La gran estafa

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En 1998 el chavismo irrumpió en la escena política. Venía de fracasar en el golpismo –armado y sangriento- luego de años de conspiraciones fraguadas en las tinieblas entre una logia militar. Apuntaba sus críticas al sistema democrático, específicamente a la democracia representativa, que a su juicio era insuficiente para satisfacer las demandas y la participación ciudadanas. Su contraoferta era la democracia participativa y protagónica. Todo el poder para el pueblo. 18 años después, más allá de las consignas y la propaganda, vemos un régimen profundamente antidemocrático que, ante la erosión del favor popular, muestra signos cada vez mayores de autocratización.

La convocatoria a un referéndum revocatorio presidencial ha puesto de relieve la naturaleza real del chavismo. Su aproximación a la democracia es netamente utilitaria. “Demócratas” cuando les conviene, cuando les favorece. Cuando no, no. Lo mismo con la Constitución, las leyes y las instituciones. En realidad, no creen en nada de eso. Creen en el poder. En conservarlo, en expandirlo. Y con él, los privilegios. La democracia, mientras funcione. Mientras les funcione. Cuando no, como ahora, pasará al renglón de fetiches burgueses, de la estructura capitalista que hay que terminar de derrumbar, de una vez por todas, para abrirle paso a la revolución.

“Tendremos referéndum dentro de 20 años, si acaso”, dice un vocero del régimen, otrora representante de la oposición más radical. ¿La razón? Hay “más de 10 mil amparos constitucionales” en el camino. El chavismo, antiguo coloso electoral, reducido a artilugios de las cortes para poder subsistir. Antes se hubiesen contado. La pelea la hubiesen dado en el plano electoral. Hoy, no se trata de ganar el referéndum, sino de impedirlo. Se saben perdidos.

No es nueva la aversión chavista a la voluntad popular. En 2007 perdieron el proyecto de reforma constitucional que daba base legal al socialismo bolivariano. No les importó, siguieron adelante e impusieron, por decreto, lo que el pueblo rechazó en las urnas. Luego perdieron Miranda, y montaron una estructura paralela. Lo mismo con la Alcaldía Metropolitana. ¿Democracia? ¿Con qué se come eso?…

La Asamblea Nacional fue electa por más de 14 millones de venezolanos. Los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia fueron designados, de manera irregular, por un parlamento saliente, carente de apoyo popular y deslegitimado. Hoy el TSJ, además de anular al Parlamento, se erige como parlamento paralelo. No hay respeto por las reglas básicas de la democracia, no existe consideración republicana. La política oficial es “darle la vuelta” al marco legal, a ver cómo argumentar el atropello.

El chavismo encarna un proyecto antidemocrático. Nunca fue un proyecto democrático. Todo se quedó en lo discursivo, era un simple punto para la persuasión. ¿La democracia participativa y el poder para el pueblo? Una gran estafa. El chavismo es lo viejo, es el militarismo, la autocracia, el gendarme innecesario. Es la anti República. ¿El reto? Creer en la democracia, ser genuinamente demócratas. No “para después”, no “al salir de esto”. El desafío fundamental es la generación de una alternativa democrática real, que no reproduzca las prácticas chavistas “del otro lado”, sino que se atreva, sin reservas ni asteriscos, a respetar las reglas de la democracia. Ya está bueno de estafas…


Publicado en PolítiKa UCAB el 22 de julio de 2016

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