudiante, en cada abuela y trabajador. Y eso, precisamente eso, es lo que mantiene la balanza del lado de la esperanza, y no de la entrega. Venezuela tiene con qué y tiene con quiénes: estos rostros de la esperanza, que anuncian la inminencia de un futuro prometedor para la Patria.


Publicado en Política UCAB el 5 de mayo de 2017.

Daniel Fermín: “Los militares venezolanos no podrán mantener al pueblo como rehén”

Polítika UCAB, la página del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello, es una de las fuentes de consulta más valiosas de Venezuela a la hora de analizar el convulso panorama político de este país suramericano. Y Daniel Fermín, sociólogo y editor de la página suele ser uno de los referentes más equilibrados de este grupo de estudiosos.

Por eso, sorprende que Fermín haya lanzado, en estos días, una serie de cáusticos tuits anunciando prácticamente el final del régimen de Nicolás Maduro. PanAm Post conversó con este experto sobre las perspectivas políticas de Venezuela, a la distancia, y sobre la manifestación de hoy, que todo el mundo prevé será un punto de quiebra en la situación venezolana.

 

Este tuit prácticamente es un punto final al Gobierno de Maduro, y ustedes suelen ser bastante comedidos. ¿En qué basa su afirmación?

El chavismo, y en especial el régimen de Nicolás Maduro, ha ido pasando de un autoritarismo competitivo, con fuertes rasgos populistas, que podía hacer elecciones cuando le eran favorables, con una arena electoral restringida pero abierta, ha ido derivando, en estos últimos años y en la medida en que Maduro ha perdido esa ventaja electoral, a un régimen de autoritarismo hegemónico, que no admite competencia ni elecciones.

Eso lo hemos visto de manera evidente con el aborto del referendo revocatorio, con la no convocatoria de las elecciones regionales que están vencidas, con la no convocatoria del Consejo Nacional Electoral para las elecciones municipales, entonces, está claro que el Gobierno ya no quiere hacer elecciones. Cuando hacía elecciones estaba claro que era porque su principal apoyo era la gente, era el apoyo popular.

Hoy, los pilares del régimen están en la Fuerza Armada Nacional, fundamentalmente; en una Fuerza Armada que violando el artículo 328 de la Constitución se declara chavista, toma partido por el Gobierno, etcétera; y en las instituciones que están cooptadas por el Ejecutivo, sobre todo por el CNE y ahora, más que todo, por el Tribunal Supremo de Justicia.

La pregunta es, ¿puede sostenerse este tipo de autoritarismo en Venezuela?

La gran pata coja que tiene este tipo de regímenes es que dependen de la lealtad absoluta de sus cuadros. No tienen propensión a la estabilidad de largo plazo, sobre todo cuando han encontrado la resistencia activa de la gente en la calle.

Fíjate cómo se han cerrado las brechas entre el liderazgo político y las aspiraciones ciudadanas: Hay una unidad mayor, no solo de la Mesa de la Unidad Democrática, que es un sector dentro del gran descontento que existe en el país; hoy la polarización, que antes marcaba toda la política venezolana, se ha ido desdibujando, ante el reclamo unánime por el cambio, por más calidad de vida, por mejora económica, y también, y eso no se puede dejar en un segundo plano, por mayor libertad y mayor democracia. La gente reivindica el derecho a expresarse, a disentir, a manifestarse.

Entonces, no son regímenes que tengan mayor estabilidad cuando encuentran la resistencia organizada de la gente; cuando no, cuando la gente se torna pasiva, sucede lo que hemos visto en otros países, como en Cuba. Pero en Venezuela el Gobierno se ha topado no solo con la que ha sido su oposición tradicional en  estos 18 años, la gente que nunca votamos por ellos; sino que en las propias entrañas del chavismo hay un gran descontento y se ejerce una oposición muy fuerte a lo que está sucediendo hoy y a las pretensiones del régimen.

La semana pasada vimos protestas con un fuerte acento de descontento social en Catia, Petare, Caricuao… zonas donde el chavismo hasta hace poco era mayoría fortísima. ¿Es el peor miedo del Gobierno de Maduro que a la protesta política se le sume la protesta por hambre, por todas las cosas que sabemos que están pasando en Venezuela?

Su peor miedo es que se articule políticamente la protesta social. Cuando nosotros vemos el trabajo de sistematización que ha hecho el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, por ejemplo, las últimas cifras que ha dado, que hablan de 19 protestas diarias, la mayoría de esas protestas tienen que ver con el colapso de los servicios públicos: Que no hay agua, que no hay luz, por la escasez, por las medicinas, por la comida, etcétera. Cuando esas protestas no tienen carga política, por supuesto, persiguen sus propósitos sociales pero no tienen relevancia política.

