Daniel Fermín: “La protesta está logrando que el régimen se tambalee a lo interno”

“Se ha cerrado la brecha entre el liderazgo y las aspiraciones populares”

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“El Gobierno ha convertido a las milicias, los paramilitares, y la Fuerza Armada en su nuevo partido de Gobierno”, explica el investigador del Centro de Estudios Políticos de la UCAB


Mónica Duarte

Luego de un mes de protestas, las movilizaciones opositoras parecen haber alcanzado su cumbre de convocatoria en la calle y haber logrado la articulación política de un descontento social que arrastra las huellas de la crisis económica. “A pesar de que existe mucha frustración y de que hay gente que quiere ver el cambio ya, creo que los venezolanos tenemos la madurez política para entender que esta es una lucha de resistencia y no es una lucha por precipitar unos hechos”, afirma Daniel Fermín, sociólogo, profesor universitario e investigador del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello.

Este análisis político lleva a Fermín a asegurar que “se ha cerrado la brecha entre el liderazgo opositor y las aspiraciones populares”. Las jornadas incesantes de marchas, que iniciaron tras las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia que pretendían la disolución de la Asamblea Nacional, han terminado en numerosas muestras de violencia y conflictividad, dejando un saldo de más de 30 personas fallecidas y más de 1.500 detenciones.

El sociólogo explica que, a pesar de que la MUD ha articulado las protestas, el descontento crece más allá de sus filas y son los distintos sectores sociales los que hoy se organizan para manifestarse contra el Gobierno de Nicolás Maduro. “Ya esto no se trata de dos mitades que están en pugna, es un país que casi al unísono le está diciendo al Gobierno que quiere un cambio y quiere que se le permita votar”.

“La MUD sabe que no tiene el monopolio del descontento”

¿Cómo evalúa las protestas que se han presentado desde el mes de abril?

— Lo primero que habría que ver es porqué la gente está protestando, por primera vez en mucho tiempo hay una agenda clara de reivindicaciones, se habla de elecciones libres, de liberación de presos políticos, reconocimiento a la Asamblea Nacional como organismo institucional y apertura de un canal humanitario.

Esas demandas que son concretas distan de ese mensaje abstracto del “Maduro vete ya”, y ese no es un detalle menor porque permite ver que esto no se trata de un agenda insurreccional o golpista, sino que los venezolanos están en la calle reclamando sus derechos. Ya no solo son los derechos materiales, los temas asociados a la escasez, inflación o desabastecimiento de medicinas, sino que se habla de la reivindicación de la democracia y las aspiraciones de vivir en libertad. Y hemos visto manifestaciones concretas de eso, cuando en el Valle el alcalde Jorge Rodríguez fue a repartir bolsas del Clap, la gente lo sacó de allí.

Lo que ha sucedido es que se ha articulado políticamente la protesta social. Entonces, cuando la demanda social adquiere una motivación política, esa demanda busca otro tipo de resultados, la gente no quiere un Clap, quiere que cambie el Gobierno, porque a través del cambio de Gobierno y de políticas se hace posible que no me tenga que llegar ningún Clap porque hay alimentos en la calle.

¿Qué sucede si el Gobierno no cede ante esas solicitudes?

— Para el Gobierno no ceder implica desconocer estas demandas básicas que hoy está haciendo la población y está articulando el liderazgo político. Yo creo que el Gobierno pasó el punto de no retorno, en el sentido de poder lograr que cambios en el Gobierno puedan satisfacer a la población, hoy lo que se está buscando es un cambio de Gobierno. Y la oposición tiene que ser muy cuidadosa en como maneja esas expectativas porque, hasta ahora, alternativas como las elecciones generales no tienen ningún asidero en el marco normativo constitucional venezolano, sería algo que tendría que nacer de una iniciativa extra constitucional que es complicado plantear sin que devenga en frustraciones.

Por otro lado, el liderazgo tiene que ser muy claro en que si están pidiendo elecciones en la calle y las llegan a dar, no puede decir que no las quiere. La oposición tiene que socializar el mensaje según el cual las elecciones son una conquista de la lucha de calle y no una traición. Y que esta lucha tiene que trascender la calle, la calle no puede ser un fin en sí mismo, la calle es un medio.

“El liderazgo tiene que ser muy claro en que si están pidiendo elecciones en la calle y las llegan a dar, no puede decir que no las quiere”

¿Y estas demandas de la población no son muy inmediatistas?

— Allí viene la responsabilidad del liderazgo político. Yo celebro que haya demandas concretas pero existen dos fantasmas de que la oposición tiene que combatir. El primero es el de la violencia, que empieza desde Gobierno con la intención de justificar la represión y cohesionar a las fuerzas internas del chavismo.

En segundo lugar la oposición tiene que saber manejar las expectativas de la gente. Si algo positivo puede salir de llevar casi dos décadas de Gobierno chavista es aprender de los errores del pasado. Hemos visto como hablarle a las gradas, solamente buscando aplausos no trae resultados. Yo creo que la oposición ha madurado pero existen unas altísimas expectativas con esta agenda de lucha, sino se corre el riesgo de generar frustraciones y de verse deslegitimada y mermar la capacidad de convocatoria que está en su mejor momento.

Y si la solución no es inmediata ¿la gente no se va a cansar de protestar?

— Obviamente se corre el riesgo de agotar este formato, pero si tú mantienes metas concretas como ir a las instituciones responsables eso ayuda a que la mentalidad del “todo o nada” no sea la que impere. Hay  por supuesto desafíos enormes, el Gobierno está jugando a que la gente se canse y que al cansancio le siga la frustración.

De nuevo, esto no es una marcha sin retorno aquí lo que sea está exigiendo es respeto a la constitución. Y cuando se ven los pronunciamientos de Maduro se puede notar que las protestas ya han hecho mella y han abierto unas diferencias que ya existían. La protesta está logrando que el régimen se tambalee con desafecciones a lo interno. Ya ha tenido que convertir a las milicias, a los paramilitares, y a la Fuerza Armada en su bastión, en su nuevo partido de Gobierno, porque pareciera que la erosión de la popularidad del Psuv es hoy irreversible. Esto es algo que tiene que estar frustrando muchísimo porque están viendo cómo se ha dilapidado la herencia política de Hugo Chávez.

LA OPOSICIÓN DEBE DEMOSTRAR

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“El Gobierno está jugando a que la gente se canse”, asegura Fermín, investigador del Centro de Estudios políticos de la UCAB. Foto: JALH

El año pasado ya hubo varias protestas y movilizaciones de calle que luego acabaron por el inicio del diálogo ¿La oposición ha recuperado esa popularidad y confianza que tenía para “La Toma de Venezuela”?

— Esta jornada de movilización de calle ha permitido un proceso de relegitimación del liderazgo. La gente está viendo a los líderes a su lado, tragando bombas lacrimógenas, teniendo que ser socorridos por la represión del Estado y hasta perseguidos por el Gobierno. Esa conducta de ponerse en primera fila y servir como ejemplo es la conducta de un dirigente.

