¿Dónde está la política?

La gran conquista de la sociedad venezolana en el siglo XX fue la política. Esta hizo posible –y es siamesa de- la democracia. La política representó un avance sin igual para un país que se dedicó, durante todo el siglo XIX, a la guerra, al exterminio fratricida, a matarse entre sí.

Así, la imposición dio lugar a la negociación y al diálogo. Conversando se entendió la gente. Diversidad de actores, de intereses, de maneras de pensar se encontraron el la esfera política y, a través de la conciliación, trazaron los grandes acuerdos que permitieron dibujar, en la diversidad y la heterogeneidad, un norte compartido para Venezuela.

En la lucha de la civilización contra la barbarie, la política fue crucial. Y lo fue porque hablar de política es hablar de civismo, de resolver las diferencias de manera civilizada, sin violencia; de reconocerse y, sobre todo, de respetarse. No, no hubo un reparto de cuotas entre gente de superficialidad ideológica, que pensaba más o menos igual. Lo contrario, quienes se entendieron ayer en Venezuela representaban ideas contrarias, en algunos temas diametralmente opuestas incluso. Allí el valor de dibujar ese futuro compartido, no en la uniformidad, sino en la diversidad.

Por supuesto, la política entró en crisis: las instituciones no lograron responder al ritmo de los cambio sociales, incluso de los promovidos en positivo por ellas mismas; la corrupción; el rentismo; el papel de las elites; la crisis de representación. Esto y mucho más. Sobre sus ruinas surgieron el chavismo y el primer antichavismo antipartido, con un mensaje muy similar.

La antipolítica se instalaría en el imaginario, con consecuencias muy reales: la promoción del militarismo y la vuelta del “gendarme necesario”, el takeover de los dueños de medios de la actividad que normalmente compete a los dirigentes políticos. Hasta 2006, cuando la política fue retornando, tímidamente. No, no son antipolíticas las críticas a la política, a los políticos ni a los partidos. Sí lo son, sin embargo, los procederes intransigentes y contrarios al entendimiento, al reconocimiento del contrario, a la libertad de pensamiento, acción y asociación. Aunque lo digan los políticos, no hay política en exterminar al contrario, en volverlo polvo cósmico. Nada más lejos. Los desafíos del presente exigen una vuelta a la política, en medio de alarmantes exhibiciones de comportamientos pre y anti políticos que nos hacen preguntarnos, con preocupación, hacia dónde va esto…

El oficialismo no cree en la política. Su planteamiento participativo no es sino una pantomima tutelada y nariceada en el chantaje rentista. Hoy, cuando el modelo hace aguas y la popularidad se ha ido para no volver, es evidente: colectivos paramilitares, malandros y militares representan el sostén del régimen.

¿Y del otro lado? La existencia misma de la MUD representa un logro político. Con todas las críticas que puedan hacerse, justificadas y no tanto, poner de acuerdo a un abanico tan amplio de maneras de pensar, de partidos y hasta de egos, es una muestra política contundente. Que la MUD deba ampliarse, ir más allá de la rosquita ejecutiva y asumir una mayor conducción es cierto, pero no desmiente lo anterior.

En esta lucha de más de cien días, una lucha de resistencia, se ha agudizado el conflicto. Y justo cuando más falta hace, pareciera que el gran ausente es la política. La calle es un instrumento político, pero no puede sustituir a la política. Así, la calle genera presión, deja claro el mensaje de todo un pueblo, pero la calle no puede ser un fin en sí mismo. Tampoco la calle puede convertirse únicamente en una épica para el enfrentamiento heroico contra militares y malandros armados. La naturaleza asimétrica del conflicto lo imposibilita. La política debe recobrar fuerza para conducir esta lucha y los dirigentes deben orientar la acción colectiva planteando una agenda concreta y realizable.

