La Palma

087 – 22 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Subregistro, estigmatización y politización de la pandemia

El manejo de la pandemia ha sido un reto para los gobiernos y las sociedades de todo el mundo. El Covid-19 ha puesto en riesgo la salud de millones de personas y ha trastocado la economía, generando en el proceso una discusión, a veces enterrada bajo otros temas más noticiosos, sobre el modelo económico y sobre cuáles trabajos son “esenciales”, así como la remuneración que reciben -y no reciben- estos trabajadores que, a diferencia de muchos otros, no han dejado de laborar ni un segundo en medio de todo esto, poniendo en riesgo su salud y la de sus familiares y comunidades. Suele reconocerse, merecidamente, el trabajo de médicos y enfermeros. Menos, el de trabajadores de limpieza y mantenimiento, que han sido vitales para resguardar a la población en un trabajo sacfiricado, anónimo y mal pagado.

No había mapa previo y tocó enfrentar esta pandemia casi desde cero, inventando. Así, unos países asumieron desde un principio medidas estrictas de cuarentena y prevención, mientras que otros apostaron por intentar lograr la inmunidad de rebaño. Ambos recibieron críticas. La segunda opción resultó un desastre en los países que la ensayaron.

Ido y venido el pico en China y Europa, que enlutó a miles de familias, el epicentro se trasladó a América. Hoy los Estados Unidos y Brasil representan dos casos graves, no sin culpa de sus liderazgos, que se han mostrado soberbios y reticentes a poner la ciencia sobre la política.

En Venezuela, al principio, parecimos tener suerte, con casos mucho más bajos que el resto de la región, seguramente como consecuencia, entre otras cosas, del relativo aislamiento del país. Eso, hoy, ha cambiado. Venezuela atraviesa en estos momentos una situación durísima, sin una red de salud capaz de atenderla y con un liderazgo político que no ha estado a la altura de lo que la circunstancia requiere.

La polarización, que arropa todos los ámbitos políticos y extra políticos, se hizo sentir. “El gobierno miente”, acusaban. Primero, para decir que era mentira, que el Covid-19 no representaba mayor amenaza, que se trataba de una medida de control social para aplacar la escasez de gasolina. Luego, que si no, que en verdad había una mortandad terrible que el gobierno no registraba ni informaba al país. Por su parte, el gobierno, que se montó rápidamente en las medidas recomendadas por los organismos internacionales, decidió, sin embargo, abandonar la postura con la que había enfrentado la crisis para, también, politizar la pandemia.

Allí vino lo peor: la estigmatización de los compatriotas retornados de los países “amigos”, que -como el ratón del queso- dejaron a los venezolanos de su cuenta, cuando no los hicieron los chivos expiatorios de la pandemia. Así nació el infeliz rótulo del “virus colombiano”, con el que se acusó a los migrantes retornados de formar parte de una política perversa del gobierno neogranadino para infectar Venezuela. “Bioterroristas”, se les llegó a llamar, causando tanta indignación que el presidente tuvo que disculparse.

Y la noticia triste: lo que pareció ser una luz al final del túnel, no fue sino un espejismo. El acuerdo con la OPS, firmado entre el gobierno y un sector de la Asamblea Nacional, parecía sobreponerse a la polarización para hacer una tregua en favor de los venezolanos. Ayer, sin embargo, el gobierno lo desestimó como una farsa y dijo que el país no había recibido la asistencia acordada. Con eso pierde todo el país.

La pandemia representa una amenaza letal -y real- para todos los venezolanos. Ese hecho debería ser suficiente para encararla también, juntos, todos los venezolanos. Pero no. Ganó, nuevamente, la polarización y la división. La politización de la pandemia la paga la gente y sobre todo los más vulnerables.

¿Hay subregistro? Seguramente. Incluso en Estados Unidos, con todas sus ventajas, el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) estima que el número de casos es de 2 a 13 veces mayor que el que muestran las cuentas oficiales. ¿Es válida la crítica? Por supuesto, pero la crítica para avanzar, para nutrir, para corregir, en beneficio de los venezolanos, no por la mera politización de la tragedia y el torneo de culpas.

¿Hay contagio entre los migrantes retornados? ¿Existen personas que deciden evadir los controles fronterizos para llegar a sus casas en lugar de pasar una cuarentena incierta en condiciones, también, inciertas? Por supuesto. Pero eso no es motivo para estigmatizarlos, para maltratarlos y atacarlos. Son nuestros compatriotas. Son venezolanos. Haría bien el gobierno en analizar por qué tanta gente prefiere tomar los caminos verdes en lugar de someterse a los controles sanitarios.

Venezuela atraviesa el pico de la pandemia en la peor de las condiciones, con un liderazgo que ha dado prioridad a la lucha existencial por el poder sobre el bienestar de la ciudadanía. Por eso hay que insistir en una tregua para que, sin sacrificar sus posturas y críticas, los sectores políticos avancen juntos en la prevención y el tratamiento de la pandemia. Lo contrario es un acto de perversidad que, más allá de los micrófonos y las cámaras, más allá de salvar caras, sólo agravará la tragedia que se vive en un país en el que los problemas no parecen tener fin. Y hay que insistir, también, en la promoción de una manera distinta de hacer política, de pensar el país, para que nunca más nuestras diferencias valgan más que lo que nos une y para que los venezolanos sean la prioridad en este y todos los retos por venir.

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