Ahora, lo que queda más allá de la acción de calle es conducir políticamente lo que viene para que haya un cambio de régimen. La calle puede servir como un instrumento de presión importante para el cambio pero sin duda tienen que haber mecanismos de concreción política. La MUD sabe que no tiene el monopolio del descontento, aunque es la que marca tendencia como la principal fuerza política opositora, le toca ser responsable con sus mensajes y le toca ver como la repercusión política que esto tenga sea bien recibida por la ciudadanía.

Creo que otra de las ventajas que tienen la oposición ante los ojos de la gente es que se les está viendo unidos. Esa unidad, que aún tiene que trascender a la MUD, es esencial para que cuando toque elecciones regionales la oposición pueda reivindicar ese llamado electoral, sin que los acusen de querer solamente unos cargos.

Si este escenario de calle se concreta en unas elecciones o en una nueva mesa de diálogo ¿Qué garantía de confianza se le puede dar a la gente?

— Una mesa de diálogo no es una gente sentándose a tomar café y por fin a hablarse, ni es para ver quien jode más al otro. Un diálogo tiene que tener exigencias concretas y esas exigencias están en el marco de la constitución. Aquí tiene que haber, en primer lugar, un respeto a la voluntad de los 14 millones de venezolanos que votaron por una Asamblea Nacional.

Necesitamos recomponer institucionalmente la República, aquí tenemos un TSJ designado de manera irregular y un CNE que actúa de manera orwelliana, en vez de convocar a elecciones, su misión es impedir que se realicen. Pero, en esa misma línea, ahora le toca a la oposición demostrar que no solo puede sino que sabe ir más allá del diagnóstico y sabe dibujar una propuesta de futuro compartido de país.

“La movilización de calle ha permitido un proceso de relegitimación del liderazgo”

LUCHA NO VIOLENTA

Para esa lucha de calle usted ha hablado de la necesidad de adoptar una estrategia no violenta ¿En qué consiste?

— Protesta no violenta no es lo mismo que protesta pacífica, porque pacífica puede tener una connotación pasiva, y na no violencia se basa en un principio enfocado en la acción. La no violencia descansa en la participación masiva y organizada de las personas y en las ideas de la no cooperación y la disrupción, se trata de ir agotando las fuerzas del régimen para reprimir y en subirle los costos de esta represión.

La no violencia es mucho más efectiva en luchas por un cambio de régimen para abrir las puertas a la democracia. Hay un estudio que demuestra cómo, cuando se trata de cambio de régimen, el 61 % de las protestas fracasan, frente a apenas el 17 % de las protestas no violentas que fracasan. Ese trabajo, de  las investigadoras Erica Chenoweth and Maria Stephan,  toma en consideración desde 1900 hasta 2006 y también prueba que es justamente contra gobiernos represivos y con alto grado de centralización que la no violencia funciona mejor. Estamos hablando de casos terribles en la historia donde ha habido genocidios como Serbia, Ucrania, Túnez, Filipinas, Sudáfrica y Egipto.

Esas democracias que son resultado de procesos de transición no violentos tienden a ser más duraderas y estables que las democracias que resultan de procesos violentos que dejan heridas abiertas en la población. También la protesta no violenta suele contar en promedio con 150 mil miembros más que la protesta violenta y eso es porque la no violencia baja los costos de participar y eso llama más gente. Esto es importante porque la participación es uno de los elementos claves para que la protesta sea exitosa en la consecución de un cambio. Entonces, lejos de lo que la frustración y la indignación pudieran sugerir, la violencia no es ni de lejos la mejor manera de hacer que un régimen como este se tambalee.

¿Cómo se pueden calificar estas jornada de protesta como no violentas cuando ya hay más de 30 muertos, más de 400 heridos, además de represión y enfrentamientos constantes?

— La violencia está siendo promovida desde las fuerzas del Gobierno para desvirtuar las protestas y poder justificar la represión. Hemos visto episodios de violencia esporádicos en las primeras manifestaciones, sin embargo el llamado político de la protesta ha sido no violento y el comportamiento del grueso de los ciudadanos que están protestando también ha sido no violento. Lo que pasa es que hemos tenido enfrentamientos y saqueos que no forman parte de la agenda política de quienes protestan.

Hay casos que son llamativos, porque un Gobierno que se ha enfocado tanto en reprimir al más mínimo movimiento ciudadano en la calle da luz verde a la hora de permitir saqueos y violencia callejera a tiro limpio. Eso da mucho qué pensar porque, generalmente, la estrategia que tienen los regímenes para combatir la protesta no violenta es manchándola de sangre, y una de las maneras que tiene de hacer eso es infiltrando gente en las manifestaciones.

“la estrategia que tienen los regímenes para combatir la protesta no violenta es manchándola de sangre”

¿Se corre ese riesgo?

— Sí, el peor enemigo para el progreso del país es la violencia. Es el mayor obstáculo que tenemos no solo en las protestas sino en la reconstrucción de la república venezolana. No tengo la duda de que el país que tiene que renacer de todo esto es responsabilidad de todos. Aquí, el gran éxito de la movilización es su carácter no violento pero cuando uno ve como han terminado algunas jornadas, la presencia de la violencia, alarma. Esa violencia solo le conviene a Nicolás Maduro. Por ejemplo, los represores hoy en día son unos chamitos que están pasando por exactamente los mismos problemas que todos, y que están viviendo en un choque de valores, entre la disciplina militar y su propia situación de vida.


ACTUACIÓN PARAMILITAR

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Además de los cuerpos de seguridad del Estado se están viendo actuaciones de civiles armados en enfrentamientos ligados a protestas ¿Se puede hablar de una actuación paramilitar en estos casos?

– La fuerza Armada Nacional venezolana tiene una historia muy rica, simbólicamente es el heredero de ese ejercito libertador. Por eso quien es militar de carrera y tienen un sentimiento profundo de orgullo, igual que con las fuerzas policiales, está sintiendo hoy una profunda vergüenza porque se está viendo subordinado expresamente a grupos oficialistas que son parapoliciales y paramilitares. Yo he visto con mis propios ojos cómo ante la presencia de esos grupos la policía se va, tienen la orden de irse porque saben que no pueden actuar contra ellos.

En principio la estrategia que se remonta a los círculos bolivarianos, grupos de choque que hoy ya tienen armamento sofisticado y que son el poder real de diversas partes de la ciudad. La buena noticia dentro de todo eso es que esos grupos representan una ínfima minoría incluso en el Gobierno; el grueso del chavismo no se parece a esa violencia. Esta es una mafia que está mantenida con anuencia del Estado, promovida desde el Gobierno y además fuertemente armada.

