La resistencia toma forma

Por CARMEN VICTORIA INOJOSA CINOJOSA@EL-NACIONAL.COM | CLAUDIA SMOLANSKY CSMOLANSKY@EL-NACIONAL.COM
30 DE ABRIL DE 2017 09:40 AM | ACTUALIZADO EL 30 DE ABRIL DE 2017 11:33 AM

Caminan entre aplausos y bendiciones: “Sí se puede, sí se puede”, “valientes, valientes”, gritan los ciudadanos mientras les abren paso. Son muchachos entre 20 y 25 años de edad. Tienen nombres y apellidos, pero los reconocen como “la resistencia”. Se les ve en la primera línea de las manifestaciones, flacos y sin camisa, con la franela convertida en capucha y guantes para recoger las lacrimógenas y devolverlas. Tienen el arrojo del que pareciera no tener nada más que perder.

“La verdad es que solo somos venezolanos que nos duele nuestro país y que queremos un cambio. Marchamos como cualquier otra persona, hasta que comienza la represión”. Están integrados en varios grupos. Algunos se conocen desde las protestas de 2014, que fueron menos masivas, más llenas de barricadas y trancas sin objetivos claros. Otros son amigos desde antes y hay quienes se han unido recientemente a este movimiento. Los que han ganado músculo en las manifestaciones de estos cuatro años de conflictividad en aumento, a lo largo del gobierno de Nicolás Maduro, establecen diferencias. Dicen que antes existía algún tipo de negociación con la policía. “Ahora no nos dejan acercarnos. Apenas nos ven, disparan”.

Su rol, aseguran, es proteger a los manifestantes para que se mantengan en la calle y evitar que la policía avance y gane terreno. También sacan y asisten a los que resultan heridos. Como grupo intentan mantenerse juntos y en alerta cuando cruzan la línea de fuego. Estudian diferentes vías de escape, la dirección del viento para saber hacia dónde van a lanzar las bombas cuando las recojan y vigilan para evitar emboscadas. También llevan un kit de protesta –máscara, agua, guantes, lentes, Maalox y en algunos casos, cascos. Se enfrentan a los guardias antimotines, escudados en lo que la calle les ofrece, alguna defensa de la vía, una señal de tránsito, un bloque de acera. “Cuando escuchamos las primeras detonaciones, nos ponemos nuestros equipos. Mientras que las personas se devuelven asustadas, nosotros seguimos adelante”.

La comunicación es a través de señas: “Cuando alzamos la mano significa ‘estamos aquí’. Si no vemos la seña, recurrimos al teléfono. Pero siempre establecemos un punto de encuentro”. Además de lesiones por perdigones o bombas, algunos llegan a sus casas con tos, diarrea y dolor de cabeza por la inhalación del gas. También reciben atenciones de parte de los manifestantes. Desde agua hasta platos de comida y las abuelas, que muchas se han visto en la primera línea con los jóvenes, son las más expresivas: los encomiendan a Dios y les cuelgan rosarios. “Valoramos que estén ahí tantas horas bajo el sol, tan vulnerables a la represión. Ellas también son valientes”. En la marcha del 20 de abril, unas señoras llevaron una olla de arroz y le dieron de comer a todos los que estaban adelante y otra les repartió chupetas.

Los amigos, familiares y sus parejas también permanecen atentos, aunque reconocen que la mayoría de sus familiares no están conscientes de que ellos son el grupo de la resistencia. Cada día aparecen nuevos personajes que sorprenden con sus acciones en medio de la línea de fuego al estar cara a cara con las fuerzas de seguridad del Estado o al llevar un mensaje durante la marcha. La resistencia en la calle empieza a tomar forma.

“Son hechos que están cargados de un profundo contenido simbólico. Este elemento es radicalmente importante cuando de enfrentar a una autocracia se trata. Los símbolos sintetizan, conectan, expresan ideas y sentimientos; no requieren explicaciones, de ahí su enorme poder motivador”, explica el doctor en Ciencias Políticas y especialista en conflicto, Miguel Ángel Martínez. Estas escenas, agrega, “ayudan a mantener viva la llama de lucha y esperanza al expresar valores, coraje, dignidad”.

Abril termina con una intensa jornada de protestas masivas –alcanza más de 12 grandes convocatorias– que comenzaron tras la publicación de las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia que otorga al presidente Nicolás Maduro poderes especiales y despojan al Parlamento de sus funciones, lo que la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, calificó como una “ruptura del orden democrático”.

El reclamo electoral, la activación del canal humanitario, la liberación de presos políticos, la destitución de los magistrados del TSJ y los llamados de atención al Poder Moral son parte de las exigencias de los ciudadanos en manifestaciones que han sido reprimidas por aire y tierra. Y aunque la resistencia civil no violenta se encuentra a prueba de balas y bombas lacrimógenas, la voluntad de miles de venezolanos se ha plantado en el cometido de lograr el cambio político en el país con acciones que –en comparación con años anteriores– muestran un rostro más fortalecido y buscan presionar al Poder Ejecutivo dada la carga política dentro de las demandas sociales.

Frente a un gobierno autocrático está una multitud que insiste en mantenerse en la calle pese a la represión y el uso exacerbado de la fuerza por parte de organismos de seguridad del Estado y grupos armados que son alentados, o por lo menos amparados, por el Ejecutivo. Los ciudadanos han logrado avanzar y atravesar Caracas. Esta presión aumenta en el interior del país y se extiende a zonas populares de la capital.

“Las manifestaciones de estas tres semanas lo que demuestran es que no son únicamente por la escasez de medicamentos y alimentos o por la inseguridad. Es también por la libertad y la democracia. La presencia de ambos elementos es lo que da una connotación distinta del pasado. No hay un divorcio entre la protesta social y política. Es casi unánime el sentimiento por votar”, explica el sociólogo y profesor universitario, Daniel Fermín.

A diferencia de 2014, cuando las jornadas de protestas estuvieron vinculadas a la emergencia económica, el liderazgo opositor no estaba unificado ni en la primera línea de las marchas tragando gas con los ciudadanos, todos los poderes estaban ganados por grupos afines al gobierno, todavía el chavismo era mayoría e internacionalmente la atención no estaba del todo sobre Venezuela. Pero en 2017 la situación ha cambiado.

