Elecciones de concejales, rectificación y coherencia

En diciembre habrá elecciones para elegir a los concejales de los 335 municipios del país. Desde ya, distintos partidos y factores se debaten, nuevamente, entre participar o no. Acción Democrática, recientemente separada de la MUD, ha dicho que no participará. Gustavo Duque, alcalde de Chacao, ha declarado que sí lo hará, “para defender los espacios”. Desde la Concertación por el Cambio, y específicamente desde el movimiento Soluciones para Venezuela, hemos reafirmado que, así como participamos el 20 de mayo buscando abrir las puertas al cambio, lo haremos en diciembre para reivindicar el voto, la política, la lucha por la democracia y, particularmente en esta oportunidad, la descentralización y el liderazgo local, ese que, aunque poco mediático, representa el vínculo más inmediato con los problemas de la gente, y con las soluciones a esos problemas. Otras posturas ya se asoman por las redes: en diciembre solo debemos exigir elecciones presidenciales, en lugar de las municipales. Es la larga sombra del presidencialismo, del centralismo.

Hagamos memoria. En 2017, el grueso de la oposición representada en la MUD decidió no participar, con excepciones. Así como en las elecciones de gobernadores, en las municipales algunos partidos de la MUD reeditaron una estrategia, francamente deshonesta, de participar “sin mojarse”. Buscando el aplauso de las gradas y con su acostumbrado pavor a Twitter, lanzaron candidatos, pero advirtieron que estos estaban “autoexcluidos” de sus partidos. En las regionales, Acción Democrática ganó cuatro gobernaciones, pero, en lugar de celebrar el triunfo de sus representantes y darles el espaldarazo correspondiente, les sacaron el cuerpo. Puertas adentro, la estrategia fue “aguante, compañero”, mientras puertas afueras los sacrificaban, crucificados ante la opinión pública como chavistas, traidores, colaboracionistas, vendidos. Ya no eran adecos. Lo mismo en las municipales. AD, Primero Justicia, Voluntad Popular y otros lanzaron candidatos, pero en la misma onda de engañifa. “Autoexcluidos” estaban los alcaldes de Chacao, Baruta y El Hatillo, con el detalle de que no lo estaban. Todo fue un guiño al radicalismo y, peor, un engaño a la gente. Hoy toda Venezuela, o al menos la Venezuela empapada del tema político, sabe que los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, todos comprometidos con sus municipios, son de Primero Justicia. No se trata solo de los que ganaron. VP expulsó a Yon Goicoechea de su militancia al lanzarse a la alcaldía de El Hatillo. Perdió. Hoy está reincorporado, plenamente, a su militancia, sin explicaciones, sin más apuesta que la memoria corta de un pueblo con demasiados problemas cotidianos como para ocuparse, también, de la coherencia de los partidos. Es, apenas, un ejemplo entre tantos. También se sabe que los cuatro gobernadores “ex adecos” son en verdad adecos, como confirmó su Secretario General esta semana, explicando -o intentando explicar- que los autoexcluidos habían sido nuevamente incluidos por sus militancias en las regiones. Toda una -innecesaria, deshonesta- puesta en escena.

Volviendo a las elecciones de concejales, AD dice que no participará “por coherencia”, Duque (PJ) dice que participará “para defender espacios”. ¿Qué vendrá? ¿AD, PJ y el combo volverán a lanzar candidatos -obviamente suyos- diciendo hacia afuera que están expulsados para luego darles la bienvenida silenciosa del que nunca se fue? ¡Hasta cuándo tanto irrespeto a la inteligencia de la gente!

Ni la coherencia ni la defensa de espacios les importó el 20 de mayo, cuando le regalaron seis años a Maduro y su gobierno de hambre y ruina, lo cual asoma, lamentablemente, que en la decisión de no participar reinó la mezquindad, el interés personal, el “como no soy yo/no es el mío, que no sea nadie”, y no las razones que esgrimieron en público. Aclaremos: lo correcto es participar en diciembre, pero no es correcto el engaño continuado a los venezolanos. Lo correcto es hablar claro, decirle a la gente “hay que participar y vamos a participar en defensa del municipio, de la descentralización, del voto”. Pero están entrampados por la incoherencia, el radicalismo y la calle ciega de la inacción.

