Elecciones generales o el cuento del gallo pelón

Un fantasma recorre a la oposición venezolana: el fantasma de las elecciones generales. Incorpóreo, como los espectros, este planteamiento ha encontrado eco dentro y fuera de Venezuela, con el Secretario General de la OEA incluyéndolo entre sus demandas al régimen de Nicolás Maduro.

Desde que arrasó en las elecciones parlamentarias de 2015, la oposición, específicamente la que hace vida en la Mesa de Unidad Democrática, se ha visto errante. Prometió, el 5 de enero de 2016, salir del gobierno de Maduro en seis meses. Luego, en lugar de decidir entre un referéndum revocatorio, una enmienda o la solicitud de renuncia del presidente, apostaron por un “todo vale”. Finalmente, la alianza apostó por el revocatorio, cuyo final frustrado todos conocemos, producto de la autocratización de un régimen convencido de que se agotó su camino electoral.

Desde que la dictadura provocara el aborto del referéndum, no ha habido una postura unitaria en el seno de la oposición. A veces calle, otras veces diálogo. Voces tímidas que sugieren –pero nunca dicen– “2018”. Apostar a las regionales para socavar la estructura clientelar chavista. La desobediencia civil. Son muchas las posturas y las estrategias diversas. Algunos aventureros sueñan con una salida militar, sin asimilar que son ellos, los militares, el partido de gobierno. Luego la declaratoria de abandono del cargo, según la cual ya Maduro no es presidente, aunque seguidamente los mismos que la aprobaron reclamaran que no ofrecía la Memoria y Cuenta ante el parlamento sino ante el Tribunal cooptado. ¿Y ahora? El turno es de las elecciones generales.

Comentábamos hace par de semanas en este espacio que las elecciones son un clamor popular. “¡Elecciones ya!” es mucho más que una consigna. ¿Es viable hoy una elección general en Venezuela? ¿Qué hace pensar que en el país en el que se suspendieron dos procesos electorales previstos en la Constitución es factible llamar a una elección que no aparece por ningún lado en nuestra Carta Magna, en la que el gran perdedor –fuertes a lochas– será el partido de gobierno?

Los únicos llegaderos de las promesas vacías y de generar expectativas irrealizables son la frustración y la desesperanza. Los venezolanos, inundados no solo en la crisis sino en la incertidumbre, necesitan más que nunca de certezas. El planteamiento de ir a elecciones generales es engañoso, por decir lo menos, y puede terminar como una lápida más en el cementerio de los atajos que, comenzando por el paro petrolero y el golpe de abril, pasando por la abstención de 2005 y llegando a la renuncia, han plagado la estrategia opositora.

Es hora de hablarle con claridad al país, de ser serios. Existe una correlación entre la erosión de la confianza, credibilidad, legitimidad y convocatoria de la oposición oficial y las frustraciones que han dejado a su paso los distintos planteamientos para apurar la salida, justificada por demás, anticipada de Maduro.

Los venezolanos queremos un cambio que restituya la confianza en la democracia y nos encamine hacia el progreso, recuperando la calidad de vida e impulsando un proyecto de país que apunte al desarrollo integral de la sociedad. Ese es un asunto muy serio como para hacerlo depender de planteamientos quiméricos que, bien recibidos y mejor justificados, simplemente no tienen asidero en la realidad. Urge una propuesta responsable que marque la hoja de ruta a la salida de la crisis y al cambio político, pero también es necesario que esté anclada a la realidad y no a la ficción, que dependa de la voluntad de los venezolanos y no de la gracia del régimen. Lo contrario sería continuar un ya demasiado largo cuento del gallo pelón, del cual la gente se cansa y con lo cual comienza a voltear a otro lado, a buscar nuevos referentes y a desencantarse de lo público para refugiarse en otra ficción, la ficción del refugio privado, esa que según aquella campaña de una cadena de farmacias rezaba que “si tú estás bien, todo está bien”. Es la hora de la verdad para el liderazgo, que debe hoy decidir entre la oferta a las gradas, llamativa pero poco factible, y una que trate a los ciudadanos como adultos y los conmine a la construcción de un gran movimiento nacional por la democracia, más allá de la competencia desleal por la capitalización del descontento.