Daniel Fermín, experto político venezolano. (Danielfermín.blogspot.com)
Daniel Fermín, experto político venezolano.

Cuando esas protestas se cargan políticamente y comienzan  tener intencionalidad política –el Gobierno ha utilizado el término “politizar” como sinónimo de “partidizar”, y como algo que desvirtúa la protesta social-; cuando se le da dirección política a la protesta social, yo creo que es algo a lo que este tipo de regímenes tiene que temerle mucho: Porque cuando la gente dice “miren, hay escasez, pero yo no quiero que me llegue el CLAP, yo lo que quiero es que se vaya el Gobierno, que es el culpable de la escasez, yo quiero que haya elecciones para que haya un cambio político que permita cambiar el modelo económico”,  entonces, ahí sí debe haber temor en un régimen, porque la cosa ya no admite medias tintas, ni paños calientes, sino un cambio político que permita que la toma de decisiones lleve a otra manera de gobernar.

Mucha gente se está planteando este 19 de abril como una suerte de “batalla final”, o de “último día” del Gobierno de Maduro. Pero eso no va a ser así. ¿Cómo lidiar con esas expectativas, y con la subsiguiente depression?

Para la manifestación de este 19 de abril hay que tener unos objetivos muy claros, muy concretos: me preocupa la amenaza de la violencia, no solo la amenaza directa que ha hecho el Gobierno para intimidar, sino esta épica de la “batalla final” preocupa porque puede deshacer todo el camino que se ha andado, incluso el de la articulación con sectores sociales y políticos que vienen del chavismo o que no se habían metido en política antes.

Yo creo que el liderazgo político del país tiene la gran responsabilidad de conducir esto bien, y de dejar un mensaje de contundencia, un testimonio para los venezolanos y para los que están afuera, que exprese la determinación de los venezolanos a vivir en libertad y a tener calidad de vida, pero esquivando, evitando el peine de la violencia, que solo le hace el juego al Gobierno.

Hablando de pisar el peine de la violencia. Este tipo de manifestaciones como las del lunes, de Maduro con los milicianos, ¿qué mensaje se le envía al país y al mundo? Uno ve estas imágenes y es imposible no recordar a Saddam Hussein, o a Manuel Noriega

El Gobierno está apostando a que frente a la erosión irreversible de la popularidad del PSUV, sean los paramilitares, los llamados colectivos, y la Fuerza Armada, el nuevo partido de Gobierno. Y hay que ponerle unas comillas a ese “nuevo”, porque la Fuerza Armada lleva tiempo siendo el partido de Gobierno. Ante la pérdida de lo electoral, el Gobierno intenta crear una plataforma militar, militarizada, que no solo infunda miedo a la población, sino que logre el control social a través de la militarización de la sociedad.

Eso también tiene patas cortas, salvo que el Gobierno se las juegue con un enfrentamiento armado atacando a un pueblo desarmado, con las consecuencias que puede traer eso, no deja de ser también un anhelo, que, como dicen los llaneros, “deseos no empreñan”. No van a ser los militares o los paramilitares los que van a mantener de rehén a todo un pueblo que está pidiendo un cambio concreto y una manera distinta de hacer las cosas.

Esta semana se están cumpliendo 180 días desde que Tibisay Lucena, en su última presentación pública, habló de un cronograma electoral con elecciones regionales en el primer semestre. Falta menos de mes y medio para que se cumpla el plazo, por lo cual es más que evidente que no va a honrar su palabra; ¿cómo queda el CNE después de esto?

El CNE ha perdido toda relevancia una vez el Gobierno decidió que no quiere medirse electoralmente. Está actuando de manera orwelliana: En vez de realizar elecciones, su función es la de impedir elecciones. La doctora Lucena le hace un flaco servicio a su institución y una burla a los venezolanos; le dio una “ñapa” inconstitucional a los gobernadores y diputados regionales, no aparece por ningún lado para procurar lo que establece la Constitución en materia de participación ciudadana y eventos electorales. El CNE, lamentablemente, ha sido una institución cooptada por el Ejecutivo y que además actúa de manera profundamente vergonzosa para cualquier persona que se haga llamar demócrata.

