El paraguas de Putin y el pasticho ideológico

El paraguas

Todos lo vimos. Cantado el último gol de la Copa del Mundo en Moscú, se dio inicio a la ceremonia de premiación. Alineados para felicitar a los jugadores estaban los mandatarios de los dos países finalistas: Croacia y Francia. Junto a ellos, vistiendo corbata roja, el presidente anfitrión: Vladimir Putin.  En medio de un aguacero, el detalle: Putin, a resguardo de un gran paraguas, sostenido por un ayudante, mientras Grabar-Kitarović y Macron saludaban a los atletas, empapados por la lluvia, desprovistos de protección. Casi de inmediato, las redes sociales criollas estallaron en tuits, memes y demás expresiones, que apuntaban en la misma dirección: “¡Adivinen cuál es el socialista!”.

Miles de venezolanos se abalanzaron a compartir el mensaje. La imagen resultaba próxima: los privilegios del hombre fuerte en el poder, la hipocresía disonante entre la retórica socialista y la actuación pública. Evocaba a boliburgueses, chavistas con Hummers, élites divorciadas de la realidad, que visten de rojo y hablan en nombre de un pueblo con el que, hace rato, no tienen nada en común ya. Pero hay un detalle, nada menor, en la asociación inmediata que muchos hicieron, trasladando el gesto de Putin a la realidad nacional: Putin no es socialista.

Mas aun, Vladimir Putin no es un político de izquierda. Y no lo decimos en el sentido que muchas veces adquiere esa frase, generalmente seguida de las palabras “de verdad” o “genuino”. No nos referimos a que el presidente ruso no sea un verdadero izquierdista, o un izquierdoso de los buenos. Nos referimos al hecho objetivo, claro, de que Vladimir Putin no es, ni dice ser, un hombre de izquierda. ¿Qué es? Un nacionalista conservador, profundamente autoritario.

En la Rusia de hoy priva el autoritarismo, la corrupción, la concentración de poder, las grandes oligarquías (las de verdad, no hablamos del empresario que tiene una panadería y un taller). Hay censura y arbitrariedad. Las instituciones son débiles. A muchos venezolanos, sobre todo a los que solo han vivido los últimos 20 años, esto les sonará “de izquierda”. Veamos por qué no es tan fácil.

Derecha e izquierda

Vamos a lo básico. ¿Qué es ser de derecha y qué es ser de izquierda? No son estas líneas el espacio para remontarnos a los orígenes históricos de la distinción semántica, en tiempos de la Francia revolucionaria. Brevemente, y corriendo el riesgo de sobre simplificar, podemos contrastar algunos de los puntos principales.

La derecha coloca el acento en la libertad, en un Estado pequeño que no se meta demasiado en la vida de la gente, dejando a los particulares el manejo de la economía, bajo el mantra de una mano invisible que hace que el mercado se autorregule y sustentado en la inviolabilidad de la propiedad privada. Es conservadora, a veces reaccionaria, en temas sociales, económicos y políticos.  Defiende el statu quo y las tradiciones. Toma partido por los empresarios. En ocasiones es confesional. Su foco es el individuo.

La izquierda, por su parte, coloca el acento en la igualdad, en un Estado protagonista de la vida social, que regule una economía que tiende a ser mixta entre el sector público y el privado, en el entendido de que la mano invisible solo sirve a los intereses de una clase y que no regula nada. Es progresista, a veces revolucionaria, en temas sociales, económicos y políticos. Promueve la innovación, el cambio y la creatividad. Reivindica a la clase trabajadora. Es laicista. Su foco es la sociedad.

¿En qué se traduce esto? Veámoslo, en líneas gruesas, en algunos de los temas que han estado en boga en el siglo XXI:

Tema Derecha Izquierda
Impuestos Regresivos. Paga menos el que más tiene, en el entendido de que esto se traduce en mayor productividad y mayores ingresos, que “gotean” hacia abajo, hacia los estratos menos favorecidos. Es el caso, proporcionalmente, del IVA, y también de los grandes “bail outs” a bancos y grandes empresas e instituciones financieras. Progresivos. Paga más quien más tiene, con un foco redistributivo que pone el centro sobre las poblaciones más vulnerables. Es el caso del impuesto sobre la renta.
Matrimonio igualitario En contra, por considerar que atenta contra los valores familiares, religiosos y tradicionales. Es un argumento moral, en gran medida. A favor, sustentado en los derechos humanos, derechos civiles y separación entre Estado e Iglesia. Más allá de los temas morales, promueve la igualdad de derechos para las parejas del mismo sexo, de modo que puedan gozar de herencia, acceso a préstamos, etc., en la misma manera que una pareja heterosexual.
Aborto legal En contra, en atención a valores conservadores y religiosos. Considera que la vida humana comienza en la concepción. A favor, pues considera que las mujeres tienen derecho a decidir sobre su propio cuerpo y en atención a las desigualdades sociales y los riesgos de salud para las mujeres más pobres generados por el aborto ilegal (no porque el aborto sea ilegal significa que no sucede, sino que quienes cuentan con recursos lo realizan en clínicas privadas y quienes no deben buscar alternativas que son muchas veces peligrosas).
Salud Privada, al estilo de un negocio, su calidad deviene de la competencia. Pública y gratuita, vista como un servicio público.
Educación Mínimo involucramiento, las familias deciden cómo educar a sus hijos. Pública y gratuita, con capacidad de regular los contenidos de la educación privada. Estado rector y garante de la educación.

Son apenas cinco ejemplos, de miles, hechos a modo de generalización. Si en algún momento el lector advierte coincidencias, puntos medios, “dependes”, es buen momento para señalar lo obvio: Por supuesto, cuando hablamos de derecha e izquierda hay matices, gamas, todo un espectro. La derecha va desde su extremo fascista, autoritario, hasta las propuestas democráticas, aunque aun conservadoras, del socialcristianismo, la democracia cristiana y el centro-humanismo. En la izquierda pasa lo mismo, y va desde su extremo anarquista, pasando por el comunismo autoritario, hasta llegar a las propuestas democráticas, pero progresistas, de la socialdemocracia, el socialismo democrático, la democracia social y el socioliberalismo. Hoy por hoy, luce difícil que alguien sea una sola cosa, que siga la línea de “derecha” o de “izquierda” en absolutamente todos los temas: esto constituye una mentalidad dogmática, presente en la ultraderecha y en la ultraizquierda ortodoxas.

Muchas de las luchas de la izquierda histórica hoy están absorbidas en la casi totalidad del mundo político. El salario mínimo, la jornada laboral de ocho horas, el seguro social, la educación gratuita, el derecho a la salud, el voto para la mujer, entre muchísimos otros temas, ya no son temas “de izquierda”, sino del modelo político liberal en general. Incluso temas álgidos de la agenda progresista actual, como el matrimonio igualitario, han sido promovidos por gobiernos de derecha en la región, e ignorados por algunos que se dicen de izquierda. Del mismo modo, nociones como la propiedad privada, la economía competitiva y otros no son propuestas “de derecha”, sino que forman parte del modelo político más amplio en el que ambas se insertan.

Si nos traemos todo lo anterior a Venezuela, podemos analizar algunas de las políticas más importantes: La instrucción gratuita, pública y obligatoria es obra de Guzmán Blanco, en 1870. Un liberal, no un marxista. La nacionalización del hierro y el petróleo ocurrió a principios de la década de 1970, bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, un adeco. Una política de centroizquierda bajo un gobierno socialdemócrata. La reforma al código civil, de 1982, fue obra de un gobierno socialcristiano, pero provocó tensiones con la Iglesia Católica por sus innovaciones sobre el divorcio y otros temas. En la actualidad, un gobierno de “izquierda” mantiene ilegales el aborto, el matrimonio para personas del mismo sexo, mientras procura privilegios para las fuerzas militares, comúnmente asociadas a regímenes de derecha.

Derecha, izquierda, democracia y dictadura

Lo último sugiere que la asociación criolla de Putin y su paraguas con el socialismo no tiene que ver con los temas ni las políticas, sino con algo más, algo que sí se parece a nosotros: el autoritarismo. Quienes solo han sido socializados en el chavismo se apresuran a igualar izquierda a dictadura y derecha a democracia. No es nada raro, algo similar le pasó a quienes fueron socializados en las décadas de las férreas dictaduras militares latinoamericanas del siglo pasado: la derecha era la dictadura, la izquierda la esperanza democrática.