El régimen ha sido inclementemente violento frente al clamor popular. Como respuesta, parte de quienes hoy protestan de diversas maneras en el país, en el desespero y la frustración, están convencidos de que la única manera de derrotarlos es en su mismo terreno. Sí, indigna y entristece la manera en la que supuestos sectores de izquierda celebran y ríen con la represión, las arremetidas paramilitares y el fetiche de la prohibidera; pero también preocupa, mucho, cómo muchos de quienes dicen luchar por la libertad pretenden imponerse a sus vecinos, a sus compañeros de lucha, con métodos que les hacen parecerse a lo que tanto dicen enfrentar. La intransigencia y la violencia no hacen sino afianzar las bases del chavismo, no importa cómo quiera llamarse quien las enarbole.

¿Dónde está la política? Quizás el título, por provocador, es muy duro. La verdad es que desde la Asamblea Nacional se han hecho intentos genuinos por encauzar políticamente el conflicto. Sobre todo la Consulta Popular del pasado 16 de julio representó un triunfo de la política. El resultado de esa jornada abrumadora plantea nuevos desafíos, incluida la negociación. Sin complejos, sin tenerle asco a la palabra. Venezuela no puede seguir siendo el país en el que gobierno y oposición no se hablan. Debe plantearse una agenda concreta, no un show, que siente las bases para resolver la crisis y superar el conflicto, dándole al pueblo la última palabra como dueño de su destino. Podrá decirse que al régimen no le interesa, y eso es verdad, y ese reto solo la política y la presión popular pueden encararlo.

Conducción, liderazgo, dirigencia. En corto, política. No serán los colectivos que amedrentan y asesinan los que llevarán al país al siglo XXI, pero tampoco los que, en barricadas, deciden que no les da la gana ni le importa la opinión del vecino porque sí, por malandraje de otro estrato o ideología.

Vamos pues, de vuelta a la política. Este país de todos tenemos que hacerlo todos. Nadie quiere una guerra, queremos paz y entendimiento. La política motorizó el más grande cambio social de la historia de Venezuela, es hora de que lo haga de nuevo.


El pueblo decide

 

Los venezolanos prefieren una solución electoral, constitucional, pacífica y democrática a la crisis y al conflicto que vivimos. Eso lo respaldan todos los estudios de manera consistente. Y es una buena noticia. Lo normal, en una democracia sana, es que esa solución electoral llegue sin sobresaltos, como parte de la natural dinámica democrática. Sin embargo, en Venezuela, desde el año pasado se cerraron las vías institucionales para la participación política de los ciudadanos.

Primero, fue la suspensión de las elecciones regionales, con el CNE otorgando una ñapa inconstitucional al período de gobernadores y diputados a los consejos legislativos. Luego, con el aborto al referéndum revocatorio presidencial, establecido en la Constitución como un derecho del pueblo, y que hubiese significado un hito importante para la superación del conflicto.

Por supuesto, las razones, en ambos casos, responden a intereses políticos. Si en 1999 la revolución encontró una institucionalidad debilitada, desde entonces la misión fue acabarla, derrumbar el aparataje estatal y confundirlo en el partidista, a la vez que se promovía un enfermizo culto a la personalidad y, de nuevo, el ensalzamiento al militarismo. La intención era clara: todo el Estado al servicio del líder… y todo el pueblo también. Así, la condición de ciudadano se transformó en la de súbdito. Así de “revolucionaria” era la cosa. En todo caso, ya para 2016 la escena de unas instituciones cooptadas por el Ejecutivo y al servicio del partido de gobierno eran parte natural del panorama político venezolano. De modo que, aunque indignó, a nadie sorprendió que el CNE eliminara las elecciones regionales y el referéndum por la sencillísima y evidente razón de que eran procesos imposibles de ganar para el PSUV y Nicolás Maduro.

