La Palma

046 – 6 de mayo de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Titulares y mi comentario de hoy

-Conflicto y oscuridad

En medio del desenlace del ‘huérfano’ fracaso de la Operación Gedeón, la realidad irrumpe contra las contradicciones del gobierno y las cantinfladas del ‘interinato’ con un apagón en 17 estados del país.

Sobre la crisis eléctrica se ha escrito mucho. Se ha contrastado la inversión en el período 1958-1998 con la que hubo (o no hubo) a partir de la revolución bolivariana. Se ha denunciado la corrupción, la falta de mantenimiento. Todos estos son elementos clave para entender el origen y la magnitud del problema.

Un aspecto menos discutido, sin embargo, es el rol de la polarización extrema en esta tragedia, en la que en algunos estados y poblados, reza la sabiduría popular, no es que se va la luz, sino que llega.

Uno de los efectos más perniciosos de la polarización extrema, apunta la evidencia, es que relega los temas importantes y minmiza las políticas publicas. Más tiempo en el exterminio del contrario, menos en atender las necesidades de la gente, esas que quedan enterradas debajo de los dimes y diretes.

Un gobierno que leyó a medias la vieja consigna de Lenin, según la cual la revolución son los Soviets más la electricidad, se encontró con una oposición que considera resolver los problemas de la gente como “dar oxígeno al régimen”.

El año pasado presenciamos el espectáculo bochornoso de una Asamblea Nacional que se negó a aprobar un crédito de la CAF que ayudaría a aliviar la penumbra de los zulianos y de tantos venezolanos que hoy viven a oscuras, con todo lo que eso implica.

La crítica situación eléctrica es una advertencia más sobre la necesidad de llegar a acuerdos y promover un entendimiento nacional con inclusión que permita abordar lo que realmente importa: los problemas de la gente. Todo lo demás es seguir subordinando el bienestar de la población a la perversa dinámica del juego suma-cero en el que, pretendiendo un lado ganarle al otro, perdemos todos.

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