La Palma | 10 cosas que debemos dejar atrás con la polarización

La Palma

097 – 11 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

10 cosas que debemos dejar atrás con la polarización

La polarización ha definido la política venezolana de los últimos 20 años. Con su promoción de identidades negativas, del no reconocimiento del otro, y de una lucha existencial irreconciliable, ejerce una fuerza centrífuga que ha triturado cualquier intento de resistencia, alineando todos los aspectos de la vida política y social alrededor del clivaje chavismo-anti chavismo. En el proceso, la polarización ha contribuido a la erosión de la democracia, sirviendo a las élites en conflicto para la exclusión, la cooptación y la supresión del disenso. Queda claro que recuperar la democracia pasa por superar la polarización.

Hoy, cuando estamos en una posición única para asumir el reto, nos atrevemos a plantear diez cosas que debemos dejar atrás con la polarización, no como ejercicio de imaginación fantasiosa, sino en el entendido de que derrumbar los muros de la polarización no es un evento único ni espontáneo, sino un proceso de todos los días, producto de las luchas y las posturas firmes de muchos sectores de la sociedad. Estas diez cosas no son «para después», para cuando superemos, algún día, la polarización, sino para irlas asumiendo, precisamente, en la lucha por sacudir los cimientos de una dinámica que le ha hecho tanto daño a Venezuela.

Seguro hay más, pero estas diez, sin orden específico, representan un buen punto de partida:

1. «Chavista» como insulto (y la insultadera en general)

«Chavista» no es un insulto, sino una identidad política, que sin embargo algunos sectores opositores suelen utilizar para proferirle, como insulto, a sus adversarios internos y «rayarlos» ante la opinión pública cuando osan disentir.

Si algo reflejan estudios de opinión de todo tipo a lo largo de estos largos años es que la gente está harta de la peleadera, de la insultadera, de que los políticos se enfoquen más en los problemas entre los políticos que en los problemas de la gente. Cuando le dicen «chavista» a un opositor disidente no lo están insultando a él o a ella, sino a miles de simpatizantes del proyecto oficial, que observan cómo su identidad se usa en términos despectivos para denigrar del otro, reforzando las trincheras de esa identidad y dificultando cualquier acercamiento, diálogo productivo. Es prepotente y discriminatorio.

¿Lo mismo con «escuálido»? No tanto. No porque el chavismo, a quienes muchos tienen por autor intelectual y material de la polarización a través de las prácticas discursivas de su fundador, no discrimine, sino porque suele hacerlo a través de otros términos: «los traidores», «los judas», «la derecha endógena» (fíjese que los dos primeros aplican a ambos «bandos»). Ya está bueno de la insultadera en el discurso político. No es un simple saludo a la civilidad, sino una advertencia ante una práctica que profundiza las divisiones y refuerza la polarización.

2. La unidad como fetiche y chantaje

La unidad fue una estrategia necesaria ante el dominio electoral de Hugo Chávez que rápidamente se convirtió en un mecanismo de exclusión de una élite para reforzar los dedazos de un cogollo que decidía quién era opositor y quién no. Venezuela ha cambiado mucho y el dominio garantizado del partido oficial en el terreno electoral es cosa del pasado. Si bien las alianzas son buenas para la democracia, también es verdad que no se puede unir lo que es diametralmente opuesto, sea en términos programáticos, ideológicos o de posturas. Superar la polarización pasa por valorar el pluralismo sobre la cartelización de los partidos. A cuatro meses de las elecciones parlamentarias, los partidos que apuestan a la participación harían bien en valorar el pluralismo en lugar de convertirse en una parodia de las prácticas excluyentes de estos 20 años en nombre de la «unidad», según las cuales el que no se alinee es, ver el punto anterior, «chavista».

3. El no reconocimiento y la lucha existencial

Gente que dice que nunca ha visto un chavista en su vida, o que la oposición no existe, que fulano es ilegítimo y que a los otros hay que barrerlos del mapa. Fundamental en la lucha contra la polarización es acabar con la política de no reconocimiento y la lucha existencial entre «ellos» y «nosotros» y, en su lugar, promover el entendimiento y una lucha política que, sin dejar de ser combativa, como lo es por naturaleza, parta del reconocimiento del contrario y no de las ansias por excluirlo o exterminarlo.