Luego de un silencio ensordecedor de meses, el CNE reaparece, ambas rodillas en tierra, para validar vía express la propuesta constituyente de Maduro. Mientras el proceso de convocatoria al referéndum revocatorio estuvo lleno de obstáculos y trabas, para la constituyente madurista ni la Constitución fue impedimento. En todas las etapas del proceso hubo luz verde y paso apresurado. En todas, menos en una, el “pequeño detalle” que hace a esta constituyente nula e inconstitucional: nuevamente se le niega la voz al pueblo, al permitirle al presidente convocar directamente, usurpando la soberanía popular, a esto que a todas luces es una estafa para la concentración de poder y la evasión de los controles republicanos.

La reiterada pretensión de burlar la voluntad de los venezolanos, que pasó por el desconocimiento de la Asamblea Nacional, la oficialización de la dictadura con las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia y la reiterada negativa del partido-gobierno a medirse electoralmente llevó al pueblo a la calle, donde lleva más de 100 días. Tras el cierre de las vías institucionales, la calle sirvió de espacio para la expresión popular y la resistencia. El 16 de julio, los venezolanos han sido llamados a otra tarea: la convocatoria a una gran consulta nacional, la que debió hacer el CNE. Con el prestigio de los rectores universitarios como garantes y la mirada vigilante del mundo, el próximo domingo se le dará la voz al pueblo, para que exprese, inequívocamente, lo que quiere y lo que no quiere para el futuro de la Patria.

Estas líneas se escriben dos días antes de la consulta popular del 16 de julio. Algunos las leerán antes del evento, otros después del plebiscito. En todo caso, un gran esfuerzo organizativo y político ha empujado esta iniciativa para darle la palabra a los venezolanos, a pesar de que el régimen intentó sabotearla, encarcelando incluso a sus organizadores clave.

En este esfuerzo, la MUD ha sido vital. Pero lo fundamental ha sido la tarea de ir más allá de los linderos tradicionales de la oposición, en aras de la verdadera unión nacional. Así, centenares de dirigentes de los partidos políticos de la Unidad giran el país organizando la consulta. Y lo hacen también líderes sindicales, dirigentes nacionales no domiciliados a la MUD, e incluso el chavismo disidente.

El reto, bienvenido, es el de enviar un mensaje contundente: el de la soberanía popular, el de la democracia en acción. Y ese mensaje es inequívoco: Venezuela rechaza la constituyente madurista, quiere un cambio político y exige respeto a la Constitución.

La mesa está servida. El domingo el pueblo se dará la tarea que el CNE se negó a hacer: organizado por su cuenta, con los talentos que le sobran, el domingo el pueblo decide.

Foto: AFP PHOTO / Federico Parra

 


Democracia y protesta en números

Esta semana, desde el Centro de Estudios Políticos, presentamos los resultados de dos estudios de opinión que resultan especialmente relevantes para los tiempos que corren. El primero se trata del Barómetro de las Américas 2016-2017, realizado en alianza con la Universidad de Vanderbilt en el marco del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP), y que trata fundamentalmente sobre el estado de la democracia en el país. El segundo estudio se refiere a las Percepciones Ciudadanas de la Protesta 2017, y nos ayuda a una mejor comprensión del fenómeno de calle que ha regido la dinámica cotidiana nacional en los últimos meses.

Son muchos los hallazgos que ofrecen ambas encuestas. En estas líneas, resumiremos algunos de los puntos principales. Comenzamos por el Barómetro de las Américas. Los resultados de esta investigación apuntan a la crisis y las oportunidades de la cultura democrática en Venezuela. Lo primero que hay que destacar, en ese sentido, es cómo la situación del país influye en la satisfacción con la democracia. La economía sigue siendo el principal problema para ocho de cada diez venezolanos, seguido de la inseguridad, no porque ésta haya mejorado, todo lo contrario, sino porque la gravedad del problema económico la ha hecho palidecer en menciones.