Cuando ellos empiezan a estar a cargo de la represión es para que no se le pudiera atribuir al Estado esa violencia, para lavarse las manos de la actuación fuera de la ley, hoy vemos cómo actúan sin cuidar tanto las formas. Eso no hay manera que no genere una profunda vergüenza y resentimiento dentro de los cuerpos militares y policiales. Estos grupos están haciendo el trabajo sucio del Gobierno y lo peligroso de eso es que va a incitar a más violencia. Ellos también tendrán que responder a la justicia.


Publicado en La Razón el 1 de mayo de 2017.

El mensaje aspiracional de los jóvenes que protestan en Venezuela

Amado Fuguet V.

Dentro del abanico de actores que están protagonizando las protestas en Venezuela, los jóvenes han asumido un rol de primera línea. Lo han venido desempeñando tanto a través de un liderazgo político emergente, como en la participación masiva, activa y creativa en las manifestaciones. Pero además, tienen gran incidencia en la generación de opinión e intercambio de información a través de las redes sociales, así como en asambleas y debates presenciales.

Con la bandera como símbolo de identidad, e izando su llamado al cambio, la nueva generación que ha transitado toda o más de la mitad de su vida en el período chavista-madurista, ha sido factor clave para el proceso de rebelión política que sacude al país y ha activado las alarmas internacionales.

¿Cuál es su mensaje central? Puede resumirse en lo que dice una de las pancartas que enarbolan: “No lucho por la Venezuela que fue, sino por la que será”.

La frase es una pieza que se inscribe en la narrativa de futuro posible que está en la visión de los jóvenes, para quienes la añoranza de tiempos mejores no es la bujía que los activa. Se inspiran más en lo que saben que está viviendo y construyendo su generación en otras latitudes, donde existen perspectivas de progreso individual y colectivo vedadas en el país.

Como bien lo dice el sociólogo Daniel Fermín: “Sin haber vivido en democracia plena, los hijos de la crisis salen a luchar por el futuro negado, por las oportunidades truncadas. Eso dice mucho del deseo libertario y de superación que existe en una juventud que, como toda la sociedad venezolana, es profundamente aspiracional. Allí hay un valor que se extiende a todos los estratos sociales. Hoy vemos a la juventud del Este y del Oeste de Caracas hombro a hombro protestando por su derecho a vivir mejor en democracia”.

Riesgo y modelaje

Los jóvenes del momento venezolano son tomadores de riesgos. Lo han demostrado quienes han buscado abrirse paso en el difícil entramado mundial, como parte de la diáspora impulsada durante todos estos años por la crisis del país, y que ha resonado con su presencia y presión en todos los rincones del planeta.

Pero la gran demostración de esta cualidad ha sido su protagonismo en las manifestaciones en todo el país. Exponen su vida, resistiendo los ataques represivos de militares, policías y grupos civiles armados. De los ya casi 60 fallecidos en las manifestaciones, la mayoría son jóvenes, promedian menos de 25 años. El grueso de los heridos y detenidos forman parte de esta generación.

Son muchachos deportistas, músicos, estudiantes, profesionales, trabajadores. Allí están casos como el de Juan Pernalete, víctima de un disparo directo a su cuerpo de una bomba lacrimógena lanzada por la Guardia Nacional, según lo reveló la Fiscal de la República. O el de Armando Cañizales, músico del Sistema de Orquestas Juveniles, caído en circunstancias parecidas.

Justamente, algunos de ellos protestan interpretando con su instrumento musical el Himno Nacional o el Alma Llanera en medio del caos y el sonido fatal que emiten los cuerpos represores. Ejemplo emblemático es el del joven Wuilly Arteaga, cuya reacción tras haberle sido arrebatado y destruido su violín por un guardia nacional, conmovió a toda Venezuela.

Otros lo hacen a través de interpretaciones teatrales sobre el impacto de la represión, o a través de videos que mezclan mensajes de reclamo y de esperanza.

Fermín, quien es profesor de Sociología en la Ucab, destaca que los jóvenes están representando la luz en medio de la oscuridad.

“Su empeño le ha recordado al país que la solidaridad sigue siendo el faro que guía a los venezolanos, el signo de nuestra idiosincrasia. Y también han recordado al país que hay gente preparada y preparándose para asumir los retos del Siglo XXI. Esta es la juventud que perdió amigos y familiares al hampa y en el Cruz Diez de Maiquetía, y hoy alza la voz por las reivindicaciones que permitan vivir una vida plena en su país”.

A su juicio, han sido forzados a madurar muy pronto y representan la superación de las adversidades más duras, no solo la de las condiciones materiales, sino las mismas derivadas de la arremetida represiva.

“La juventud da el ejemplo hoy, en una sociedad que tiene una profunda crisis de confianza, de que la solidaridad está vivita y coleando, y con ella la esperanza y la superación de las adversidades, de que sí se puede. Son la vacuna contra la desesperanza”, agrega.

El liderazgo emergente

Esta narrativa de coraje y de lucha por el futuro tiene varias expresiones en liderazgos organizados. El movimiento estudiantil es uno de ellos. Si bien a ratos pareció desvanecerse en épocas recientes, ha emergido con fuerza en la crisis.

Los estudiantes han sido el epicentro de movilizaciones no solo en Caracas, sino también en varias ciudades del centro, oriente y occidente del país. Su impacto es tal, que cuando hay marchas desde las sedes universitarias, las salidas han sido bloqueadas con tanquetas y los manifestantes reprimidos. Y en varios casos han sido objeto de allanamientos, como sucedió en la UDO de Bolívar, con víctimas fatales.

El movimiento estudiantil, que en las encuestas siempre aparece como entre los primeros con mayor confianza entre la gente, tiene especialmente un rol relevante en el desconocimiento al proceso constituyente que consideran un gran fraude: aunque las distintas federaciones de centros han sido electas por las bases, ya han denunciado que serán desconocidas en el modelo sectorial que manejan el gobierno y el CNE para la escogencia de constituyentistas.

Otra de las expresiones clave es el liderazgo emergente representado por los diputados opositores y dirigentes juveniles que en su mayoría precisamente tienen su origen en el movimiento estudiantil. Han estado presentes activamente en las calles, a la vanguardia, realizan asambleas con las comunidades, y son voceros de gran impacto en el debate público.

Especialmente, le han dado un rostro más fresco y dinámico a los partidos políticos, que se han nutrido de ellos. Pizarro, Guevara, Olivares, Requesens, Patiño, Smolansky, Barrios, Mejías, Arellano, Stalin, son algunas de las figuras, entre muchas otras, que están conectadas con los jóvenes e incluso los de otras generaciones estableciendo lazos de identidad.

Conectados y organizados

Entre los atributos que caracterizan a los jóvenes que protagonizan esta gran movilización, hay dos que destacan: saben cómo conectarse y procuran actuar organizadamente.

