La Palma

048 – 8 de mayo de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Los problemas de la gente

Allí están. Enterrados debajo de la diatriba. Un grito mudo entre la sordera de las élites: los problemas de la gente. El divorcio entre el discurso político (o más bien, el discurso de los políticos) y los problemas de los venezolanos es casi total. La política de no reconocimiento del contrario, de su exterminio, enmarca la polarización extrema que representa un cáncer para la sociedad venezolana. Relegados quedan los temas importantes. Ni hablar de las políticas públicas, que no figuran ni como actores de reparto en toda esta -trágica- novela.

Venezuela amanece sin luz, sin gas, sin gasolina. La pandemia amenaza el modo de subsistencia, ya precario, de miles de familias. Pero la agenda es otra. El yo-no-fui del huérfano fracaso de la operación Gedeón, por un lado, desdoblándose en desmarcarse de la aventura con la que llevan años coqueteando, si no promoviendo. Por el otro, la papaya que brinda una fallida incursión que da para todo: Petare, Guanare, si hace frío, si hace calor. En todo está la mano peluda de la conspiración. Y ¿Quién sabe? y, a riesgo de empujar el argumento al límite, ¿Y qué importa?

Por supuesto que importa. Pero más importan otros temas, los que quedan relegados. El hambre, la necesidad, la oscurana. ¿Cuáles son las respuestas? De un lado, subordinan el bienestar de la población a la infantilada del juego suma cero, una perversidad solo concebible desde los privilegios. Del otro lado, la chapucería: volver al fracaso de los controles de precio, a la amenaza constante, a la evasión de responsabilidades.

Venezuela necesita soluciones y un liderazgo al que le importe más la gente que los vanidosos torneos de egos, que vele más por el bienestar de los venezolanos y no por los intereses y privilegios que los animan.

Allí están: los problemas de la gente. Es hora de voltear la mirada hacia ellos para hacer posible lo que hasta ahora es impensable, pero que resulta urgente: un gran entendimiento nacional, entre todos los factores, para salvar a Venezuela y no condenar a su gente a la abyección permanente, a la miseria perpetua en nombre de dos élites ensimismadas, soberbias, sordas al reclamo y al desesperado llamado de auxilio de un país desintegrado. Es hora.

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