Este estudio que, a diferencia de la encuesta sobre protestas que detallaremos más adelante, fue realizado antes de las protestas, ya mostraba que seis de cada diez venezolanos consideraba el nivel de conflicto social y político como alto o muy alto. El resto del coctel lo completa una altísima intención de emigrar, sobre todo de los más jóvenes, en los que 53% de los venezolanos entre 18 y 29 años manifiesta su intención de irse de Venezuela. El resultado se evidencia en un descenso significativo en los niveles de satisfacción con la democracia: 74% de los venezolanos dicen estar, hoy, insatisfechos con el sistema democrático en el país. Esta cifra constituye el nivel más alto de todo el decenio analizado.

Asimismo, más de la mitad de los encuestados considera que Venezuela es un país poco o nada democrático, con 23% señalando al país como nada democrático. Así, una profunda crisis ha hecho tambalear el apoyo al sistema político en Venezuela, en medio de un agudo conflicto político y con una población, especialmente la más joven, buscando alternativas en otras latitudes.

Por su parte, el estudio sobre Percepciones Ciudadanas de la Protesta 2017 nos da luces sobre lo que ha sucedido luego de estos meses de manifestaciones intensas en todo el país. Lo primero que hay que resaltar aquí es la configuración de la autodefinición política de los ciudadanos. La palabra es fragmentación: 16% es chavista y se restea con el presidente Maduro; 13% es chavista pero está descontento con Maduro; 30% es opositor y se restea con la MUD y 11% se considera de oposición pero no se siente representado por la alianza unitaria. ¿Lo que falta? 31% que no se identifica con ninguna de las opciones anteriores. No es un “ni-ni” indolente, sino un independiente sin identificación con las partes que hoy pugnan en el conflicto polarizado.

Evidenciando el espíritu democrático construido por décadas, casi el 80% de los venezolanos quiere que los cambios políticos se den por la vía electoral, mientras que 12% prefiere acuerdos entre el gobierno y la oposición. Los fantasmas del golpe militar, la guerra y la intervención extranjera a duras penas registran y no son significativos del sentir nacional.

En cuanto a las expectativas sobre posibles soluciones, salta a la vista el muy escaso apoyo que suscita la propuesta constituyente del oficialismo. Apenas 5% de la población piensa que la Constituyente es lo mejor para el país. Si segmentamos, observamos que esto implica que apenas 13% del chavismo madurista apoya la Constituyente y piensa que traerá soluciones. Para la mayoría de los venezolanos, las soluciones a la crisis pasan por lo electoral, la protesta y el diálogo.

El empoderamiento ciudadano es otro asunto importante. Más de la mitad del país considera que la participación del pueblo puede influir en que el cambio político se dé.  En cuanto a la protesta, alrededor de 60% de los encuestados creen que las manifestaciones tienen poder, en distintos grados, para lograr un cambio de gobierno.

Las protestas generan expectativas en la gente. Para 24% esta expectativa es un cambio de gobierno, mientras para 23% es la realización de elecciones. De nuevo, la fragmentación: 23% considera que todo quedará peor luego de las protestas y 20% que todo quedará igual.

En lo que sí hay consenso es en que protestar es peligroso. Casi 94% de los entrevistados considera que protestar implica peligro, y para 75,7% implica mucho peligro. Pese a esto, 19% expresa haber participado en protestas activamente. Esto, lejos de ser una cifra marginal, es un número elevadísimo, sobre todo si se considera que, de acuerdo a la teoría, 3% de participación es clave para que la protesta conduzca a un cambio de régimen. ¿Por qué no participa el resto? La violencia ha subido las barreras a la participación y el miedo sigue presente como una nube negra en la disposición a protestar.

Lo hemos dicho: estos estudios ofrecen mucha tela qué cortar: los motivos para la protesta, sus principales motivadores, el apoyo de los convocantes. Invitamos a su lectura detenida y extendemos, también, la invitación a acompañarnos el 11 de julio a las 5 de la tarde en el teatro Trasnocho Cultural de Paseo Las Mercedes, donde realizaremos una conferencia para analizar más a fondo los resultados del Barómetro de las Américas. La entrada es libre, allá nos vemos.