Han pasado casi dos meses desde las elecciones presidenciales. Son miles los venezolanos que no votaron, creyendo en promesas y fantasías que no se realizaron: era la comunidad internacional, que desconocería al gobierno y rompería relaciones inmediatamente con él. No pasó. Era la -indigna- intervención militar extranjera, y nanai. Era un “noriegazo”, y ahí está Maduro, de presidente, gobernando tranquilito mientras el país se cae a pedazos y los promotores de la estafa abstencionista miran al otro lado a la vez que sellan el pasaporte en sus “giras” internacionales. Nadie, de esa rosca, ha sido capaz de rectificar, de decir “esta boca es mía”. Y hoy, con las mismas condiciones, el mismo CNE, con un gobierno fortalecido por la suicida entrega de la abstención, hablan de participar “para no abandonar espacios”, o de “no participar”, dejándonos con la duda de si participarán autoexcluyendo a los que luego incluirán sin el más mínimo escrúpulo, tomando por tontos a los venezolanos.

¿Por qué votar en Chacao pero no en San Carlos? ¿Por qué en El Hatillo pero no en Atures? ¿Por qué los cuatro gobernadores y el puñado de alcaldes de la MUD, que gallardamente defendieron a sus regiones y municipios en 2017, no llamaron a votar en las presidenciales? Si advertimos que la abstención era un grave error entonces, hoy nos toca advertir otra tragedia: el establecimiento de “guetos” opositores. No importa que las condiciones sean idénticas a las de Guasdualito y Mamera, en Chacao, Baruta y El Hatillo se participa, para cuidar la intimidad de una parte de la oposición de clase media, y el resto del país que vea qué hace, ahí no podemos ir a votar, en nombre de la “dignidad”. ¡Tanto que costó comprender que Venezuela no era el Este de Caracas, para que terminen reduciendo a la oposición entre la quebrada Chacaíto y la principal de Sebucán!

En diciembre hay que participar, como había que participar en mayo, pero hay que participar con todo: rescatando el valor del voto, derrotando al abstencionismo que se traduce en inacción, desesperanza y antipolítica, planteando soluciones a los problemas de los venezolanos, en lugar de conformarnos con ser los reyes del diagnóstico. Valoro que el alcalde de Chacao, amigo, quiera defender a su municipio y promover un Concejo Municipal con el que pueda trabajar para lograr la mejor gestión posible, si bien fue decepcionante la manera como él, y sus colegas del Área Metropolitana, pasaron agachados en las presidenciales. Pero no debe condenarse al resto del país, al que se parece menos al San Ignacio y más (cuando tiene suerte) a Fe y Alegría, a la mala administración, por el empeño en el error y la incapacidad de rectificación, por no reconocer en público lo que hace tiempo reconocen en privado (ya en las presidenciales, ¡cuántos dirigentes de partidos abstencionistas no comentaban, en privado, “había que participar”, pero en público repetían el corito del engaño!).

Basta de jugar con la frustración de la gente, basta de temerle a la intolerancia de los radicales y a los valientes de las redes sociales. ¡Hay que dar la cara por los venezolanos! Y para hacerlo hay que hablarle claro a la gente, ser transparentes. No más engaños. El 9 de diciembre nos tocará elegir a nuestros representantes, a los que controlarán al Ejecutivo municipal en 335 localidades, en el nivel más próximo, más directo de gestión, el que más nos afecta, el que más nos toca. Vamos a presentar a los mejores, a apoyarlos, a interpelarlos una vez electos. Pero exijamos también a los que nos trajeron por el despeñadero de la abstención que no engañen más a la gente, que no insulten más la inteligencia de los venezolanos. Y nosotros, reflexionemos, porque tampoco podemos continuar dejando que nos la insulten en la cara.

Es la hora de la rectificación. El liderazgo político tiene una gran responsabilidad. En la MUD eligieron, mediante la abstención, a Maduro presidente porque les gustaba más que Falcón. La abstención, justificada en mil razones, no funcionó. No insistamos en el error. Rectifiquemos, vamos al reencuentro de la gente y elijamos Concejos Municipales que legislen y controlen los asuntos que afectarán nuestra calidad de vida desde el momento en que abrimos la puerta de nuestras casas.  Esta elección es importante, no caigamos en el simplismo del «todo o nada» ni en la trampa centralista. Vamos a votar, a defender el voto y al municipio como espacio de resistencia democrática. Lo demás, quedó demostrado, es un engaño.

Sobre la democracia iliberal

No hay un único concepto de “democracia”. Si bien es común su asociación con “el gobierno del pueblo”, lo que eso significa es fuente de creciente debate en el mundo de hoy. En ese sentido, la democracia liberal, una vez pensada como el destino final de las ideas y movimientos democráticos tras la caída del muro de Berlín, aparece hoy como apenas una de varias formas de organizar y administrar lo que llamamos democracia.

Otros modelos aseguran ser democracias “auténticas” o “reales”, en contraste con la propuesta clásica, liberal. Para muchas de estas concepciones alternativas, los límites que la democracia liberal coloca sobre sí misma más allá de la dinámica electoral que determina quién tiene la mayoría (separación de poderes, estado de derecho, protección de derechos básicos) constituyen en realidad obstáculos para la democracia real, una que asegura moverse de manera rápida y efectiva, sorteando trabas burocráticas y controles “innecesarios”.