Manejan instrumentos comunicacionales con soltura, especialmente las redes sociales, para generar intercambio de ideas, difusión de información y coordinación de acciones.

Sus narraciones viajan entre lo analógico presencial y lo digital. Debaten cara a cara, pero al mismo tiempo tienen la agilidad de montar videos usando los canales 3.0.

Pero además se percatan con mayor prontitud de los ataques y montajes que en esos mismos medios se disparan desde las plataformas oficiales.

Por ese alcance que tienen, han generado un impacto que ha sido y será fundamental en el desenlace de las protestas que se escenifican en el país.

Por algo el Arzobispo Ovidio Pérez Morales les transmitió esta semana un mensaje en su cuenta Twitter: “Cuando veo a tantos jóvenes soñando y luchando por un país nuevo, uno rejuvenece y sueña también. Dios los bendiga, ilumine y fortalezca”.


Publicado en El Estímulo el 25 de mayo de 2017.

Represión y jiu-jitsu político

50 días de resistencia. 46 venezolanos asesinados por fuerzas militares, policiales y paramilitares. Cientos de heridos y encarcelados. La cifra aumenta todos los días, en una espiral terrible, dolorosa. La respuesta del régimen a la rebelión popular por la democracia ha sido implacable, inescrupulosa. Bajo el nombre de Plan Zamora ha desatado una arremetida criminal de asesinatos sistemáticos y persecución. Apuestan por aplastar la protesta y, en el camino, por desvirtuarla y deslegitimarla, intentando recuperar la cohesión de sus fuerzas, hoy llenas de fisuras ante las pretensiones cada vez más autoritarias del poder y el peso de la presión del pueblo en las calles.

La represión ha sido brutal. Y es que cuando un régimen, como este, depende solamente de la violencia para asegurar la obediencia y la cooperación de los ciudadanos, cualquier desafío a la autoridad va a encontrar en la represión la respuesta segura. Perdieron el favor popular, y con ella la competitividad, por lo cual se desbocaron hacia la dictadura franca. Les ha costado aliados, dentro y fuera del país. Hoy el mundo está claro, más que nunca, de lo que sucede en Venezuela. No hay lobby millonario que tape la realidad.

La represión es especialmente costosa para el régimen, dada la naturaleza no violenta del grueso de la protesta. La no violencia, como hemos expresado con anterioridad, no es una técnica para “otras realidades”, unas en las que existe un gobierno respetuoso de la vida y de los derechos. Al contrario, la no violencia es efectiva particularmente contra aquellos regímenes que, como este, están dispuestos a reprimir violentamente a la población.  En este sentido, la no violencia crea una situación de conflicto asimétrico que conduce a que la represión tome un efecto de búmeran contra los represores de un pueblo desarmado, minando sus bases de apoyo.

En muchas oportunidades, la dinámica opera como el jiu-jitsu, el arte marcial que utiliza la misma fuerza del oponente para hacerle perder el equilibrio y caer. En los movimientos de resistencia, el jiu-jitsu político actúa de modo que, en lugar de responder a la violencia de los paramilitares y los cuerpos represivos con más violencia, lo hace con desafío no violento. Esto puede llevar a un efecto rebote de la represión, que debilita el poder de los represores y fortalece el de quienes resisten. Del mismo modo, el jiu-jitsu político puede llevar a que terceras partes, no involucradas en el conflicto, tomen partido por los agredidos. Adicionalmente, esta postura lleva, a menudo, al surgimiento de oposiciones internas en las filas del régimen e, incluso, al quiebre definitivo que lleve a estas fuerzas a apoyar la causa de la resistencia.

Aunque el jiu-jitsu político no ofrece garantías totales, es efectivo. Para que lo sea, sin embargo, la resistencia debe negarse de plano al uso de la violencia, ya que es en la violencia que el régimen se hace fuerte. El uso de la violencia dificulta la aparición de desafecciones internas. De modo que, aunque difícil, la persistencia no violenta es el arma más poderosa de la resistencia. Costoso, sí. Pero más costosa es la violencia…

¿Sobre qué fuerzas opera el jiu-jitsu político? Son, al menos, tres: En primer lugar, sobre la gran masa descontenta; luego, sobre quienes, tradicionalmente, han apoyado al régimen; y, tercero, sobre aquellos que se muestran neutrales o que, hasta ahora, no habían tomado partido por ninguno de los dos bloques en conflicto (uno, mayoritario, con la fuerza de la gente; el otro, cada día más solo, pero apoyado en la fuerza de las armas).

El régimen, a través de la represión, busca sacar a la gente de las calles. Ha ocurrido lo contrario. Y pese al inmenso dolor que producen las insensatas muertes de venezolanos valientes que salieron a defender la Patria, y a la rabia y frustración resultante, cada nueva manifestación suma cientos de personas que desafían al régimen y la amenaza de muerte a la que ha sometido a la población.

La resistencia es, en sí misma, un indicador de éxito de la movilización popular, una que sobrevivió no solo la represión, sino hitos de inactividad como la Semana Santa, que el régimen juró sería el fin de la manifestación del descontento. Que no quepa duda, hoy el chavismo está desmoralizado, se sabe dependiente de la represión y el control militar, y eso, lejos de brindarle seguridad, desnuda sus debilidades. Cada día se profundiza la erosión en las filas oficialistas. Son muchos quienes, a pesar de las afinidades ideológicas y la historia común, no están dispuestos a acompañar esto por el camino del exterminio fratricida.

La resistencia del pueblo venezolano ha sido admirable. Es el Bravo Pueblo, el del “cuero seco”, resuelto a ser libre y dándolo todo por la Patria. No hay espacio para la repolarización interna entre “radicales” y “moderados”. Tampoco podemos acusar de violentos a quienes devuelven una lacrimógena con un guante o se defienden con un escudo. Sin embargo, en estos momentos álgidos en los que el tufo de la guerra civil se hace sentir, urge reconducir los esfuerzos en aquellas instancias en las que la violencia ha asomado la cara. Y lo ha hecho en respuesta a la violencia promovida por el régimen. Aun así, no solo es condenable, sino que es ineficaz. Los saqueos, conatos de linchamiento y demás manifestaciones violentas le hacen un flaco servicio a la causa de la democratización. Son música para los oídos de un régimen despiadado que busca justificar, y justificarse, en la represión desmedida. Además, atentan contra la gente de trabajo, alejan la protesta del objetivo y favorecen al régimen.

La clave, entonces, está en la persistencia. No es sencillo ni es fácil de digerir. Pero frente  un régimen dispuesto a llevarnos a la guerra civil con tal de mantener el poder que solo puede conservar por la fuerza, la resistencia debe insistir en la no violencia, reconducir las energías de grupos que han sido llevados por la estrategia oficial a otro tipo de respuestas, y mantener el foco. No será fácil, pero lo contrario signaría tiempos infinitamente más difíciles para Venezuela, unos de los que, tal vez, no podría recuperarse jamás.

