Censura, autocensura y vergüenza

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La censura no tiene lugar en democracia.  Es un acto aborrecible, denigrante, que sale de las entrañas de la prepotencia del poder.  También de sus temores, el temor a la verdad, a la diversidad, el temor a quedar en evidencia.  La censura busca aplastar, negar los hechos y, más allá, la mera duda sobre los hechos.  De los censurados busca el desánimo, la derrota, el sentimiento de insignificancia.

Peor que la censura es la autocensura.  Por temor al censor, al poderoso, se agacha la cabeza, en un acto que es a la vez indignante y profundamente vergonzoso.  Cree el que se autocensura estar a salvo, cuando en realidad sienta el peor de los precedentes, uno que otorga al censor todo el poder para manipular a su voluntad a su víctima, a la que sabe ahora dominada y vencida.

En Venezuela hemos conocido de sobra ambos fenómenos.  Hoy los medios no existen.  No en su condición natural.  Si hay un temblor, no lo reportan hasta que el gobierno no lo haga, no vaya a ser que los multen.  Se acabó la cobertura en vivo, de lo que sea.  Los casos más sonados ruedan ampliamente por la mensajería celular, días antes de que algún medio se atreva a reportar una noticia ya vieja, que no es novedad para nadie, en su versión más diluida.

Así, la sombra ominosa del silencio lo cubre todo. Hablar con cuidado, escribir con cautela.  No te metas en eso, deja eso así.  El abuso hace de las suyas, arremete ante la estrategia de la pasividad, ante la contradicción fulminante según la cual lo que hay que hacer es no hacer nada.  Pasar agachado es la máxima para medios, empresas, universidades y particulares que se suman a la lista de víctimas del insaciable censor.

Pero el silencio no logra nada, sólo alimenta el gran tumor del miedo y la metástasis del atropello.  Y, así, lo contagia todo… En esto no hay honor ni prudencia.  Sólo miedo.  Lo que ignora la víctima, o se hace el que lo ignora, es que su postura acomodaticia nada logra.  Todo lo contrario, su silencio lo hunde más en el abismo, su inacción es un profundo golpe contra la esperanza.

Nuestro pueblo indómito, el del cuero seco, el parejero, el del derecho a pataleo, hoy ve cómo sus referentes éticos y morales abordan resignados el tren hacia el silencio, con la vana esperanza de que en el trayecto pare por gracia o cambio del conductor.  Nada lograrán, sino perpetuar la afonía por atrofia, matar la pluma por la artritis al principio impuesta y luego autoimpuesta.

El silencio nunca servirá para nada.  Ante la censura, como acto injusto e impúdico, alzar la voz.  Ante la autocensura, vergonzosa e indignante ¡alzar la voz! Alzar la voz por la dignidad, por lo bueno y justo.  Alzar la voz por Venezuela.  Basta de silencio.


Publicado en RunRunes el 25 de noviembre de 2015.

El ABC de Daniel Fermín, Sociólogo e Investigador de la UCAB: “No le estamos pidiendo a nadie que venga a resolver nuestros conflictos”

La calidad de las elecciones no es cuestión de un día. El voto es la alternativa para resolver los problemas en paz. Vender el tema de la observación electoral como una intromisión no es correcto. El 66% de los venezolanos desconfía del CNE, pero el 87% irá a votar el 6D, señala el vocero del Proyecto Integridad Electoral de Venezuela.

Macky Arenas

Daniel Fermín es editor de la Revista PolitiKaUCAB.  Sociólogo por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), con estudios de postgrado en Gerencia Pública de la Universidad Metropolitana.  En 2015 realizó el Programa de Estudios Avanzados en Conflicto No-Violento de la FletcherSchool of Law&Diplomacy de la Universidad de Tufts (Boston).  Investigador del Centro de Estudios Políticos y profesor de la Escuela de Ciencias Sociales de la UCAB.

Es Investigador del Proyecto Integridad Electoral de Venezuela del CEP. Esto fue lo que nos dijo para los lectores de ABC de la Semana.-

“Desde la Academia no estamos pidiendo que se creen condiciones para que la oposición gane.”