En ese sentido, el CNE, que debería hablar al país, no para ofrecer migajas, sino para garantizar los derechos políticos de los venezolanos, ha seguido la estrategia del avestruz, y ha hecho un papel verdaderamente vergonzoso, lamentable.

¿Usted aún piensa que la salida del laberinto venezolano va a ser electoral?

Sí, lo pienso yo y lo piensa la gente. Hemos tenido la oportunidad de realizar investigaciones no solo cuantitativas, sino cualitativas: Hemos hecho entrevistas, focus groups, y particularmente, no solo lo que uno podría esperar, entre los opositores, sino también entre los que alguna vez apoyaron a Chávez y que hoy repudian a Maduro, existe casi un coro unánime, que es que esto tiene que salir como entró, por la fuerza de los votos.

Yo creo que además de las razones éticas y morales para apelar a eso, hay una razón de efectividad política: Una democracia duradera solo es posible si tiene legitimidad de origen, y esa legitimidad solo es posible por elecciones, que son la expresión de la voluntad popular.

¿Han traspasado Nicolás Maduro y su grupo la raya? ¿Tienen la prisión en su futuro?

Esa es una pregunta muy difícil de responder, no solo porque uno no sabe qué va a pasar, sino porque en estos procesos, hay mucho de lo que se conoce como justicia transicional, y es en estos escenarios que normalmente han sido más fuertes que este, hay siempre tratos de impunidad negociada, que para el ciudadano común pueden sonar terribles, porque el anhelo de justicia está latente y el pueblo quiere de verdad que quienes han cometido crímenes paguen por esos crímenes, pero en la realidad, lo vemos incluso en nuestra historia, ha sucedido.

Esto no es una apología de la impunidad, pero en este tipo de procesos hay que ver la manera de avanzar, de seguir adelante, sin revanchismos, sin odios. Por supuesto, hay gente que no va a poder eludir a la justicia.

Estas graves violaciones a los derechos humanos, como las que estamos viendo, a estos muchachos inocentes, como los hermanos Sánchez. Con esto y con los casos de narcotráfico yo veo muy difícil que haya alguna negociación o justicia transicional. Los que hoy están incursos en este tipo de delitos tendrán que responder a la justicia, y lo que estoy seguro de que no puede pasar, por el bien de la nación venezolana, es una especie de retaliación sistemática contra quienes alguna vez formaron parte de esto.

¿No son estos mismos grupos, los que no pueden eludir a la justicia, los que tienen a Maduro de rehén?

Lo que sucede con estos casos es que las acusaciones de narcotráfico, de violaciones de derechos humanos, cohesionan a las filas del régimen, sobre todo cuando se hacen al más alto nivel; esta gente sabe que los costos de su salida del poder son infinitos, no pueden dejar el poder porque su futuro está en la cárcel, habiendo perdido privilegios y prebendas. Por supuesto, son esos grupos los que tienen a Maduro de rehén, y no se trata, como se trató en el pasado reciente, que estén presos del dogma o de la ideología, sino que están presos de grupos que responden a la ilegalidad.

Pedro García Otero Pedro García Otero

Pedro García fue editor del PanAm Post en español. Periodista venezolano con 25 años de experiencia en cobertura de temas económicos, políticos y locales para prensa, radio, TV y web. Síguelo @PedroGarciaO.


Pubicado en PanAm Post el 19 de abril de 2017.

El desarrollo destructivo del chavismo

Llevamos casi veinte años intentando caracterizar al chavismo. Que si es comunismo, que si se trata del viejo militarismo de siempre. Unas voces acusan populismo, mientras otras dicen que es caudillismo. Tampoco falta quienes, como resultado de una suma sencilla, concluyen que se trata de un planteamiento fascista. Todos tienen razón, al menos parcialmente. Lo cierto es que, al final del día, el modo de hacer y entender la política impulsado por Hugo Chávez ha tomado corpus propio y aunque, sin duda, toma prestado de diversos derroteros ideológicos, el chavismo es eso: el chavismo el chavismo.

De inspiración socialista y fuerte acento militarista, con barniz nacionalista y espíritu conservador, el chavismo se parece, al mismo tiempo, a ideas tan contrapuestas como el comunismo y el fascismo, y lo hace sin contradicciones, o al menos sin reparar en ellas. No es la primera vez, por supuesto, que estas propuestas tan disímiles se encuentran: lo han hecho en la historia bajo la cobija del totalitarismo. Y aunque el chavismo es chavismo, por su particular configuración, comparte con el fascismo, especialmente, un elemento de suma importancia: la presencia de un desarrollo destructivo.