No podemos cerrar sin alzar la voz por la libertad de los presos políticos y el cese de la represión y el asesinato de nuestro pueblo. A los militares y funcionarios policiales: no sean cómplices de una camarilla criminal. Hay un futuro compartido de país por delante para quienes acompañen el clamor popular en el marco de la Constitución. La no cooperación no solo es una opción, sino que es un imperativo moral. Sobre los que den o sigan órdenes violatorias de los Derechos Humanos caerá el peso de la justicia.


Publicado en PolítiKa UCAB el 19 de mayo de 2017.

Resistir

Por más de cuarenta días, el pueblo venezolano ha resistido heroicamente en las calles. Es la misma protesta de siempre, y al mismo tiempo una protesta enteramente nueva. Es la de siempre porque alza la voz en defensa de la democracia, la libertad y la calidad de vida. Es nueva, porque ha cambiado la composición de la masa, que hoy se confunde en un mar heterogéneo de procedencias y reclamos y, sobre todo, porque hoy presenciamos la articulación política de la protesta social. Atrás quedaron la polarización política entre dos mitades, y las divisiones artificiales de clases sociales y puntos cardinales, asociadas a la filiación política. Es el país todo contra un pequeño grupo, tornado en casta conservadora de los privilegios y el statu quo.

No es fácil hacer el balance de la protesta, sobre todo porque casi cuarenta familias lloran hoy a las víctimas de la represión oficial y la arremetida paramilitar gobiernera. No son meros números ni estadísticas, son los nombres y apellidos de nuestros vecinos, amigos, hijos y compañeros; de los que salieron de sus casas a construir un futuro mejor y no pudieron regresar. Son hoy los mártires de la democracia del mañana. Sí, la protesta ha dejado un dolor profundo en el alma de la Nación pero, lejos de lo que podía apostar el aparato represor, el carácter decidido y no violento de la ciudadanía en las calles ha respondido a la saña criminal con más calle, más determinación y más protesta.

No han tardado en mostrarse públicamente las fisuras que la presión ha generado en el régimen. La Fiscal General de la República ha tomado una distancia considerable, retomando la senda institucional; voces del Polo Patriótico se levantan en defensa de la Constitución que el presidente pretende desechar por no servirle a su proyecto de dominación; la disidencia chavista ha protestado enérgicamente las pretensiones autoritarias del poder. Incluso efectivos policiales y militares, en el marco de la ley, alzan la voz en contra del abuso. Hoy la colectividad tiene el reto importantísimo de abrirle la puerta a la disidencia. No es el tiempo del “¡¿Ahora sí?!”, no es momento de pasar factura. Es el tiempo de la reconciliación y de la construcción de un futuro compartido.

También fuera de nuestras fronteras las grietas, producto de las desafecciones logradas por la protesta y el búmeran de la represión contra un pueblo desarmado, le ha restado aliados a un chavismo que se va quedando solo, asumiendo una posición cada vez más aislacionista y esquizofrénica en el tablero mundial.

Han sido días de avances importantes en la senda democratizadora. También días de profundo e inmenso dolor, el de la juventud truncada, el de la indignación y la rabia. Al final prevalece la luz, la que se asoma al final del camino con la promesa de un futuro mejor para todos los venezolanos.

¿Cuánto más puede durar esto? ¿Qué hay del agotamiento de las personas? No hay respuestas mágicas, pero la capacidad de resistencia de los venezolanos ha sido inspiradora para el mundo entero. Lo que sí es urgente es darle mayor conducción política a la protesta, socializar los logros, y plantear un punto de llegada, uno que incluya lo que, sea lo que sea, terminará ocurriendo: sentarse a conversar. Y en este contexto, la conversación será siempre con el otro, así el otro represente la cara más oscura del oprobio. Que se trate de una negociación con una agenda concreta y la presión de millones en las calles, y no de un show estéril es un desafío crucial para el liderazgo. Del mismo modo, es fundamental no ceder ante la violencia que, como hemos comentado, es el único terreno que favorece al régimen autoritario.

Mientras tanto, Venezuela resiste. Resiste el abuso y la represión. Resiste el atropello, la criminalización de la protesta y de la juventud, la vagabundería de funcionarios policiales y militares convertidos en viles bandidos que roban a la gente con las excusas que da la patente para reprimir. Y resiste lo que llevó a la gente a las calles en primer lugar: un país en ruinas, sin comida, a merced del hampa y con un gobierno divorciado de las necesidades de la gente, empeñado en un proyecto de control total ajeno al espíritu de la venezolanidad.

¿Y qué queda? Resistir, e insistir en las convicciones, en la tarea de construir un país distinto, sin odios, lleno de oportunidades para todos, abierto a la reconciliación. No queremos más muertes, no queremos más violencia. No queremos un gobierno enemigo de su pueblo. Lo que queremos todos los venezolanos es un país donde podamos vivir la vida que tenemos razones para valorar, en paz y en libertad. Que el esfuerzo y los sacrificios se cristalicen en una Venezuela libre y próspera es algo que la Patria sabrá recompensar a sus hijos, a los que luchan hoy y a los que la disfrutarán mañana.


Publicado en PolítiKa UCAB el 12 de mayo de 2017.

Foto: Shakira di Marzo

Los rostros de la esperanza

Luego de un mes de intensa movilización popular, cuyo reclamo inequívoco es el cambio de gobierno y una apertura democrática que permita mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, los venezolanos hemos recibido con indignación profunda la arremetida represiva del régimen de Nicolás Maduro. A pesar de la férrea censura, se han difundido videos, fotos y testimonios de brutales ataques militares, policiales y paramilitares a la población civil que, sin armas, protesta por un futuro mejor.

La violencia ha manchado de sangre la lucha de un pueblo y casi cuarenta familias lloran hoy a los héroes de la resistencia. Los costos de salida del poder de las cabecillas del régimen son hoy infinitos. Por esa razón lanzan a la policía, a los militares y a grupos armados a combatir a quienes tienen por única arma una pancarta y, a lo sumo, un escudo artesanal en cuyas tapas se leen mensajes por la paz y que apelan directamente a la conciencia de los soldados, a los que recuerdan que los crímenes de lesa humanidad no prescriben, que “seguir órdenes” no es una excusa aceptable en la Constitución que el presidente Maduro quiere desechar pero que sigue vigente, y en definitiva, que al final del día somos los mismos.

Hemos comentado en este espacio las ventajas de la lucha no violenta: su efectividad, sus efectos sobre la participación ciudadana, sobre la democracia resultante. Sin duda, la arremetida despiadada de la violencia no sólo busca intimidar y reprimir. También busca liquidar, exterminar al contrario. Pero, además, como también hemos advertido, la violencia busca generar respuestas violentas, que den pie a desvirtuar el reclamo popular, deslegitimar la causa democrática dentro y fuera del país, y justificar más represión.