_  El gobierno se resiste a permitir la observación internacional sobre las elecciones. ¿Qué implica para la integridad electoral?

_  Hemos venido trabajando la integridad electoral, un proyecto que tiene como base el elaborado por la Universidad de Harvard y la de Sydney, en Australia, iniciativa de una extraordinaria politólogo de apellido Laurence, el cual hemos traído a Venezuela  pues el concepto de integridad electoral se ha convertido en una especie de sello de calidad internacional, en un estándar internacional de la salud y la calidad de los sistemas electorales y, por ende, también del sistema democrático.

_ Ustedes sostienen que  la integridad electoral es un ciclo. ¿Qué significa eso?

_  La calidad de las elecciones no es cuestión de un día. No se trata solamente de lo que ocurre en el día de las votaciones, sino lo que sucede desde la selección misma de las autoridades electorales que, por cierto, el año pasado fue completamente irregular. Eso tenía que haberlo hecho la Asamblea Nacional. Como no se pusieron de acuerdo, el Presidente de la Asamblea declara que hay omisión legislativa y lo envía al Tribunal Supremo. Al final solo cambió un rector, dos se reeligieron. Nosotros, desde ese preciso momento estamos activos, denunciamos que no es lo mismo falta de acuerdo que omisión, así que desde ese primer momento las cosas comenzaron a hacerse mal.

 _ Uno tiene la impresión de que todo eso está viciado de principio a fin. ¿Es que habrá algún renglón de la plana en el cual se observe la integridad electoral?

_  Lamentablemente, Venezuela no se cuenta entre los primeros países en materia electoral; por el contrario, competimos con los países más autoritarios del planeta por el primer lugar en desconfianza. Eso es una lástima pues tecnológicamente estamos muy avanzados, pero en la calidad del sistema no damos la talla. Triste, en un país que tiene una tradición democrática de 60 años que se manifiesta en todos los estudios que hacemos.

 _ ¿De qué manera?

_ 66% de los venezolanos desconfía del CNE, incluidos chavistas descontentos y, aún así, el 87% de los venezolanos asegura que, pase lo que pase –y remachamos la pregunta- irá a votar el 6D.

 _  Eso habla de una fuerte cultura democrática que resiste en el alma del país…

_  Eso habla no sólo del aprecio y valor que el venezolano concede  a la democracia, sino de que, a pesar de los intentos por falsificarla historia y de la época de democracia civil –con todas sus fallas- el venezolanos tiene a la democracia como faro y guía para tratar de salir de los problemas por más graves que sean.

 _  Podremos tener una tecnología muy avanzada pero, ¿a qué está sirviendo si no es a la transparencia del voto?

_  La transparencia del voto depende más del factor humano que del tecnológico aunque la tecnología siempre dependerá de la apertura a auditorías y observación permanente por parte de los factores políticos y de la sociedad en general. Afortunadamente, los factores políticos tienem excelentes técnicos, hay que decirlo. A pesar de que hay mucho miedo por el tema tecnológico pues son muchos los venezolanos que piensan que el voto no es secreto y que se pueden cambiar electrónicamente los resultados – a pesar de que esto no ha sido así hasta ahora-, esa es la percepción y tiene más fuerza que la realidad. Por eso no entendemos por qué el CNE se ha negado sistemáticamente a una campaña más agresiva que reafirme el secreto del voto. Nosotros, desde la UCAB, ante la negativa del CNE y en base a los principios de corresponsabilidad que establece la Constitución, nos hemos dado a la tarea de impulsar comunicacionalmente el empoderamiento ciudadano, que la gente perciba que los dueños de este proceso no son los candidatos, ni el CNE, ni mucho menos el Presidente, sino los ciudadanos.

_  El sólo hecho de que la gente quiera ir a votar a pesar de los pesares indica que hay conciencia acerca de esa responsabilidad…

_  Este años hicimos un seminario internacional sobre integridad electoral y, al presentar los resultados de la encuesta, alguien nos preguntó si no existía una contradicción entre desconfiar del CNE y querer votar y, antes de poder responder, la representante del Acuerdo de Lima –acuerdo internacional en asuntos electorales-, una colombiana, dijo algo bello además de impactante: “No hay contradicción, la gente quiere votar porque no se quiere matar”. En otras palabras, el voto es la alternativa para resolver los problemas en paz.