Los regímenes y líderes que apoyan esta línea de pensamiento han creado términos como “democracia soberana” y “democracia participativa”, como maneras de diferenciarse claramente del modelo Occidental de democracia liberal, y también como una manera de defenderse de acusaciones que los tildan de antidemocráticos por no adherirse a este modelo.

Aquí entra la democracia iliberal, un perturbador fenómeno emergente en la comunidad internacional. A partir de la rabia como fenómeno político y de las fallas reales y percibidas de la democracia liberal, la democracia iliberal se refiere a regímenes que, electos democráticamente, ignoran rutinariamente los límites constitucionales sobre su poder y privan a sus ciudadanos de las libertades y los derechos básicos. En estos regímenes existe una mezcla de elementos democráticos con un grado sustancial de iliberalismo, que se caracteriza por el debilitamiento de las libertades individuales, la propiedad privada y la separación de poderes.

electos democráticamente, ignoran rutinariamente los límites constitucionales sobre su poder y privan a sus ciudadanos de las libertades y los derechos básicos

No todos están de acuerdo con el concepto. Quienes rechazan la democracia iliberal como una contradicción de términos prefieren llamar a este tipo de gobiernos “autoritarismos populistas” y afirman que “todas las democracias son liberales”, sintiendo desconfianza por la “democracia con adjetivos”. Sin embargo, el concepto de democracia iliberal puede ser útil en tres sentidos: En primer lugar, como una forma de legitimación; en segundo lugar, como un concepto científico social que registra una aspiración o proyecto político; y, en tercer lugar, como un compromiso normativo.

Un asunto muy importante que se desprende de lo anterior es la relación entre democracia y libertad. Mientras que la democracia está ciertamente entrelazada con otros aspectos de la vida social, como el desempeño económico, su relación con la libertad puede ser compleja y en muchos casos determina el “adjetivo” del régimen democrático. Es en este sentido que algunos autores han escrito sobre el liberalismo constitucional como salvaguarda de la democracia liberal. De acuerdo a este planteamiento, el liberalismo constitucional aspira a proteger la autonomía y dignidad del individuo de la coerción, venga de donde venga. Paradójicamente, la fuente de esa coerción puede, en ocasiones, ser la “democracia”. Esto tiene implicaciones prácticas, por ejemplo, para la política exterior. Mientras que los países Occidentales se enfocan a menudo en promover elecciones en países en proceso de democratización, algunos proponen que estos países estarían mejor estableciendo un sistema constitucional que ofrezca un sistema de controles y equilibrios que sirva como marco para el desarrollo democrático. La clave aquí está en la limitación del poder, más allá de la realización de elecciones.

Sin embargo, cualquier arreglo institucional con miras a limitar y controlar al poder no puede asumirse con una postura prêt-à-porter, como demuestran estudios cuantitativos. En su lugar, un marco que pretenda establecerse en una sociedad debe considerar el contexto político, económico y social de esa sociedad si quiere tener éxito en su tarea, y en la tarea de proveer a la democracia liberal de mayor estabilidad. Del mismo modo, más allá del desempeño económico, el tipo de régimen (presidencial o parlamentario) y el grado de centralización afectan directamente la estabilidad y la salud del sistema democrático.

Aunque la democracia tiene hoy sobrados críticos, la proliferación de etiquetas como “democracia participativa”, “democracia real” o “democracia soberana” demuestra que el término democracia es aún tenido en alta estima por distintos tipos de regímenes y líderes políticos. Son pocos los países que no ofrecen al menos una simulación ritualista de elecciones y hasta los más brutales tiranos reivindican en su discurso el derecho del pueblo a gobernar, es decir, a participar de las decisiones públicas.

El iliberalismo no es una plataforma ideológica, sino una tecnología, una metodología para acceder al poder y para conservar el poder sin amarras. La naturaleza trans-ideológica del iliberalismo como proyecto autoritario se evidencia al observar cómo va unas veces de visos conservadores y otras en nombre de la izquierda. Así, la ideología se ve reducida a una especie de barniz discursivo de unos regímenes que no están motivados por lo ideológico, sino que aplican lo ideológico para justificarse en momentos concretos.

