La Palma | Breve crítica al periodismo venezolano

La Palma

091 – 30 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Breve crítica al periodismo venezolano

Mi profesor Antonio Cova, ese gigante que marcó a varias generaciones de sociólogos y periodistas en la UCAB, que fue profesor de mis padres antes de que yo siquiera pensara en nacer, y de quien luego tuve la oportunidad de ser estudiante y asistente académico, solía parafrasear a Alexis de Tocqueville cuando se refería a los medios de comunicación: «Los prefiero, más por los males que evitan, que por los bienes que producen». Era su manera, la de Cova, quien por años dio clases en la Escuela de Comunicación Social y llevaba con orgullo su doble condición de sociólogo y periodista, de ofrecer una crítica honesta al periodismo venezolano, a su superficialidad y sus carencias.

Esta semana, dos hechos han puesto de relieve esas fallas, y vale la pena comentarlos, criticarlos, en el entendido de que los periodistas y los medios de comunicación, como actores sociales, son sujetos a la crítica, como lo son los políticos, los funcionarios públicos y todos los que tienen una responsabilidad mayor con la ciudadanía.

Los dos hechos: Patricia Poleo, periodista experimentada que incluso llegó a tener en sus manos la formación de estudiantes en la Universidad Santa María, aseverando que «los periodistas ni siquiera tenemos que mostrar pruebas» cuando hacen una acusación. El otro: el portal Caraota Digital, reseñando el fallecimiento de un médico por Covid-19 bajo el titular «Luego de estar luchando por meses, falleció médico gay por Covid-19».

Vamos por partes. Lo de la señora Poleo generó una fuerte crítica, incluso entre periodistas cercanos a la parte ‘afectada’ (cercanos, pues al partido Voluntad Popular), quienes de pronto ‘descubrieron’ en la periodista con sede en Miami las prácticas repudiables que son incapaces de reconocer en ellos mismos. Digámoslo con claridad: Pueden meterse con Poleo, merecidamente, incluso usarla de chivo expiatorio, pero la verdad es que eso de que «los periodistas ni siquiera tenemos que mostrar pruebas» ha sido el credo de buena parte del periodismo venezolano desde hace un buen rato, con honrosas excepciones.

Lo segundo, lo de Caraota Digital, lo hemos visto mil veces, en mil medios, en la pluma de mil periodistas, cuando se refiere a profesiones menos ‘respetables’ que la de un médico y que generan menos indignación social. Cada vez que titulan señalando la sexualidad de alguien, que si era trans, que si era lesbiana… es obvio que no lo hacen para informar esta pieza ‘clave’ de la noticia, sino para estigmatizar, todo en nombre del sensacionalismo y de la pacatería conservadora que le sirve.

Pero volvamos a las honrosas excepciones. En Venezuela hay periodistas de primera, claro que los hay. Y son ellos los llamados a criticar de primero, a alzar la voz por su oficio, en lugar de cerrar filas en una solidaridad automática inmerecida y contraproducente. Cada periodista pirata y amarillista, homofóbico e irresponsable, es una mancha para quienes se toman el periodismo con seriedad, responsabilidad y profesionalidad.

Quienes hacemos vida pública, llevamos años acostumbrados a cierta pretensión, a cierta sugerencia, según la cual a los periodistas hay que tratarlos con guantes de seda. Común es que las primeras palabras de los políticos sean para agradecer a los medios su presencia y su ardua labor. Más común todavía, que alcaldías, gobernaciones y demás instituciones destinen parte de su presupuesto, ese que siempre escasea, para lanzar fiestas, agasajos, cestas de regalos, para los periodistas, junto a condecoraciones de todo tipo y demás periquitos para la jalada de mecate. Criticar al periodismo es tabú, es, sobre todo para los políticos, darse un tiro en el pie. «¡Ten cuidado!», «¡no te caces esa pelea!» y el siempre oscuro «¡no te conviene!» son la santísima trinidad de ese chantaje.