Publicado en PolítiKa UCAB el 24 de marzo de 2017.

Mujeres y niños de últimos

“¡Mujeres y niños primero!” reza el código de conducta ante una situación apremiante, particularmente la de un naufragio. Más allá de la conseja marina, los niños y las mujeres son considerados a menudo, no por sus capacidades ni sus cualidades sino por las profundas inequidades generadas por tendencias históricas de desprotección, discriminación y otros factores, como poblaciones vulnerables. Vale la pena ver, en ese sentido, cómo les va a las mujeres y a los niños de la patria bolivariana.

Un trabajo de Omar Zambrano, a propósito del Día Internacional de la Mujer, pone de relieve la terrible situación de las mujeres en la Venezuela de hoy. Hemos comentado recientemente, en este espacio, las espeluznantes cifras de pobreza en el país, y son precisamente las mujeres quienes se llevan la peor parte.

Se estima que las mujeres pobres superan a los hombres pobres en más de 350 mil personas. La participación de las mujeres en el mercado laboral es significativamente menor a la de los hombres. Además, las que sí participan ganan menos, en condiciones iguales, que sus contrapartes masculinos. ¿Cuánto menos? 30 puntos, según el Instituto Nacional de Estadística. Esta representa la mayor brecha de América del Sur.

¿Y los niños? El más reciente informe de CECODAP nos habla de un aumento de 52% en la violencia contra niños y adolescentes en Venezuela. En menores de edad, los homicidios aumentaron 12% con respecto a 2015, ubicándose en 1.150 casos. También se destacan 254 instancias de agresión por parte de los cuerpos de seguridad del Estado, 43,5% más que en 2015. La guinda: la escasez de alimentos, considerado por la organización como un nuevo motivo de maltrato infantil.

Son las mujeres y los niños. Y los ancianos, todavía haciendo cola para cobrar una pensión que no cubre las necesidades más básicas. Y las personas con discapacidad, y los enfermos. Para esta revolución humanista, atender la vulnerabilidad se encuentra a la cola de las prioridades.

En el país de las mujeres, este segmento de la población se encuentra discriminado, desasistido y golpeado por la inclemente crisis. Los niños y adolescentes, el futuro del país, están en jaque, entre las amenazas de la violencia y el hambre. El responsable de que nuestras madres y nuestros hijos estén hoy en esta situación es un régimen testarudo, incapaz de rectificar, entrampado como está en el dogma y los arreglos turbios.

Luchar por las mujeres, por su igualdad y dignificación, es luchar contra la pobreza y promover el progreso y el desarrollo de la nación. Luchar por la protección de los niños y adolescentes es arreglar hoy el país de mañana.

Y es que el cambio que anhela hoy la sociedad venezolana no es solo un cambio de nombres, siglas y colores, sino sobre todo el cambio de las condiciones que hoy golpean duramente a la familia venezolana y que la anclan al subdesarrollo. Emprendamos, en nuestra cruzada por el cambio político, la tarea de lograr los cambios que permitan, como en la vieja tradición, colocar a mujeres y niños primero. La sociedad sabrá recompensarlo.


Publicado en PolítiKa UCAB el 17 de marzo de 2017.

¡Elecciones ya!

“¡Elecciones ya!”. Más que un slogan, se trata de un clamor popular. De acuerdo a los estudios de opinión, existe una serie de consensos básicos en la sociedad venezolana en la actualidad: El país va por mal camino; la crisis es culpa del gobierno y de su modelo económico; debe impulsarse un cambio drástico pronto. Cuando la gente señala al gobierno como responsable, lo hace evaluando su gestión y las consecuencias de sus políticas. “Expropiaron el café, y ahora no hay café; el aceite, y no hay aceite”. La frase es de un focus group reciente y la voz es una de tantas que votaron por el presidente Maduro y que, cuatro años después, hoy se arrepiente y aspira algo distinto, algo mejor para el país. La gente saca cuentas.

Cuando señalamos que más de 80% de los venezolanos comparte una evaluación negativa de la situación y de la actuación del gobierno, debemos también destacar algo obvio, pero que se pierde en el ping-pong político: la crisis ha sobrepasado la polarización política. Hoy están inconformes los opositores de hace 18 años, pero también los que llegaron hace menos tiempo. Están descontentos los independientes. También los chavistas de ayer… y los de hoy.