Tientan al diablo. Hasta ahora, el grueso de la protesta se ha mantenido en los linderos de la no violencia, si bien la temperatura del conflicto ha suscitado algunas manifestaciones violentas. De resto, vemos a un pueblo buscando cómo defenderse entre bicarbonato y cartones, máscaras caseras, guantes que devuelven las bombas del odio y cascos que revelan el horror de las metras, balas y demás proyectiles que disparan con intención letal del otro lado de los escudos, ya no los caseros, sino los de verdad. Rogamos que la conciencia colectiva, profundamente cívica, resista el peine de la violencia, hija del régimen, único favorecido por el juego de fuerza, el único que puede ganar tras la erosión definitiva del apoyo popular.

Pero cuando el horror parece imponerse, cuando la arremetida parece demasiado, aparece la luz. Un destello en una valiente señora que a punta de dignidad hace retroceder un vehículo blindado; un resplandor en los estudiantes que, habiendo solo conocido a Chávez, se atreven a soñar y luchar por un país distinto, sin revanchismos, odios ni facturas. Ellos son los rostros de la esperanza, el lucero del camino.

Los ataques inclementes, las muertes sin sentido que han generado y el abuso de quienes usan las armas contra el pueblo han golpeado el alma de la Nación, pero no han quebrado la voluntad de cambio de los venezolanos que demuestran, una y otra vez, la determinación de protestar legítimamente por sus derechos. Sí, hay indignación, también frustración. Hay rabia, ira colectiva. Pero por cada paramilitar, mal llamado colectivo; por cada policía que, enlodando el nombre de la carrera policial, actúa como malandro, robando a la gente en la calle; y por cada injusticia existen estos, los rostros de la esperanza, los que nos hacen creer.

No es poca cosa, en el país de la desconfianza. Pero allí están, devolviéndonos la fe en la venezolanidad: los estudiantes, las madres, las religiosas. El grupo de primeros auxilios de la UCV, y los que han emprendido esfuerzos similares desde la UCAB y otras agrupaciones. El muchacho con su biblia. Los diputados, guerreando en primera fila. Los chamos anónimos, con su deseo irreductible de hacerse del futuro que el régimen ha negado. Ellos le dan hoy sentido a la lucha, nos recuerdan que, como país, no hemos cambiado tanto después de todo: que la solidaridad sigue siendo el faro que guía a los venezolanos, el signo de nuestra idiosincrasia. Que sí se puede, que hay talento de sobra, que hay manos para la reconstrucción en cada joven, en cada estudiante, en cada abuela y trabajador. Y eso, precisamente eso, es lo que mantiene la balanza del lado de la esperanza, y no de la entrega. Venezuela tiene con qué y tiene con quiénes: estos rostros de la esperanza, que anuncian la inminencia de un futuro prometedor para la Patria.


Publicado en Política UCAB el 5 de mayo de 2017.

La resistencia toma forma

Por CARMEN VICTORIA INOJOSA CINOJOSA@EL-NACIONAL.COM | CLAUDIA SMOLANSKY CSMOLANSKY@EL-NACIONAL.COM
30 DE ABRIL DE 2017 09:40 AM | ACTUALIZADO EL 30 DE ABRIL DE 2017 11:33 AM

Caminan entre aplausos y bendiciones: “Sí se puede, sí se puede”, “valientes, valientes”, gritan los ciudadanos mientras les abren paso. Son muchachos entre 20 y 25 años de edad. Tienen nombres y apellidos, pero los reconocen como “la resistencia”. Se les ve en la primera línea de las manifestaciones, flacos y sin camisa, con la franela convertida en capucha y guantes para recoger las lacrimógenas y devolverlas. Tienen el arrojo del que pareciera no tener nada más que perder.

“La verdad es que solo somos venezolanos que nos duele nuestro país y que queremos un cambio. Marchamos como cualquier otra persona, hasta que comienza la represión”. Están integrados en varios grupos. Algunos se conocen desde las protestas de 2014, que fueron menos masivas, más llenas de barricadas y trancas sin objetivos claros. Otros son amigos desde antes y hay quienes se han unido recientemente a este movimiento. Los que han ganado músculo en las manifestaciones de estos cuatro años de conflictividad en aumento, a lo largo del gobierno de Nicolás Maduro, establecen diferencias. Dicen que antes existía algún tipo de negociación con la policía. “Ahora no nos dejan acercarnos. Apenas nos ven, disparan”.

Su rol, aseguran, es proteger a los manifestantes para que se mantengan en la calle y evitar que la policía avance y gane terreno. También sacan y asisten a los que resultan heridos. Como grupo intentan mantenerse juntos y en alerta cuando cruzan la línea de fuego. Estudian diferentes vías de escape, la dirección del viento para saber hacia dónde van a lanzar las bombas cuando las recojan y vigilan para evitar emboscadas. También llevan un kit de protesta –máscara, agua, guantes, lentes, Maalox y en algunos casos, cascos. Se enfrentan a los guardias antimotines, escudados en lo que la calle les ofrece, alguna defensa de la vía, una señal de tránsito, un bloque de acera. “Cuando escuchamos las primeras detonaciones, nos ponemos nuestros equipos. Mientras que las personas se devuelven asustadas, nosotros seguimos adelante”.

La comunicación es a través de señas: “Cuando alzamos la mano significa ‘estamos aquí’. Si no vemos la seña, recurrimos al teléfono. Pero siempre establecemos un punto de encuentro”. Además de lesiones por perdigones o bombas, algunos llegan a sus casas con tos, diarrea y dolor de cabeza por la inhalación del gas. También reciben atenciones de parte de los manifestantes. Desde agua hasta platos de comida y las abuelas, que muchas se han visto en la primera línea con los jóvenes, son las más expresivas: los encomiendan a Dios y les cuelgan rosarios. “Valoramos que estén ahí tantas horas bajo el sol, tan vulnerables a la represión. Ellas también son valientes”. En la marcha del 20 de abril, unas señoras llevaron una olla de arroz y le dieron de comer a todos los que estaban adelante y otra les repartió chupetas.

Los amigos, familiares y sus parejas también permanecen atentos, aunque reconocen que la mayoría de sus familiares no están conscientes de que ellos son el grupo de la resistencia. Cada día aparecen nuevos personajes que sorprenden con sus acciones en medio de la línea de fuego al estar cara a cara con las fuerzas de seguridad del Estado o al llevar un mensaje durante la marcha. La resistencia en la calle empieza a tomar forma.

“Son hechos que están cargados de un profundo contenido simbólico. Este elemento es radicalmente importante cuando de enfrentar a una autocracia se trata. Los símbolos sintetizan, conectan, expresan ideas y sentimientos; no requieren explicaciones, de ahí su enorme poder motivador”, explica el doctor en Ciencias Políticas y especialista en conflicto, Miguel Ángel Martínez. Estas escenas, agrega, “ayudan a mantener viva la llama de lucha y esperanza al expresar valores, coraje, dignidad”.