4. El autoritarismo

Es de sobra sabido que la polarización erosiona la democracia y genera mayor tolerancia a posturas autoritarias en ambos «bandos», en nombre de la lucha existencial contra el «otro». Aquí le sobran a ambas partes las excusas, las promesas de que es sólo «mientras tanto», mientras se aplasta al «otro». Sólo acabando con la polarización es posible transitar caminos más democráticos y minar las bases del germen autoritario que hoy está enraizado en la política venezolana.

5. La postura acrítica

El disenso está entre las primeras víctimas de la polarización. Reforzada por la idea de la «unidad» como chantaje y la lucha existencial, y potenciada por los medios cooptados por la polarización, los ciudadanos reciben la información con una advertencia clara: digan amén, o sométanse al punto 1 de este escrito. Ser más críticos ante los políticos, los partidos, los medios y la autoridad es un paso necesario para desmantelar el andamiaje de la polarización.

6. Las solidaridades automáticas

En línea con lo anterior, la concepción de «ellos» contra «nosotros» lleva inexorablemente a las solidaridades automáticas. Si queremos una mejor democracia, urge sustituir las solidaridades automáticas por la rendición de cuentas, desde una postura crítica.

7. La política de la rosca y el cogollo

Si sólo hay dos bandos, la jefatura de esos bandos, sea una persona o un grupete, tienen garantizado el control de todo. Sólo ellos, en pequeños cónclaves, deciden la política, las candidaturas, las estrategias. El pueblo queda de espectador, a lo sumo de actor de reparto. No hay democracia que aguante este esquema, que debemos sustituir por uno de participación amplia desde las bases y los sectores sociales.

8. La ficción entre buenos y malos

Por supuesto que en la lucha existencial de «ellos» contra «nosotros», «ellos» son los malos y «nosotros» somos los buenos. Los dos bandos piensan así y de allí no sale nada bueno. En Venezuela hay gente buena en todas partes y en todos los partidos. Superar esta ficción es fundamental para dejar de poner a los venezolanos de segundos frente a los «opositores» y los «chavistas». Venezuela es más grande que las divisiones artificiales que promueven las élites, según las cuales el otro «no cuenta» porque no es de su bando. En democracia cuentan todos los venezolanos.

9. La abstención

La abstención ha sido una política atroz y parte del no reconocimiento del contrario y de la creencia de que sólo una parte cuenta, y que sin la participación de esa parte el país debe pararse o no existe. Es la política del avestruz, con la cabeza enterrada. Promover la voz de los venezolanos, no secuestrarla en nombre de la polarización, es lo que nos llevará a reconstruir una mejor democracia.

10. La «otra» polarización

Ricos y pobres, negros y blancos, este y oeste, Caracas y el interior. Superar la polarización política es una extraordinaria oportunidad para meterle el pecho a superar, también, las otras polarizaciones que hacen mella en la integración social y que sostienen un sistema de discriminación y desconocimiento del otro. En la promoción de la diversidad y el pluralismo político, estamos empujando también el reconocimiento y la promoción de la diversidad y la justicia social.

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. La Palma es un espacio que ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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La Palma | Ser más críticos ante la noticia

La Palma

096 – 10 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

Ser más críticos ante la noticia

¡Cuánta información nos llega todos los días! Todas las horas, todos los minutos. Puede ser agobiante. El signo de esa información suele ser negativo. Muchas veces nos deja en la lona, abatidos, desesperanzados. Y no es para menos: La injusticia, la crisis económica, el autoritarismo, la situación del medio ambiente. Todo pareciera avanzar sin dar tregua, sin una rendija de luz.

Pese a lo que en algún momento se imaginó, la democratización de la información a través de las redes sociales e internet no se ha traducido en un público mejor informado. Además de la desinformación por diseño, que responde a intereses de distinta índole, los factores de poder y los medios de comunicación le imprimen a sus narrativas lógicas distintas a las del servicio público de informar, que además superan aquel esquema básico de emisor-mensaje-receptor.