A Venezuela le conviene un periodismo serio y bueno. Unos periodistas con ética profesional. No es este el espacio para disertar sobre el cambio transitado por los medios a mediados del siglo XX, cuando pasaron de tener una visión de servicio social a regirse por la lógica mercantil, de los ratings y subscripciones, abuelos de la que rige hoy: la lógica de cazar clicks y RTs. Ni vamos a entrar en detalle de cómo el periodismo venezolano está a contravía de lo que prevé la Constitución: «información oportuna, veraz e imparcial, sin censura…». Tampoco es el espacio para reiterar lo obvio, aunque es justo mencionarlo: los periodistas y los medios han sido objeto de todo tipo de persecuciones, de obstáculos a su trabajo, de censura, represión e incluso violencia de grupos paramilitares que le hacen el mandado al autoritarismo. Pero sí podemos mencionar algunas cosas que son clave. Sabemos que la polarización política sirve a ambas élites para excluir, cooptar y suprimir el disenso. Eso es especialmente cierto en los medios de comunicación, que se alinean a los polos en una operación que tiene por principal víctima a la verdad y que afecta, con su desinformación, a la ciudadanía. La verdad, dice la sabiduría popular, está en algún punto medio entre VTV y La Patilla y queda de los venezolanos hacer una complicada operación casi aritmética para encontrarla.

Hay un periodismo posible que no parte de la intriga y el sensacionalismo. La intriga y el sensacionalismo no tienen que ser intrínsecos al periodismo. Hay un periodismo posible desde la seriedad, la responsabilidad y la ética profesional. Y este aporta mucho más al servicio público de informar a la ciudadanía, por más que se le vea como ‘aburrido’, que se preste menos al ‘tubazo’ y que genere menos clicks.

La Palma | El abuso policial como problema en sí mismo

La Palma

090 – 28 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

El abuso policial como problema en sí mismo

En Venezuela hay un problema grave de abuso policial, que va desde el matraqueo corriente hasta miles de ejecuciones extrajudiciales escondidas detrás de la etiqueta de «resistencia a la autoridad», pasando por la represión y el protagonismo de funcionarios policiales en todo tipo de delitos.

La relación de la sociedad venezolana con los cuerpos policiales es, cuando menos, incómoda. La clase media aguanta la respiración al pasar por alcabalas improvisadas en la vía pública, mientras que los venezolanos de los sectores populares viven aterrados las incursiones de comandos en las comunidades, donde apresan o «dan de baja» a cantidad de jóvenes sin ton ni son.

Que en Venezuela hay un gobierno autoritario no es un detalle menor. Que existe relación entre el autoritarismo inescrutable del gobierno y la carta blanca de los cuerpos de seguridad pareciera estar claro también. Sin embargo, el diablo está en los detalles. Achacarle el abuso policial a «la dictadura» sólo diluye el problema y lo lleva a una abstracción en la que se desdibujan los responsables directos (y sus víctimas), vendiendo el espejismo de que la situación sólo se resuelve con un cambio de gobierno, cuando se trata de un tema estructural más complejo que hay que enfrentar en sí mismo.

El abuso policial en Venezuela es una de las manifestaciones del autoritarismo, pero también precede a estos veinte años. Quienes conservamos recuerdos de la Venezuela pre-chavista, recordamos las patrullas que portaban jaulas de hierro en el parabrisas y las ventanas para recibir la lluvia de botellazos y demás objetos con los que la policía era recibida en las comunidades populares. Durante el chavismo, pero también antes de, la relación entre las comunidades y la policía ha estado marcada por el temor, la desconfianza y el conflicto.

Cuando ante el abuso policial se corre a denunciar a «la dictadura», se parte de la premisa cierta de que el gobierno es el responsable de establecer las políticas policiales y de seguridad ciudadana. Sin embargo, al quedarse en un nivel abstracto, se le da también un pase libre a los cuerpos policiales, al director tal, a la policía cual, al funcionario Mengano o Zutano. Digámoslo de nuevo y de manera inequívoca: el gobierno -este, el de ayer, el de mañana- es el responsable principal de la actuación de los cuerpos policiales. Sin embargo, vender el abuso policial como un fenómeno unicausal diseñado por la dictadura es buena propaganda, pero mal diagnóstico y lleva, invariablemente, a un mal remedio.