Abril termina con una intensa jornada de protestas masivas –alcanza más de 12 grandes convocatorias– que comenzaron tras la publicación de las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia que otorga al presidente Nicolás Maduro poderes especiales y despojan al Parlamento de sus funciones, lo que la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, calificó como una “ruptura del orden democrático”.

El reclamo electoral, la activación del canal humanitario, la liberación de presos políticos, la destitución de los magistrados del TSJ y los llamados de atención al Poder Moral son parte de las exigencias de los ciudadanos en manifestaciones que han sido reprimidas por aire y tierra. Y aunque la resistencia civil no violenta se encuentra a prueba de balas y bombas lacrimógenas, la voluntad de miles de venezolanos se ha plantado en el cometido de lograr el cambio político en el país con acciones que –en comparación con años anteriores– muestran un rostro más fortalecido y buscan presionar al Poder Ejecutivo dada la carga política dentro de las demandas sociales.

Frente a un gobierno autocrático está una multitud que insiste en mantenerse en la calle pese a la represión y el uso exacerbado de la fuerza por parte de organismos de seguridad del Estado y grupos armados que son alentados, o por lo menos amparados, por el Ejecutivo. Los ciudadanos han logrado avanzar y atravesar Caracas. Esta presión aumenta en el interior del país y se extiende a zonas populares de la capital.

“Las manifestaciones de estas tres semanas lo que demuestran es que no son únicamente por la escasez de medicamentos y alimentos o por la inseguridad. Es también por la libertad y la democracia. La presencia de ambos elementos es lo que da una connotación distinta del pasado. No hay un divorcio entre la protesta social y política. Es casi unánime el sentimiento por votar”, explica el sociólogo y profesor universitario, Daniel Fermín.

A diferencia de 2014, cuando las jornadas de protestas estuvieron vinculadas a la emergencia económica, el liderazgo opositor no estaba unificado ni en la primera línea de las marchas tragando gas con los ciudadanos, todos los poderes estaban ganados por grupos afines al gobierno, todavía el chavismo era mayoría e internacionalmente la atención no estaba del todo sobre Venezuela. Pero en 2017 la situación ha cambiado.

Martínez señala que en este momento existe una mayor conducción de la movilización popular: “A la cabeza están diversos líderes y representantes, especialmente los más jóvenes. Se percibe un ‘repertorio’ más variado con iniciativas que denotan ingenio e innovación. Estos elementos han permitido que el liderazgo vuelva a conectarse con el sentimiento popular, que a estas alturas es de franco y mayoritario rechazo al actual régimen político. Se ha mejorado en la organización para resistir la represión y en la voluntad de construir una narrativa que dé sentido a la protesta”. Son precisamente las cabezas del movimiento estudiantil de 2007 –varios de ellos a la vuelta de 10 años ocupan curules en la Asamblea– los que han movido este abril de protestas.

Martínez agrega que existe un amplio reconocimiento, según las posiciones adoptadas por organismos internacionales, de que el gobierno venezolano es autocrático: “Las democracias del mundo ya no consideran al régimen de Maduro como uno más entre ellas”.

Al comparar con 2014, el fundador de Redes Ayuda, Melanio Escobar, asegura que “se observa una sociedad civil mucho más madura en sus protestas, que acata líneas de sus dirigentes políticos. Esto sucede porque ahora se ve a unos líderes explicándoles a los ciudadanos qué tienen que hacer, por qué y cuál es el resultado, lo que tampoco se veía antes. Están en la calle haciendo asambleas en sus parroquias, informando a la gente”.

El apoyo de los políticos y la apariencia de una Mesa de la Unidad Democrática verdaderamente “unida” son algunos de los factores por lo que manifestantes expresan que se sienten motivados y partícipes de una protesta distinta a cualquier otra en los últimos 18 años.

Resistencia activa

El liderazgo opositor no ha dejado de llamar a resistir de forma contundente pero pacífica. “Este carácter no violento, que ha hecho que la participación crezca y la represión se le devuelva al gobierno, está generando una severa crisis e indignación dentro de sus filas, de gente que no está dispuesta a acompañar esto. Porque los ciudadanos no están cediendo en su anhelo de reclamar sus derechos y aspiraciones”, explica Fermín. Y agrega que la resistencia activa tiene que ver con acciones de cooperación, organización masiva, desafíos que generalmente son respondidos con represión y que las democracias resultantes de estos procesos “suelen ser mucho más estables y duraderas”.

Aunque la resistencia no es del todo infalible, como señala Martínez, se trata de “un movimiento imperativo moral y político que debe ser asumido por toda sociedad sometida a regímenes de fuerza, y que desarrollada con la constancia necesaria termina por conectarse con otras dinámicas nacionales e internacionales que propician los cambios de régimen político”.

Las estadísticas demuestran que surten efecto. De acuerdo con Fermín estudios indican que los movimientos que se han tornado violentos han fracasado en 61% de los casos. Eso frente a 17% de fracaso de los movimientos no violentos.

La resistencia también expone la naturaleza dictatorial de cualquier régimen. “En vez de convertirlo en una pugna contra un Estado que intenta ‘poner orden’, demuestra un pueblo en resistencia que pide cuestiones legítimas y un gobierno que reprime sin motivo. Esto lleva a que se quebrante la moral de toda la estructura del Estado, desde los militares hasta los colectivos, que se cansen de reprimir porque son reconocidos como criminales y se terminen volcando contra el gobierno. Esta es la filosofía detrás de cualquier protesta pacífica”, dice Javier El Hage, director jurídico de Human Rights Foundation.

Para Martínez este ciclo de protestas ha dejado claro que el chavismo ya no goza como antes del apoyo de las zonas populares: “Esa es otra de las razones por las que al régimen le inquietan tanto estas movilizaciones. Esa indignación creciente se percibe y es natural que preocupe mucho al establishment político”, concluye.

Otros contextos

Los movimientos políticos contestatarios que se desarrollaron en países sometidos por los regímenes soviéticos, como los liderados por Lech Walesa en Polonia, Václav Havel en República Checa, y diversos nacionalistas de Ucrania, el Báltico, el Cáucaso y Asia Central, son un ejemplo de resistencia no violenta. “No cabe duda de que contribuyeron a minar progresivamente la estabilidad de regímenes que, además, eran una superpotencia mundial, así como de varios de sus herederos”, señala Martínez. Cita las iniciativas de Mahatma Gandhi en la India y la del movimiento de defensa de los derechos civiles y políticos que lideró Martin Luther King en Estados Unidos: “El efecto de la protesta organizada y constante fue la progresiva pérdida de confianza en quienes mantenían las políticas represivas, una ciudadanía movilizada y organizada, clamando pacíficamente el cumplimiento de lo que es justo”.