Martínez señala que en este momento existe una mayor conducción de la movilización popular: “A la cabeza están diversos líderes y representantes, especialmente los más jóvenes. Se percibe un ‘repertorio’ más variado con iniciativas que denotan ingenio e innovación. Estos elementos han permitido que el liderazgo vuelva a conectarse con el sentimiento popular, que a estas alturas es de franco y mayoritario rechazo al actual régimen político. Se ha mejorado en la organización para resistir la represión y en la voluntad de construir una narrativa que dé sentido a la protesta”. Son precisamente las cabezas del movimiento estudiantil de 2007 –varios de ellos a la vuelta de 10 años ocupan curules en la Asamblea– los que han movido este abril de protestas.

Martínez agrega que existe un amplio reconocimiento, según las posiciones adoptadas por organismos internacionales, de que el gobierno venezolano es autocrático: “Las democracias del mundo ya no consideran al régimen de Maduro como uno más entre ellas”.

Al comparar con 2014, el fundador de Redes Ayuda, Melanio Escobar, asegura que “se observa una sociedad civil mucho más madura en sus protestas, que acata líneas de sus dirigentes políticos. Esto sucede porque ahora se ve a unos líderes explicándoles a los ciudadanos qué tienen que hacer, por qué y cuál es el resultado, lo que tampoco se veía antes. Están en la calle haciendo asambleas en sus parroquias, informando a la gente”.

El apoyo de los políticos y la apariencia de una Mesa de la Unidad Democrática verdaderamente “unida” son algunos de los factores por lo que manifestantes expresan que se sienten motivados y partícipes de una protesta distinta a cualquier otra en los últimos 18 años.

Resistencia activa

El liderazgo opositor no ha dejado de llamar a resistir de forma contundente pero pacífica. “Este carácter no violento, que ha hecho que la participación crezca y la represión se le devuelva al gobierno, está generando una severa crisis e indignación dentro de sus filas, de gente que no está dispuesta a acompañar esto. Porque los ciudadanos no están cediendo en su anhelo de reclamar sus derechos y aspiraciones”, explica Fermín. Y agrega que la resistencia activa tiene que ver con acciones de cooperación, organización masiva, desafíos que generalmente son respondidos con represión y que las democracias resultantes de estos procesos “suelen ser mucho más estables y duraderas”.

Aunque la resistencia no es del todo infalible, como señala Martínez, se trata de “un movimiento imperativo moral y político que debe ser asumido por toda sociedad sometida a regímenes de fuerza, y que desarrollada con la constancia necesaria termina por conectarse con otras dinámicas nacionales e internacionales que propician los cambios de régimen político”.

Las estadísticas demuestran que surten efecto. De acuerdo con Fermín estudios indican que los movimientos que se han tornado violentos han fracasado en 61% de los casos. Eso frente a 17% de fracaso de los movimientos no violentos.

La resistencia también expone la naturaleza dictatorial de cualquier régimen. “En vez de convertirlo en una pugna contra un Estado que intenta ‘poner orden’, demuestra un pueblo en resistencia que pide cuestiones legítimas y un gobierno que reprime sin motivo. Esto lleva a que se quebrante la moral de toda la estructura del Estado, desde los militares hasta los colectivos, que se cansen de reprimir porque son reconocidos como criminales y se terminen volcando contra el gobierno. Esta es la filosofía detrás de cualquier protesta pacífica”, dice Javier El Hage, director jurídico de Human Rights Foundation.

Para Martínez este ciclo de protestas ha dejado claro que el chavismo ya no goza como antes del apoyo de las zonas populares: “Esa es otra de las razones por las que al régimen le inquietan tanto estas movilizaciones. Esa indignación creciente se percibe y es natural que preocupe mucho al establishment político”, concluye.

Otros contextos

Los movimientos políticos contestatarios que se desarrollaron en países sometidos por los regímenes soviéticos, como los liderados por Lech Walesa en Polonia, Václav Havel en República Checa, y diversos nacionalistas de Ucrania, el Báltico, el Cáucaso y Asia Central, son un ejemplo de resistencia no violenta. “No cabe duda de que contribuyeron a minar progresivamente la estabilidad de regímenes que, además, eran una superpotencia mundial, así como de varios de sus herederos”, señala Martínez. Cita las iniciativas de Mahatma Gandhi en la India y la del movimiento de defensa de los derechos civiles y políticos que lideró Martin Luther King en Estados Unidos: “El efecto de la protesta organizada y constante fue la progresiva pérdida de confianza en quienes mantenían las políticas represivas, una ciudadanía movilizada y organizada, clamando pacíficamente el cumplimiento de lo que es justo”.


Entrevista publicada en El Nacional el 30 de abril de 2017.

Protesta, violencia y cambio político

Ha sido un mes convulsivo para los venezolanos. Desde que el cooptado Tribunal Supremo de Justicia pretendiera dar una estocada final a nuestra democracia maltrecha, consolidando en el proceso un autogolpe chavista, la fuerza de la gente se ha hecho sentir en las calles de todo el país. De manera contundente, millones de venezolanos deseosos de cambio han dado una lección de coraje cívico y, venciendo el miedo y una represión desmedida y criminal, han dejado ante el país y ante el mundo un testimonio firme e inequívoco de un pueblo resuelto a vivir en libertad.

Como siempre, la gente protesta porque se han cerrado los caminos institucionales de resolución del conflicto. Protestan los que llevan 18 años enfrentando el proyecto autoritario del chavismo, pero también los que se han desencantado en fechas más recientes. Incluso protestan quienes se consideran, aún, chavistas. A diferencia de episodios anteriores, no se trata de la mitad del país protestando contra el gobierno que representa a la otra mitad. Esta vez es, como lo llamábamos en nuestro Editorial pasado, el coro unánime del descontento enfrentado a una pequeña casta enquistada en los privilegios, el poder y lo turbio.

El éxito de la protesta ha obedecido, fundamentalmente, a tres factores: En primer lugar, a la presentación de una agenda clara. Para una oposición demasiado acostumbrada al “Maduro ¡Vete ya!”, reencarnado del “Chávez ¡Vete ya!”, las demandas por elecciones libres, reconocimiento a la Asamblea Nacional, liberación de presos políticos y apertura de canal humanitario representan un progreso importante. En segundo lugar, la participación masiva de los venezolanos ha dado a esta ola de manifestaciones una nueva fuerza. Y, en tercer lugar, el carácter decididamente no violento de la protesta ha significado un avance que ha reforzado y promovido el punto anterior. Un factor adicional está en la recuperación de lo simbólico: Venezuela está hoy conmovida e inspirada por un muchacho desnudo con una Biblia y una señora que se coloca en el camino de un vehículo militar; por unos muchachos, estudiantes de medicina, que salen a sanar las heridas del odio; por un pueblo llevado a la asquerosidad de El Guaire pero impoluto en su resolución. Ellos y muchos más son reflejo vivo de la dignidad humana.