¿Qué quiere la gente? Frente a la escasez, abastecimiento, diversidad, libertad de elegir. Frente a los bachaqueros, oferta y economía honesta. Frente a la violencia, educación, seguridad, orden, reglas claras. Frente a la dramática situación de desnutrición y carencia, alimentación. No olvidemos que la ENCOVI destaca que 74% de los venezolanos perdió más de 8 kilos el año pasado, producto de lo que la gente bautizó coloquialmente como “la dieta de Maduro”.

Los venezolanos quieren propuestas concretas. Señalan como errores del liderazgo las promesas vacías e imposibles de cumplir, como la de salir del gobierno en los primeros seis meses de 2016. Muchos marcharon el 1 de septiembre, algunos por primera vez desde desencantarse con el chavismo, pero se desilusionaron cuando las expectativas generadas sobre la manifestación no se cumplieron. Muchos de ellos no marcharán más hasta que se vea unidad de propósitos, propósitos claros para la consecución del cambio.

Resienten lo que sucede fronteras afuera, al menos en dos sentidos: Hay una crisis de autoestima colectiva, en la que la frustración y la vergüenza se combinan en la frase “estamos rayados en todo el mundo”. También está presente el dolor, y se verbaliza en una aspiración que trasciende estratos sociales: “que la gente no se tenga que ir”.

El venezolano que con un empleo sostenía ayer a su familia, hoy tiene tres o cuatro para que sobreviva. A ese ciudadano le urge vivir mejor y el cambio que sueña viene en la forma de oportunidades que le permitan, con su esfuerzo y el empujón solidario de las instituciones y la sociedad, surgir y salir adelante. Como en la canción, no quiere nada regalado.

¿Cómo se materializa esto? Los estudios cuantitativos y los cualitativos coinciden: los venezolanos tienen sus esperanzas puestas en lo electoral. La salida está en votar. Todos los caminos conducen al CNE, el mismo que hoy, orwellianamente, hace todo lo posible por impedir que se realicen elecciones en Venezuela, unas elecciones que sus superiores en el partido de gobierno no tienen manera de ganar…

¿Cómo se explica que los venezolanos vean en las elecciones la salida a la crisis cuando no confían en el CNE y lo saben subordinado al Ejecutivo? La respuesta tiene, al menos, dos partes: En primer lugar, pese a la falsificación sistemática de la historia y a un discurso empeñado en desprestigiar la obra democrática, 18 años de chavismo no han podido desaparecer la herencia democrática de la República Civil. “El pueblo es el que manda” es como se verbaliza en el focus group ya mencionado, y es un recordatorio que se torna advertencia, en boca de una menuda ex votante de Hugo Chávez, madre de cinco, víctima del mal gobierno, cuya esperanza es sacar a los responsables de sus penurias en las máquinas de votación.

En segundo lugar, la gente quiere votar porque no se quiere matar. Si algo deja claro la investigación en este campo es que los venezolanos no quieren violencia. Padeciendo de primera mano la epidemia de sangre y pólvora que es la vida cotidiana en la Venezuela de hoy, la ciudadanía aspira a una resolución pacífica del conflicto político, necesariamente electoral, que abra las puertas a un cambio genuino que abastezca los anaqueles, proporcione seguridad en las calles y vuelva a llenar los platos de la familia venezolana.

¿Y si no hay elecciones? Cuando se le pregunta a la gente qué pasaría si el gobierno, en CNE o el TSJ impiden la realización de comicios la respuesta es siempre la misma: ¡Calle! Es una respuesta significativa, pues implica vencer el miedo y luchar activamente por los derechos. También es relevante porque viene, en muchos casos, de parte de personas que nunca han marchado, sea por miedo o porque en su tránsito del chavismo a la disidencia todavía no han dado el paso de protestar como oposición.