Nunca está de más aclarar: No es verdad que izquierda sea igual a dictadura y derecha a democracia, ni que derecha sea dictadura e izquierda democracia. Si algo nos permite ver el ejemplo de Putin, es precisamente que el autoritarismo de nuevo cuño tiene una característica transideológica, con derechas e izquierdas compartiendo un mismo guion y una misma metodología, como parte de una tecnología política iliberal.

Al húngaro Viktor Orbán lo han llamado el “Hugo Chávez de Europa Central”. No es socialista, no es militar, no es, naturalmente, bolivariano. Es un tipo de derecha iliberal, pero leer sobre Hungría desde Venezuela deja una sensación de déjà vu. Asimismo, basta revisar los aliados internacionales del régimen venezolano actual para ver que muchos no son de izquierda, sino de la derecha más extrema. ¿Por qué, entonces, resultan buenos aliados? Porque comparten lo sustantivo: un proyecto autoritario iliberal, o antiliberal.

Sí, se puede ser de derecha y ser democrático, como Piñera, como Macri. Pero también se puede ser de derecha y ser un dictador sanguinario, como Pinochet, como Pérez Jiménez. Se puede ser de izquierda y ser un dictador igualmente sanguinario, como Castro, como Stalin. Pero también se puede estar en el espectro de la izquierda y ser un demócrata a carta cabal, como Betancourt, como Felipe González o Trudeau.

El chavismo en la reconfiguración del imaginario sobre derecha e izquierda

De modo que no, ni Putin es socialista ni izquierda es igual a dictadura mientras que derecha es igual a democracia. Pero ¿por qué un “adivinen cuál es el socialista” recibe tanta atención y validación? Aquí entra el papel del chavismo en la reconfiguración del imaginario sobre derecha e izquierda en Venezuela y, en menor medida, en Latinoamérica.

Sin intención ni espacio para extendernos, podemos ubicar el origen de esto en el hecho de que el chavismo, como ideología, es un pasticho: es de izquierda, pero es militarista, una contradicción gigantesca. Es socialista, pero es cristiano, otro choque que, en teoría, parece irreconciliable. Es ecologista, pero petrolero. Contradicciones como estas sobran, pudiésemos seguir por páginas.

El chavismo rotuló como “la derecha” a todo lo que se le opone, aunque no todo lo que se le opone sea de derecha. Esto, a su vez, ha propiciado que no falte quien diga que el problema es que la oposición “también es socialista”. Del mismo modo, el chavismo se abrogó para sí el ser de izquierda, aun cuando hay hechos suficientes para ponerlo en duda.

Las consecuencias han sido reales. En el frente doméstico, las conocemos de sobra. En lo internacional, incluso socialdemócratas moderados, pro mercado, pro libertad, han perdido contiendas porque los pintaron con la misma brocha de Maduro, por el lobo feroz que representa el chavismo como advertencia en la región.

¿Y todo esto qué importa?

Que haya gente que piense que Vladimir Putin es socialista es lo de menos. El punto va a qué es lo que, del chavismo, genera repudio y rechazo. ¿Es que es de izquierda? En ese sentido, ¿es el Barrio Adentro, la Misión Robinson o la Universidad Bolivariana? (apelemos a la abstracción de estas ideas, no a su desempeño que, como sabemos, es muy deficiente) ¿O es que es autoritario, una dictadura?

Para los que escribimos y activamos desde la centroizquierda, desde el progresismo, desde la socialdemocracia, si el problema del chavismo es que es de izquierda, Venezuela está en problemas aun más serios de los que ya padecemos. Al contrario, para nosotros, el problema es justamente que, en nombre de la izquierda, el chavismo ha adelantado un proyecto de destrucción de las instituciones democráticas y ha sumido a los venezolanos en la miseria más abyecta a la vez que consolida un régimen autoritario muy parecido al de Castro, pero también al de Putin y al de Orbán, con quien, lastimosamente, dirigentes de la oposición han posado en fotos, pretendiendo denunciar la realidad venezolana con quienes dirigen su propia versión del chavismo en otras latitudes, y en nombre de otros referentes ideológicos.