Detrás de cada noticia, o evento reseñado como noticia, hay una serie de intereses y una narrativa prehecha. A eso se le suma, además, la cooptación de los medios de comunicación, promovida por la polarización política, y la lógica mercantil que domina a los medios, signada por la competencia por la audiencia y, en el contexto de hoy, los clicks. Entender eso es fundamental para hacer pausa a la hora de digerir la información que consumimos y, en lugar de abandonarnos a las emociones, encararla siendo más críticos.

Sobre todo la información política, como señala Ezra Klein en Why We’re Polarized (2020), apela a quienes hacen barra a uno u otro lado del conflicto. Lo que les interesa es confirmar que van ‘ganando’, o tener argumentos para ‘ganarle’ al ‘otro’. Los medios polarizados no enfatizan lo que nos une, sino lo que nos separa, con la intención de generar una indignación que está íntimamente ligada a las identidades.

Según Klein, mientras más noticias políticas se consumen, más distorsionada es la perspectiva sobre el «otro». Así, los medios polarizados refuerzan identidades y radicalizan posturas. En ese sentido, dice Klein, los medios no se limitan a reflejar la política que tenemos, sino que le dan forma, incluso la generan.

El sesgo de los medios no es ni siquiera de izquierda o derecha, sino que parte de lo que hace ruido, de la indignación, la intriga y la confrontación, en parte porque dependen de ese público radicalizado.

Dicho esto, la invitación es a ser más críticos, siempre. Con los políticos, pero también con los medios, con los curas, con la autoridad sin importar de dónde emane. Tragarse las cosas como vienen, en su paquete prehecho, es morder el anzuelo fácil de los juegos de poder y los intereses creados.

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La Palma | Biden y las sanciones

La Palma

095 – 6 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

Biden y las sanciones

El 3 de noviembre, más de 150 millones de estadounidenses elegirán a su próximo presidente. Luego de unas primarias combativas, con altos y bajos, será el ex vicepresidente Joe Biden quien compita con Donald Trump por el Despacho Oval.

Los venezolanos no hemos sido ajenos a esta campaña, por múltiples razones. En Estados Unidos vive una comunidad nutrida de venezolanos, con peso para influir electoralmente. Además, es público el papel de EEUU en la política venezolana, sobre todo a partir de su patrocinio y tutela del experimento fallido del ‘interinato’. Asimismo, la política de sanciones y bloqueo de la administración actual en EEUU ha incidido e incide en el deterioro de la economía venezolana, ya desmantelada por el mal gobierno.

De modo que no es extraño comentar, desde Venezuela, sobre la campaña estadounidense. Trump sabe la importancia del tema Venezuela. Digo tema Venezuela, más que los venezolanos, porque el desastre madurista ha servido de perfecto espantapájaros para advertir sobre las consecuencias del ‘socialismo’ y lo que, supuestamente, le esperaría a EEUU bajo una administración de la «izquierda radical» demócrata, un chiste en sí mismo… para cazar votos.

Biden también lo sabe. El candidato demócrata ha insistido en un cambio de política internacional. Su principal oferta a la comunidad venezolana es un Estado de Protección Temporal (TPS) para los venezolanos en EEUU, que valoramos positivamente y que tendría un impacto beneficioso sobre la comunidad venezolana en ese país. Pero, ¿Y los venezolanos en Venezuela?

Biden ha sido tímido con respecto al continuismo de la política de intervención en Venezuela. Ha esquivado quizás el tema más espinoso: las sanciones económicas que, pretendidas contra Maduro y su élite, les resbalan, perjudicando, en cambio, a los venezolanos más necesitados.

Entendemos que la timidez obedece a presiones, al cuidado del siempre duro voto del sur de la Florida y al lobby de la burocracia del ‘interinato’ en DC, temerosa de perder su beca en una posible era post Trump, pero esperamos más. Si Biden quiere realmente representar un cambio en la política internacional de Trump, sobre todo hacia América Latina, debe comprometerse a levantar sin complejos las sanciones contra los venezolanos, al menos las sanciones generales que sólo agravan la crisis.

La coalición alrededor de Biden, sobre todo los sectores progresistas que son fundamentales para su triunfo, deben velar por ese cambio. De lo contrario, seguiremos en lo mismo y la casta que ha hecho del ‘interinato’ su modus vivendi cambiará de jinete si ve a Trump perdiendo, en nombre del ‘bipartidismo’, todo por mantener los privilegios y conservar los cuantiosos recursos que, sin contraloría, sirven para mantenerla en la comodidad.