Sin embargo, la cara grotesca de la violencia se ha asomado, promovida por el régimen. Organismos militares y policiales, junto a grupos paramilitares que actúan impunemente, se han lanzado ferozmente sobre un pueblo desarmado. El uso desproporcional de la fuerza ha dejado decenas de heridos; la represión indiscriminada ha cobrado víctimas en hospitales y escuelas; y la actuación criminal de grupos paramilitares y de la fuerza pública, violando los Derechos Humanos, ha cobrado la vida de 34 compatriotas.

La violencia, por supuesto, es promovida por el régimen para desvirtuar la protesta, para deslegitimarla a los ojos del pueblo y de la comunidad internacional, y para bajar los costos de represión, justificándola ante los efectivos policiales y militares y ante la sociedad en general. La violencia es hija del régimen y solo a éste le conviene. No pisar el peine de la violencia, a pesar de las frustraciones y la indignación, es esencial para el éxito de la movilización popular.

¿Hasta cuándo es sostenible este esquema de marchas y protestas? ¿Qué pasa con el agotamiento de la gente? ¿En qué va a parar todo esto?

La movilización que lleva ya un mes determinando la cotidianidad venezolana busca una transición a la democracia. Ha logrado articular políticamente la protesta social, de modo que la gente, lejos de contentarse con un CLAP, exige en cambio un nuevo gobierno que cambie la política económica para que no tenga que haber CLAP y la gente pueda comprar lo que quiera y cuando quiera en el abasto. La oposición ha logrado relegitimarse ante la población, colocándose en primera línea y asumiendo todos los riesgos de la persecución y la represión oficial y paramilitar. Pero existe, ciertamente, el temor de que la protesta sea insostenible en el tiempo, si bien sobrevivió el milagro de mantener políticamente activa y en la calle a la ciudadanía durante la Semana Santa.

La oposición debe aprovechar esta refrescada legitimidad para continuar dándole dirección política a la protesta. En ese sentido, debe marcar un punto claro de llegada, manejando responsablemente las expectativas de la gente y socializando el mensaje político. Un punto de particular importancia se refiere a lo electoral. La oposición debe dejar claro que votar no significa traicionar la lucha de calle, sino que votar es, precisamente, una conquista de esa lucha. También debe insistir en el hecho de que calle y voto no son mutuamente excluyentes, y que unas elecciones regionales y municipales son clave para desmontar la estructura clientelar del chavismo en las regiones y avanzar en el proyecto democratizador.

Del mismo modo, la oposición debe resistir la violencia proveniente de grupos criminales y cuerpos de seguridad del Estado. El sacrificio de 34 patriotas no debe ser en vano, y la violencia es un camino directo al fracaso de la protesta. La evidencia así lo certifica: los movimientos violentos, en promedio, tienen 150.000 miembros menos que los no violentos, ya que la violencia sube las barreras para la participación. Los movimientos no violentos fracasan en lograr un cambio de régimen 17% de las veces, frente a 61% de los movimientos violentos. Las democracias que nacen como resultado de movimientos no violentos tienden a ser más estables, duraderas y pacíficas que las que surgen de una disrupción violenta.

La protesta no violenta es efectiva, causa desafecciones y cambios de lealtades, y eso lo hemos visto durante este mes. La postura de la Fiscal General de la República y otros episodios dan muestra de fisuras en las filas del chavismo. La violencia es el pegamento que necesita el régimen para cohesionar nuevamente sus fuerzas.

¿Qué queda? Insistir. Insistir en la calle, con contundencia y en no violencia. E insistir en la resolución constitucional, pacífica y electoral del conflicto, presionando por elecciones a todo nivel y por el respeto a la separación de poderes y a la institucionalidad, alergias ambas del chavismo. Son días tremendamente difíciles para el país, en los que debe prevalecer la responsabilidad y la capacidad de conducción del liderazgo.

Queremos cerrar con un merecido reconocimiento a todos los venezolanos que hoy luchan por vivir mejor en democracia, especialmente a quienes han perdido la vida en defensa de la patria y a nuestros estudiantes, que nos llenan de orgullo y nos hacen sentir esperanzados en el futuro que hoy construyen para todos. Su dolor es nuestro dolor y sus sueños evocan el sentir de millones. Asimismo, reiteramos nuestro llamado a derrotar la violencia y a enfrentar con dignidad las pretensiones hegemónicas de quienes se creen, equivocadamente, dueños y señores de un pueblo que, como demuestra día a día, nació para ser libre.


Publicado en PolítiKa UCAB el 28 de abril de 2017.

 

Por qué la resistencia pacífica es efectiva contra el autoritarismo

Los venezolanos ejercen su derecho a la protesta a pesar de la brutal represión de los cuerpos de seguridad del Estado y de la violencia de grupos paramilitares

Por ALY LA RIVA V.
VIDEO: ABRAHAM TOVAR
INFOGRAFÍA: MARÍA ALEJANDRA MORALES
23 DE ABRIL DE 2017 11:37 AM | ACTUALIZADO EL 23 DE ABRIL DE 2017 11:59 AM

Un hombre desnudo con una Biblia en la mano es herido con balas de goma y bombas lacrimógenas mientras pide a guardias nacionales el cese de la represión; una señora ataviada con el tricolor nacional hace retroceder una tanqueta en medio de la asfixia por los gases; una fila de ciudadanos pide paz con las manos en alto frente a un contingente de la Policía Nacional Bolivariana; millones de personas siguen en las calles pese a la represión y a la violencia de grupos paramilitares. En Venezuela la entereza parece superar al miedo. Los venezolanos empiezan a descubrir lo que significa la protesta y la resistencia cívica no violenta, la vía que propone la dirigencia opositora para enfrentar al gobierno de Nicolás Maduro.

En un intento por acabar con la manifestación, generar temor y callar a la disidencia, el Estado arremete brutalmente contra quienes con banderas, pancartas y pitos ya no solo demuestran su descontento por una precaria calidad de vida, sino que también exigen con convicción elecciones, respeto a la democracia y la libertad. Pero paradójicamente, a pesar de los esfuerzos del gobierno, la lucha adquiere una dimensión más profunda y gana cada día más adeptos.

Se busca meter a Venezuela en cintura a juro, pero sabemos que los venezolanos a juro, ni a la esquina. Ya desde el siglo XIX estaba clara la caracterización de este pueblo cuando decían que Venezuela es un cuero seco, que si lo pisas por un lado se levanta por el otro”, afirmó el sociólogo e investigador del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello (CEP-UCAB), Daniel Fermín.