¿Calle cómo? ¿Dónde? Nadie tiene una única respuesta, pero sí hay pistas de sobra: protesta contundente, con articulación entre distintos sectores. “Los estudiantes no pueden solos”, destaca un joven mensajero que trabaja tres empleos para poder darle de comer a su hijo. Antes, con uno le alcanzaba. Protesta no violenta: la violencia solo ahuyenta a la gente y sube las barreras de participación. Protesta simbólica y con propósito: de nada sirve protestar en una calle cualquiera, solo porque solo ahí se dio un permiso o por conveniencias logísticas. La gente quiere que el poder, prepotente en las alturas, lo vea. La gente quiere protestar en Miraflores, en paz, para hacerse sentir, para que el presidente –responsable de la crisis- los vea. Atrás quedaron los días de los llamados a marchas que se dispersan sin un llamado claro a la acción posterior.

La lucha del venezolano de a pie, de la gente de trabajo, es por un cambio que les permita vivir mejor y satisfacer las necesidades sin epopeyas ni épicas. Y la manera de cristalizar ese cambio es votando. Así lo ve la gente. Allí están hoy las esperanzas de un pueblo que quiere hacerse escuchar, pero que está dispuesto a tomar las calles si desde el poder pretenden ignorarlo. Hoy, cuando hay elecciones vencidas y ninguna garantía de que se realicen las que tocan, no se trata de un slogan, es un clamor popular. ¡Elecciones ya!


Publicado en PolítiKa UCAB el 10 de marzo de 2017.

«El chavismo no está apostando a recuperar su popularidad»