_  Para resolver las cosas en paz, tendríamos que tener un gobierno que reconociera el resultado del voto. Hasta ahora no ha sido esa la tónica del discurso oficialista y, si ni siquiera admiten observadores, “huele a podrido en Dinamarca”…

_  Si uno quisiera jugar a abogado del diablo y dar el beneficio de la duda a las autoridades electorales, podríamos partir del punto en que ellos afirman que no en todos los países del mundo hay observación electoral, de hecho, en los más desarrollados no la hay…

 DESCONFIANZA

_ ¡Porque no hace falta!

_  Cuando he tenido oportunidad le he respondido a la señora Lucena que eso es cierto, pero que también lo es el que no en todos los países del mundo existe el grado de desconfianza en el sistema electoral que existe en Venezuela. Quiere decir que el primer interesado en generar confianza en el proceso electoral, el mismo que ellos proclaman como el mejor del mundo, es el CNE. Es por ellos que la negativa a la observación internacional y las trabas que se le ponen a la nacional es algo incomprensible, con lo que no podemos estar de acuerdo. Por eso insistimos tanto en demandar del CNE una rectificación en su postura.

 _  Pueden alegar que permiten la figura del “acompañante”…

_  Hoy en Venezuela no está planteada la observación electoral. Han intentado sustituir la figura del observador por la del acompañante que no es un observador pues tiene unas atribuciones muy limitadas. Es una especie de mirón de palo, no puede hacer informes, no puede citar a la prensa, lo pasearán por donde pasa la novia, no tendrá participación real. El acompañamiento es una observación chucuta que no cumple con los parámetros.

“El venezolano tiene la democracia como faro y guía para salir de los problemas.”

       VENTAJISMO

_  ¿Será por eso que Unasur, Brasil y otros se ha deslindado?

 _  La respuesta de Unasur, de Uruguay, la posición de Brasil – países que no pueden ubicarse precisamente entre los enemigos del gobierno- es significativo. Las instituciones de esas naciones no están dispuestas a poner en entredicho el mucho o poco prestigio que tienen, a dar un cheque en blanco a las autoridades electorales venezolanas. Dicen: “Ya va, eso no es así. Sin las garantías mínimas nosotros no podemos aceptar participar”. Allí es donde consta que no se trata de una agenda internacional de ataque contra Venezuela, ni contra la soberanía. No le estamos pidiendo  a nadie que venga a resolver nuestros problemas. Simplemente, países que fueron aliados hoy ya no tienen confianza en las condiciones en que este gobierno está llevando este proceso electoral.

 _ Retratarse en grupo a veces es riesgoso…¿pero qué perfil y requisitos debe cumplir una auténtica y sana observación electoral?

_  El tema de fondo aquí es la generación de confianza, el tener más ojos sobre el proceso y el valor  de la observación electoral internacional es que aporta ojos que no tienen interés político porque no tienen parte en el proceso venezolano. Debe ser observadores calificados e independientes. El problema es que el gobierno selecciona a los que quiere de Unasur, de Rusia y otros lugares y son gente que no tiene experiencia alguna en observación electoral. La OEA, sin embargo, tiene la misión de observación electoral  más antigua del mundo. Desde que el 1962 llevaron su primera misión en Costa Rica llevan acumulada la más vasta experiencia, lo que hoy llaman el know-how. Aquí no solo no fue invitada sino descalificada por el gobierno y por las instituciones del Estado; la Unión Europea, igual, tiene una utilísima trayectoria en muchos países y procesos electorales.

 _  Y nadie los ha acusado de metiches ni de conspiradores…

_  Vender el tema de la observación electoral como una intromisión no es correcto. El Presidente de la Asamblea ha llegado a calificarla de pretensiones neocolonialistas, pero todo eso forma parte de un discurso político orientado a, por una parte, cohesionar internamente a unas filas oficialistas cada vez más menguadas y disidentes; y por la otra, el propósito expreso de generar abstención en la próxima jornada de votación. Nosotros creemos que el tema de fondo es la confianza y la clave es el tema de la paz: en manos del CNE y de la dirigencia política nacional está la paz del país. Vivimos tiempos de mucho conflicto, de mucha crispación y, ante esa realidad, nuestra responsabilidad nos ha llevado a hace un llamado al CNE para que permita y promueva la observación electoral.