El iliberalismo no es una plataforma ideológica, sino una tecnología, una metodología para acceder al poder y para conservar el poder sin amarras

Son muchos los retos para la democracia, dada la emergencia del iliberalismo. Uno de ellos es la necesidad de encarar este fenómeno por lo que es, por lo que dice ser, y por lo que no es, entendiendo que se trata de un modelo que se dice democrático sin serlo, por el hecho de apelar a procedimientos propios de la democracia, pero que tampoco encaja en las definiciones que tradicionalmente tenemos de “dictadura”, “autoritarismo” o “totalitarismo”, a la vez que no es un simple “punto medio” entre una cosa y la otra. Analizar la democracia iliberal nos permite entender sus postulados, valores, técnicas compartidas, sus rasgos comunes, así como sus amenazas para la democracia, la libertad y la igualdad.

Del creciente desencanto con el desempeño democrático y la crisis mundial de la democracia que han permitido el ascenso de propuestas iliberales surgen también muchas preguntas ¿Se está reduciendo la democracia a la superficialidad de la mercadotecnia política? ¿Puede la democracia pluralista sobreponerse a los embotellamientos de la vetocracia y la polarización, que la hacen parecer lenta e ineficiente, afectando su valoración social y sus niveles de satisfacción entre el público? ¿Cómo pueden rescatarse la libertad y la igualdad de la pila de lo dado por sentado como valores centrales de la democracia en medio de esta creciente insatisfacción, de modo que no aparezcan como secundarios frente al desempeño económico o a la dinámica plebiscitaria? ¿Existe la necesidad de proteger a la libertad incluso de la democracia? ¿Cuáles son los límites de la soberanía, especialmente en relación a los Derechos Humanos y las libertades civiles? Y, quizás sobre todas estas cosas, ¿Cómo puede la democracia encarar la necesidad de democratizarse constantemente, especialmente en un mundo en el que muchos países luchan aún por las formas más básicas de democracia? Como hemos aprendido dolorosamente en muchos países, y como lo evidencia el desempeño de las democracias “iliberales” y de demás adjetivos, la democracia va mucho más allá de una concepción minimalistamente electoral.


Publicado en Proyecto Base, el 23 de enero de 2018.

¿Dónde está la política?

La gran conquista de la sociedad venezolana en el siglo XX fue la política. Esta hizo posible –y es siamesa de- la democracia. La política representó un avance sin igual para un país que se dedicó, durante todo el siglo XIX, a la guerra, al exterminio fratricida, a matarse entre sí.

Así, la imposición dio lugar a la negociación y al diálogo. Conversando se entendió la gente. Diversidad de actores, de intereses, de maneras de pensar se encontraron el la esfera política y, a través de la conciliación, trazaron los grandes acuerdos que permitieron dibujar, en la diversidad y la heterogeneidad, un norte compartido para Venezuela.

En la lucha de la civilización contra la barbarie, la política fue crucial. Y lo fue porque hablar de política es hablar de civismo, de resolver las diferencias de manera civilizada, sin violencia; de reconocerse y, sobre todo, de respetarse. No, no hubo un reparto de cuotas entre gente de superficialidad ideológica, que pensaba más o menos igual. Lo contrario, quienes se entendieron ayer en Venezuela representaban ideas contrarias, en algunos temas diametralmente opuestas incluso. Allí el valor de dibujar ese futuro compartido, no en la uniformidad, sino en la diversidad.

Por supuesto, la política entró en crisis: las instituciones no lograron responder al ritmo de los cambio sociales, incluso de los promovidos en positivo por ellas mismas; la corrupción; el rentismo; el papel de las elites; la crisis de representación. Esto y mucho más. Sobre sus ruinas surgieron el chavismo y el primer antichavismo antipartido, con un mensaje muy similar.

La antipolítica se instalaría en el imaginario, con consecuencias muy reales: la promoción del militarismo y la vuelta del “gendarme necesario”, el takeover de los dueños de medios de la actividad que normalmente compete a los dirigentes políticos. Hasta 2006, cuando la política fue retornando, tímidamente. No, no son antipolíticas las críticas a la política, a los políticos ni a los partidos. Sí lo son, sin embargo, los procederes intransigentes y contrarios al entendimiento, al reconocimiento del contrario, a la libertad de pensamiento, acción y asociación. Aunque lo digan los políticos, no hay política en exterminar al contrario, en volverlo polvo cósmico. Nada más lejos. Los desafíos del presente exigen una vuelta a la política, en medio de alarmantes exhibiciones de comportamientos pre y anti políticos que nos hacen preguntarnos, con preocupación, hacia dónde va esto…

El oficialismo no cree en la política. Su planteamiento participativo no es sino una pantomima tutelada y nariceada en el chantaje rentista. Hoy, cuando el modelo hace aguas y la popularidad se ha ido para no volver, es evidente: colectivos paramilitares, malandros y militares representan el sostén del régimen.

¿Y del otro lado? La existencia misma de la MUD representa un logro político. Con todas las críticas que puedan hacerse, justificadas y no tanto, poner de acuerdo a un abanico tan amplio de maneras de pensar, de partidos y hasta de egos, es una muestra política contundente. Que la MUD deba ampliarse, ir más allá de la rosquita ejecutiva y asumir una mayor conducción es cierto, pero no desmiente lo anterior.

