La Palma

088 – 23 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Polarización, solidaridades automáticas y resignacion pasiva

En 2002, en pleno paro petrolero, me encontraba en la terraza de la casa de una amiga en medio de productos de nombres extraños como Big Cola y KR (no se conseguía nada más). Opuesto al paro desde el primer día, esgrimía mis razones cuando la anfitriona respondió con un “tienes razón, no está funcionando, ¡pero eso no se puede decir!”.

Venezuela transitaba ya el proceso de polarización extrema que habría de signar los próximos 18 años. El “ellos” contra “nosotros” ya moldeaba la dinámica política y entre sus primeras víctimas colaterales estaba el disenso. Cerrar filas era más importante que cuestionar. Desde ya se respiraba en el ambiente el clima de resignación pasiva con la que, en lugar de presionar al liderazgo, una colectiva encojida de hombros señalaba que “no hay nada qué hacer”.

En cualquier sociedad democrática -e incluso entre los sectores democráticos en sociedades que no lo son- es el colectivo quien exige, presiona, reclama, para que el liderazgo que dice representarlo tome tal o cual posición, cambie de ruta o rinda cuentas sobre sus decisiones. Sin embargo, en el ambiente hiperpolarizado eso no es así. Lo que priva, en cambio, es la solidaridad automática y, con ella, la aceptación de un rol pasivo, de espectador, entre la población con respecto a las élites políticas.

El episodio de repitió mil veces: con la Plaza Altamira, con el ‘fraude’ de 2004, que no fue tal, con la abstención de 2005, las guarimbas, los trancazos y en muchos episodios más. Admitir el error o, más aun, alzar la voz para que se enmendaran los errores, era tabú. No se puede admitir, era la lógica, nada que dé argumentos al “enemigo”. “Oceanía siempre había estado en guerra con Eurasia”.

Adelantando a 2020, es obvio que dos años después de la promesa demagógica según la cual no votar garantizaba la expulsión de Nicolás Maduro del poder, la estrategia fracasó. Muy lejana suena ya aquella consigna según la cuál “íbamos bien”.

Sin embargo, a la hora de enmendar el rumbo, lo que priva es el silencio. “Eso no se puede decir”. De nuevo, la solidaridad automática y el cierre de filas. ¿Por qué?

Es interesante que exista tanta gente que, de buena fe, reconoce que la abstención fue un error, que el G4 mintió, que les gustaría votar… pero dicen, con la misma, que no tienen por quién votar si no es por el G4. Es decir, el error y el engaño no se castigan (electoralmente, en términos de apoyo, etc.), sino que, aun así, se refuerza el cierre de filas. Es un extraño Síndrome de Estocolmo, consecuencia de tantos años de polarización y sus solidaridades automáticas.

El resultado es un liderazgo que se cree inexcrutable. Sabe que hoy puede decir “A” y mañana “B” sin sufir ninguna consecuencia. Allí estará siempre una base “natural” de apoyo, presta a repetir en coro que la cosa es “B” y siempre ha sido “B”, que recordar que antes dijeron “A” es “hacerle el juego” al contrario.

Y con ello avanza la erosión de la democracia, vaciada de contenido como un sistema político en lugar de entenderse como un proceso en el que la acción ciudadana es un factor fundamental.

Los chantajes son muchos. Que si no es “por no intentarlo”, que si más bien “se ha ensayado de todo”. Sólo falta decirles “pobrecitos” a las cabecillas de los partidos para justificar sus errores y asumirlos como propios.

Otro gallo cantaría si quienes se sienten identificados con el G4 -o con el PSUV- reclamaran activamente un cambio de rumbo y presionaran para que se rindiera cuentas de las estrategias fallidas, en lugar de aceptar, con resignación pasiva, que no hay nada que hacer, que “es verdad, pero eso no se puede decir”.

La democracia es un tema de hacer, no de contemplar. Desmontar la polarización extrema, que sólo sirve a las élites para acallar el disenso y salir lisos de cualquier cuestionamiento, es necesario para que la voz de la gente sea más que un susurro prudente y se convierta, en cambio, en el gran factor de presión activa que dicte, de manera democrática, la rendición de cuentas del liderazgo y el camino a seguir para sacar a Venezuela del foso.

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