Si Biden quiere un cambio genuino de política con respecto a Venezuela, debe analizar el daño de las sanciones y revertir la política de los halcones que hoy ocupan la Casa Blanca para dar paso a canales diplomáticos que estabilicen la relación y fortalezcan la interlocución para que la postura de apoyar la libertad en Venezuela no se traduzca en hacerle la guerra a los venezolanos.

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La Palma | Uribe y el retorno de las viudas

La Palma

094 – 5 de agosto de 2020

Mi comentario de hoy

Uribe y el retorno de las viudas

En noviembre de 2019 escribí un artículo titulado «Del autobús del progreso a las viudas de la derecha«. Allí, analizaba cómo, después de haber hecho del progreso el eje central de la campaña presidencial de 2012, los representantes del mainstream opositor se habían convertido en las viudas de la derecha latinoamericana, emprendiendo una cruzada esquizofrénica contra las justas causas populares en la región y solidarizándose, en cambio, con los elementos más reaccionarios de la política latinoamericana, dejando al descubierto que el tema del progreso apenas fue, lamentablemente, un eslogan vacío.

Ayer, cuando la justicia colombiana ordenó el arresto domiciliario del ex presidente Álvaro Uribe, volvieron al ruedo, ofreciéndole su apoyo incondicional en nombre de la ‘democracia’ y, en el proceso, no sólo ignorando las acusaciones que pesan sobre Uribe sino despachando los reclamos de los colombianos.

La plana mayor del ‘interinato’ in partibus cerró filas con Uribe en un espectáculo vergonzoso que deja, o debería dejar más claro, sobre todo a los amigos de la entelequia que han llamado la ‘comunidad internacional’, de qué van esos personajes y qué le esperaría a Venezuela bajo un gobierno -uno de verdad- de esos sectores.

Han incorporado el conflicto colombiano a una narrativa caricaturesca de lucha entre el bien y el mal, en la cual, por supuesto, ellos son el bien y los demás el mal. Ignoran, o no les importa, que Colombia produce 80% de la cocaína a nivel mundial, que es, en sentido estricto, un narco estado; o lo terrible que ha sido, no sólo la guerrilla, sino el paramilitarismo que, muchas veces, ha contado con el visto bueno del gobierno colombiano. Para ellos, todo es una conspiración del Foro de Sao Paulo, enchumbada en la miopía con la que piensan que Venezuela es el centro del mundo y que todos los males obedecen a los tentáculos del chavismo, ese que dibujan al mismo tiempo como todopoderoso y débil.

A Uribe lo están juzgando por el menor de sus pecados, no por sus nexos con el narcotráfico ni con el paramilitarismo, no por su política de falsos positivos que enlutó a miles de familias humildes colombianas. Eso no les importa.

Quizás lo más preocupante es que, con el apoyo y la solidaridad automática están avalando, también, la manera de actuar de Uribe como ejemplo a seguir. En ese sentido, la solidaridad incondicional del ‘interinato’ y sus voceros con Uribe no es sólo una torpeza política, sino una advertencia grave sobre el peligro de una élite que es capaz de voltear a otro lado en materia de Derechos Humanos y erosión de la democracia cuando sirva a sus propósitos.

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La Palma | Hoy no fío, mañana sí

La Palma

093 – 4 de agosto de 2020

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Hoy no fío, mañana sí

A veces pareciera que tratan de imitar al gobierno, ese que encadena para anunciar que próximamente anunciarán anuncios que nunca anuncian. Luego de la capitulación abstencionista, que no sorprendió a nadie, los sectores del G4 -que pretenden vender ahora como un G27 que no existe- anunciaron que «en los próximos días» anunciarán los anuncios sobre las estrategias a seguir una vez comunicadada su decisión de no hacer nada. Hoy no fío, mañana sí.

La verdad es que no hay estrategia, al menos no hay estrategia confesable. Siguen entrampados en la calle ciega de lo esotérico: que «pase algo», que otro país invada militarmente a Venezuela para ponerlos a ellos donde no han logrado que el pueblo los ponga, que unos militares -esos a quienes han llamado de narcos para abajo- los apoyen y les den el coroto, o que las sanciones terminen por alborotar al pueblo para que se rebele. Deseos no empreñan.