 

Foto: @Ucabistas

Publicado en PolítiKa UCAB el 30 de junio de 2017.

Democracia suspendida

Apareció el CNE. No para convocar a elecciones, como esperaba el país democrático, sino para anunciar que los comicios pendientes, específicamente las regionales, se encuentran suspendidos. Esto se debe, según la rectora Tania D’Amelio, al proceso de renovación de partidos políticos que, como expresamos en un comunicado junto a siete organizaciones de la Sociedad Civil venezolana, atenta contra los derechos políticos de la ciudadanía.

La presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, prometió el año pasado la realización de las elecciones de gobernadores y diputados a los Consejos Legislativos para el primer semestre de 2017. Es importante recordar que el mandato de los gobernadores en ejercicio venció el 16 de diciembre de 2016, con lo cual la omisión del Poder Electoral extendió el período de estos funcionarios de manera inconstitucional.

Con el anuncio de la rectora D’Amelio, esta promesa es prácticamente imposible de cumplir, ya que, según el cronograma del organismo electoral, la renovación de partidos culmina el 21 de junio, finalizando ya el primer semestre del año. Esto no es inocente, ni puede achacarse la interrupción de las elecciones a un fetiche burocrático. Se trata, en cambio, de la continuación de una política enmarcada en la autocratización del régimen de Nicolás Maduro, para quien las elecciones no sirven ya ningún propósito, al encontrarse, él y el partido que representa, en franca minoría.

Más que las elecciones, en Venezuela hoy está suspendida la democracia. El régimen chavista, que fulminó la separación de poderes, el reconocimiento del contrario, el respeto a las minorías y la institucionalidad democrática en la promoción de su proyecto autoritario, militarista y de culto a la personalidad, entró en dictadura franca desde el 20 de octubre de 2016, cuando ilegalmente eliminó la posibilidad de un referéndum revocatorio al mandato del presidente. Desde entonces, su desprecio por lo electoral es patente, como también lo es su intención de estrechar los mecanismos de control, no solo sobre el mundo político, sino sobre la vida cotidiana y la dinámica social toda.

La Asamblea Nacional, los partidos políticos, los sindicatos, los gremios, las asociaciones civiles y organizaciones no gubernamentales. Estos son todos pilares de las democracias contemporáneas, pero en Venezuela, seguramente por esa razón, son blancos de represión, persecución y desconocimiento por parte del gobierno nacional. Lo mismo con las elecciones. El gobierno más impopular de nuestra historia pretende tachar de fetiche burgués a lo más elemental de la vida democrática, mientras habla en nombre de un “pueblo” que sueña todos los días con verlos fuera del poder.

El régimen de Maduro no podrá recobrar ya el favor popular, ha pasado el punto de no retorno. De modo que la recuperación de la democracia no vendrá de la mano de un gobierno que hoy la suspende, sino de los ciudadanos hambrientos de cambio y que aspiran vivir en un país en el que no solamente haya comida y seguridad, sino en el que reine la libertad y las posibilidades que solamente ella puede procurar.

La defensa de Venezuela y de su democracia vendrá de los venezolanos. Por eso, hoy urge, más que nunca, la participación cívica de cada mujer y hombre patriota para exigir, en todos los espacios posibles, el respeto a la Constitución, la convocatoria a elecciones y, con ellas, la recuperación de una democracia que conduzca al progreso de todos.


Publicado en PolítiKa UCAB el 10 de febrero de 2017.

Campaña: Reforma Electoral

En 2016 tuve la oportunidad de coordinar la campaña del Centro de Estudios Políticos de la UCAB por una Reforma Electoral, elaborada en el marco de una alianza amplia con diversos grupos de la Sociedad Civil. Este playlist recoge la pieza audiovisual, ganadora de Bronce en los premios ANDA 2016, junto a otros materiales de la campaña que diseñamos y produjimos.

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