Debemos tener cuidado. No podemos lanzarnos a los brazos del conservadurismo más rancio por temor al chavismo. Ojo, ser conservador, ser de derecha, no tiene nada de malo. Pero quienes trabajamos por un mundo más libre y más justo comprendemos que no podemos renunciar a los derechos, ignorar las enormes desigualdades, condenar a las grandes poblaciones vulnerables ni “dejar todo como está” frente a una realidad que nos compela a actuar, a incluir, a cambiar. No, la educación gratuita no es chavista, la salud pública tampoco. El matrimonio igualitario no es del PSUV, la legalización de la marihuana no es de las UBCh, el aborto legal no es de la Lista Tascón. No es verdad que la única alternativa a un Castro sea un Pinochet. Si algún país demostró eso después de la caída de las oprobiosas dictaduras militares de derecha, es Venezuela y el proyecto policlasista, democrático y profundamente transformador, aunque incompleto, que adelantaron nuestros gobiernos democráticos.

Que en nuestro combate al autoritarismo chavista no abandonemos nuestros principios, nuestra lucha por un mundo mejor, por una sociedad que, en libertad, consiga ser más justa, más solidaria, más inclusiva, más innovadora, más democrática.

De modo que aquellos tuits y memes de las redes habrían sido mejor redactados en términos de “¡Adivinen cuál es el autócrata!”, aunque carezca del punch para conseguir los miles de retuits, “me gusta” y compartir. El paraguas de Putin es amplio y abarca mucho, pero es el paraguas del autoritarismo, de ese que no entiende de ideologías, cuya única intención es la concentración de poder y la procura de beneficios y privilegios para una camarilla a costa del bienestar de las grandes mayorías.

Rendijas democráticas en contextos autoritarios

El autoritarismo competitivo es un concepto que responde a la emergencia de regímenes híbridos como fenómeno característico de la post Guerra Fría. Esta época de la historia, con sus muros caídos y su “final de la historia”, demostró ser más complejo que el escenario planteado inicialmente como el triunfo definitivo de la democracia liberal. En lugar de esto, presenciamos la proliferación de regímenes que, también contrario a la matriz inicial, no eran transicionales, sino que representaban formas de dominación relativamente estables. El autoritarismo competitivo puede perderse fácilmente en la baraja analítica, entre otras razones porque es fácil perderse también en el debate sobre si estos son meramente democracias imperfectas o disminuidas. El autoritarismo competitivo crea condiciones desiguales entre gobierno y oposición, en perjuicio del desempeño democrático. Existe en estos regímenes una fachada democrática, y los mecanismos e instituciones democráticos siguen siendo la principal vía para obtener y ejercer el poder, pero desde el poder se viola esta dinámica de tal manera que el régimen no logra cumplir un estándar mínimo de democracia[1].

las más insignificantes rendijas en estos espacios pueden ser utilizadas por los opositores para desafiar, debilitar y en casos incluso derrotar a gobernantes y sistemas autoritarios

Normalmente se habla de tres causas del autoritarismo competitivo: la decadencia de un régimen autoritario, el colapso de un régimen autoritario, o la decadencia de un régimen democrático. La diferencia entre este tipo de régimen y un autoritarismo cerrado, de corte clásico, está en la existencia de espacios para el ejercicio de oposición, que aquí llamamos rendijas democráticas. A través de estos espacios, de estas rendijas, los distintos sectores en oposición al régimen pueden, de manera efectiva, retar al poder de una manera que sería imposible en un autoritarismo consolidado. Los espacios principales están representados por la arena electoral, la judicial, la legislativa y los medios de comunicación. Incluso las más insignificantes rendijas en estos espacios pueden ser utilizadas por los opositores para desafiar, debilitar y en casos incluso derrotar a gobernantes y sistemas autoritarios.