Estudios realizados por el CEP-UCAB con chavistas descontentos y ex chavistas han determinado que el miedo es la principal razón para no manifestar. “No obstante, la represión desmedida, lejos de mermar la participación, ha encendido una llama de indignación en los venezolanos, que están determinados a no dejar las calles hasta lograr sus conquistas. Esto es, también, resultado de una estrategia convencidamente no violenta, que es la que hace que la gente se indigne ante la brutal arremetida de cuerpos de seguridad y paramilitares contra un pueblo sin armas”, agregó.

El sociólogo Enrique Alí González Ordosgoitti sostiene que, en la práctica, mientras más masiva es la resistencia pacífica, menos posibilidades tiene el régimen de silenciarla con represión.

Indica que el aumento de la participación de los ciudadanos tanto en Caracas como en el interior del país es una demostración de fuerza que, a su vez, representa un salto político y organizativo. También se envía un mensaje a los cuerpos de seguridad: mientras más arrecies la represión contra manifestantes, más puntos de movilización impedirán que domines a todos.

“De esta manera le dices a las fuerzas represivas: ‘Ustedes están peleando contra todo el pueblo y no pueden vencer a todo el pueblo’. Ese mensaje mina por una parte la moral de los funcionarios y, por otra, la visión política de los directores de esos organismos. Hace que se pregunten: ‘Si esto es tan masivo, y es todo el pueblo el que está alzado, ¿de qué lado me voy a poner yo?’. También se dan cuenta del riesgo de ponerse del lado de una minoría represiva porque, por ejemplo, los organismos internacionales están vigilantes y la violación de derechos humanos no prescribe”, explicó el doctor en Ciencias Sociales y profesor titular en la UCV y  la UCAB.

Es clave entender que el objetivo de la protesta cívica no violenta no es enfrentarse a los funcionarios, sino hacerle entender a los opresores que es costoso reprimir, agrega el analista político Ángel Álvarez.

“Hay que ganar a los represores o al menos una parte de ellos como aliados para que permitan que el movimiento avance. Hay que hacerles entender que se desprestigian si reprimen, que hay sanciones en el futuro por la violación de los derechos humanos. Si no hay esta fractura en el seno de los opresores y estos se mantienen unidos en torno a la represión, el movimiento no logra sus objetivos y se desgasta en el tiempo. Hay que lograr propiciar dudas, conflictos o tensiones internas entre los que dirigen a los organismos de represión”, advierte.

A juicio de Álvarez, la única manifestación que realmente le importa y le preocupa al gobierno es la pacífica, principalmente porque no tiene justificación para reprimirla: “Una manifestación violenta la reprimo mucho más fácil. Es más sencilla de controlar porque además son solo 40 o 50 muchachos con molotov y piedras. Estos grupos, así sean pequeños, perjudican a la oposición y promueven la represión, de forma inconsciente o voluntaria. Por eso hay que desmarcarse permanentemente de la violencia”.

La paz como bandera

El sociólogo Daniel Fermín afirma que la protesta no violenta está lejos de ser, como algunos podrían pensar, una postura pasiva ni “comeflor”, sino que está basada en la acción creativa y organizada, sustentada en la participación masiva y contundente de la gente. Asegura que es especialmente efectiva en la lucha contra gobiernos represivos y autoritarios.

“Hay personas que pueden pensar ‘muy bien, pero eso no funciona contra este tipo de gobierno’, pero es justamente contra este tipo de gobierno represivo y altamente centralizado que la no violencia tiene su mayor efectividad. Ejemplos sobran: Suráfrica, Filipinas, Serbia, Turquía, Ucrania y, más recientemente, Túnez. Todos son casos de cómo la lucha no violenta conduce, si se lleva a cabo correctamente, a un cambio de régimen”, indica.

El investigador del Centro de Estudios Políticos de la UCAB asegura que la evidencia histórica demuestra que la resistencia no violenta causa desafecciones, cambios de lealtades y sube los costos al gobierno, mientras que la violencia disminuye la participación y cohesiona las fuerzas del régimen.

“La dirección política y la organización son cruciales para que la protesta se mantenga en los rieles de la no violencia y se procure la mayor participación posible. Esto es también una vacuna contra los infiltrados”, agregó Fermín.

Constancia y paciencia

Analistas políticos y sociólogos coinciden en que el movimiento opositor está avanzando, pero que debe quedar claro que se trata de un proceso paulatino que requiere perseverancia. Es fundamental ir adquiriendo mayor poder de movilización, de organización y de empoderamiento político.

El sociólogo y profesor del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA), Ramón Piñango, considera que con la naturaleza del gobierno de Nicolás Maduro la protesta pacífica tiene sentido si es tenaz.

“Se requiere una tenacidad a toda prueba. Debe haber inteligencia, organización e imaginación para mantener a los ciudadanos descontentos con el gobierno en la protesta, a que no se cansen, porque es muy fácil agotarse día tras día. En los países en donde ha habido éxito siempre los resultados no son inmediatos: toman días, semanas y meses. Tiene que haber una clara disposición a mantenerse firmes y cohesionados”, dijo.

Daniel Fermín: “Uno de los retos de la dirigencia opositora, fundamental para enfrentar el agotamiento natural de la gente, es hablar claro a los venezolanos y manejar con seriedad las expectativas de una lucha que es de resistencia. No podemos repetir los errores de la abstención, el paro petrolero y demás episodios que se dieron por hablarle irresponsablemente a las gradas en busca de aplausos. Eso solo deviene en frustración para la gente y pérdida de legitimidad y capacidad de convocatoria para la dirigencia”.

Ángel Álvarez: “Se trata de una intensa lucha sostenida en el tiempo que requiere constancia y paciencia. Generalmente no son movimientos que tienen éxito de forma instantánea, pueden durar meses o años en la búsqueda de la solución a los problemas. También suelen ser perseguidos y reprimidos brutalmente. Pero la respuesta es seguir protestando y mantenerse en la calle de forma pacífica”.

Enrique Alí González: “La resistencia pacífica implica también perseverancia. Significa continuas actividades de calle, ir incorporando a cada vez más sectores de la sociedad venezolana e implica una fuerte represión por parte de un gobierno autoritario (…) no se plantean cosas de películas como ‘salgamos a la calle y no regresamos más nunca”.

Los retos de la oposición

La oposición, de acuerdo con los expertos, se encuentra en un momento de mayor madurez, mayor claridad de metas y mayor fuerza.

La presencia de dirigentes y diputados a la cabeza de manifestaciones ha aumentado la empatía entre la dirigencia y los ciudadanos, afirma el doctor en Ciencias Sociales, Enrique Alí González.