Debemos alzar la voz contra la brutalidad policial, contra la criminalización de la pobreza que implican las incursiones de la FAES a los sectores populares, contra la represión de la ciudadanía en ejercicio de sus derechos. Para hacerlo de manera efectiva, hay que superar el maximalismo que dice que todo cambiará con la caída del gobierno o, a la inversa, que nada cambiará mientras estén quienes ejercen hoy el poder. Increpar al gobierno, a sus ministros y responsables de seguridad ciudadana es un tema de ya, no para «cuando salgamos de la dictadura». Pero eso implica superar las gríngolas de la polarización y el no-reconocimiento del otro. Precisamente, en la lucha contra el abuso policial hay una oportunidad para superar la polarización política y lograr alianzas de base ancha entre distintos sectores de una sociedad hastiada.

No es este el lugar para decir que la policía tampoco la tiene fácil ni para desarrollar que hay funcionarios honestos que, frustrados y entre sueldos míseros, hacen su trabajo sólo para ver a los delincuentes libres el mismo día; que las cárceles son poco más que depósitos inhumanos de gente pobre sin palanca, que el sistema de administración de justicia entero está roto. Pero vale hacer la nota para un panorama más completo de una situación compleja.

El abuso policial es un problema en sí mismo y sólo concibiéndolo de esa manera podremos articular el reclamo ciudadano por un cambio que redunde en el respeto a los Derechos Humanos y una policía concebida como llave de las comunidades y no como el terror de los barrios. De lo contrario, corremos el riesgo de engañarnos nuevamente con la ilusión de que una reforma nominal, un cambio de nombres y de uniformes son suficientes para cambiar una situación que está enquistada en la cultura institucional venezolana.

Nuestra solidaridad con las víctimas del abuso y la brutalidad policial. Ayer, hoy y siempre.

La Palma | El uso del lenguaje en la lucha contra el autoritarismo

La Palma

089 – 27 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

El uso del lenguaje en la lucha contra el autoritarismo

En el año 2015 tuve la oportunidad de participar de un Programa de Estudios Avanzados en Conflicto No-Violento en la Universidad de Tufts, en la ciudad de Boston. Promovido por el Instituto para el Conflicto No-Violento (ICNC), durante varias jornadas los participantes, un grupo diverso con representación de todos los continentes, nos paseamos por los los principales postulados de la lucha no violenta, por elementos teóricos, estratégicos, vivenciales. Fue una experiencia enriquecedora que atendía a mis intereses siameses como activista y académico.

Era el único venezolano del grupo y, lógicamente, prestaba mayor atención a los temas y ponencias que podía atar de alguna manera a nuestra realidad. La más importante de ellas fue la exposición de Jack Duvall sobre el lenguaje en los movimientos sociales.

Ya en 2014 había escrito en El Universal un artículo titulado «Lenguaje, revolución y polarización», que lamentablemente han desaparecido de los servidores del periódico, pero que afortunadamente se consigue con una googleada. Esto para decir que el tema ya me interesaba y que la exposición de Duvall me permitió sumar a una preocupación ya existente sobre qué estábamos diciendo y cómo lo estábamos diciendo en Venezuela.

Hoy, cuando en redes sociales se lanzan temerarias comparaciones, vale la pena recordar algunos puntos principales.

De entrada, lo más importante. Duvall, un experto en no violencia conocido, entre otras cosas, por su coproducción del documental «A Force More Powerful», advertía sin bemoles: El lenguaje en los movimientos sociales debe ser honesto, enfocado en la posteridad y la sustentabilidad. No debe ser transaccional y debe ir más allá de reiterar las demandas sabidas o proponer nuevas políticas. De esta advertencia derivaba otra: no hace falta exagerar para dar cuenta de la gravedad de una situación o de la urgencia de la lucha. Todo lo contrario, exagerar -en la caracterización de la situación, en las comparaciones- sólo deslegitima y resta credibilidad a los movimientos anti autoritarios.