El sociólogo Daniel Fermín, editor de la Revista Polítika Ucab, advierte que si no se producen las elecciones regionales, aumentará la conflictividad, la insatisfacción y la presencia de la gente en la calle. Su opinión es que en el país no hay separación de poderes y que el gobierno de Nicolás Maduro “parece tener claro que pasó el punto de no retorno y solo le queda ejercer control”. Sobre la Mesa de la Unidad Democrática, dice: “Tiene que lograr que la gente común y corriente, que no le interesa la política, se active y sienta que la oposición puede generar calidad de vida”
Por Erick Lezama
-Vista las condiciones que ha puesto el Consejo Nacional Electoral (CNE) para la renovación de los partidos, ¿cree que la mesa está servida para que se produzcan elecciones sin la oposición, como sucedió en Nicaragua?
-Las últimas decisiones del CNE no pueden entenderse sin contextualizar. Aquí no hay separación de poderes y hay, al mismo tiempo, una tendencia a la autocratización del régimen de Maduro.  Eso tiene un componente represivo, y un componente de politización en lo judicial. Lo vimos en diciembre, cuando venció el período de los gobernadores y el CNE decidió alargar el período de esas autoridades. Lo vimos también con el aborto del intento de referendo revocatorio, y hoy lo estamos viendo con este reglamento sobre la renovación de los partidos. Esto es grave porque apunta a un escenario que lesiona los derechos políticos de los venezolanos. Ciertamente,  el ente comicial está restringiendo el derecho a la libre asociación, y, como lo ha dejado claro la rectora Tania D´ Amelio, busca estirar la arruga.  A este régimen lo electoral ya no le conviene.
– El fallecido presidente Chávez siempre sostenía que la democracia venezolana gozaba de buena salud dada la gran cantidad de procesos electorales efectuados durante la revolución. Ahora, voceros oficialistas -como el diputado Héctor Rodríguez- afirman que la agenda del chavismo es otra.
Sí, lo dicen así claramente. Hay una aversión por el hecho electoral. Y eso lo vemos en la decisión del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) que suspende las elecciones estudiantiles en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Hay elecciones de todo tipo que están suspendidas desde hace tiempo en el país: sindicales, de autoridades. Este es un régimen híbrido, un autoritarismo competitivo. Estos gobiernos, cuando pierden competitividad, se autocratizan más. Es es lo que está pasando: como ya para el chavismo no le es favorable ir a elecciones, entonces no hay.  De modo que los pilares de esto terminan siendo unas Fuerzas Armadas y un Tribunal Supremo de justicia parcializado.
– Muchos analistas coinciden en que las elecciones son una válvula de escape que permite catalizar lo que la sociedad está viviendo. ¿Cuál es el riesgo de que no se produzca un proceso electoral?
– Partamos de un punto: hay un gran descontento por la crisis que existe. Los venezolanos tienen muy claro de quién es la responsabilidad de la crisis, lo han registrado distintos estudios de opinión de diversas encuestadoras. Casi 90% de los ciudadanos responsabilizan al presidente y a su gobierno de la crisis que vivimos. Frente a eso, el chavismo no está apostando a recuperar el favor popular, cosa que sí hizo en el pasado. Al contrario, parece tener claro sabe que pasó el punto de no retorno, y entonces solo le queda el control.
-Cuando la popularidad de Chávez se veía afectada de alguna manera, había una reacción en función de recuperar el terreno perdido.
Chávez tenía un margen de maniobra mucho mayor, apalancado con un barril de petróleo a más de 100 dólares, con un tema cambiario completamente diferente, y con un liderazgo carismático que es intransferible. Esas formas de reaccionar no eran campañas publicitarias, sino programas basados en el clientelismo político. Es decir, había dinero para lanzar misiones nuevas, nuevos programas asistenciales. Hoy no lo hay. Y cuando a eso se le suma la incompetencia y la absoluta falta de carisma, tienes allí un coctel potente para la impopularidad.
-Actualmente algunos canales de señal abierta están transmitiendo cuñas con la voz del presidente Chávez…
– Sí. Están tratando una vez más de apelar al imaginario y la emoción de un pueblo que alguna vez, en su mayoría, fue chavista. Pero el chavismo sabe que con Maduro a la cabeza de ese proyecto eso no es posible mantenerlo. Entonces, partiendo de ese diagnóstico, y para responder tu pregunta,  nadie tiene una bola de cristal para saber qué va a pasar, pero seguramente aumentará la conflictividad, la insatisfacción, la presencia de la gente en la calle. Pretender mediante algún tipo de argumento burocrático suspender el derecho de participación política de la gente, el derecho a elegir, puede tener consecuencias muy graves para la paz del país. Hay que recordar la idiosincrasia del venezolano, de un pueblo que en el siglo XIX llamaron “un cuero seco”, porque lo pisas por un lado y se levanta por el otro. Eso está en nuestro ADN. Al gobierno lo único que le va a quedar es la represión y la lealtad de unos represores que tendrán que ver hasta qué punto están dispuestos a acompañar eso.
-Todo indica que, una vez más, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) está contra la pared, y, ya ha quedado claro, no hay una estrategia unitaria.
-No hay un consenso. Hay algunos partidos que han dicho que no hay que ir a ese proceso, otros que sí. Con una postura unitaria sería más fácil enfrentar esto. Frente a esto, es oportuno remitirse a hechos históricos concretos. Durante la dictadura de Pinochet en Chile, se ilegalizaron muchos partidos. Esas toldas fueron acobijadas por otras de la alianza y luego, en democracia, cada una recuperó sus siglas, sus colores, su identidad. Aquí queda por demostrarse qué tan auténtica es la oposición.
-Si bien la MUD no necesita renovarse, los riesgos de que la oposición vaya sólo con esa tarjeta son muy grandes.
Sí, La MUD puede participar, porque ha participado en los dos últimos dos procesos electorales, pero ciertamente tiene una espada de Damocles, porque pesa sobre ella una demanda por el supuesto fraude en la recolección de firmas, entonces en cualquier momento el TSJ puede convertirla en una ilegalización. Ante ese escenario, es importante tener alternativas legitimadas dentro de la MUD, que haya una contingencia.
– ¿Las condiciones para la renovación de partidos no afecta también al chavismo?
– Sí, hay partidos más pequeños que han dicho: “Nos pondremos la capucha y nos vamos a la clandestinidad”. Hay partidos que han señalado que esto sencillamente no es democrático. El partido comunista, el partido de Juan Barreto, del PPT. Uno ve eso y comprende que la unidad del chavismo también está en juego, porque en este intento de cerrar la válvula de participación, no es la oposición la única que está perjudicada. El gobierno está sobre estimando su capacidad de ejercer control.
-En verdad, los partidos del Gran Polo Patriótico llevan tiempo manifestando sus inconformidades y no han sido escuchadas.
-Hugo Chávez intentó crear un partido único y fracasó. Los comunistas, el PPT , Podemos, dijeron “no, gracias”. Y así muchos otros partidos que decidieron mantener su propia identidad. Entonces, si Chávez no lo pudo lograr, no será Maduro, que representa el punto más bajo del chavismo, quien lo logre. Esto, además de ser antidemocrático, es una gran torpeza. El reclamo por las elecciones tampoco es exclusivo de la oposición: en las regiones hay liderazgos chavistas que esperan ser gobierno. Si algún día llega a haber elecciones en Venezuela, significa que el chavismo podría ir dividido y eso puede marcar la diferencia.
-Si bien la popularidad del chavismo ha caído, la oposición no se ha quedado atrás.  Y las divisiones cada vez son más públicas. ¿Qué puede esperarse de la reestructuración que se acaba de anunciar?
-Hay una crisis de representatividad. En Venezuela los ciudadanos no se sienten representados por los partidos, sino por la Iglesia, por los estudiantes. Eso es por el ruido, por el despelote de la MUD, la falta de estrategia. La MUD ha hecho promesas que no ha podido cumplir, como salir del gobierno en 6 meses, aquello del abandono del cargo del presidente no tuvo el más mínimo eco en la población. La MUD ha sido una excelente plataforma electoral, pero una muy mala coalición para enfrentar la dictadura. Tiene que ampliarse, tiene que hacer ese proceso de revisión con la gente. Tiene que lograr que la gente común y corriente, que no le interese la política, se active y sienta que la oposición puede generar calidad de vida. Ese es el reto.
De perfil
Daniel Fermín es el editor de la revista Polítika Ucab, la publicación del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello. Es sociólogo, egresado de esa misma institución, donde además se desempeña como investigador y docente. Tiene una especialización en Gerencia Pública, por la Universidad Metropolitana. En 2015 realizó el Programa de Estudios Avanzados en Conflicto No-Violento de la FletcherSchool of Law&Diplomacy de la Universidad de Tufts (Boston).

