La Palma

082 – 9 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Pandemia y polarización

Cuando hago el caso por mi investigación doctoral sobre la polarización política y la erosión democrática, insisto en que nace de una preocupación por el estado de la democracia en y más allá de Venezuela. En ese sentido, propongo que no es idiográfica, sino que aspira, partiendo del caso venezolano, a ser útil en procesos comparables y en la discusión sobre el estado de la democracia de hoy.

Y es que la polarización extrema, con su dinámica centrífuga y su guerra existencial de “ellos” contra “nosotros”, que redunda en el desmoramiento de la democracia y en el fortalecimiento del autoritarismo, no es, obviamente, un proceso exclusivo de Venezuela. Basta asomarse para ver la fuerza de la polarización extrema, no sólo en Venezuela, sino en otros países como México, Estados Unidos, Bolivia, España y muchos más.

Cuando advertimos que la polarización es nociva para la democracia, no nos referimos al antagonismo que es normal en todas las comunidades políticas, sino a algo más fuerte, más marcado, que reduce la heterogeneidad a dos bandos irreconciliables, con identidades cada vez más afincadas en un combate permanente y agrio por ver quién se impone y por exterminar al contrario.

Las consecuencias son múltiples, y entre las principales está el gran daño que representa la polarización para las políticas públicas. Evidencia de ello es la respuesta global a la pandemia de Covid-19.

El New York Times, en su edición de ayer, publicó un extenso trabajo en el que analiza precisamente la respuesta a la pandemia en EEUU y cómo la polarización la ha afectado negativamente.

Cita el NYT al menos media docena de trabajos académicos junto a la consulta a un grupo diverso de politólogos para ilustrar cómo el conflicto promovido por la polarización ha socavado la respuesta a la pandemia. De hecho, la partidización extrema que va de la mano con la polarización puede ser “el mayor obstáculo a la distancia social que la mayoría de los expertos considera crítica para limitar la expansión” del Covid-19. Lo mismo con las mascarillas: Los Demócratas son más propensos a utilizarla, los Republicanos, siguiendo el ejemplo de su líder, más propensos a rechazar su uso. En estos y otros casos, las identidades políticas, reforzadas por la polarización, inciden más que las políticas de salud pública a la hora de adoptar determinada posición preventiva.

Sí, incluso la salud pública es víctima de la polarización extrema y daño colateral de la guerra sin cuartel de dos grupos enfrentados. El trabajo completo vale una lectura.

Venezuela no escapa a esa realidad. Sumida en una polarización aguda desde hace veinte años, sus principales víctimas son los ciudadanos. En lugar de una tregua política o de un consenso nacional para el tema de la salud, los dos bandos compiten en un estéril torneo de culpas y de ‘propuestas’ que limita la acción concertada contra la pandemia. Unos ofrecen $100 a los médicos, que nunca llegaron, y otros toman prestados argumentos baratos para decir que se trata, por ejemplo, del “virus colombiano”.

Mientras tanto, los casos suben y la situación empeora. Una excepción notable, una taima en el conflicto, es el acuerdo firmado entre el gobierno, los asesores del G4 en la Asamblea Nacional y la OPS para el abordaje a la pandemia. Lamentablemente, más ruido hace el enfrentamiento y la guerra permanente entre los dos bandos. Y con más ruido, más incidencia.

Entender que la polarización representa un peligro concreto, palpable y real para la democracia y para la salud de la población es fundamental para alzar la voz y proponer una salida a la dinámica demencial que destruye la integración social. Así, nuestro combate a la polarización no parte únicamente de consideraciones éticas y de la apelación a valores políticos que subrayan el pluralismo y la diversidad. También tiene que ver con el sentido de urgencia de superarla para brindar soluciones a las personas más vulnerables que padecen a diario en medio de dos élites divorciadas de los problemas y las necesidades de la gente. Hay que insistir…

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