2025

Por Daniel Fermín

Con la atención del país concentrada cada vez más en las elecciones presidenciales de 2024, a veces pasa desapercibido que, apenas un año después, están pautadas otras elecciones: unas para elegir diputados a la Asamblea Nacional y otras, en las que escogeremos alcaldes y gobernadores.

Pensar en 2025 no responde a una visión pesimista de 2024 ni implica saltarse un reto tan importante como el que tenemos el año que viene. Pensar en 2025 es clave, no sólo con relación al resultado electoral de 2024, sino porque será en estos escenarios—y principalmente en la Asamblea Nacional—que se disputarán visiones de país, que avanzarán o se bloquearán los cambios y que tenemos la oportunidad de mirarnos a los ojos y echar a andar este barco juntos en nuestra diversidad. En la película grande, 2025 es tan importante como 2024, aunque no despierte el furor de nuestro presidencialismo.

Pero 2025 no puede llegar sin una agenda política clara. En el caso de las gobernaciones y alcaldías, una que dedique todos sus recursos a la recuperación de los servicios públicos, la infraestructura, la salud, el transporte, la alimentación infantil y la educación: ¡En darle a la gente un respiro! En el caso de la Asamblea Nacional, una agenda legislativa no sólo para la recuperación económica, sino para la democracia plural y la protección de los más vulnerables, que tenga como punta de lanza la inclusión, la protección del ambiente y los Derechos Humanos.

¿En qué se traduce una agenda legislativa para la democracia plural? En primer lugar, en una Asamblea Nacional que se parezca más a Venezuela. Antes de la elección, es urgente establecer reglas claras que permitan sacar provecho a un poder público que ha estado secuestrado por el conflicto entre dos élites. En esa Asamblea hace falta mucha gente, hacen falta voces que le devuelvan su razón de ser al parlamento: Las voces de los trabajadores, de las mujeres, de los campesinos, de los maestros, de las enfermeras, de los innovadores, de los comerciantes, de la diáspora, de las universidades, de los grupos que activan por los derechos de la población LGBTI y los DDHH. Necesitamos acabar con la sobrerrepresentación de las élites en conflicto para que la Asamblea incorpore en su seno un abanico que retrate con mayor precisión las distintas posturas, pareceres y actores del espectro político nacional. Para ello debemos poner sobre la mesa, de inmediato, la recuperación de la representación proporcional, tal y como establece la Constitución de la República. Lo hemos intentado antes, con resultados que no nos satisfacen. Asimismo, una agenda legislativa para la democracia plural implica aprovechar 2025 para promover que la Asamblea Nacional sea el escenario de encuentro (y desencuentros) del debate político. Nunca más la vergüenza de México, de Barbados, de Noruega, de Punta Cana, espectáculos que pusieron en evidencia una élite política infantilizada que necesita que la sienten los «adultos» de otros países lejos de casa porque son incapaces de sentarse juntos en su propia tierra.

En esto de que la Asamblea Nacional se parezca más a Venezuela, además de la representatividad de los sectores políticos y sociales, es hora de que los diputados respondan, no a sus jefes del partido, sino a sus electores en las regiones. Que el diputado de Apure bregue por llevarle recursos e iniciativas a los apureños. Que el de Sucre alce la voz por las reivindicaciones de los pescadores; que el de Amazonas le rinda cuentas a su gente y la de Nueva Esparta una esfuerzos con el gobernador y los alcaldes para servirle juntos a su isla. Que diputadas de partidos contrarios que sean de la misma región se atrevan a luchar unidas por la gente de su estado, más allá de sus diferencias. No es mucho pedir, es echar a andar al país y a la Asamblea después de tantos años convertida en patético ring de boxeo. Y de ñapa ponemos en acción nuestro federalismo nominal.

Días atrás escribí que si el cambio no es al pluralismo, no hay cambio. Este modelo se agotó. El de la guerra civil no declarada, el de la fractura y la división, el del conflicto estéril y la polarización excluyente. Ya fue. Es hora de darle paso a otra manera de hacer las cosas y de resolver no sólo nuestras diferencias sino, sobre todo, los problemas de la gente. Es hora de dar el paso para conducir, entre todos, los destinos de esta tierra que es de todos.

Nótese que no he hablado de candidatos ni de nombres, porque no se trata de eso sino de todo lo contrario: de evitar la banalización de 2025 bajo la cosmetología de la campaña. Llenemos 2025 de contenido, de propuestas. Si llegamos a 2025 con la misma bolsería de reducir el mensaje a «gobierno contra oposición» habremos perdido, una vez más, una oportunidad de oro. Habremos fracasado.

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