“Hay un crecimiento cualitativo en la relación entre la conducción de la oposición y el pueblo que lo sigue. Los diputados a la Asamblea Nacional, por ejemplo, han cumplido un rol fundamental para crear ese vínculo afectivo”, destacó.

El analista político Ángel Álvarez sostiene que en la protesta y la resistencia cívica no violenta se identifican uno o varios líderes que, más que dirigentes del movimiento, lo simbolizan. En el caso venezolano, el símbolo es la Unidad.

“La Unidad tiene un liderazgo heterogéneo, son muchos. En estos últimos días el rostro se lo han puesto principalmente los diputados jóvenes de diversos partidos. Eso ha refrescado la imagen física de la idea de Unidad, movimiento que intenta democratizar Venezuela”, agregó.

A juicio del sociólogo y profesor de la UCAB, Daniel Fermín, debe insistirse en realizar una convocatoria amplia, que incorpore a todos los factores descontentos y que vaya más allá de los partidos políticos y de la Mesa de la Unidad Democrática, como los sindicatos, los estudiantes, los gremios, el chavismo disidente y las fuerzas vivas de la sociedad.

El camino a seguir, agrega, debe ser insistir en las reivindicaciones populares, en metas claras y concretas como el llamado a elecciones, el reconocimiento de la AN, la liberación de los presos políticos y la apertura del canal humanitario.

“Hoy el descontento es unánime y no solo buscan un cambio los que llevan 18 años oponiéndose al proyecto oficial, sino también los que lo acompañaron hasta ayer e incluso quienes todavía se consideran chavistas. Esta es una oportunidad para que la oposición política se muestre como alternativa de gobierno y así dibujar, junto al pueblo, una propuesta de futuro compartido de país”, ratifica.

Bajo esta misma línea, los expertos consideran que la lucha opositora debe ser capaz de abarcar todos los escenarios. Por eso es que, lejos de las críticas de sectores radicales, aseguran que la situación del país no solo implica calle, sino también negociación. Lo importante es dejar claras las condiciones y avanzar en el cumplimiento de los objetivos.

“Los procesos de este tipo siempre se llevan en los dos planos. No es posible establecer acuerdos con el gobierno que permitan la transición, si no hay un cierto nivel de negociación implícita o explícita. Es absurdo pensar que no es así. No queda más remedio que ejercer las dos fuerzas que tiene la oposición: la presión popular y la negociación. No es inmoral negociar, la política es negociación, lo que pasa es que la palabra en Venezuela está desprestigiada”, agrega Álvarez.

Fermín pide no caer en “simplismos” que hacen ver como opciones mutuamente excluyentes aquellas que no lo son: “Si se convocan elecciones regionales, como un intento por bajar la presión, hay que acudir a ellas y organizarse para arrasar y desmontar así la estructura de apoyo clientelar del oficialismo en las regiones. Votar no es una traición a la lucha de calle, sino precisamente una conquista de esa lucha. La batalla se debe dar en todos los frentes y eso hay que asumirlo sin complejo”.


Entrevista publicada en El Nacional el 23 de abril de 2017.

Why Protesters in Venezuela Today Should Resist Responding to Violence with Violence

Peaceful protests almost always work better than violent ones – even against repressive governments.      

Most Venezuelans taking part in today’s “mother of all marches” against President Nicolás Maduro are planning to do so peacefully. Even the country’s most outspoken opposition leaders are using the language of nonviolent resistance.

Not everyone is on board. Government security forces have cracked down violently on dissent; regime-backed paramilitary groups attacked marchers and have killed five demonstrators in protests since April 1, leading the UN High Commission for Human Rights and regional leaders to call on Maduro to respect the people’s right to assemble peacefully. As recent incidents of rock-throwing, setting fire to government buildings and sporadic looting suggest, however, some demonstrators feel compelled to respond in kind to the regime’s aggression.

A portion of the violence during recent protests can be attributed to regime forces, often police or intelligence officers, who have infiltrated demonstrations with the intent of tainting the opposition and justifying further repression. But there are indeed many in Venezuela today who believe that responding to Maduro with violence is the only way to force a change in government. I’ve written extensively on the disadvantages of this line of thinking, and the response on Twitter has been telling:  “You mean to tell me that we should just march to Altamira (an upper-middle class neighborhood in Caracas) with our little flags or wherever the regime lets us?! I don’t agree with you, brother,” one person responded to me last week. Another told me that I “live in a poem” and that “every rebellion has a degree of violence in order to face the violent ones.”

Well, recent global experience – and Venezuela’s own history – show why they’re wrong. What’s more, the conditions in Venezuela today, more so than at any time in recent years, suggest that a nonviolent response to Maduro’s aggression stands the best chance of ultimately forcing a change in government.

Part of the reason for this is that the demands protesters are making of the government are more concrete than ever. In today’s march under the banner of “Elections now!” Venezuelan citizens are calling for: free and fair elections, respect for the democratically-elected National Assembly, and acceptance of humanitarian aid, which the government has systematically refused, dismissing it as an excuse for a foreign invasion. For an opposition too often attached to the “Maduro out!” call to action, a clear set of goals pointing forward is new and inspiring.

On a global level, nonviolent action has been successful against precisely the type of cruel leader that Maduro has become. From post-Soviet countries to South Africa and from the Philippines to Serbia, nonviolent action has led to regime change and democratization, even in the face of horrid repression. The Tunisian revolution has become a vivid, current example of the effectiveness of nonviolent struggle.

And historically, nonviolence has been shown to be more effective than violence in increasing costs for the regime and effecting change. The International Center for Nonviolent Conflict (ICNC) has compiled a complete resource library that provides clear evidence for the advantages of nonviolent action over violent campaigns. The work of two ICNC researchers, Erika Chenoweth and Maria J. Stephan, shows that 61 percent of violent campaigns fail in regime change, while nonviolent action fails 17 percent of the time. Moreover, transitions carried out by nonviolent means lead to more stable, lasting and peaceful democracies than those achieved through violence. On average, nonviolent campaigns attract 150,000 more members than violent ones, since violence increases the barriers for participation.

This last point is especially important in the Venezuelan case, where popular anger against the regime is now being expressed across all segments of society, even among lower-income groups that have long provided the bulwark of support for chavismo. Today’s protesters aim to promote democratic transition, and in doing so, they recognize a crucial element of nonviolent theory: that transitions are do not only a concern of political or economic elites.