El siglo XX fue testigo de la lucha entre civilización y barbarie en Venezuela. Para que naciera la democracia los venezolanos derramaron sangre luchando contra las cruentas dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Incluso en su crueldad, en su autoritarismo, en el carácter corrompido de su actuación pública, ambas experiencias dejaron huella en el país. Con Gómez presenciamos la emergencia del Estado moderno, la unificación territorial del país, la profesionalización de unas Fuerzas Armadas que, lejos del retórico rótulo de “herederos del Ejército Libertador”, habían sido hasta entonces un cúmulo de montoneras personalistas. Con Pérez Jiménez hubo crecimiento económico y consolidación de la infraestructura pública. No es verdad el mito según el cual todo se hizo en ese entonces, y es verdad que el desarrollo más espectacular de la historia venezolana se dio en democracia, como evidencian todos los indicadores, pero es innegable que estos regímenes, corruptos y sanguinarios, a pesar de los terribles costos, dejaron algo.

No es el caso del chavismo. “Acabaron con el país” es la manera en la que los ciudadanos, en la calle, suelen expresar uno de los rasgos fundamentales del régimen chavista: su fuerza destructiva. El chavismo destruyó las instituciones y generó un liderazgo demagógico. En esto, pese las influencias doctrinarias, no hay filosofía, no hay teoría, sino un mosaico de prejuicios que, lejos de apelar a propósitos comunes, apela al miedo, resentimiento y odios comunes. Como el fascismo y el nacionalsocialismo, el chavismo es un lamentable ejemplo de histeria en tiempos de desmoralización. Su discurso bélico es coherente con una política permanente enmarcada en el conflicto y la preparación para la guerra, en este caso la guerra fratricida.

La situación crítica de la Nación es el resultado único, predecible y lógico del desarrollo destructivo del chavismo. En su proceso de autocratización, la próxima parada pasa por un evidente coqueteo con el totalitarismo. La intención totalizante es patente: un gobierno que aspira controlar todos los aspectos de la vida social, de la acción individual, en pro de “la causa”, en este caso la revolución. Un gobierno absoluto en su ejercicio e ilimitado en su aplicación. Nada está fuera de su jurisdicción. Sin permiso del gobierno no puede hacerse nada. Así, al individuo no le queda ningún espacio privado ajeno al control político. Ese es el anhelo oficial.

La mesa está servida, para eso trituraron las instituciones democráticas y se regresó al más feroz centralismo en el gobierno. Todo opera bajo esta lógica: la economía, las relaciones laborales, la cultura, la salud. Por eso estamos así.

El tránsito al totalitarismo ha encontrado un importante obstáculo, sin embargo: la fuerza de la gente. La resistencia ciudadana, organizada, no violenta y decidida, le ha hecho frente a las pretensiones de la dictadura. El coro unánime del descontento le pone la mano en el pecho al autoritarismo, reclamando el deseo ciudadano de vivir en democracia y en libertad. Y contra eso, el gobierno no tiene más respuesta que insistir en la represión, a través de unos represores que también le reprueban, que padecen las mismas penurias producto de la misma destrucción promovida desde las alturas del poder. Así, también la represión tiene patas cortas.

La salvación de Venezuela está en los venezolanos, que en la acción colectiva y valiente han dicho “no más” a un proyecto que ha dejado a su paso solo ruina, dolor y miseria. Esa será también la fuerza para la reconstrucción, la energía detrás del impulso de una nueva era de luz para la patria.


Publicado en PolítiKa UCAB el 7 de abril de 2017.

Democracia sentenciada

Un zarpazo judicial a la democracia constituyen las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia en días recientes. Desde su instalación, el 5 de enero de 2016, la Asamblea Nacional se ha visto obstruida en el ejercicio de sus funciones constitucionales de legislar y controlar por un TSJ conformado por magistrados cuestionados en su legitimidad de origen y que están, indudablemente y a la vista de todos, a las órdenes del partido de gobierno.

La dinámica ya nos es familiar: la Asamblea presenta la ley “x”, para que, seguidamente, el TSJ la declare inconstitucional. Este ping-pong entre dos poderes, uno electo por 14 millones de ciudadanos y el otro designado con base en criterios de incondicionalidad revolucionaria, ha desvirtuado la actividad parlamentaria y triturado la credibilidad del que se supone es el máximo tribunal de la República.

