Por Daniel Fermín
No hay machismo. Tampoco patriarcado. El clasismo es un invento comunista y el racismo es victimismo. Así más o menos va el argumento de conservadores de todo tipo: desde los que se asumen como tales hasta quienes se juran de avanzada, “pero tampoco así”.
No se trata de seres obtusos. La realidad va más allá: la profunda amenaza que ven en el cambio. El mundo que conocieron, al que por fin encontraron sentido, sienten que de repente no lo es más. Cuando se aprendieron las respuestas, les cambiaron las preguntas, aunque en realidad nada haya cambiado demasiado. El desconcierto lo han convertido en temor y el temor en violencia. Esa que dicen, por supuesto, que tampoco existe.
Creen que reflexionar sobre los retos que tenemos como sociedad es meterse con cómo los crió su abuela, su mamá. Creen que atreverse a cambiar es denigrar de y desintegrar lo que somos, cuando somos mucho más que nuestras taras.
En lugar de alzar la voz por las injusticias, nos proponen pactos de silencio que no son solo patriarcales, sino también de clase. ¿O no lo vimos con el caso de Edmundo Chirinos?
Revictimizan a las víctimas, que no reconocen como tales. La sorna vale más que la empatía, más que la solidaridad.
No se trata, como no se trata casi nunca, de “buenos contra malos”. Es la estructura. Pero estamos demasiado ocupados en nuestra eterno conflicto fratricida como para prestarle atención a pensar a fondo y reflexionar sobre la cultura en la que nos criamos los venezolanos, en especial los hombres venezolanos, sobre la socialización que recibimos, lo que la sociedad recompensa, lo que castiga, y con lo que se hace la loca. No queda tiempo ni hay espacio en este esquema para evaluar lo que nos dijeron que era «deseable» aspirar ni los valores que recibimos.
Todo esto queda barrido bajo la alfombra de la polarización embobecedora, y en consecuencia, relegamos la impostergable tarea de intervenir para dar el golpe de timón como sociedad, así esa sociedad sea una casa de naipes en la que, permítaseme mezclar, nadie puede lanzar piedras. Pero eso requiere mirarnos largo al espejo y no ver en ello una amenaza, incluso cuando resulta una experiencia incómoda, dolorosa, un portal a nuestros momentos bajos y a incorregibles errores.
El fantasma que recorre al conservadurismo no es el marxismo cultural, la agenda 2030, la mal llamada ideología de género, ni el ‘globalismo’. El fantasma está en el reflejo: no se aguantan la mirada al espejo ni dos segundos, quizás porque sospechan, aun cuando lo nieguen en público, que lo que creían ya no es, que no hay manera de sostener estructuras de opresión en nombre de la ‘moral’ y la tradición.
Y en ese descalabro, sienten que ‘resistir’ es defender a Rubiales, ‘amenazar’ con retirarse la nacionalidad venezolana por la ‘vergüenza’ que les producen los motorizados ‘marginales’ en Nueva York, esa gran ciudad puritana, conocida por su recato, decencia pública y buenas maneras; ridiculizar las luchas y las reivindicaciones de las mujeres, del colectivo LGBTIQ, al que llaman despectivamente “abecedario” o “arcoíris”; de las minorías vulnerables.
Con toda la inteligencia del mundo, salen y dicen que las cosas existen o dejan de existir porque están nominalmente en un papel, en una ley, un artículo. “No hay violencia de género”, dicen, “sólo violencia”. Quieren que nos coma el tigre, con la burlita de que quizás sea le tigre o el tigro.
Son los custodios de la moral pública, cuales porteros del SAIME o Salud Chacao defendiendo el pudor de la gente decente del horror de las camisetas, los escotes y las bermudas.
Y todo esto lo hacen desde el infantilismo del “yo no fui”, de tirar la piedra y esconder la mano, de provocaciones que no buscan respuesta sino, de nuevo, la burlita, el desprecio de las causas, la minimización de problemas que, desde los privilegios, insisten que no existen.
Eso sí, son constantes, como lo son los temores que, hay que suponer, están detrás de tanta posición miserable. Creen que reconocer nuestras fallas generacionales es capitular ante enemigos imaginarios.
Pero avanzar como sociedad no es hacerle la guerra a los chimichimitos ni combatir el zapatico cochinito; no denigra de la cocina de la abuela ni fustiga a San Ignacio. No cambia el tricolor por el arcoíris ni el caballo blanco por la hoz y el martillo. Esos son chantajes muy elementales para gente que se dice demasiado inteligente.
No deja de sorprender la saña, la determinación de plantarse firmes en defensa, no de la tradición, sino de lo que tradicionalmente han sido prácticas de exclusión, de discriminación, de violencia. Dígame cuando lo hacen, no faltaba más, en nombre del Señor, de la familia y de las buenas costumbres. Tanto más cuando es en nombre de una ‘ortodoxia’ zurda que se parece igualito a la más rancia reacción.
Si todo esto indigna, es porque es demasiado evidente. No es dejando todo como está, como pretenden los conservadores, que se brega un mejor futuro. Mucho menos, en un país en el que tantas cosas tienen que cambiar. Allí no hay amenaza, sino oportunidad. Sin miedo.

Deja un comentario