Mujeres y niños de últimos

“¡Mujeres y niños primero!” reza el código de conducta ante una situación apremiante, particularmente la de un naufragio. Más allá de la conseja marina, los niños y las mujeres son considerados a menudo, no por sus capacidades ni sus cualidades sino por las profundas inequidades generadas por tendencias históricas de desprotección, discriminación y otros factores, como poblaciones vulnerables. Vale la pena ver, en ese sentido, cómo les va a las mujeres y a los niños de la patria bolivariana.

Un trabajo de Omar Zambrano, a propósito del Día Internacional de la Mujer, pone de relieve la terrible situación de las mujeres en la Venezuela de hoy. Hemos comentado recientemente, en este espacio, las espeluznantes cifras de pobreza en el país, y son precisamente las mujeres quienes se llevan la peor parte.

Se estima que las mujeres pobres superan a los hombres pobres en más de 350 mil personas. La participación de las mujeres en el mercado laboral es significativamente menor a la de los hombres. Además, las que sí participan ganan menos, en condiciones iguales, que sus contrapartes masculinos. ¿Cuánto menos? 30 puntos, según el Instituto Nacional de Estadística. Esta representa la mayor brecha de América del Sur.

¿Y los niños? El más reciente informe de CECODAP nos habla de un aumento de 52% en la violencia contra niños y adolescentes en Venezuela. En menores de edad, los homicidios aumentaron 12% con respecto a 2015, ubicándose en 1.150 casos. También se destacan 254 instancias de agresión por parte de los cuerpos de seguridad del Estado, 43,5% más que en 2015. La guinda: la escasez de alimentos, considerado por la organización como un nuevo motivo de maltrato infantil.

Son las mujeres y los niños. Y los ancianos, todavía haciendo cola para cobrar una pensión que no cubre las necesidades más básicas. Y las personas con discapacidad, y los enfermos. Para esta revolución humanista, atender la vulnerabilidad se encuentra a la cola de las prioridades.

En el país de las mujeres, este segmento de la población se encuentra discriminado, desasistido y golpeado por la inclemente crisis. Los niños y adolescentes, el futuro del país, están en jaque, entre las amenazas de la violencia y el hambre. El responsable de que nuestras madres y nuestros hijos estén hoy en esta situación es un régimen testarudo, incapaz de rectificar, entrampado como está en el dogma y los arreglos turbios.

Luchar por las mujeres, por su igualdad y dignificación, es luchar contra la pobreza y promover el progreso y el desarrollo de la nación. Luchar por la protección de los niños y adolescentes es arreglar hoy el país de mañana.

Y es que el cambio que anhela hoy la sociedad venezolana no es solo un cambio de nombres, siglas y colores, sino sobre todo el cambio de las condiciones que hoy golpean duramente a la familia venezolana y que la anclan al subdesarrollo. Emprendamos, en nuestra cruzada por el cambio político, la tarea de lograr los cambios que permitan, como en la vieja tradición, colocar a mujeres y niños primero. La sociedad sabrá recompensarlo.


Publicado en PolítiKa UCAB el 17 de marzo de 2017.

La revolución de las miserias

La coyuntura nos tiene de noticia en noticia. Los señalamientos –gravísimos– al vicepresidente por narcotráfico y terrorismo, la salida del aire de la cadena CNN producto de la censura oficial, la visita a la Casa Blanca de personeros de la oposición y la posterior declaración pública de Washington sobre Venezuela. No es para menos: pasa de todo y no hemos terminado de digerir la última noticia cuando ya hay otra nueva, peor, más increíble. Pero en ese trance permanente, a veces perdemos de vista los problemas estructurales, los que yacen tras 18 años de una revolución que, habiendo prometido acabar con la pobreza, hoy ha multiplicado la cantidad de pobres en todo el país.