Entrevista publicada en El Nacional el 30 de abril de 2017.

Protesta, violencia y cambio político

Ha sido un mes convulsivo para los venezolanos. Desde que el cooptado Tribunal Supremo de Justicia pretendiera dar una estocada final a nuestra democracia maltrecha, consolidando en el proceso un autogolpe chavista, la fuerza de la gente se ha hecho sentir en las calles de todo el país. De manera contundente, millones de venezolanos deseosos de cambio han dado una lección de coraje cívico y, venciendo el miedo y una represión desmedida y criminal, han dejado ante el país y ante el mundo un testimonio firme e inequívoco de un pueblo resuelto a vivir en libertad.

Como siempre, la gente protesta porque se han cerrado los caminos institucionales de resolución del conflicto. Protestan los que llevan 18 años enfrentando el proyecto autoritario del chavismo, pero también los que se han desencantado en fechas más recientes. Incluso protestan quienes se consideran, aún, chavistas. A diferencia de episodios anteriores, no se trata de la mitad del país protestando contra el gobierno que representa a la otra mitad. Esta vez es, como lo llamábamos en nuestro Editorial pasado, el coro unánime del descontento enfrentado a una pequeña casta enquistada en los privilegios, el poder y lo turbio.

El éxito de la protesta ha obedecido, fundamentalmente, a tres factores: En primer lugar, a la presentación de una agenda clara. Para una oposición demasiado acostumbrada al “Maduro ¡Vete ya!”, reencarnado del “Chávez ¡Vete ya!”, las demandas por elecciones libres, reconocimiento a la Asamblea Nacional, liberación de presos políticos y apertura de canal humanitario representan un progreso importante. En segundo lugar, la participación masiva de los venezolanos ha dado a esta ola de manifestaciones una nueva fuerza. Y, en tercer lugar, el carácter decididamente no violento de la protesta ha significado un avance que ha reforzado y promovido el punto anterior. Un factor adicional está en la recuperación de lo simbólico: Venezuela está hoy conmovida e inspirada por un muchacho desnudo con una Biblia y una señora que se coloca en el camino de un vehículo militar; por unos muchachos, estudiantes de medicina, que salen a sanar las heridas del odio; por un pueblo llevado a la asquerosidad de El Guaire pero impoluto en su resolución. Ellos y muchos más son reflejo vivo de la dignidad humana.

Sin embargo, la cara grotesca de la violencia se ha asomado, promovida por el régimen. Organismos militares y policiales, junto a grupos paramilitares que actúan impunemente, se han lanzado ferozmente sobre un pueblo desarmado. El uso desproporcional de la fuerza ha dejado decenas de heridos; la represión indiscriminada ha cobrado víctimas en hospitales y escuelas; y la actuación criminal de grupos paramilitares y de la fuerza pública, violando los Derechos Humanos, ha cobrado la vida de 34 compatriotas.

La violencia, por supuesto, es promovida por el régimen para desvirtuar la protesta, para deslegitimarla a los ojos del pueblo y de la comunidad internacional, y para bajar los costos de represión, justificándola ante los efectivos policiales y militares y ante la sociedad en general. La violencia es hija del régimen y solo a éste le conviene. No pisar el peine de la violencia, a pesar de las frustraciones y la indignación, es esencial para el éxito de la movilización popular.

¿Hasta cuándo es sostenible este esquema de marchas y protestas? ¿Qué pasa con el agotamiento de la gente? ¿En qué va a parar todo esto?

La movilización que lleva ya un mes determinando la cotidianidad venezolana busca una transición a la democracia. Ha logrado articular políticamente la protesta social, de modo que la gente, lejos de contentarse con un CLAP, exige en cambio un nuevo gobierno que cambie la política económica para que no tenga que haber CLAP y la gente pueda comprar lo que quiera y cuando quiera en el abasto. La oposición ha logrado relegitimarse ante la población, colocándose en primera línea y asumiendo todos los riesgos de la persecución y la represión oficial y paramilitar. Pero existe, ciertamente, el temor de que la protesta sea insostenible en el tiempo, si bien sobrevivió el milagro de mantener políticamente activa y en la calle a la ciudadanía durante la Semana Santa.

La oposición debe aprovechar esta refrescada legitimidad para continuar dándole dirección política a la protesta. En ese sentido, debe marcar un punto claro de llegada, manejando responsablemente las expectativas de la gente y socializando el mensaje político. Un punto de particular importancia se refiere a lo electoral. La oposición debe dejar claro que votar no significa traicionar la lucha de calle, sino que votar es, precisamente, una conquista de esa lucha. También debe insistir en el hecho de que calle y voto no son mutuamente excluyentes, y que unas elecciones regionales y municipales son clave para desmontar la estructura clientelar del chavismo en las regiones y avanzar en el proyecto democratizador.

Del mismo modo, la oposición debe resistir la violencia proveniente de grupos criminales y cuerpos de seguridad del Estado. El sacrificio de 34 patriotas no debe ser en vano, y la violencia es un camino directo al fracaso de la protesta. La evidencia así lo certifica: los movimientos violentos, en promedio, tienen 150.000 miembros menos que los no violentos, ya que la violencia sube las barreras para la participación. Los movimientos no violentos fracasan en lograr un cambio de régimen 17% de las veces, frente a 61% de los movimientos violentos. Las democracias que nacen como resultado de movimientos no violentos tienden a ser más estables, duraderas y pacíficas que las que surgen de una disrupción violenta.

La protesta no violenta es efectiva, causa desafecciones y cambios de lealtades, y eso lo hemos visto durante este mes. La postura de la Fiscal General de la República y otros episodios dan muestra de fisuras en las filas del chavismo. La violencia es el pegamento que necesita el régimen para cohesionar nuevamente sus fuerzas.

¿Qué queda? Insistir. Insistir en la calle, con contundencia y en no violencia. E insistir en la resolución constitucional, pacífica y electoral del conflicto, presionando por elecciones a todo nivel y por el respeto a la separación de poderes y a la institucionalidad, alergias ambas del chavismo. Son días tremendamente difíciles para el país, en los que debe prevalecer la responsabilidad y la capacidad de conducción del liderazgo.

Queremos cerrar con un merecido reconocimiento a todos los venezolanos que hoy luchan por vivir mejor en democracia, especialmente a quienes han perdido la vida en defensa de la patria y a nuestros estudiantes, que nos llenan de orgullo y nos hacen sentir esperanzados en el futuro que hoy construyen para todos. Su dolor es nuestro dolor y sus sueños evocan el sentir de millones. Asimismo, reiteramos nuestro llamado a derrotar la violencia y a enfrentar con dignidad las pretensiones hegemónicas de quienes se creen, equivocadamente, dueños y señores de un pueblo que, como demuestra día a día, nació para ser libre.


Publicado en PolítiKa UCAB el 28 de abril de 2017.