En esta lucha de más de cien días, una lucha de resistencia, se ha agudizado el conflicto. Y justo cuando más falta hace, pareciera que el gran ausente es la política. La calle es un instrumento político, pero no puede sustituir a la política. Así, la calle genera presión, deja claro el mensaje de todo un pueblo, pero la calle no puede ser un fin en sí mismo. Tampoco la calle puede convertirse únicamente en una épica para el enfrentamiento heroico contra militares y malandros armados. La naturaleza asimétrica del conflicto lo imposibilita. La política debe recobrar fuerza para conducir esta lucha y los dirigentes deben orientar la acción colectiva planteando una agenda concreta y realizable.

El régimen ha sido inclementemente violento frente al clamor popular. Como respuesta, parte de quienes hoy protestan de diversas maneras en el país, en el desespero y la frustración, están convencidos de que la única manera de derrotarlos es en su mismo terreno. Sí, indigna y entristece la manera en la que supuestos sectores de izquierda celebran y ríen con la represión, las arremetidas paramilitares y el fetiche de la prohibidera; pero también preocupa, mucho, cómo muchos de quienes dicen luchar por la libertad pretenden imponerse a sus vecinos, a sus compañeros de lucha, con métodos que les hacen parecerse a lo que tanto dicen enfrentar. La intransigencia y la violencia no hacen sino afianzar las bases del chavismo, no importa cómo quiera llamarse quien las enarbole.

¿Dónde está la política? Quizás el título, por provocador, es muy duro. La verdad es que desde la Asamblea Nacional se han hecho intentos genuinos por encauzar políticamente el conflicto. Sobre todo la Consulta Popular del pasado 16 de julio representó un triunfo de la política. El resultado de esa jornada abrumadora plantea nuevos desafíos, incluida la negociación. Sin complejos, sin tenerle asco a la palabra. Venezuela no puede seguir siendo el país en el que gobierno y oposición no se hablan. Debe plantearse una agenda concreta, no un show, que siente las bases para resolver la crisis y superar el conflicto, dándole al pueblo la última palabra como dueño de su destino. Podrá decirse que al régimen no le interesa, y eso es verdad, y ese reto solo la política y la presión popular pueden encararlo.

Conducción, liderazgo, dirigencia. En corto, política. No serán los colectivos que amedrentan y asesinan los que llevarán al país al siglo XXI, pero tampoco los que, en barricadas, deciden que no les da la gana ni le importa la opinión del vecino porque sí, por malandraje de otro estrato o ideología.

Vamos pues, de vuelta a la política. Este país de todos tenemos que hacerlo todos. Nadie quiere una guerra, queremos paz y entendimiento. La política motorizó el más grande cambio social de la historia de Venezuela, es hora de que lo haga de nuevo.


El silencio de los inocentes

“¿Quién confía en el presidente Maduro? ¿Quién se siente identificado con el PSUV?” La pregunta es provocadora, sirve para abrir el tema de crisis de representación en una mirada sociológica al Estado, la política y las instituciones. La reciben entre risas. Nunca fue el oficialismo fuerte en las universidades. Si hay alguno, se guarda el secreto. No hablo de política en clases, respeto demasiado el salón y a los estudiantes como para ser de esos, a pesar de que siempre está a flor de piel, de que la materia se presta y siempre alguno intenta llevar la discusión por esos predios. Esta es la única oportunidad, abriendo este tema, en el que, para ilustrar el punto teórico, cedo y los complazco. Seguidamente, otra pregunta: “¿Quién confía en la oposición? ¿Quién se siente representado por la MUD, por sus diputados y dirigentes?”. Nadie levanta la mano. Esta vez no hay risas, sino silencio absoluto. No es el silencio de la indiferencia, sino el de la insatisfacción.

Es un salón de 70 personas, en una universidad de Caracas. “El futuro del país”, dice el cliché. Nada estadísticamente representativo, pero sí un buen grupo para ilustrar el espíritu de una preocupación. Hurgando, encontramos algunas pistas: no se preocupan por la gente sino por sus propios problemas, son ingenuos, no hablan claro, prometen y no cumplen, no saben enfrentar a la dictadura, no los conozco, no nos hablan de nuestros temas. Es una larga letanía, he desatado un demonio. La crítica crece, se retroalimenta. Cabezas asienten, onomatopéyicos “ajá” concuerdan en cada crítica. Nadie hace la salvedad, ninguno dice “pero no la tienen fácil…”.