Esta vez han ido más allá. Poniéndole fin al ping-pong, el TSJ ha asumido las funciones de la Asamblea Nacional, en una movida inaudita e inconstitucional. Esto representa una usurpación de funciones y viola los más elementales principios democráticos de separación de poderes. Esa semilla ya había sido sembrada en la era Chávez, cuando la concentración de poder y la idea de “un solo gobierno” se hicieron política oficial. Basta recordar las declaraciones de la entonces presidenta del Tribunal Supremo, cuando decía que la separación de poderes era perjudicial porque diluía el poder del Estado.

La oposición ha denunciado un golpe de estado. La comunidad internacional ha reaccionado de manera activa en defensa de los derechos democráticos del pueblo venezolano. Incluso la Fiscal General de la República, cuyos vínculos al proyecto chavista son notorios, ha reclamado la inconstitucionalidad de estas acciones del TSJ, calificando de “deber histórico e ineludible” su pronunciamiento al respecto.

¿Qué buscan el TSJ y el régimen del señor Maduro con estas sentencias? ¿Por qué ahora? ¿Se acabó la época de guardar las formas? 

Mucho nos hemos preguntado si esta encrucijada nos llevará a una transición democrática o si, por el contrario, nos acerca a la autocratización del proyecto político chavista. Queda claro que, por ahora, transitamos el curso de la autocratización para pasar de un autoritarismo competitivo a uno de carácter hegemónico.

¿Por qué ahora? Por la plata baila el mono, dice la conseja popular. El régimen, habiendo dilapidado los recursos exorbitantes del mayor ingreso petrolero de la historia, está urgido de recursos que le permitan sostener su red clientelar y maniobrar paños calientes a la crisis que ha provocado. Para ello, necesita endeudarse y esa deuda debe ser aprobada por el Parlamento. Amigo de la discrecionalidad y lo turbio, con esta sentencia el régimen busca saltarse el control legislativo para aprobar un nuevo endeudamiento por millones de dólares y la asignación discrecional de contratos y otras operaciones petroleras que en otra época habrían sido acusadas por la propia “izquierda” como privatizadoras de la sagrada industria que es de “todos”.

Las sentencias del Tribunal no han encontrado a una población dócil y resignada, sino que se han topado con la fuerza del pueblo en las calles. Estudiantes, partidos políticos, sociedad civil organizada, diputados de la República, todos han ido a las calles, venciendo el miedo y la represión abierta, para dejar claro que el pueblo venezolano no aceptará de brazos cruzados la imposición de la dictadura franca. Muchos han sido golpeados, otros detenidos, pero no logra el régimen autoritario apagar la llama de la libertad que arde fuerte en el corazón de cada venezolano de bien.

El presidente de la Asamblea Nacional ha calificado las sentencias como “basura” y en un mensaje contundente ha hecho un llamado un sector que sigue, al momento de escribir estas líneas, silente: la Fuerza Armada Nacional. No es un llamado a la insurrección, sino precisamente a la defensa de la Constitución. Siendo que, hasta ahora, los dos pilares del régimen han sido el Tribunal Supremo y la FAN (junto a un CNE que orwellianamente tiene la misión de impedir la realización de elecciones en Venezuela), será interesante ver qué postura, si alguna, toman quienes juraron defender la Constitución y las leyes de la Nación, y en ningún momento a parcialidad política alguna. ¿Continuarán en el plano del apoyo cómplice e incondicional a la dictadura?

Quienes sentencian hoy a muerte a la democracia venezolana olvidan que, lejos de la antigua diatriba gobierno vs. oposición, en estos momentos lo que existe es un pueblo unido en el convencimiento de que el gobierno es responsable de la crisis y de la erosión de la democracia, que constituye un obstáculo al progreso y el avance de los que habitamos esta tierra de gracia. El régimen, convertido en una minúscula casta para la rapiña y los privilegios, tiene de frente a un pueblo decidido a cambiar y determinado a rebelarse contra el grupito que lo pretende someter. Al final, solo habrá una sentencia que valga: la sentencia del pueblo venezolano, en uso de su acervo democrático y de su determinación patriota por la recuperación del país.


Publicado en PolítiKa UCAB el 31 de marzo de 2017.

El estado de la Nación

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2016 se ha ido, dejando un sabor amargo a los venezolanos. Fue un año tremendamente difícil. 2017 inicia sin mayores promesas de mejora. El país está hoy sumido en la miseria, con una comunidad política inoperante y un régimen para el cual gobernar se encuentra de último en las prioridades, en medio de un desesperado intento por conservar el poder y, con éste, los privilegios y el control de la sociedad.