Pasar revista a Twitterzuela es encontrarse una y otra vez con comparacionones del caso venezolano con el Holocausto. Se dice que el chavismo ha sido peor que «todos los dictadores latinoamericanos de la historia juntos». Se habla de «genocidio», de un plan perverso «por diseño». Además de irrespetar la memoria de los sobrevivientes del Holocausto, cuyo caso no debe compararse a la ligera, y de minimizar las luchas de otros países y de otros momentos históricos, estas exageraciones son contraproducentes e inconvenientes. De nuevo, le restan credibilidad, no sólo a sus fuentes, sino a los movimientos que pretenden representar. Y no sólo «hacia afuera», sino hacia adentro de la misma comunidad venezolana que escucha estas aseveraciones estrambóticas con perplejidad.

La tragedia venezolana es lo suficientemente grave como para tener que exagerar con comparaciones que no vienen al caso, por más que les tiren números que suman peras con manzanas y que partan de elementos aparentemente verosímiles para el análisis, pero que no son más que medias verdades -o medias mentiras- para la manipulación del argumento.

Y detrás de esta lamentable manía, la pretensión de un supuesto «excepcionalismo venezolano» que, como hemos dicho, no es sino la salida fácil de una tremenda flojera intelectual y de la negación de la realidad y de los fracasos propios.

De modo que un movimiento, sobre todo uno que se propone luchar contra el autoritarismo, debe ser más preciso en el uso del lenguaje. No es solamente una apreciación técnica o semántica, sino profundamente política. Exagerar mata el mensaje, es contraproducente, resta credibilidad. Un lenguaje que resuene en las aspiraciones y valores más sembrados en la población, en las identidades y en la esperanza de un futuro mejor, que sea sincero en su mensaje, es fundamental en sustitución de la pretensión de estirar la realidad para retratar un monstruo que no necesita que le dibujen más cachos de los que ya tiene, y que sólo termina perjudicando al mensajero cuando se confronta con la realidad.

Repetimos, entonces, con Duvall: El lenguaje en los movimientos sociales debe ser honesto, enfocado en la posteridad y la sustentabilidad. No debe ser transaccional y debe ir más allá de reiterar las demandas sabidas o proponer nuevas políticas. No hace falta exagerar para dar cuenta de la gravedad de una situación o de la urgencia de la lucha. Todo lo contrario, exagerar -en la caracterización de la situación, en las comparaciones- sólo deslegitima y resta credibilidad.

La Palma | Polarización, solidaridades automáticas y resignación pasiva

La Palma

088 – 23 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Polarización, solidaridades automáticas y resignacion pasiva

En 2002, en pleno paro petrolero, me encontraba en la terraza de la casa de una amiga en medio de productos de nombres extraños como Big Cola y KR (no se conseguía nada más). Opuesto al paro desde el primer día, esgrimía mis razones cuando la anfitriona respondió con un «tienes razón, no está funcionando, ¡pero eso no se puede decir!».

Venezuela transitaba ya el proceso de polarización extrema que habría de signar los próximos 18 años. El «ellos» contra «nosotros» ya moldeaba la dinámica política y entre sus primeras víctimas colaterales estaba el disenso. Cerrar filas era más importante que cuestionar. Desde ya se respiraba en el ambiente el clima de resignación pasiva con la que, en lugar de presionar al liderazgo, una colectiva encojida de hombros señalaba que «no hay nada qué hacer».

En cualquier sociedad democrática -e incluso entre los sectores democráticos en sociedades que no lo son- es el colectivo quien exige, presiona, reclama, para que el liderazgo que dice representarlo tome tal o cual posición, cambie de ruta o rinda cuentas sobre sus decisiones. Sin embargo, en el ambiente hiperpolarizado eso no es así. Lo que priva, en cambio, es la solidaridad automática y, con ella, la aceptación de un rol pasivo, de espectador, entre la población con respecto a las élites políticas.