El-Tiempo


Entrevista publicada en El Tiempo, el 28 de febrero de 2017

 

¿Cuándo vamos a salir de esto?

Cuando los dirigentes optan por ser postores en una subasta de popularidad, sus talentos, en la construcción del estado, no servirán de nada. Se convertirán en aduladores en vez de legisladores, en los instrumentos y no en los guías del pueblo. Si alguno de ellos resultara que propone un plan de libertad sobriamente limitado, y definido con cualificaciones adecuadas, era sobrepujado de inmediato por sus competidores, que producirán algo más espléndidamente popular. Surgirán sospechas de su fidelidad a la causa. La moderación será estigmatizada como la virtud de los cobardes, y el pacto como la prudencia de los traidores, hasta que, con la esperanza de conservar el crédito que pudiera capacitarle para atemperar y moderar en algunas ocasiones, el dirigente popular sea obligado a volverse activo en la propagación de doctrinas y establecer poderes que más tarde derrotarán cualquier propósito serio al que en definitiva él podría haber apuntado.

La cita es de Edmund Burke, y la recoge Giovanni Sartori en su trabajo “¿Hay una crisis de representación?”. No se refiere a Venezuela, aunque pareciera un presagio. Por 18 años la dirigencia política ha estado inmersa en esta dinámica que caracteriza, en palabras de Sartori, al mal dirigente popular.

Si intentamos responder la pregunta que titula este Editorial, obtendríamos distintas respuestas. El ciudadano, desesperanzado y abatido por la crisis, le agregaría signos de admiración, de modo que la pregunta se torna reclamo, invocación: “¡¿Cuándo vamos a salir de esto?!”. El político, el de estas últimas dos décadas, nos ha acostumbrado a otra respuesta, siempre la misma en distintos momentos: “¡Vamos a salir de esto ya!”. El problema, por supuesto, es que eso es mentira.

No es una alergia a la verdad, la que algunos asocian inexorablemente a la actividad política. Más bien, pareciera haber un profundo temor a la responsabilidad por parte del liderazgo político. ¿Temor a qué? A la presión popular, al descontento, a la carrera por capitalizarlo. Lo hemos visto mil veces: fulano propone salir del gobierno en un mes, mengano le reclama que un mes es insensible y siembra dudas sobre su lealtad a la causa, proponiendo, a su vez, sacar a los malhechores en una semana. Zutano, por su parte, viendo esto salta y acusa de traidor a mengano, debe estar cobrando bastante, pues del gobierno hay que salir es en un día, el pueblo no aguanta una semana. Esto, obviamente, es una caricatura, pero ilustra la manera en que se ha comportado la oposición venezolana durante ya algún tiempo.