 _  Que no es materia sólo del día de las elecciones…

_ Exacto, no se trata solo de permitir que el 6D visiten a los centros, que los paseen, que se asomen detrás de la máquina. Todo eso es válido, pero una genuina misión de observación electoral ya debía estar en el país, aún desde el inicio de la campaña, aunque en Venezuela el arranque es bastante simbólico ya que el CNE se ha excusado diciendo que no puede reglar la precampaña, sólo la campaña, lo cual se ha convertido en una manera de dar rienda suelta al ventajismo y la falta de controles. Sabemos que todo el mundo está en campaña y desde cuándo: hay vallas, hay murales, hay cuñas en radio…para nadie es un secreto que aunque falten 10 días para el inicio oficial, estamos en campaña.

 _  Y el que tenga más dinero lleva ventaja y quien tiene es el gobierno…

_  Desde la Academia no estamos pidiendo que se creen condiciones para que la oposición gane, lo que pedimos es que se generen condiciones competitivas para todos.-


Publicado en ABC de la Semana el 13 de noviembre de 2015.

Donde no llega el Estado

Semana Santa nos agarró en el llano guariqueño.  Caminos de tierra cruzan la inmensidad de una tierra hermosa, aunque castigada por los estragos del intenso verano.  Mayores son, sin embargo, los estragos de otro orden, los que provienen del colapso y el abandono de las instituciones públicas.  Los servicios públicos no existen en la ruralidad venezolana y, más allá del hechizo que evocan las aguas del morichal y la luz omnipresente de la luna llena en unas noches que nunca son del todo oscuras, se manifiestan las deficiencias del día a día, la necesidad que pasa la gente. 

Por cuadras llaneras se ven personas sentadas sobre sus bombonas en la vía principal, esperando a ver si pasa el camión.  El resto cocina a leña.  Luz eléctrica, ni hablar.  El llano se mueve a punta de plantas que funcionan con gasolina.  Un desperfecto en alguna y sucede lo que encontramos en Parmana: no hay repuestos, por lo tanto no hay luz, por lo tanto no hay, para decir lo menos, hielo ni nada que requiera de refrigeración desde hace tres meses.  Los Mercales, cerrados.  El patrullaje, prácticamente inexistente.  Que el mundo rural posea riquezas propias, infinitamente distintas a las de nuestro caos urbano, no justifica el abandono.  Por allá no llega el Estado.

Días antes nos encontrábamos en otros caminos, también de tierra, que mostraban otros rostros de hastío sobre otras bombonas, esperando a otros camiones que tampoco llegaban.  Casas de bahareque nos transportaban a siglos pasados y sólo el zumbido de las motos nos recordaban que no estábamos en alguna sabana lejana sino en los linderos del Área Metropolitana de Caracas.  Hablamos de la Zona Rural de El Hatillo.

Más de 400 kilómetros separan las dos localidades.  No obstante, muchos de los problemas son los mismos. ¿Por qué? La ruralidad tiene su dinámica, sus maneras, lo hemos dicho.  No se trata de eso, hay algo más allá: la ausencia del Estado.