El episodio de repitió mil veces: con la Plaza Altamira, con el ‘fraude’ de 2004, que no fue tal, con la abstención de 2005, las guarimbas, los trancazos y en muchos episodios más. Admitir el error o, más aun, alzar la voz para que se enmendaran los errores, era tabú. No se puede admitir, era la lógica, nada que dé argumentos al «enemigo». «Oceanía siempre había estado en guerra con Eurasia».

Adelantando a 2020, es obvio que dos años después de la promesa demagógica según la cual no votar garantizaba la expulsión de Nicolás Maduro del poder, la estrategia fracasó. Muy lejana suena ya aquella consigna según la cuál «íbamos bien».

Sin embargo, a la hora de enmendar el rumbo, lo que priva es el silencio. «Eso no se puede decir». De nuevo, la solidaridad automática y el cierre de filas. ¿Por qué?

Es interesante que exista tanta gente que, de buena fe, reconoce que la abstención fue un error, que el G4 mintió, que les gustaría votar… pero dicen, con la misma, que no tienen por quién votar si no es por el G4. Es decir, el error y el engaño no se castigan (electoralmente, en términos de apoyo, etc.), sino que, aun así, se refuerza el cierre de filas. Es un extraño Síndrome de Estocolmo, consecuencia de tantos años de polarización y sus solidaridades automáticas.

El resultado es un liderazgo que se cree inexcrutable. Sabe que hoy puede decir «A» y mañana «B» sin sufir ninguna consecuencia. Allí estará siempre una base «natural» de apoyo, presta a repetir en coro que la cosa es «B» y siempre ha sido «B», que recordar que antes dijeron «A» es «hacerle el juego» al contrario.

Y con ello avanza la erosión de la democracia, vaciada de contenido como un sistema político en lugar de entenderse como un proceso en el que la acción ciudadana es un factor fundamental.

Los chantajes son muchos. Que si no es «por no intentarlo», que si más bien «se ha ensayado de todo». Sólo falta decirles «pobrecitos» a las cabecillas de los partidos para justificar sus errores y asumirlos como propios.

Otro gallo cantaría si quienes se sienten identificados con el G4 -o con el PSUV- reclamaran activamente un cambio de rumbo y presionaran para que se rindiera cuentas de las estrategias fallidas, en lugar de aceptar, con resignación pasiva, que no hay nada que hacer, que «es verdad, pero eso no se puede decir».

La democracia es un tema de hacer, no de contemplar. Desmontar la polarización extrema, que sólo sirve a las élites para acallar el disenso y salir lisos de cualquier cuestionamiento, es necesario para que la voz de la gente sea más que un susurro prudente y se convierta, en cambio, en el gran factor de presión activa que dicte, de manera democrática, la rendición de cuentas del liderazgo y el camino a seguir para sacar a Venezuela del foso.

La Palma | Subregistro, estigmatización y politización de la pandemia

La Palma

087 – 22 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Subregistro, estigmatización y politización de la pandemia

El manejo de la pandemia ha sido un reto para los gobiernos y las sociedades de todo el mundo. El Covid-19 ha puesto en riesgo la salud de millones de personas y ha trastocado la economía, generando en el proceso una discusión, a veces enterrada bajo otros temas más noticiosos, sobre el modelo económico y sobre cuáles trabajos son «esenciales», así como la remuneración que reciben -y no reciben- estos trabajadores que, a diferencia de muchos otros, no han dejado de laborar ni un segundo en medio de todo esto, poniendo en riesgo su salud y la de sus familiares y comunidades. Suele reconocerse, merecidamente, el trabajo de médicos y enfermeros. Menos, el de trabajadores de limpieza y mantenimiento, que han sido vitales para resguardar a la población en un trabajo sacfiricado, anónimo y mal pagado.

No había mapa previo y tocó enfrentar esta pandemia casi desde cero, inventando. Así, unos países asumieron desde un principio medidas estrictas de cuarentena y prevención, mientras que otros apostaron por intentar lograr la inmunidad de rebaño. Ambos recibieron críticas. La segunda opción resultó un desastre en los países que la ensayaron.