Se han presentado los resultados de la última Encuesta sobre Condiciones de Vida, un esfuerzo que, desde hace algunos años, adelantan en conjunto la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar y la Universidad Católica Andrés Bello. La situación es trágica. 81,2% de los venezolanos, de acuerdo a este estudio, viven en la pobreza. Es una cifra que aturde, nunca vista desde la modernización de Venezuela. Hay que recordar que en 1998 cifras oficiales ubicaban la pobreza en 45% y que en 2014 esas cifras, también oficiales, ascendían a 48%. Lejos de las reivindicaciones cacareadas, esta ha sido una revolución de las miserias, en la que miles de familias venezolanas se enfrentan hoy, como nunca antes, a vivir en las más terribles circunstancias.

Si bien la superación de la pobreza es nuestro mayor reto como sociedad, los datos de la ENCOVI muestran que no es, ni remotamente, nuestra única causa de alarma. La seguridad sigue siendo un problema medular, sobre todo para los jóvenes. 76% de las 28.479 personas asesinadas en 2016 era menor de 35 años.

En la alimentación, vemos la misma película. Más de 74% de la población manifestó haber perdido casi 9 kilos en el último año y 86% admitió alimentarse a lo sumo dos veces al día. Y luego, algo que comienza a aparecer: 4% de los entrevistados que admiten padecer de desnutrición.

También en lo educativo los hallazgos son parcos y, de nuevo, son los más jóvenes los que pagan los errores y fracasos de la revolución: apenas 1 de cada 5 venezolanos entre 18 y 24 años del quintil más pobre tiene acceso a la educación, y esto se reproduce en los niños entre 3 y 5 años, donde, entre el quintil más pobre, la mitad no posee acceso al sistema educativo.

De modo que, 18 años después, ¿Qué fue de la revolución? ¿Qué hay luego de la mayor entrada de renta petrolera en la historia de Venezuela? ¿Qué legado dejó un sistema que tuvo todos los recursos y que gozó del control de todos los poderes y el favor popular? Lo que está a la vista no necesita anteojos: los venezolanos escarban de la basura para poder comer entre la resaca que dejó el fin del último espejismo petrolero y el festín de saqueo y rapiña que le acompañó.

Venezuela es hoy el país de la inequidad, de la pobreza, la malnutrición y la violencia. El país del “no hay”, de la anomia y la erosión del vínculo, de la crisis de confianza y de valores. Todo esto es el legado, todo esto el desafío de los venezolanos de hoy en la construcción de la Nación del mañana. Y es que hará falta el esfuerzo y la participación de todos los patriotas genuinos para lograr salir de esta, la revolución de las miserias.


Publicado en PolítiKa UCAB el 17 de febrero de 2017.

Venezuela’s Soaring Poverty Hurts Ruling Party’s Chances in Sunday’s Elections

Polls show ruling Socialists could lose as residents struggle with inflation and chronic food shortages

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By KEJAL VYAS
Dec. 2, 2015 7:58 p.m. ET

FILA DE TURGUA, Venezuela—Late President Hugo Chávez won loyalty by distributing hundreds of billions of petrodollars to lift millions of Venezuelans out of poverty. The money has run out for his handpicked successor, President Nicolás Maduro.

Less than three years into Mr. Maduro’s tenure, Venezuela’s economy is in shambles amid low oil prices, and poverty is more prevalent than it was when the leftist Chavismo movement took power nearly 17 years ago.

The country’s economic malaise has made poverty a central issue ahead of Sunday’s parliamentary elections, in which polls show the ruling United Socialist Party of Venezuela could lose its parliamentary majority as residents struggle with triple-digit inflation, chronic food shortages and a broad collapse in state welfare institutions that once handed out seemingly limitless cheap food and free housing.

“Instead of taking us out of poverty, this government has left us poorer than ever,” said Yamileth García, a school aide who has lived for 26 years in this impoverished mountainside enclave just south of the country’s capital, Caracas.

The struggles faced by the some 20,000 residents of Turgua, which has four public-health clinics but no doctors, reflect the nationwide decay in living standards that is pushing many Venezuelans back into poverty.