En la Fila de Turgua conversamos con Gustavo Cisneros.  Comparte nombre y apellido con uno de los magnates más reconocidos del país y del mundo, aunque su realidad dista mucho de la de su tocayo de La Colina.  Gustavo es docente y promotor comunitario, recorre todos los caseríos de la Fila pendiente de la cisterna que surte agua a las casas que dependen de ella ante la ausencia del servicio directo.  En tiempos pasados, con el esfuerzo de una Cooperativa, consiguió y manejó una ambulancia en El Calvario, el barrio popular ubicado en la zona urbana, frente al pueblo de El Hatillo, hasta que se metieron el Estado y la prudencia de las leyes, y dejó de manejarla…  Y dejó de haber ambulancia en El Calvario.  En tiempos remotos fue concejal, aunque su tono y carácter es la de un hombre que es político en su preocupación y vocación por lo público, pero que se ha cansado ya del carnaval partidista y electoral.  Es, ante todo, un hombre sencillo, cordial, servicial, tímido ante la cámara.  Conoce a todo el mundo, a los papás de todo el mundo, y las historias de todo el mundo.  Critica donde hay que criticar, reconoce donde hay que reconocer.  Con él recorremos las realidades de la ruralidad hatillana, a escasos kilómetros de La Lagunita, su despampanante vecina, con la que comparte, si acaso, una jurisdicción político territorial.

La comparación la hacemos muy adrede.  Es parte del drama de esta zona remota, rural, que forma parte de un municipio tenido por muchos, erróneamente, como rico.  También es un municipio de recursos muy escasos, por los cuales se pelean los ciudadanos de las zonas más densas.  Hay, en El Hatillo, al menos cuatro realidades: la de una clase media que reclama la atención de las instancias del gobierno, específicamente de la Alcaldía; una pequeña zona popular que tiene menos gente pero más necesidades; una robusta zona de mansiones con ciudadanos que, también en su derecho, reclaman servicios, ornato, seguridad, atención del gobierno; y nuestra zona, la que recorremos con Gustavo: rural, empobrecida, marginal en el sentido más estricto de la palabra. 

En un punto de la Fila de Turgua se cruzan tres municipios de Miranda: El Hatillo, Baruta y un Paz Castillo que ya nos suena lejano a los caraqueños.  Más allá de lo trivial, esto viene a constituir un drama adicional, el de esas tierras de nadie, fronterizas, que nadie suelta pero que tampoco nadie quiere.  Allí hay habitantes, más que ciudadanos.

Cuatro niveles de gobierno tienen competencia sobre la Zona Rural de El Hatillo: el gobierno nacional, la Gobernación de Miranda, la Alcaldía del Área Metropolitana de Caracas y la Alcaldía de El Hatillo.  A esa lista debemos sumarle la Corporación de Desarrollo de la Cuenca del Río Tuy “Francisco de Miranda”, mejor conocida como CorpoMiranda, a cuya cabeza se encuentra el ministro Elías Jaua, bautizado desde el alto gobierno como el “Protector” del Estado.  De modo que con cuatro instancias electas y una paralela que supera en presupuesto a varias de las anteriores, cabría suponer algún tipo de presencia y, con suerte, algún esfuerzo mancomunado en la zona.  No es el caso.

No hay coordinación alguna, nos dice Gustavo.  Las instituciones no se ponen de acuerdo ni se organizan en beneficio de la comunidad.  Hay demasiada separación y anda cada quien por su lado, insiste.  Compiten, no en gestión, sino en poder: “los que tienen más poder se lo quitan a los que deberían tener, que tampoco hacen”.  Para muestra, el ambulatorio, envuelto en una confusión administrativa entre la alcaldía y el ministerio, o la seguridad: por ser Zona Protectora, le corresponde a la Guardia Nacional Bolivariana asumir labores de patrullaje, pero no las hace.  Tampoco la Policía de Miranda ni la Policía de El Hatillo tienen mayor presencia, mientras la droga le gana el juego a la juventud en una zona donde no existen mayores oportunidades de formación, empleo, esparcimiento o buen uso del tiempo libre.

Gustavo alude al tema de la partidización como algo que “perjudica mucho” a la comunidad.  No el hecho de que existan partidos, sino la dinámica que surge cuando los dirigentes ponen el querer figurar, o “protagonizar”, como él mismo lo define, por encima de las soluciones y las propuestas concretas.  No hay, a escasos kilómetros de la Capital, los servicios más básicos, y la partidización, o más específicamente los conflictos que surgen a partir de la partidización, se han constituido en un obstáculo para que lleguen esos servicios.