Ido y venido el pico en China y Europa, que enlutó a miles de familias, el epicentro se trasladó a América. Hoy los Estados Unidos y Brasil representan dos casos graves, no sin culpa de sus liderazgos, que se han mostrado soberbios y reticentes a poner la ciencia sobre la política.

En Venezuela, al principio, parecimos tener suerte, con casos mucho más bajos que el resto de la región, seguramente como consecuencia, entre otras cosas, del relativo aislamiento del país. Eso, hoy, ha cambiado. Venezuela atraviesa en estos momentos una situación durísima, sin una red de salud capaz de atenderla y con un liderazgo político que no ha estado a la altura de lo que la circunstancia requiere.

La polarización, que arropa todos los ámbitos políticos y extra políticos, se hizo sentir. «El gobierno miente», acusaban. Primero, para decir que era mentira, que el Covid-19 no representaba mayor amenaza, que se trataba de una medida de control social para aplacar la escasez de gasolina. Luego, que si no, que en verdad había una mortandad terrible que el gobierno no registraba ni informaba al país. Por su parte, el gobierno, que se montó rápidamente en las medidas recomendadas por los organismos internacionales, decidió, sin embargo, abandonar la postura con la que había enfrentado la crisis para, también, politizar la pandemia.

Allí vino lo peor: la estigmatización de los compatriotas retornados de los países «amigos», que -como el ratón del queso- dejaron a los venezolanos de su cuenta, cuando no los hicieron los chivos expiatorios de la pandemia. Así nació el infeliz rótulo del «virus colombiano», con el que se acusó a los migrantes retornados de formar parte de una política perversa del gobierno neogranadino para infectar Venezuela. «Bioterroristas», se les llegó a llamar, causando tanta indignación que el presidente tuvo que disculparse.

Y la noticia triste: lo que pareció ser una luz al final del túnel, no fue sino un espejismo. El acuerdo con la OPS, firmado entre el gobierno y un sector de la Asamblea Nacional, parecía sobreponerse a la polarización para hacer una tregua en favor de los venezolanos. Ayer, sin embargo, el gobierno lo desestimó como una farsa y dijo que el país no había recibido la asistencia acordada. Con eso pierde todo el país.

La pandemia representa una amenaza letal -y real- para todos los venezolanos. Ese hecho debería ser suficiente para encararla también, juntos, todos los venezolanos. Pero no. Ganó, nuevamente, la polarización y la división. La politización de la pandemia la paga la gente y sobre todo los más vulnerables.

¿Hay subregistro? Seguramente. Incluso en Estados Unidos, con todas sus ventajas, el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) estima que el número de casos es de 2 a 13 veces mayor que el que muestran las cuentas oficiales. ¿Es válida la crítica? Por supuesto, pero la crítica para avanzar, para nutrir, para corregir, en beneficio de los venezolanos, no por la mera politización de la tragedia y el torneo de culpas.

¿Hay contagio entre los migrantes retornados? ¿Existen personas que deciden evadir los controles fronterizos para llegar a sus casas en lugar de pasar una cuarentena incierta en condiciones, también, inciertas? Por supuesto. Pero eso no es motivo para estigmatizarlos, para maltratarlos y atacarlos. Son nuestros compatriotas. Son venezolanos. Haría bien el gobierno en analizar por qué tanta gente prefiere tomar los caminos verdes en lugar de someterse a los controles sanitarios.

Venezuela atraviesa el pico de la pandemia en la peor de las condiciones, con un liderazgo que ha dado prioridad a la lucha existencial por el poder sobre el bienestar de la ciudadanía. Por eso hay que insistir en una tregua para que, sin sacrificar sus posturas y críticas, los sectores políticos avancen juntos en la prevención y el tratamiento de la pandemia. Lo contrario es un acto de perversidad que, más allá de los micrófonos y las cámaras, más allá de salvar caras, sólo agravará la tragedia que se vive en un país en el que los problemas no parecen tener fin. Y hay que insistir, también, en la promoción de una manera distinta de hacer política, de pensar el país, para que nunca más nuestras diferencias valgan más que lo que nos une y para que los venezolanos sean la prioridad en este y todos los retos por venir.