Si una concepción de “rendijas democráticas” basada en instituciones tan formales, que pueden ser cooptadas finalmente por el poder autoritario, pareciera insuficiente, ¿De qué otras maneras puede la gente hacerse sentir en contextos de instituciones débiles y sistemas autoritarios? En China, un estudio muy completo[2] da cuenta de “grupos solidarios”, que ejercen un control informal sobre el gobierno. Aquí, incentivos morales y de distintos tipos son un recurso invaluable para el logro de objetivos políticos, económicos y sociales. Estos grupos parten de la idea de que cuando las fronteras de un grupo solidario se solapan con las fronteras administrativas del gobierno local, los funcionarios públicos tienen una fuerte obligación social a contribuir con el bienestar del grupo. En Rusia, donde se ha establecido una súper-presidencia con una especie de teflón que desvía las responsabilidades hacia los mandatarios locales (y que sitúa al mandatario central como el gran intercesor), surge el concepto de “monarquismo ingenuo” para designar aquellas actividades diseñadas para lograr la intervención presidencial[3]. Estas incluyen cartas, protestas e incluso renombrar puntos geográficos en honor al gobernante, pero lo clave no está en una supuesta devoción ciega, sino en el uso estratégico que este tipo de activismo puede hacer para lograr sus objetivos, independientemente de lo que los activistas y demás ciudadanos piensen realmente del liderazgo local y central. En una ocasión, activistas que intentaban impedir la deforestación de un bosque local para la construcción urbana, imprimieron y colocaron fotos de Vladimir Putin en cada uno de los árboles. Su lógica no se basaba en amor al líder, sino en una apuesta clara: los constructores -ni nadie- se atreverían a tocar a Putin. Funcionó. Ningún árbol fue cortado y los activistas tuvieron éxito en su objetivo de preservar su espacio local. Estos ejemplos de China y Rusia, recordamos, no aspiran ilustrar una dinámica democrática ideal. Lo contrario, representan rendijas para la participación popular y la resistencia ciudadana en contextos autoritarios, cada una a través de acciones estratégicas que parten de la realidad concreta de ambas sociedades.

Incluso en ese esquema ornamental, sin embargo, existen grietas para la participación popular

En los regímenes híbridos, la democracia tiene un aspecto decorativo. Incluso en ese esquema ornamental, sin embargo, existen grietas para la participación popular. No obstante, debemos hacer tres advertencias: En primer lugar, modelos como el de los grupos solidarios pueden resultar difíciles de aplicar más allá del ámbito local, en la escena nacional; segundo, los arreglos informales pueden ayudar a obtener la atención del gobierno, pero en ningún caso a la escala que traería un sistema formal de accountability; y tercero, estos sistemas informales, al aliviar las presiones sobre el Estado a corto plazo, pueden retrasar las reformas necesarias a nivel institucional, que traerían mayores beneficios tanto para los ciudadanos como para el Estado a largo plazo.

apostamos por las rendijas -institucionales e informales- que sirvan de catalizador del cambio social y muevan los cimientos del régimen en la lucha por una democracia incluyente y genuina

No podemos finalizar sin reiterar una idea central: a diferencia de los autoritarismos hegemónicos, cerrados, los autoritarismos competitivos apelan a la democracia (de manera superficial y decorativa) como forma de legitimación. Esto abre rendijas importantes para la participación y el ejercicio de oposición, no solo a través de arreglos informales como los que hemos ilustrado, sino principalmente a través de las arenas electoral, legislativa y judicial, junto a los medios de comunicación. Tener esto en cuenta es importante para analizar las maneras en las que una sociedad puede hacerle frente a un régimen autoritario de este estilo. Si entramos al terreno de las preferencias, no concebimos como “preferible” la consolidación del autoritarismo competitivo en un autoritarismo hegemónico, buscando un “todo o nada” que nos aleja aún más de la democracia, sino que apostamos por las rendijas -institucionales e informales- que sirvan de catalizador del cambio social y muevan los cimientos del régimen en la lucha por una democracia incluyente y genuina, que responda a la gente y promueva el bienestar y la igualdad en un régimen de libertades. Estos espacios deben aprovecharse en un régimen híbrido. Allí, sabemos que no hay democracia y precisamente eso nos obliga a aprovechar cualquier rendija y convertirla en una oportunidad para desafiar al poder. En un régimen autoritario hegemónico, que ofrece escasas posibilidades para la impugnación democrática y aún menos para el retorno a un sistema democrático, puede ser demasiado tarde.

[1] En una entrega anterior advertimos que no hay un único concepto de democracia. En esta idea nos referimos a un esquema que va más allá de la concepción electoral-minimalista, y que engloba el respeto a las minorías, la separación y limitación de poderes, y el estado de derecho, nociones todas propias de la democracia liberal.

[2] Ver Tsai, L. (2007). “Solidary Groups, Informal Accountability, and Local Public Goods Provision in Rural China”, American Political Science Review 101:2, 355-372.

[3] Ver Mamonova (2016). “Naïve Monarchism and Rural Resistance in Contemporary Russia”, Rural Sociology 81:3, 316-342.


Publicado en Proyecto Base el 19 de febrero de 2018.