La Mesa de la Unidad está en problemas si la gente común y corriente la siente ajena. Más si se trata de los estudiantes, siempre atentos, más que otros sectores, a la suerte del país. Sería fácil encontrar la explicación en la juventud de los estudiantes, en su supuesta indiferencia y apatía. “No les importa nada”. Así, la solución pasaría por dejar de escuchar reggaetón y dedicarse, en su lugar, a leer más la prensa. Dejar tanta holgazanería y comenzar a activar. Pero sería equivocado. Arrogante y equivocado. La juventud, principal víctima de la tragedia revolucionaria, se siente frustrada, cuando no engañada. No se siente interpretada por las élites políticas. Se siente abandonada a su suerte, y muchos esperan un golpe de gracia, algún hecho de fortuna que les permita fotografiarse los zapatos en el Cruz Diez de Maiquetía y buscar futuro en otras latitudes.

No tienen la culpa. Solo conocen esto: Chávez, Maduro, “la oposición” como categoría de identidad política. La peleadera, el deterioro de las condiciones de vida año tras año. Las promesas del inmediatismo y el desengaño que deja la resaca de las propuestas irresponsables del liderazgo. Son los hijos de la revolución, aun cuando jamás la hayan apoyado. Ellos, sí, los hijos de Chávez, y no creen en nadie.

Son los políticos los que deben ir al encuentro de la gente. Se han ensimismado y solo encuentran audiencia entre ellos: políticos hablándole a políticos. La gente desde la barrera, viendo el espectáculo mientras se las arregla para sobrevivir. Los peligros son evidentes: el germen antipolítico, la desvinculación con lo nacional, el engaño del claustro individualista como tabla de salvación, el engorde de la diáspora.

En el país donde hay crisis de todo, también existe una evidente crisis de representación. El liderazgo debe abocarse a la discusión abierta y transparente con la gente para construir, desde abajo, soluciones a los principales problemas del país. ¿Quién le habla a los jóvenes de cómo superar el sitio del hampa, de qué propuestas existen con respecto a una política habitacional que haga fácil acceder a un alquiler o a un crédito para una vivienda que les permita crecer e independizarse? Más allá del diagnóstico, ¿Dónde están las soluciones? Y así, con todos los sectores.

Los partidos no se fortalecerán cuando pase la “ola” del antipartidismo, lo harán cuando recuperen su condición de luchadores por el bienestar social y las reivindicaciones, cuando salgan al encuentro del venezolano de a pie, no con promesas vacías ni con planteamientos inalcanzables en los cuales ni ellos mismos creen, no para vender su marca y posicionarse como franquicias electorales, sino con el compromiso de organizar el reclamo ciudadano y cristalizarlo en un cambio, no de caras ni colores, sino que permita a la gente vivir mejor. Solo entonces se apropiarán los venezolanos de sus partidos y de sus políticos y los sentirán suyos. Solo entonces podrá romperse el ensordecedor silencio de los inocentes.


Publicado en RunRunes el 19 de enero de 2017.

Advierten que discurso de Maduro incita a los grupos violentos

El politólogo Luis Salamanca y el sociólogo Daniel Fermín afirman que el lenguaje de gobierno es más agresivo por la pérdida de apoyo.

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El discurso del gobierno ha subido de tono en las últimas semanas para imponer su autoridad y fuerza, afirman expertos. Coinciden en que el motivo es la pérdida de apoyo popular.
El politólogo Luis Salamanca advierte que en los discursos del presidente Nicolás Maduro y de otros funcionarios han aumentado los niveles de violencia, amenazas y manipulación. «En lo que va de año, dado que el oficialismo y Maduro han perdido apoyo y sustentación popular, se han recrudecido el discurso y la acción violenta».
Fermín asegura que el gobierno «ha intensificado un verbo violento en la medida en que se ve cada vez más solo».

Salamanca explica que en los sistemas no democráticos se busca la obediencia por medio de la fuerza, el aplastamiento y la coacción. En su opinión, el gobierno emplea esa táctica heredada del presidente Hugo Chávez.

Fermín expresa que es importante saber a quiénes se dirigen los mensajes gubernamentales. «A través de los espacios y las cadenas lanzan líneas discursivas a los cuadros más comprometidos del PSUV para que las bases sepan cómo contestar y defender al gobierno», indica. Añade que el lenguaje siempre tiene consecuencias prácticas y que hay grupos que toman las palabras como una orden y la ejecutan de manera violenta.

«Los apodos y las amenazas son una forma de violencia moral sobre el adversario que sirven para degradarlo y ponerlo contra la pared. Las palabras de Maduro sirven para incentivar a ciertos grupos violentos», advierte Salamanca.

