La Palma

091 – 30 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Breve crítica al periodismo venezolano

Mi profesor Antonio Cova, ese gigante que marcó a varias generaciones de sociólogos y periodistas en la UCAB, que fue profesor de mis padres antes de que yo siquiera pensara en nacer, y de quien luego tuve la oportunidad de ser estudiante y asistente académico, solía parafrasear a Alexis de Tocqueville cuando se refería a los medios de comunicación: “Los prefiero, más por los males que evitan, que por los bienes que producen”. Era su manera, la de Cova, quien por años dio clases en la Escuela de Comunicación Social y llevaba con orgullo su doble condición de sociólogo y periodista, de ofrecer una crítica honesta al periodismo venezolano, a su superficialidad y sus carencias.

Esta semana, dos hechos han puesto de relieve esas fallas, y vale la pena comentarlos, criticarlos, en el entendido de que los periodistas y los medios de comunicación, como actores sociales, son sujetos a la crítica, como lo son los políticos, los funcionarios públicos y todos los que tienen una responsabilidad mayor con la ciudadanía.

Los dos hechos: Patricia Poleo, periodista experimentada que incluso llegó a tener en sus manos la formación de estudiantes en la Universidad Santa María, aseverando que “los periodistas ni siquiera tenemos que mostrar pruebas” cuando hacen una acusación. El otro: el portal Caraota Digital, reseñando el fallecimiento de un médico por Covid-19 bajo el titular “Luego de estar luchando por meses, falleció médico gay por Covid-19”.

Vamos por partes. Lo de la señora Poleo generó una fuerte crítica, incluso entre periodistas cercanos a la parte ‘afectada’ (cercanos, pues al partido Voluntad Popular), quienes de pronto ‘descubrieron’ en la periodista con sede en Miami las prácticas repudiables que son incapaces de reconocer en ellos mismos. Digámoslo con claridad: Pueden meterse con Poleo, merecidamente, incluso usarla de chivo expiatorio, pero la verdad es que eso de que “los periodistas ni siquiera tenemos que mostrar pruebas” ha sido el credo de buena parte del periodismo venezolano desde hace un buen rato, con honrosas excepciones.

Lo segundo, lo de Caraota Digital, lo hemos visto mil veces, en mil medios, en la pluma de mil periodistas, cuando se refiere a profesiones menos ‘respetables’ que la de un médico y que generan menos indignación social. Cada vez que titulan señalando la sexualidad de alguien, que si era trans, que si era lesbiana… es obvio que no lo hacen para informar esta pieza ‘clave’ de la noticia, sino para estigmatizar, todo en nombre del sensacionalismo y de la pacatería conservadora que le sirve.

Pero volvamos a las honrosas excepciones. En Venezuela hay periodistas de primera, claro que los hay. Y son ellos los llamados a criticar de primero, a alzar la voz por su oficio, en lugar de cerrar filas en una solidaridad automática inmerecida y contraproducente. Cada periodista pirata y amarillista, homofóbico e irresponsable, es una mancha para quienes se toman el periodismo con seriedad, responsabilidad y profesionalidad.

Quienes hacemos vida pública, llevamos años acostumbrados a cierta pretensión, a cierta sugerencia, según la cual a los periodistas hay que tratarlos con guantes de seda. Común es que las primeras palabras de los políticos sean para agradecer a los medios su presencia y su ardua labor. Más común todavía, que alcaldías, gobernaciones y demás instituciones destinen parte de su presupuesto, ese que siempre escasea, para lanzar fiestas, agasajos, cestas de regalos, para los periodistas, junto a condecoraciones de todo tipo y demás periquitos para la jalada de mecate. Criticar al periodismo es tabú, es, sobre todo para los políticos, darse un tiro en el pie. “¡Ten cuidado!”, “¡no te caces esa pelea!” y el siempre oscuro “¡no te conviene!” son la santísima trinidad de ese chantaje.

A Venezuela le conviene un periodismo serio y bueno. Unos periodistas con ética profesional. No es este el espacio para disertar sobre el cambio transitado por los medios a mediados del siglo XX, cuando pasaron de tener una visión de servicio social a regirse por la lógica mercantil, de los ratings y subscripciones, abuelos de la que rige hoy: la lógica de cazar clicks y RTs. Ni vamos a entrar en detalle de cómo el periodismo venezolano está a contravía de lo que prevé la Constitución: “información oportuna, veraz e imparcial, sin censura…”. Tampoco es el espacio para reiterar lo obvio, aunque es justo mencionarlo: los periodistas y los medios han sido objeto de todo tipo de persecuciones, de obstáculos a su trabajo, de censura, represión e incluso violencia de grupos paramilitares que le hacen el mandado al autoritarismo. Pero sí podemos mencionar algunas cosas que son clave. Sabemos que la polarización política sirve a ambas élites para excluir, cooptar y suprimir el disenso. Eso es especialmente cierto en los medios de comunicación, que se alinean a los polos en una operación que tiene por principal víctima a la verdad y que afecta, con su desinformación, a la ciudadanía. La verdad, dice la sabiduría popular, está en algún punto medio entre VTV y La Patilla y queda de los venezolanos hacer una complicada operación casi aritmética para encontrarla.

Hay un periodismo posible que no parte de la intriga y el sensacionalismo. La intriga y el sensacionalismo no tienen que ser intrínsecos al periodismo. Hay un periodismo posible desde la seriedad, la responsabilidad y la ética profesional. Y este aporta mucho más al servicio público de informar a la ciudadanía, por más que se le vea como ‘aburrido’, que se preste menos al ‘tubazo’ y que genere menos clicks.

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