Por Daniel Fermín
¿Cuál es la Venezuela posible? Lo admito: Yo no aspiro mayor cosota, al menos ya no. Quizás en otros tiempos. Ahora lo que quiero es un país en el que la gente tenga agua todos los días, luz todos los días, buena salud, educación, protección social, transporte, aseo urbano. Que le permita a la gente pensar en otra cosa que no sea la angustia de las penurias y que siente las bases para poder pensar, innovar y crear el futuro.
No menos importante, quiero una transición verdadera en lo político, no un «quítate tu pa’ ponerme yo». Que las pretensiones hegemónicas den paso al pluralismo. Que los autoritarismos den paso a la participación democrática, a la disidencia y la crítica. Que las viejas y nuevas discriminaciones den paso a la inclusión de todos en este país que es de todos. Que la violencia, la arbitrariedad y la retaliación den paso a la justicia y los DDHH. Que aprendamos de esto, que reconozcamos nuestras heridas pero nos empinemos sobre ellas para construir un futuro compartido.
En el ambiente electorero, prometerán hasta la luna aunque no tengan ni gasolina. En el ambiente polarizado, prometerán el todo o nada y el borrón y cuenta nueva como “cambio” sin reparar en que justamente eso es más de lo mismo.
Venezuela perdió oportunidades gigantescas. Pudimos dar la transformación más ambiciosa de nuestra historia, pero sucumbimos a las mas bajas pulsiones de nuestro pasado: el conflicto fratricida, la guerra existencial. Vestimos el siglo XIX con una confianza pasmosa y pensamos que dice XXI.
Por eso la Venezuela posible, no en el sentido romántico de los slogans, sino la única que puede ser, es la de volver a lo básico, construyendo piedra a piedra y entre todos lo que destruimos en nuestras cóleras pendencieras.
Agua cuando se abre el grifo. Luz cuando se pasa el suiche. Transporte bueno y seguro. Políticos que hagan política. Instituciones que respondan. Qué básico suena, qué poco ambicioso, no faltará quien diga, sin percatarse de la destrucción que ha dejado este torbellino a su paso.
Vendrán otras bonanzas, que probarán si aprendimos algo o no de las dos resacas que nos dejaron, con sus cosas buenas y malas, las experiencias de los 70 y los 2000.
Por lo pronto, la Venezuela posible, sin embargo, sólo lo será si dedica, de inmediato y desde su modestia, todos sus esfuerzos y todos sus recursos a garantizar que la gente viva con dignidad, a entender que el país es de todos y a proteger a los más vulnerables, que son los heridos de guerra de toda esta debacle.

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