Ya no hacen política. Abandonaron no sólo la vía electoral, sino el activismo, las consultas a las bases, la organización popular, la construcción de coaliciones de base, el acompañamiento de los problemas de la gente, la promoción de una alternativa con un programa propio para el futuro, para la construcción de la esperanza en términos tangibles. Todo eso es más aburrido y más difícil que el atajo, que la salida fácil que no existe, que encarar la realidad y bajarse de las fantasiosas nubes. Es un retroceso gigantesco. Ya dice la sabiduría popular que el flojo trabaja doble.

Hoy anuncian que anunciarán, mañana harán lo mismo. Entrampados, sólo les queda afincarse en la demagogia y la fantasía. Vender humo. Que si la comunidad internacional, que si la continuidad administrativa (sí, la misma que le criticaron a Maduro en 2013), que si los mil eufemismos para el mareo semántico. Llenarán las redes sociales, su único campo de actividad, de slogans vacíos, de frases huecas. Y no dirán nada. Y no harán nada. Y el país sabe que los anuncios de los anuncios son como el cartel de los comercios, ese que dice «hoy no fío, mañana sí».

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La Palma | A la tercera, los vencidos

La Palma

092 – 3 de agosto de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

A la tercera, los vencidos

Decía el pensador en su 18 Brumario que la historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como una farsa. Si la abstención de 2005 fue tragedia, la de 2018 fue, sin duda, la gran farsa.

El G4 develó ayer el secreto peor guardado del país: que no van a participar en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre. Luego de la tragedia y la farsa, esta tercera no es más que la capitulación, la manifestación de que no saben qué hacer más allá de sostener todo lo que puedan el status quo que han convertido en modus vivendi. Se rindieron.

La reincidencia en una estrategia a todas luces fracasada también pone de relieve la soberbia, la incapacidad de rectificar y la autosuficiencia con la que un puñado de políticos acomodados le dice al país que sin ellos no hay vida, que sólo ellos valen.

Están equivocados.

Nosotros no nos vamos a rendir, no vamos a abandonar a los venezolanos. Es hora de pasar la página. Vamos a votar porque creemos en la cultura cívica, en la participación, en hacernos cargo de nuestro destino sin esperar a que «pase algo» ni que vengan a salvarnos otras gentes de ojos claros y rubias cabelleras.

Los venezolanos no nos resignamos a vivir en un eterno Día de la Marmota para mantener a un liderazgo fracasado en la teta del ‘interinato’.

Ya está. Avancemos. Para los que no les gusta la cita que abre esta corta nota, dejamos una de la cultura popular anglosajona, en la que quizás se sienten más a gusto: «Fool me once, shame on you, fool me twice, shame on me, fool me three times…«

La Palma | Breve crítica al periodismo venezolano

La Palma

091 – 30 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Breve crítica al periodismo venezolano

Mi profesor Antonio Cova, ese gigante que marcó a varias generaciones de sociólogos y periodistas en la UCAB, que fue profesor de mis padres antes de que yo siquiera pensara en nacer, y de quien luego tuve la oportunidad de ser estudiante y asistente académico, solía parafrasear a Alexis de Tocqueville cuando se refería a los medios de comunicación: «Los prefiero, más por los males que evitan, que por los bienes que producen». Era su manera, la de Cova, quien por años dio clases en la Escuela de Comunicación Social y llevaba con orgullo su doble condición de sociólogo y periodista, de ofrecer una crítica honesta al periodismo venezolano, a su superficialidad y sus carencias.

Esta semana, dos hechos han puesto de relieve esas fallas, y vale la pena comentarlos, criticarlos, en el entendido de que los periodistas y los medios de comunicación, como actores sociales, son sujetos a la crítica, como lo son los políticos, los funcionarios públicos y todos los que tienen una responsabilidad mayor con la ciudadanía.

Los dos hechos: Patricia Poleo, periodista experimentada que incluso llegó a tener en sus manos la formación de estudiantes en la Universidad Santa María, aseverando que «los periodistas ni siquiera tenemos que mostrar pruebas» cuando hacen una acusación. El otro: el portal Caraota Digital, reseñando el fallecimiento de un médico por Covid-19 bajo el titular «Luego de estar luchando por meses, falleció médico gay por Covid-19».