La Palma | Elecciones y pandemia

La Palma

086 – 21 de julio de 2020

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Mi comentario de hoy

Elecciones y pandemia

La semana pasada discutimos cómo el Covid-19 se ha convertido en el nuevo argumento del abstencionismo para que no haya elecciones. Los promotores de la abstención, rotulados por la propaganda, absurdamente, como la oposición «democrática» a pesar del golpismo y el anti-electoralismo, dicen que no hay que hacer nada, que hay que parar todo, que hay que confiar en que aquí va a «pasar algo» y que no depende de los venezolanos activar el cambio político y económico que es hoy un clamor popular sino de un «algo» incorpóreo, que suele tomar la forma de una invasión militar extranjera o de alguna fantasía similar.

Así es como los acomodados que hicieron del ‘interinato’ en el exilio un modus vivendi, junto a sus «influencers», van sembrando la idea de que está bien, «tal vez, a lo mejor» habría que votar, pero hacerlo durante la pandemia es irresponsable. Agotados sus argumentos previos, que se reducen a la inacción y la nada, plantean cínicamente que la salud del pueblo es lo que les preocupa.

En contraste, quienes estamos convencidos de que el cambio es con la gente, no contra la gente, de que es con la participación de los venezolanos, no con el secuestro de la participación en pro de una élite, que es por la vía democrática y venezolanista, y no por la invasión militar extranjera, insistimos en la importancia de organizar elecciones, incluso en las circunstancias actuales, para que sea la voz del pueblo -esa que temen tanto de lado y lado- la que decida el destino de Venezuela y ofrezca una luz al final del túnel a tantos años de oscuridad.

Como se creen medio gringos, y proponen la democracia estadounidense como modelo a seguir, veamos qué está pasando en el Norte, donde hay elecciones presidenciales el 3 de noviembre, llueve, truene o relampaguee… «Es distinto», desde ya se oyen los chillidos basados en la ‘inferioridad’ de nuestra raza y la ‘superioridad’ de aquel sistema pristino. Pero, veamos qué pasa hoy en el país que se ha convertido en uno de los epicentros más graves de la pandemia

Lo primero: las elecciones no son solamente las elecciones, sino todo lo que viene antes, en particular el proceso de primarias de ambos partidos, el Demócrata y el Republicano. ¿Qué ha pasado con eso? A pesar de los retos de sostener primarias en un ambiente de pandemia, y seguramente debido a la importancia de estas elecciones debido a la crisis generada, precisamente, por la pandemia, la participación en los procesos de primarias han roto todos los records. «¡Pero no se vale!», dirían aquí. Pero sí se vale y nadie en EEUU se atrevería a decir lo contrario ni a defender desde los medios esa tesis absurda (la excepción a la regla, su líder amado, el actual ocupante de la Casa Blanca, quien se ha encargado de sembrar dudas sobre los resultados y se rehúsa a decir que aceptará los resultados).

Otro componente fundamental es la recaudación de fondos para la campaña. Aquí, también, y pese a la pandemia, se han roto todos los records.

En una elección que representa el mayor reto en un siglo, según el New York Times, y a pesar de obstáculos institucionales y reglas torcidas (sí, allá también las hay) que restringen el derecho al voto de amplios sectores de la población, ya los niveles de participación en las primarias y de recaudación de fondos del partido Demócrata superan los niveles de 2016 y se acercan a los niveles de la campaña histórica de Barack Obama en 2008.

Los datos sugieren que esa energía de participación pudiera presagiar niveles de votación significativos en la elección general de noviembre. También evidencian que el entusiasmo no se limita a los Demócratas. También los Republicanos han redoblado la participación y la recaudación de fondos.