La economía sigue asfixiando a la ciudadanía, con la guinda de que, desde diciembre, no hay dinero en efectivo, con el presidente prometiendo, rompiendo promesas y volviendo a prometer la aparición de un dinero que “no ha llegado”. Y es que hasta la plata la importamos y de nada vale la Casa de la Moneda. La soberanía solo queda para la tinta y el discurso.

En paralelo, avanza una evidente y acelerada autocratización del régimen de Nicolás Maduro. Abolieron las elecciones, suspendiendo los derechos políticos de los venezolanos. Han desconocido a la Asamblea Nacional, electa por 14 millones de venezolanos, y puesto al cooptado Tribunal Supremo de Justicia a usurpar funciones legislativas. Así, el presidente presentó el presupuesto nacional ante el TSJ y las informaciones indican que hará lo mismo con la Memoria y Cuenta, violando abiertamente la Constitución. Un Estado de Excepción le permite mandar por decreto, a la vez que arrecia la represión y la persecución. Se trata de una dictadura, cuyo sostén es, lamentablemente, una Fuerza Armada Nacional que se dice Bolivariana y que viola sistemáticamente el Artículo 328 de la Constitución Nacional.

En definitiva, Venezuela se encamina hacia un Estado Fallido, mientras los venezolanos buscan desesperadamente una salida, cualquier salida. Muchos la han encontrado en Maiquetía, otros adaptándose al mercado negro y a las técnicas de supervivencia. Otros no han podido seguir buscándola, interrumpida su faena por el barril humeante de una pistola, una de las tantas que mantiene a la ciudadanía en estado de sitio ante la mirada inerte de un Estado cuyos representantes, llenos de escoltas y vehículos blindados, se han insensibilizado a niveles grotescos…

Es un panorama sombrío el que atraviesa Venezuela. Negarlo no hace ningún bien a nadie. ¿Y la oposición? Sus errores, producto de sus contradicciones internas, de la mentalidad de la rosca pequeña y de la falta de objetivos claros, concretos y consensuados desde abajo, le cuestan caro, no sólo a los políticos, sino sobre todo al país. Hoy en “reestructuración”, la MUD tiene el reto de ampliarse, de escuchar a la gente y de hablar claro, en lugar de pretender que todo está bien y que las críticas son mezquinas. El precio final de los errores puede llevar la crisis de representación, evidente, por ejemplo, en la fría recepción popular a la declaratoria de abandono del cargo del presidente, a otros niveles, y la oposición oficial puede terminar viendo los toros desde la barrera.

Miseria, violencia, dictadura. Así arranca 2017. ¿Alentador? Para nada. ¿Queda algo por hacer? Siempre. Por Venezuela valen la pena todos los sacrificios y todas las diligencias. Es la hora de la gente. Sólo un pueblo organizado, con el norte claro de recuperar la democracia, la libertad y el bienestar puede derrotar las pretensiones de una dictadura impopular y catastrófica, cuyo desastre al frente de la cosa pública repercute de manera terrible cada día en la calidad de vida de los venezolanos.

El estado de la Nación es parco. Abrirse camino a la luz no será fácil, pero es posible si el más de 80% de venezolanos que hoy tiene razones para oponerse al régimen es convocado activamente a participar, como protagonista y no como actor de reparto, en un proyecto de futuro compartido en el que quepa también el otro 20%, en el que se discutan los problemas de la gente y las soluciones a esos problemas, no los problemas entre los políticos, y en el que se hable de los grandes temas del siglo XXI, sacándonos de esta cabalgata absurda que nos ha llevado, “a paso de vencedores”, rumbo al siglo XIX.

Desde este espacio apostamos a Venezuela y a los venezolanos. Que en 2017 encontremos el camino a la democracia, la armonía y el bienestar de todos, en paz. Solo en libertad y en democracia es posible el desarrollo y la salida de la crisis. Así, enfrentar la dictadura se vuelve un imperativo moral que apela no solamente a la ética democrática, sino también al reflote de un pueblo sumido en las condiciones más deplorables por culpa de una casta aferrada por motivos inconfesables a las mieles del poder. No será fácil, pero Venezuela bien vale la pena. Nosotros seguiremos aquí, aportando, como corresponde a la Academia comprometida, con nuestras propuestas, y también con nuestras críticas, a la construcción de la Venezuela democrática y próspera que, sabemos, podemos alcanzar más temprano que tarde.


Publicado en PolítiKa UCAB el 13 de enero de 2017.