El inmediatismo nos ha costado 18 años. De atajo en atajo hemos terminado en la ruta más larga y accidentada. Hagamos memoria. El paro petrolero, el golpe de abril, la abstención de 2005, el desconocimiento del gobierno “ilegítimo” de Maduro, “la salida”, la promesa de salir del gobierno en los primeros seis meses de 2016, la declaratoria de abandono del cargo. Son solo algunas. Todas representaban la apuesta más audaz y fueron hechas para las gradas. Y el costo de hablarle a las gradas, generar expectativas imposibles y prometer lo que no se puede cumplir, lo paga la comunidad política con la merma de su capacidad de convocatoria, de legitimidad, de confianza; y la pagamos todos, todavía bajo el yugo del peor gobierno de la historia, en pleno proceso de autocratización.

¿Cuál es la salida? ¿Es 2018? Se intuye que para muchos sí, pero ¿Quién se atreve a plantearlo? Un “¡Chávez vete ya!”, reencarnado en “¡Maduro vete ya!”, es catártico, pero poco efectivo. Es el reclamo justo de millones, pero es irreal. Los venezolanos, desesperados por vivir mejor, merecen un liderazgo que oriente la lucha por el cambio con honestidad. Merecemos que nos digan la verdad…

Hemos hablado de la oposición. “¿Y el gobierno?”, preguntarán algunos. El gobierno miente. Siempre lo ha hecho, desde que Hugo Chávez prometió freír cabezas de adecos en aceite y respetar la democracia, las dos cosas a la vez. Las mentiras del gobierno estaban sumergidas en barriles de petróleo a 100 dólares. Así, se le dijo a Venezuela que se podía vivir sin trabajar, que María no tiene porque José sí tiene; se instigó el odio, la división. Sembraron paranoias sobre componendas, planes imperiales, guerras mediáticas y económicas. Todo mientras sucedía el más grotesco saqueo de la historia nacional. Hoy vivimos las consecuencias.

La crisis de representación que se vive en Venezuela debe llevar al liderazgo a revisarse. No en una reestructuración burocrática, necesaria pero insuficiente, como la que ha emprendido la Mesa de la Unidad Democrática, sino a la revisión profunda, más allá de su estructura, de su misión, de la manera en la que se relaciona con la gente, de sus propuestas de cara a la Nación.

Los venezolanos merecemos imaginar otro país y merecemos que esa imagen nos la pinten sin embustes. Hay que impulsar la productividad y defender la propiedad privada, sin los complejos ni medias tintas que causan las acusaciones de “neoliberal” o “capitalista”. Hay que convocar a los venezolanos más allá de los partidos, en una relación horizontal, no de cooptación. Sindicatos, empresarios, estudiantes, asociaciones civiles. Todos están preocupados por Venezuela, todos tienen ideas sobre cómo lograr los cambios. Falta articulación real, la voluntad política de lograrlo más allá de una foto en grupo. Hay un país allá afuera, más allá de un grupo de cuatro o nueve. Hay que promover la participación efectiva de la ciudadanía. No será con un pueblo espectador que se darán los cambios que la gente reclama. El reto es la inclusión.

Estudios indican que hoy 65% de los venezolanos vería con buenos ojos una tercera opción, que rompa con la polarización entre el gobierno y la MUD. Y esta no es una postura antipolítica ni antipartidaria, es el anhelo de una sociedad cansada de veinte años de diatribas estériles, de promesas incumplidas y de las caras –y excusas– de siempre.

¿Cuándo vamos a salir de esto? ¿Cómo vamos a hacerlo? Los venezolanos necesitamos, más que nunca, que la dirigencia sea clara y hable con la verdad. Esa puede ser la diferencia entre recuperar la legitimidad y la confianza de la gente y la erosión definitiva que haría de siglas cascarón y daría lugar a la aparición de otros referentes, en el mejor de los casos, o a la instauración definitiva de la desesperanza fatalista, en el peor.


Publicado en PolítiKa UCAB el 3 de marzo de 2017.