Vamos por partes. Lo de la señora Poleo generó una fuerte crítica, incluso entre periodistas cercanos a la parte ‘afectada’ (cercanos, pues al partido Voluntad Popular), quienes de pronto ‘descubrieron’ en la periodista con sede en Miami las prácticas repudiables que son incapaces de reconocer en ellos mismos. Digámoslo con claridad: Pueden meterse con Poleo, merecidamente, incluso usarla de chivo expiatorio, pero la verdad es que eso de que «los periodistas ni siquiera tenemos que mostrar pruebas» ha sido el credo de buena parte del periodismo venezolano desde hace un buen rato, con honrosas excepciones.

Lo segundo, lo de Caraota Digital, lo hemos visto mil veces, en mil medios, en la pluma de mil periodistas, cuando se refiere a profesiones menos ‘respetables’ que la de un médico y que generan menos indignación social. Cada vez que titulan señalando la sexualidad de alguien, que si era trans, que si era lesbiana… es obvio que no lo hacen para informar esta pieza ‘clave’ de la noticia, sino para estigmatizar, todo en nombre del sensacionalismo y de la pacatería conservadora que le sirve.

Pero volvamos a las honrosas excepciones. En Venezuela hay periodistas de primera, claro que los hay. Y son ellos los llamados a criticar de primero, a alzar la voz por su oficio, en lugar de cerrar filas en una solidaridad automática inmerecida y contraproducente. Cada periodista pirata y amarillista, homofóbico e irresponsable, es una mancha para quienes se toman el periodismo con seriedad, responsabilidad y profesionalidad.

Quienes hacemos vida pública, llevamos años acostumbrados a cierta pretensión, a cierta sugerencia, según la cual a los periodistas hay que tratarlos con guantes de seda. Común es que las primeras palabras de los políticos sean para agradecer a los medios su presencia y su ardua labor. Más común todavía, que alcaldías, gobernaciones y demás instituciones destinen parte de su presupuesto, ese que siempre escasea, para lanzar fiestas, agasajos, cestas de regalos, para los periodistas, junto a condecoraciones de todo tipo y demás periquitos para la jalada de mecate. Criticar al periodismo es tabú, es, sobre todo para los políticos, darse un tiro en el pie. «¡Ten cuidado!», «¡no te caces esa pelea!» y el siempre oscuro «¡no te conviene!» son la santísima trinidad de ese chantaje.

A Venezuela le conviene un periodismo serio y bueno. Unos periodistas con ética profesional. No es este el espacio para disertar sobre el cambio transitado por los medios a mediados del siglo XX, cuando pasaron de tener una visión de servicio social a regirse por la lógica mercantil, de los ratings y subscripciones, abuelos de la que rige hoy: la lógica de cazar clicks y RTs. Ni vamos a entrar en detalle de cómo el periodismo venezolano está a contravía de lo que prevé la Constitución: «información oportuna, veraz e imparcial, sin censura…». Tampoco es el espacio para reiterar lo obvio, aunque es justo mencionarlo: los periodistas y los medios han sido objeto de todo tipo de persecuciones, de obstáculos a su trabajo, de censura, represión e incluso violencia de grupos paramilitares que le hacen el mandado al autoritarismo. Pero sí podemos mencionar algunas cosas que son clave. Sabemos que la polarización política sirve a ambas élites para excluir, cooptar y suprimir el disenso. Eso es especialmente cierto en los medios de comunicación, que se alinean a los polos en una operación que tiene por principal víctima a la verdad y que afecta, con su desinformación, a la ciudadanía. La verdad, dice la sabiduría popular, está en algún punto medio entre VTV y La Patilla y queda de los venezolanos hacer una complicada operación casi aritmética para encontrarla.

Hay un periodismo posible que no parte de la intriga y el sensacionalismo. La intriga y el sensacionalismo no tienen que ser intrínsecos al periodismo. Hay un periodismo posible desde la seriedad, la responsabilidad y la ética profesional. Y este aporta mucho más al servicio público de informar a la ciudadanía, por más que se le vea como ‘aburrido’, que se preste menos al ‘tubazo’ y que genere menos clicks.