El experto agrega que no se trata exclusivamente de un discurso violento, sino que el gobierno dispone de un dispositivo violento. «El chavismo nació de la violencia, de dos golpes de Estado, y luego ha mantenido la amenaza como último recurso para defender la revolución. Ellos manejan el tema de la violencia en varios planos, el de discurso y el de grupos armados y milicias armadas, y además las usan».

Salamanca considera que lo ocurrido a El Nacional es una forma de agredir y manifestar el desprecio impuesto por Chávez contra el adversario, ya que ponen apodos, señalan y luego atacan. Puso como ejemplo lo sucedido con el diputado Julio Borges, que fue golpeado mientras protestaba en el CNE. «Es una política peligrosa, y Maduro es de esa escuela. Ahora él le agrega elementos propio, como cuando usa la palabra ‘pelucón’, que no está en el diccionario».


Publicado en El Nacional el 18 de junio de 2016.

Los venezolanos quieren «que el liderazgo político guarde el palo»

Daniel Fermín: linchamientos llevan a «una erosión mayor del vínculo social entre los venezolanos»

El sociólogo de la UCAB afirmó que el Caracazo ocurre todos los días en las colas. Aseguró que el Estado «ha perdido el foco» y advirtió que el conflicto en el país va a seguir escalando si las demandas de la gente no son atendidas.

Daniel Fermín es la viva constatación de que “hijo de gato caza ratón”. Sociólogo de profesión y vocación pero también enamorado de la historia, se forjó entre dos P: periódicos y política. “Todos los días leíamos todos los periódicos”, rememora.

Su padre, el dirigente político Claudio Fermín, se enfrentó en los años 80 y 90 del siglo XX a las cúpulas de su partido, Acción Democrática, y se convirtió en el primer alcalde electo por el voto popular en el municipio Libertador (Caracas). Su mamá, Rosanna Álvarez, es “una caraqueña de Sarría”, mujer popular de pura cepa. Por su tía abuela, Mercedes Fermín, este profesor e investigador de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) conoció el valor de la democracia y del debate. “Venir de una familia que sufrió cárcel sembró en todos nosotros un profundo amor por la democracia venezolana y también por la sensibilidad social”, confía.

Los «lentes» de sociólogo, sumados a todos los nutrientes del debate político que absorbió en su hogar, le permiten a este joven de 31 años de edad poner en palabras lo que muchas venezolanas y muchos venezolanos observan a diario: el país se deshace entre reglas poco claras o ausencia de ellas, entre el envilecimiento de las relaciones sociales y el choque entre bloques políticos.

“En Venezuela hay anomia, pero no es reciente”, precisa Daniel Fermín en entrevista con Contrapunto. “La concepción original de anomia se refiere a la ausencia de reglas claras en la sociedad, y pareciera que es lo que está pasando ahora”. Incluso, aventura una premisa: “Para mí, El Caracazo ocurre todos los días”.

Un Estado roto

-¿Cuál es el punto de partida de la anomia?

-El debilitamiento de las instituciones, proceso que lleva más de 17 años. Tenemos más de 25 años con un debilitamiento sistemático, sostenido de las instituciones. La gente cada vez cree menos en las instituciones. Las instituciones no dan respuesta y por eso la gente toma la calle. Las cifras indican que hay protestas, linchamientos e intentos de saqueo porque la gente siente que protestar en la calle es la única manera de resolver los problemas.

-¿En la calle los resuelve?

-A veces sí, y habría que ver si en la calle la gente siente que obtiene más respuestas que por los canales regulares, porque además ve al poder de cerca, como no lo ve normalmente. El Estado ha abandonado progresivamente sus funciones. Es curioso que un modelo de Estado que lo controla todo no se haga responsable de nada.

-¿Por qué?

-Porque el de ahora es un modelo concebido para mandar y no para gobernar. Si hay una pata coja en ese proyecto, esa es la gestión pública. No se han mostrado capaces para gobernar, para gerenciar los problemas. Vladimir Lenin decía que la revolución eran los soviets más electricidad, pero a los camaradas actuales se les olvidó la electricidad. El Estado venezolano ha perdido el foco. Tenemos un Estado roto, que ha perdido el foco y las prioridades y que no es capaz de solucionar los problemas de la gente.

«La gente siente que protestar en la calle es la única manera de resolver los problemas», reflexiona

Justos por pecadores

Claudio Fermín es el primer referente político de Daniel Fermín. De su padre aprendió mucho; entre otras cosas, la necesidad de ser muy honesto en el salón de clases. “Los estudiantes no tienen por qué escuchar una paraulata antigobiernera”, enfatiza.

-¿A qué atribuye los linchamientos?