‘Instead of taking us out of poverty, this government has left us poorer than ever.’
—Yamileth García, a school aide

Many of the town’s residents live in tin-roofed, hillside adobe houses with limited supplies of water and power. The government-run Mercal market limits shoppers to buying one week’s supply of deeply discounted goods at a time, but recently it stayed closed for three weeks in a row. When it opened, it allowed customers a slab of beef each and otherwise offered only rice, pasta and powdered milk.

“This is not enough for a family,” Ms. García said. “We really need a change.”

A new study conducted by a consortium of Venezuelan university professors called Encovi says 76% of citizens are now living in poverty when measured by income, the highest level since 1975. That compares with a peak of 55% and a low of 21% during Mr. Chávez’s tenure.

Measuring poverty, tricky anywhere, is complicated in Venezuela by a dearth of data. Mr. Maduro’s government stopped publishing poverty statistics after it took over in 2013 and hasn’t released basic economic indicators like inflation or output since late 2014.

Adding to the puzzle is Venezuela’s cumbersome foreign-exchange system, which has produced four vastly different conversion rates for the U.S. dollar, making it difficult to compare Venezuelan incomes on an international level. At the official exchange rate of 6.3 bolivars a dollar, Venezuelans appear to be earning a strong $1,500 a month. But calculated at the black-market rate commonly used on Venezuela’s streets, the wage comes out to around $12 a month—half the income of the average Cuban.

The government’s price caps, which keep staples like rice and corn flour cheap, also cause distortions. Controlled items are scarce, prompting most Venezuelans to pay several times more than government-set prices on the black market.

A typical Venezuelan household needs to earn the equivalent of eight minimum wages to buy one month’s supply of food, according to research group Cenda. A recent poll by the Caracas consultancy Consultores 21 found nearly a third of Venezuelans unable to eat three meals a day.

“In general, the advances that they achieved under the government of Chávez have disappeared completely in the last two years,” said Daniel Fermín, a policy researcher at Andrés Bello Catholic University, who has studied the collapse in public services in Turgua.

The town is just a few miles from the capital, but few public buses brave the rough, semi-paved roads to get here.

In October, the government supplied three maroon Chinese-made Yutong buses to ease the isolation. But given the decrepit condition of the roads, local officials say it is just a matter of time before the new buses end up like the last three the government provided, rusting in a vacant lot because dollar shortages have cut the country’s capacity to import vehicle parts.

“The government just throws the buses at us without any maintenance support,” said Gustavo Cisneros, a community council spokesman. “It’s such a waste.”

The decline in living standards has become all too apparent for Ludiana Altuve, director of the privately run Mano Amiga La Montaña school here in Turgua.

After investigating teachers’ complaints that two students—aged 4 and 6—were turning up to class weak and disoriented, Ms. Altuve found the brothers’ family could no longer afford breakfast. The hungry boys had been asking for help from a school security guard, who himself could only sometimes afford to buy them food. The children were added to a free breakfast program run by a Catholic charity that now feeds more than twice as many students as a year ago.

“The problem is the government didn’t bring anyone here out of poverty by giving them an education or something sustainable,” Ms. Altuve said.

Rampant crime, another hardship that disproportionately weighs on Venezuela’s poor, has also hit her school and the surrounding community, turning the village into an anarchic breeding ground for violent gangs who recruit disillusioned youth and kidnap victims for ransom.

Last year, the body of a pro-government Caracas city councilman, Eliecer Otaiza, was found in Turgua with four bullet holes. One morning earlier this month, Ms. Altuve recounted, students arriving to Mano Amiga found the body of a man shot to death left at the school’s gate. In August, one of her teachers was murdered by a young family member who she tried to pull out of a gang.

At the state-run Creación Turgua School, located just up the hill, director Elvis Andrade says the 10-room facility is often hit by blackouts, and in recent weeks has been looted of a TV, three computer monitors, fans and even one of the building’s two water pumps.

“I try not to think about it too much and just push on,” Ms. Andrade said.

—Anatoly Kurmanaev contributed to this article


Publicado en The Wall Street Journal el 2 de diciembre de 2015.