Creemos justo reconocer, en medio de este estado de abandono en el que viven los ciudadanos de las zonas rurales, la presencia de mujeres y hombres que trabajan en lo público y desde lo público.  Sorprende que en algunas zonas de Turgua pasa el aseo urbano, prestado por la alcaldía, que también proporciona la cisterna.  El ambulatorio cuenta con un médico cubano.  Cuando decimos que no llega el Estado no queremos despachar ni minimizar estos esfuerzos, sino señalar su insuficiencia.

¿Qué hace falta para cambiar esto? Es una pregunta que le hacemos directamente a Gustavo.  Responde completando el diagnóstico: “Somos la otra cara de Venezuela.  La gente que necesita, la gente que no tiene, la gente que pasa trabajo”.  Continúa relatando las carencias: de transporte público, seguridad, escuelas mal dotadas, ausencia de comedores, Mercales que no abren, hogares de cuidado diario que hacen falta, y concluye que se debe “a la misma parte política”, con lo que quiere referirse a la conflictividad.  Aterriza en los retos, en lo que hace falta para cambiar y se centra en la unión entre los vecinos y en la imperiosa necesidad de consolidar una mayor organización.  Están las leyes que promueven la participación, los consejos comunales, “pero no se lleva a cabo”.  Las soluciones a los problemas de su comunidad siempre han venido desde la misma comunidad, por eso su foco está allí, en fortalecer el músculo comunitario, el vínculo social primario, directo.  Quizás es tanto el abandono que ya siente al Estado lejos, al gobierno en otro plan que no es el de brindar servicios.  O tal vez la experiencia le ha enseñado que la democracia se consolida desde abajo y las reivindicaciones se logran con espíritu gregario y reclamo colectivo.

Al drama de un Estado ausente, de una conflictividad política que obstaculiza la gestiones de gobierno, de una ruralidad sin mayores dolientes en las instancias de poder y de una población que está al margen de todo lo hemos llamado Parmana, Turgua, Zona Rural.  Pero podríamos llamarlo de mil maneras, a partir de mil realidades análogas a lo largo y ancho del país.  Comunidades que carecen de lo más básico en pleno siglo XXI, ante un gobierno cuyas prioridades están en otro lado.  Coincidimos con Gustavo en que el progreso está en la fuerza de la gente, en su capacidad de organizarse y reclamar lo que le corresponde, en la verdadera democratización de lo público y en una transformación que permita redirigir el esfuerzo estatal hacia la solución mancomunada de los problemas.  Urge recuperar lo público para la gente, democratizarlo, modernizarlo, despojarlo de sus lógicas perversas, porque aún hay personas que viven como hace dos siglos allá, donde no llega el Estado.


Publicado en PolítiKa UCAB el 9 de abril de 2016.

Venezuela en cuatro bloques

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Aguantando la respiración.  Así andamos los venezolanos en medio de una crisis generalizada que se caracteriza por el desborde de la inflación, el desabastecimiento y la escasez.  Que nada se rompa, que nada se dañe, que nadie se caiga (sobre la crisis del sector salud podríamos escribir bibliotecas enteras).  Hoy la precariedad y la vulnerabilidad son cruces que cargamos a cuestas los venezolanos comunes y corrientes.

Cualquier imprevisto es un golpe.  Los repuestos de automóviles no escapan, por supuesto, a esta realidad, y cualquier metida al taller implica no sólo la incertidumbre de una fecha de entrega sujeta a la intercesión de santos patronos de repuestos inencontrables, sino la del precio final de unos productos que, precisamente por ser escasos, cuando aparecen son incomprables.  Para el que trabaja con su carro, o el que gracias a su carro puede trabajar en puntos apartados de la ciudad, una falla mecánica puede ser la diferencia entre poder hacer mercado o no, entre comer o no.

Particularmente grave es el problema de los cauchos.  El “no hay”, consigna real, aunque no oficial, de la economía revolucionaria, también domina la actividad cauchera.  El drama para cualquier hijo de vecino comienza cuando se percata de que, caramba, a un caucho le falta aire.  Manejando con cautela, se acerca tempranito a la estación de servicio más cercana, donde le dicen que, qué va, a esa hora no hay aire porque no ha llegado el muchacho, venga más tarde.  Accidéntese en horario ejecutivo.