-Ha habido intentos y también linchamientos que lamentablemente se han concretado. Eso responde a que la gente está cansada de no recibir respuesta de las instituciones. En Venezuela hay una impunidad terrible, casi absoluta: se habla de 96% a 98% de impunidad. Si no hay más crímenes es porque los criminales no quieren que haya más crímenes. El sistema de administración de justicia no administra justicia, los policías están frustrados, hay hacinamiento en las cárceles. Debido a la altísima impunidad la gente siente que tiene que tomar la justicia en sus manos, pero esto es muy peligroso y negativo, porque pagan justos por pecadores.

-¿Hacia donde nos llevan los linchamientos?

-Los linchamientos nos llevan hacia una erosión mayor del vínculo social entre los venezolanos. Estamos en presencia de una profunda crisis de confianza, más que de valores. El venezolano sigue siendo una persona solidaria; el modelo de familia venezolana ha sido el último refugio de la gente.

-¿A qué se debe la crisis de confianza?

-La crisis de confianza tiene que ver con nuestra relación con lo público, pero también con la hostilidad que reina en el ambiente y a la que nos hemos acostumbrado.

Hallar puntos de encuentro

Daniel Fermín es contrario a poner etiquetas, porque “devienen en prejuicios”. Se mueve con igual soltura y amplitud entre chavistas y antichavistas. Predica con el ejemplo y rechaza que se quiera picar a Venezuela en dos toletes: el de “los buenos” y el de “los malos”, que cada bando se arroga para sí.

-¿Cómo recuperar la confianza?

-Los venezolanos tenemos que recuperar espacios y puntos de encuentro, más allá de la polarización política. Se nos ha querido decir que estamos partidos en dos toletes y eso no es verdad.

-¿Cuál es la verdad?

-Tenemos un país muy diverso, mucho más diverso de lo que muestra un resultado electoral. Tenemos que hallar puntos de encuentro. Hay un papel que deben cumplir el Gobierno y el liderazgo político y empresarial, que es dejar de apostar por la división del país. Que rememos en la misma dirección para salir de la crisis. El problema es que tenemos un gobierno que se alimenta del conflicto y que no tiene como foco la estabilidad ni el encuentro. El modelo actual busca la aniquilación del contrario y no el encuentro con el diferente. Para recuperar la confianza es necesario procurar el reconocimiento del otro y el encuentro con el otro.

-Si la oposición toma el poder, ¿se repetirá el mismo error?

-Sí, corremos el riesgo de que eso pase. El cambio que quieren los venezolanos no es un cambio de colores; no es ver quién tiene el garrote, sino que cambie la manera de hacer política con garrote. No es ver quién le da el palo al otro, sino que el liderazgo político guarde el palo. La gente no quiere un cambio de colores, sino un cambio en la manera de hacer las cosas. En los estudios recientes realizados en la UCAB hemos constatado que la gente está cansada de la peleadera política. Un país no puede avanzar dividido en dos mitades artificiales. Hay que aprender de las lecciones: el sectarismo debe ser desterrado del juego político en Venezuela.

Hay gente que apuesta por los militares como árbitros, alerta

El Caracazo de todos los días

-¿Qué espera la gente del Gobierno, del liderazgo del chavismo?

-Que nos saquen de esta crisis, que vuelvan las medicinas y los alimentos a los anaqueles; que los servicios sean públicos, porque ahora tenemos una privatización de facto por el abandono del Estado. El que logre dar respuesta a las necesidades de la población se ganará la confianza.

-¿Qué tanto podemos aguantar la situación de ahora?

-Hay gente que teme un Caracazo, pero para mí el Caracazo ocurre todos los días: El Caracazo ocurre todos los días en las colas, en las farmacias y en los hospitales. Todos los días se va descomponiendo un poco y se va erosionando más y más el vínculo social.

Daniel Fermín teme que la población, sometida a la olla de presión del presente, apueste por otro tipo de “salidas”.

“El venezolano no va obligado ni a la esquina. Hay que prestar atención a las demandas de la gente, porque de lo contrario va a seguir escalando el conflicto y ese conflicto va a llegar a puertos donde nadie quiere que llegue”, advierte.

-¿Se sigue esperando una salida militar?

-Creo que hay gente que apuesta por los militares como árbitros. Eso tiene raíces profundas en el militarismo que ha imperado en nuestra sociedad en los últimos 200 años. Antes los militares aparecían entre las instituciones más valoradas, pero hoy no aparecen ni entre las primeras 10, porque están salpicados por acusaciones de violación de derechos humanos, narcotráfico, abuso de poder.

-¿Dónde está la respuesta?

-La respuesta no está en el sector militar. La respuesta está en la gente: en la fuerza de la gente, en que la gente tenga la conciencia de organizarse para la acción y para velar por sus derechos. Que la gente comprenda que los problemas no los solucionará un mesías.


Entrevista para Contrapunto.com el 10 de abril de 2016.