In nonviolent struggle, repression often backfires on the regime, causing cracks in their ranks. Nonviolent action is particularly effective in gaining international support and causing shifts in the regime’s international support base. Far from achieving its goals, when demonstrations turn violent they: 1) significantly raise the costs of participation, decreasing the number of people willing to join; 2) stimulate greater cohesion in pro-government groups; 3) lower the costs of repression, which is then seen by police and military forces as necessary and justified; and 4) delegitimize the protest in the eyes of the international community. All of this can happen –and has happened in the past– in Venezuela.

Caveat lector, nonviolence isn’t magic. It can fail. It needs discipline, organization, clear goals, and unity of purpose. The change it achieves can be undone, as the current state of Egypt shows. However, when Venezuelans are placed at the crossroads of violence and nonviolence, they should know that the latter is by far the more likely force to usher in lasting democracy in a country in dire need of reconciliation and rebuilding.

Fermín is a sociologist and researcher at UCAB in Caracas.


Published in Americas Quarterly on April 19, 2017.

Daniel Fermín: “Los militares venezolanos no podrán mantener al pueblo como rehén”

Polítika UCAB, la página del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello, es una de las fuentes de consulta más valiosas de Venezuela a la hora de analizar el convulso panorama político de este país suramericano. Y Daniel Fermín, sociólogo y editor de la página suele ser uno de los referentes más equilibrados de este grupo de estudiosos.

Por eso, sorprende que Fermín haya lanzado, en estos días, una serie de cáusticos tuits anunciando prácticamente el final del régimen de Nicolás Maduro. PanAm Post conversó con este experto sobre las perspectivas políticas de Venezuela, a la distancia, y sobre la manifestación de hoy, que todo el mundo prevé será un punto de quiebra en la situación venezolana.

 

Este tuit prácticamente es un punto final al Gobierno de Maduro, y ustedes suelen ser bastante comedidos. ¿En qué basa su afirmación?

El chavismo, y en especial el régimen de Nicolás Maduro, ha ido pasando de un autoritarismo competitivo, con fuertes rasgos populistas, que podía hacer elecciones cuando le eran favorables, con una arena electoral restringida pero abierta, ha ido derivando, en estos últimos años y en la medida en que Maduro ha perdido esa ventaja electoral, a un régimen de autoritarismo hegemónico, que no admite competencia ni elecciones.

Eso lo hemos visto de manera evidente con el aborto del referendo revocatorio, con la no convocatoria de las elecciones regionales que están vencidas, con la no convocatoria del Consejo Nacional Electoral para las elecciones municipales, entonces, está claro que el Gobierno ya no quiere hacer elecciones. Cuando hacía elecciones estaba claro que era porque su principal apoyo era la gente, era el apoyo popular.

Hoy, los pilares del régimen están en la Fuerza Armada Nacional, fundamentalmente; en una Fuerza Armada que violando el artículo 328 de la Constitución se declara chavista, toma partido por el Gobierno, etcétera; y en las instituciones que están cooptadas por el Ejecutivo, sobre todo por el CNE y ahora, más que todo, por el Tribunal Supremo de Justicia.

La pregunta es, ¿puede sostenerse este tipo de autoritarismo en Venezuela?

La gran pata coja que tiene este tipo de regímenes es que dependen de la lealtad absoluta de sus cuadros. No tienen propensión a la estabilidad de largo plazo, sobre todo cuando han encontrado la resistencia activa de la gente en la calle.

Fíjate cómo se han cerrado las brechas entre el liderazgo político y las aspiraciones ciudadanas: Hay una unidad mayor, no solo de la Mesa de la Unidad Democrática, que es un sector dentro del gran descontento que existe en el país; hoy la polarización, que antes marcaba toda la política venezolana, se ha ido desdibujando, ante el reclamo unánime por el cambio, por más calidad de vida, por mejora económica, y también, y eso no se puede dejar en un segundo plano, por mayor libertad y mayor democracia. La gente reivindica el derecho a expresarse, a disentir, a manifestarse.

Entonces, no son regímenes que tengan mayor estabilidad cuando encuentran la resistencia organizada de la gente; cuando no, cuando la gente se torna pasiva, sucede lo que hemos visto en otros países, como en Cuba. Pero en Venezuela el Gobierno se ha topado no solo con la que ha sido su oposición tradicional en  estos 18 años, la gente que nunca votamos por ellos; sino que en las propias entrañas del chavismo hay un gran descontento y se ejerce una oposición muy fuerte a lo que está sucediendo hoy y a las pretensiones del régimen.

La semana pasada vimos protestas con un fuerte acento de descontento social en Catia, Petare, Caricuao… zonas donde el chavismo hasta hace poco era mayoría fortísima. ¿Es el peor miedo del Gobierno de Maduro que a la protesta política se le sume la protesta por hambre, por todas las cosas que sabemos que están pasando en Venezuela?

Su peor miedo es que se articule políticamente la protesta social. Cuando nosotros vemos el trabajo de sistematización que ha hecho el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, por ejemplo, las últimas cifras que ha dado, que hablan de 19 protestas diarias, la mayoría de esas protestas tienen que ver con el colapso de los servicios públicos: Que no hay agua, que no hay luz, por la escasez, por las medicinas, por la comida, etcétera. Cuando esas protestas no tienen carga política, por supuesto, persiguen sus propósitos sociales pero no tienen relevancia política.

Daniel Fermín, experto político venezolano. (Danielfermín.blogspot.com)
Daniel Fermín, experto político venezolano.

Cuando esas protestas se cargan políticamente y comienzan  tener intencionalidad política –el Gobierno ha utilizado el término “politizar” como sinónimo de “partidizar”, y como algo que desvirtúa la protesta social-; cuando se le da dirección política a la protesta social, yo creo que es algo a lo que este tipo de regímenes tiene que temerle mucho: Porque cuando la gente dice “miren, hay escasez, pero yo no quiero que me llegue el CLAP, yo lo que quiero es que se vaya el Gobierno, que es el culpable de la escasez, yo quiero que haya elecciones para que haya un cambio político que permita cambiar el modelo económico”,  entonces, ahí sí debe haber temor en un régimen, porque la cosa ya no admite medias tintas, ni paños calientes, sino un cambio político que permita que la toma de decisiones lleve a otra manera de gobernar.

Mucha gente se está planteando este 19 de abril como una suerte de “batalla final”, o de “último día” del Gobierno de Maduro. Pero eso no va a ser así. ¿Cómo lidiar con esas expectativas, y con la subsiguiente depression?

Para la manifestación de este 19 de abril hay que tener unos objetivos muy claros, muy concretos: me preocupa la amenaza de la violencia, no solo la amenaza directa que ha hecho el Gobierno para intimidar, sino esta épica de la “batalla final” preocupa porque puede deshacer todo el camino que se ha andado, incluso el de la articulación con sectores sociales y políticos que vienen del chavismo o que no se habían metido en política antes.