Si sigue a otra bomba, se percata de que existe un patrón.  A la tercera estación se rinde, en ninguna hay aire.  Estación de ¿servicio? Se estaciona y pasa las horas angustiado por un caucho que está ya casi en el piso.  Cuando sale, va, ahora con más cautela, a otra bomba, donde se da cuenta de que no es cuestión de horario ni de personal.  Las bombas de gasolina ya no tienen aire.  Hasta ese punto llegó el “no hay”.

Se dirige entonces a una cauchera.  En la primera, pareciera mamadera de gallo, ¡no tienen aire! Se dañó el compresor y, naturalmente, no hay repuestos.  Piensa en los puestos de trabajo, en un negocio abierto que no sabe bien cómo funciona sin aire, como panadería sin harina.  Afortunadamente, al lado hay otra cauchera.  Se estaciona, ya preocupado porque ni el caucho de repuesto puede colocar en lugar de este que se ha antojado de dañarse.  Recuerda que, precisamente, el de repuesto está allí porque estaba ya malo para rodar.  Cosas de nuestra vialidad urbana.

En esta cauchera corre con suerte.  Aire hay.  Lo que no hay son cauchos.  O, bueno, hay promoción de cauchos con rines, salen en 72 mil los cuatro, le dicen.  Pero cauchos, cauchos, así solos, no hay.  Sí, él tampoco lo entiende mucho.  Está convencido de que un arreglo así debe ser ilegal.  También sabe que no debe ser negocio para el dueño vender un caucho solo.  Recuerda la ira que le ha producido en el pasado aquel absurdo de que en las areperas no te vendan la popular “viuda”, la arepa sola, aunque la lógica debe ser la misma.  Ira con hambre, la del peor tipo.

Pone cara de poker, como si el precio no lo timbrara, como si fuera algo accesible, pagable en cómodas cuotas o con el ras de un tarjetazo.  Le da la propina al señor que, gentilmente, insufló vida al caucho malo y a otro que va por el mismo camino.  Y así va, ya más curtido a la hora de repetir la rutina, a más tardar en dos o tres días, cuando se vacíe el caucho que difícilmente puede ahora remplazar.

La odisea del caucho no es caso aislado.  Está bien documentado el porque.  El rubro no ha recibido dólares, por lo cual la producción de neumáticos cayó a la mitad este año.  De 21 mil 500 unidades que salían de Goodyear, Pirelli y Firestone, hoy no llegan a 11 mil entre las tres.  El ministro de Transporte Terrestre anuncia unas divisas para la importación a las que nunca se les ve la cara.  Paga, como siempre, la gente. 

No es caso aislado, decíamos.  Situaciones análogas hay con los alimentos, los medicamentos, los repuestos, los insumos médicos.  Es una crisis general, producto del fracaso de políticas económicas trucutú y de la incapacidad del gobierno para recibir las críticas y rectificar el camino.

Los ciudadanos, los que sufrimos la crisis, tenemos el poder de cambiar esto en nuestras manos.  Nos intentarán convencer de lo contrario, sembrando desesperanza, indignación y temor para que sintamos que no, que no hay nada que hacer.  Pero somos los venezolanos, los que sufrimos la odisea del caucho, de la farmacia, del mercado, de la violencia, día tras día, los que poseemos la oportunidad de manifestar nuestro deseo de cambio de manera clara y contundente este mismo año, en apenas pocos meses. 

Hablamos, por supuesto, de las elecciones a la Asamblea Nacional.  Allí tendremos todos los ciudadanos un escenario para decir “ya basta” a un régimen de abuso y corruptela que no supo, en dieciséis años, conducir el país.  En las elecciones parlamentarias, la participación activa de cada venezolano humillado, injuriado, angustiado, será clave para enderezar el rumbo.  Con el voto, cada venezolano que aguanta hoy la respiración en la más extrema de las vulnerabilidades podrá exhalar profundo, con la satisfacción de sumar a la causa de que esto cambie y castigar a la oligarquía malandra que mientras saquea los recursos del pueblo ha dejado a Venezuela en cuatro bloques.


Publicado en Tal Cual y RunRunes el 17 de marzo de 2015.