Por supuesto, en EEUU hay mecanismos que facilitan la votación en ausencia, pero la participación no se limita a estos.

Quizás los pregoneros venezolanos de la abstención pidan también que se suspendan las elecciones en Estados Unidos. Después de todo, el riesgo de perder la beca con un resultado adverso es, si bien no definitivo, patente.

Una elección no es algo trivial, sino un aspecto fundamental de la democracia. No es algo que sencillamente se «deja para después» o se suspende del todo porque más sabe un grupito pequeño que 19 millones de venezolanos inscritos en el Registro Electoral.

Decíamos la semana pasada que «de aquí a diciembre nos tocará evaluar, como sociedad, el avance o retroceso del coronavirus y su impacto en una convocatoria electoral, pero decir hoy, a seis meses de la cita, que hay que desmontar todo y no hacer nada es irresponsable y sólo sirve para justificar la narrativa de un grupo que ha hecho de la inacción y el secuestro de la participación su bandera». Hoy lo reiteramos.

La Palma | Ana Karina Rote, pero ‘mandibuleao’

La Palma

085 – 16 de julio de 2020

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La polarización extrema ha significado la cooptación de los principales medios de comunicación. Este espacio ofrece una visión crítica detrás de algunos de los principales titulares diarios, en un formato sucinto.

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Mi comentario de hoy

Ana Karina Rote, pero ‘mandibuleao’

Que si ellos participan son elecciones, y si no, una «farsa». Que si ellos se sientan con el gobierno es diálogo, y si no, «conchupancia». Que si ellos son «la» oposición, los demás «satélites» del gobierno.

Sólo ellos son gente, un grito mandibuleado en una versión sifrina de aquel Ana Karina Rote de los Caribes.

La suya es una visión estrecha, decididamente de élites, que aborrece la participación popular («la gente no entiende eso», me tocó escuchar en reuniones y reuniones cuando todavía nos parecíamos en algo y reclamaba por mayor participación de los ciudadanos en las decisiones).

Con ellos, todo. Sin ellos, nada. Y la cosa permea a sus «influencers», que hacen el reclamo por ellos, a sus tuiteros y analistas. Y es normal, que un sector reclame y enarbole sus banderas. Pero eso no los satisface: su pretensión es ser la única voz, el único reclamo. Han pretendido monopolizar el descontento, meter la trampa aritmética según la cual 80% de rechazo al gobierno implica 80% de apoyo a su causa. Y han fracasado. El país sigue disconforme, sin hallarse entre dos opciones que ven lejanas y divorciadas de sus problemas.

Y en la medida que la realidad se impone, ensayan otras fórmulas, siempre poniendo por delante que sólo ellos son gente. En sus bases de apoyo asoman, por ejemplo, el voto nulo, que en realidad esconde un deseo, aguas abajo, de participar, truncado y frustrado por un liderazgo que los considera apenas como espectadores pasivos de la voluntad de tres o cuatro que, a su vez, reciben, reverentes, instrucciones de otros lares.

El país es más grande que un grupito, por más que el grupito se crea -y pretenda que lo creamos- el único que existe o el único que cuenta. También es más grande que el conflicto entre el grupito y la otra élite, sentadota en su montaña de privilegios y de abuso de poder. Venezuela es mucho más que la división artificial entre «buenos» y «malos», en la que ambos grupos se creen los «buenos» y acusan al contrario de ser el «malo».

Nosotros reclamamos nuestro derecho a existir, a luchar, a proponer nuestras tesis sin creernos los únicos, pero sin subordinarnos a nadie ni a ningún grupito que decidió, por un inventado privilegio adscrito, que ellos y sólo ellos son el país. Aquí contamos todos, y con esa convicción nos lanzamos a construir una propuesta popular para la Nación, que no discrimina ni pretende emitir certificados de pureza, que no tiene en su diccionario las palabras venganza ni retaliación, que tiene clara la urgencia de reparar el lazo y la integración social para revitalizar la democracia, no «después», sino desde ya. En eso creemos, y en eso estamos.