Yo creo que el liderazgo político del país tiene la gran responsabilidad de conducir esto bien, y de dejar un mensaje de contundencia, un testimonio para los venezolanos y para los que están afuera, que exprese la determinación de los venezolanos a vivir en libertad y a tener calidad de vida, pero esquivando, evitando el peine de la violencia, que solo le hace el juego al Gobierno.

Hablando de pisar el peine de la violencia. Este tipo de manifestaciones como las del lunes, de Maduro con los milicianos, ¿qué mensaje se le envía al país y al mundo? Uno ve estas imágenes y es imposible no recordar a Saddam Hussein, o a Manuel Noriega

El Gobierno está apostando a que frente a la erosión irreversible de la popularidad del PSUV, sean los paramilitares, los llamados colectivos, y la Fuerza Armada, el nuevo partido de Gobierno. Y hay que ponerle unas comillas a ese “nuevo”, porque la Fuerza Armada lleva tiempo siendo el partido de Gobierno. Ante la pérdida de lo electoral, el Gobierno intenta crear una plataforma militar, militarizada, que no solo infunda miedo a la población, sino que logre el control social a través de la militarización de la sociedad.

Eso también tiene patas cortas, salvo que el Gobierno se las juegue con un enfrentamiento armado atacando a un pueblo desarmado, con las consecuencias que puede traer eso, no deja de ser también un anhelo, que, como dicen los llaneros, “deseos no empreñan”. No van a ser los militares o los paramilitares los que van a mantener de rehén a todo un pueblo que está pidiendo un cambio concreto y una manera distinta de hacer las cosas.

Esta semana se están cumpliendo 180 días desde que Tibisay Lucena, en su última presentación pública, habló de un cronograma electoral con elecciones regionales en el primer semestre. Falta menos de mes y medio para que se cumpla el plazo, por lo cual es más que evidente que no va a honrar su palabra; ¿cómo queda el CNE después de esto?

El CNE ha perdido toda relevancia una vez el Gobierno decidió que no quiere medirse electoralmente. Está actuando de manera orwelliana: En vez de realizar elecciones, su función es la de impedir elecciones. La doctora Lucena le hace un flaco servicio a su institución y una burla a los venezolanos; le dio una “ñapa” inconstitucional a los gobernadores y diputados regionales, no aparece por ningún lado para procurar lo que establece la Constitución en materia de participación ciudadana y eventos electorales. El CNE, lamentablemente, ha sido una institución cooptada por el Ejecutivo y que además actúa de manera profundamente vergonzosa para cualquier persona que se haga llamar demócrata.

En ese sentido, el CNE, que debería hablar al país, no para ofrecer migajas, sino para garantizar los derechos políticos de los venezolanos, ha seguido la estrategia del avestruz, y ha hecho un papel verdaderamente vergonzoso, lamentable.

¿Usted aún piensa que la salida del laberinto venezolano va a ser electoral?

Sí, lo pienso yo y lo piensa la gente. Hemos tenido la oportunidad de realizar investigaciones no solo cuantitativas, sino cualitativas: Hemos hecho entrevistas, focus groups, y particularmente, no solo lo que uno podría esperar, entre los opositores, sino también entre los que alguna vez apoyaron a Chávez y que hoy repudian a Maduro, existe casi un coro unánime, que es que esto tiene que salir como entró, por la fuerza de los votos.

Yo creo que además de las razones éticas y morales para apelar a eso, hay una razón de efectividad política: Una democracia duradera solo es posible si tiene legitimidad de origen, y esa legitimidad solo es posible por elecciones, que son la expresión de la voluntad popular.

¿Han traspasado Nicolás Maduro y su grupo la raya? ¿Tienen la prisión en su futuro?

Esa es una pregunta muy difícil de responder, no solo porque uno no sabe qué va a pasar, sino porque en estos procesos, hay mucho de lo que se conoce como justicia transicional, y es en estos escenarios que normalmente han sido más fuertes que este, hay siempre tratos de impunidad negociada, que para el ciudadano común pueden sonar terribles, porque el anhelo de justicia está latente y el pueblo quiere de verdad que quienes han cometido crímenes paguen por esos crímenes, pero en la realidad, lo vemos incluso en nuestra historia, ha sucedido.

Esto no es una apología de la impunidad, pero en este tipo de procesos hay que ver la manera de avanzar, de seguir adelante, sin revanchismos, sin odios. Por supuesto, hay gente que no va a poder eludir a la justicia.

Estas graves violaciones a los derechos humanos, como las que estamos viendo, a estos muchachos inocentes, como los hermanos Sánchez. Con esto y con los casos de narcotráfico yo veo muy difícil que haya alguna negociación o justicia transicional. Los que hoy están incursos en este tipo de delitos tendrán que responder a la justicia, y lo que estoy seguro de que no puede pasar, por el bien de la nación venezolana, es una especie de retaliación sistemática contra quienes alguna vez formaron parte de esto.

¿No son estos mismos grupos, los que no pueden eludir a la justicia, los que tienen a Maduro de rehén?

Lo que sucede con estos casos es que las acusaciones de narcotráfico, de violaciones de derechos humanos, cohesionan a las filas del régimen, sobre todo cuando se hacen al más alto nivel; esta gente sabe que los costos de su salida del poder son infinitos, no pueden dejar el poder porque su futuro está en la cárcel, habiendo perdido privilegios y prebendas. Por supuesto, son esos grupos los que tienen a Maduro de rehén, y no se trata, como se trató en el pasado reciente, que estén presos del dogma o de la ideología, sino que están presos de grupos que responden a la ilegalidad.

Pedro García Otero Pedro García Otero

Pedro García fue editor del PanAm Post en español. Periodista venezolano con 25 años de experiencia en cobertura de temas económicos, políticos y locales para prensa, radio, TV y web. Síguelo @PedroGarciaO.


Pubicado en PanAm Post el 19 de abril de 2017.

17 cápsulas sobre lucha no violenta

1. Ayer hice una publicación sobre #NoViolencia que recibió muchísima difusión. Algunos se mostraron escépticos. Para ellos van estas cápsulas:

2. Primero: La violencia es promovida por el régimen para provocar violencia que desvirtúe la protesta. Es parte de lo que hay que sortear.

3. “#NoViolencia no funciona contra este tipo de gobiernos”. Falso. Contra regímenes represivos la NV ha sido más efectiva que la violencia.

4. Iniciativas de #NoViolencia son más efectivas en incrementar los costos al régimen, dividir sus pilares de apoyo y erosionar su terreno.

5. 61% de iniciativas violentas fracasa en cambio de régimen. Apenas 17% de iniciativas de #NoViolencia fracasa, según Chenoweth y Stephan.

6. #NoViolencia ha sido exitosa en 70% de las iniciativas entre 1900 y 2006, frente a 40% de las iniciativas violentas (Chenoweth y Stephan).

7. Transiciones impulsadas por #NoViolencia resultan en democracias más duraderas y pacíficas que las provocadas por violencia.

8. Iniciativas de #NoViolencia tienen en promedio 150.000 miembros más que las violentas.

9. La #NoViolencia promueve mayor número de participación, esencial para lograr una movilización que conduzca a una transición.

10. En la #NoViolencia, la represión abierta se vuelve en contra de los represores.

11. La evidencia demuestra que la #NoViolencia es especialmente efectiva contra regímenes autoritarios con alto grado de centralización.

12. #NoViolencia promueve disrupción a través de no cooperación, que conduce a cambios de lealtades entre simpatizantes del régimen.

13. #NoViolencia es más efectiva en ganar apoyos internacionales y lograr desafecciones en aliados externos del régimen.

14. No, no fue a punta de plomo que se logró transición en Túnez, Serbia, etc., sino a través de #NoViolencia.

15. #NoViolencia no es comeflorismo, resistencia no violenta no implica docilidad, todo lo contrario. Es innovación y contundencia.

16. Más info sobre #NoViolencia en mi trabajo «La gente importa: movilización popular y democratización», en el libro Transición democrática o autocratización revolucionaria: El desafío venezolano II (UCAB, 2016).

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17. Una biblioteca de recursos sobre #NoViolencia está disponible aquí, compilada por la gente de International Center on Nonviolent Conflict (ICNC).

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Publicado originalmente como una serie de 17 tuits el 9 de abril de 2017.

El desarrollo destructivo del chavismo

Llevamos casi veinte años intentando caracterizar al chavismo. Que si es comunismo, que si se trata del viejo militarismo de siempre. Unas voces acusan populismo, mientras otras dicen que es caudillismo. Tampoco falta quienes, como resultado de una suma sencilla, concluyen que se trata de un planteamiento fascista. Todos tienen razón, al menos parcialmente. Lo cierto es que, al final del día, el modo de hacer y entender la política impulsado por Hugo Chávez ha tomado corpus propio y aunque, sin duda, toma prestado de diversos derroteros ideológicos, el chavismo es eso: el chavismo el chavismo.

De inspiración socialista y fuerte acento militarista, con barniz nacionalista y espíritu conservador, el chavismo se parece, al mismo tiempo, a ideas tan contrapuestas como el comunismo y el fascismo, y lo hace sin contradicciones, o al menos sin reparar en ellas. No es la primera vez, por supuesto, que estas propuestas tan disímiles se encuentran: lo han hecho en la historia bajo la cobija del totalitarismo. Y aunque el chavismo es chavismo, por su particular configuración, comparte con el fascismo, especialmente, un elemento de suma importancia: la presencia de un desarrollo destructivo.

El siglo XX fue testigo de la lucha entre civilización y barbarie en Venezuela. Para que naciera la democracia los venezolanos derramaron sangre luchando contra las cruentas dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Incluso en su crueldad, en su autoritarismo, en el carácter corrompido de su actuación pública, ambas experiencias dejaron huella en el país. Con Gómez presenciamos la emergencia del Estado moderno, la unificación territorial del país, la profesionalización de unas Fuerzas Armadas que, lejos del retórico rótulo de “herederos del Ejército Libertador”, habían sido hasta entonces un cúmulo de montoneras personalistas. Con Pérez Jiménez hubo crecimiento económico y consolidación de la infraestructura pública. No es verdad el mito según el cual todo se hizo en ese entonces, y es verdad que el desarrollo más espectacular de la historia venezolana se dio en democracia, como evidencian todos los indicadores, pero es innegable que estos regímenes, corruptos y sanguinarios, a pesar de los terribles costos, dejaron algo.

No es el caso del chavismo. “Acabaron con el país” es la manera en la que los ciudadanos, en la calle, suelen expresar uno de los rasgos fundamentales del régimen chavista: su fuerza destructiva. El chavismo destruyó las instituciones y generó un liderazgo demagógico. En esto, pese las influencias doctrinarias, no hay filosofía, no hay teoría, sino un mosaico de prejuicios que, lejos de apelar a propósitos comunes, apela al miedo, resentimiento y odios comunes. Como el fascismo y el nacionalsocialismo, el chavismo es un lamentable ejemplo de histeria en tiempos de desmoralización. Su discurso bélico es coherente con una política permanente enmarcada en el conflicto y la preparación para la guerra, en este caso la guerra fratricida.

La situación crítica de la Nación es el resultado único, predecible y lógico del desarrollo destructivo del chavismo. En su proceso de autocratización, la próxima parada pasa por un evidente coqueteo con el totalitarismo. La intención totalizante es patente: un gobierno que aspira controlar todos los aspectos de la vida social, de la acción individual, en pro de “la causa”, en este caso la revolución. Un gobierno absoluto en su ejercicio e ilimitado en su aplicación. Nada está fuera de su jurisdicción. Sin permiso del gobierno no puede hacerse nada. Así, al individuo no le queda ningún espacio privado ajeno al control político. Ese es el anhelo oficial.

La mesa está servida, para eso trituraron las instituciones democráticas y se regresó al más feroz centralismo en el gobierno. Todo opera bajo esta lógica: la economía, las relaciones laborales, la cultura, la salud. Por eso estamos así.

El tránsito al totalitarismo ha encontrado un importante obstáculo, sin embargo: la fuerza de la gente. La resistencia ciudadana, organizada, no violenta y decidida, le ha hecho frente a las pretensiones de la dictadura. El coro unánime del descontento le pone la mano en el pecho al autoritarismo, reclamando el deseo ciudadano de vivir en democracia y en libertad. Y contra eso, el gobierno no tiene más respuesta que insistir en la represión, a través de unos represores que también le reprueban, que padecen las mismas penurias producto de la misma destrucción promovida desde las alturas del poder. Así, también la represión tiene patas cortas.

La salvación de Venezuela está en los venezolanos, que en la acción colectiva y valiente han dicho “no más” a un proyecto que ha dejado a su paso solo ruina, dolor y miseria. Esa será también la fuerza para la reconstrucción, la energía detrás del impulso de una nueva era de luz para la patria.


Publicado en PolítiKa UCAB el 7 de abril de 2017.